miércoles

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (153)

 Capítulo X

 

La muerte de los Sargentos y de la Mulita (22)

 

Incorporándose con tiesa circunspección, el Mao Pelada y el petiso Cuzco Overo obedecieron. Y los otros conmilitones, también. El primero que, sobre la empapada gramilla, no más, tomó asiento, fue el Voluntario Terutero. Pero antes de sentarse los demás, él ya estaba otra vez parado. Es que el Cuzco Overo, que a unos metros de distancia se disponía a limpiar el mate, lo había llamado con gesto enérgico. Cuando le llegó:

 

-Mire -le dijo bajito y cimbreándole la bombilla entre los ojos- usté se me retira de aquí porque usté es Voluntario. Con todo lo que ha pasado, hay orden de los otros dos “clases” de que no quede levantada más que la gente de tropa.

 

-Sí, pero…

 

-Y al que no acate, dijeron, y ya ve que solito por usté, se le manea hasta que llegue el Comisario.

 

El Terutero salió hecho ají hacia su ranchejo. Y contra un tenso maneador se dio y rodó cuando quiso mirar hacia atrás para dirigir con la mente palabrotas de encono sobre el grupo miliciano ahora resplandeciendo bajo el flamear que provocó el Tamanduá al arrojar sobre las ascuas nuevo brazal de ramas.

 

En cuclillas, algunos; sobre troncos y piedras, otros; atrás sus sombras de golpe densas y ahora mucho más largas que ellos debido a la reciente maniobra del Tamanduá, habíaseles avivado el rojo de las bombachas, fulguraban con renovado ardor en los desemponchados las vainas de los sables y los botones de las chaquetillas militares, tanto más azules estas cuanto más cerca del fogón. Y en todo ponía inquietos deslizamientos de negruras y de tintes cobrizos el tremolante resplandor de la fogata.

 

El silencio del campo y de la noche se les asomaba por encima. Y tan ensimismador era aquello, que cada cual sentía la necesidad de sacárselo de arriba. Pero nadie sabía cómo. Hasta que, con sonrisa forzada, confió el Tamanduá tocándose el pescuezo:

 

-Pero ya hace ratos que sentía una cosa en el cogote y no me daba cuenta qué tenía. Y era que no tenía la golilla.

 

-¿Ahá?

 

-Sí, me la saqué para pararle la sangre al Cabo Pato y… él me dijo: “Déjese de partes, hermano. Le va a quedar perdida la golilla”. Fue cuando yo le dije: “¡Valiente!”…

 

Semejante a cuando se marcha entre un alto pajonal espeso, así andaba su imaginación. Mas, de pronto, el Tamanduá distinguió como una sendita en la mente. Y se lanzó por ella:

 

-¡Amigo, qué mandoble me le largó al Cabo el finao Sargento!

 

En su asiento de piedra el anciano Avestruz alzó con brío la cabeza, que ya casi se posaba sobre el pomo de su espada mantenida entre las piernas.

 

-¡Es que ustedes nunca, nunca sabrán quién era el finado Sargento Primero! ¡Nunca!

 

-¡Ah, era flor de quiebra ese finado! -exclamó el Cuzco Overo en cuclillas frente al fuego, poniendo, ya hinchada la yerba, su bombilla al mate mientras lo mismo hacía con el suyo el Soldado Mao Pelada.

 

-¡Pobre! ¡El planchazo que me le mandó al Cabo Pato en aquella arremetida!

 

-¡Sí, y a mí, el pobre! A mí casi me abre de par en par, de un hachazo.

 

-¿Y a mí, che, que casi me raja la cabeza?

 

-¡Sí, pobre! Yo he conocido gente taura; ¡pero como el finado…! ¡Qué finado!

 

Esperó, paciente, el Avestruz a que se hiciera un claro en el chisporrotear de las exclamaciones. Y, al fin, trató de volver a hablar.

 

-Yo siempre pensaba que este finado Sargento Primero…

 

-Ah, sí, no hay nada que hacerle -apoyó a ciegas el Tamanduá-; ¡no hay nada que hacerle!

 

Agachó la cabeza el veterano y embistió de nuevo:

 

-Yo no sé si él les hizo saber alguna vez… Una madrugada, en la frontera, se topó el finado con cuatro cuatises brasileros que pasaban un contrabando… El finado había hecho noche abajo de un ombú. Bueno, él ensillaba recién… y cuando quiso acordar… ¡Hermanitos… qué pistola ni pistola…!

 

El milicaje dilataba los ojos de anticipada admiración. Pero el esfuerzo por atender se los achicaba en seguida.

 

-Saltó a caballo, peló el sable ese finao… apretan el gorro los delincuentes… Y para delante y para delante en la persecución ¿quieren creerme ustedes que se mandó al Brasil enceguecido?... Como él me decía: “Cuando me di cuenta que había invadido… ¡Y para peor, che, de uniforme” Porque ustedes ven que capaz que se armaba una guerra… ¡Y con una patria hermana!

 

-¡Hermana, pa joderla! -saltó uno.

 

-¡No, m’hijo; eso fue antes! ¡No seas tan atrasado! Y me contaba el finao que, en un de repente, vio que los malhechores se empezaban a agarrar la cabeza sin parar la disparada y sin que él hallara la causa de semejantes aspavientos, porque hasta, más bien, ellos le iban sacando distancia. Ahora ya metiendo espuelas seguía, el finado, cuando, ¡hermanitos!... fue sintiendo una calor, una calor… Y me decía que pensó: “¡Pero caramba, ¡esta patria no es la mía!” y se asujetó, miró para todos lados, y ya salió ese finado para atrás, a todo lo que le daba el bayito, antes que lo agarrasen las barras del día y lo distinguiera algún nativo de allí…

 

-¡Sírvase, don Avestruz!

 

Era ahora el muy solícito Cuzco Overo con el mate.

 

-¡Gracias, m’hijo! Pongasemé usté ahí con su caldera. Y usté, Mao Pelada, usté… después agarra la otra caldera.

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