domingo

HACIA UN TEATRO POBRE (17) - JERZY GROTOWSKI

  

 EL NUEVO TESTAMENTO DEL TEATRO


EUGENIO BARBA Y JERZY GROTOWSKI (9)

 

¿No es el actor “santificado” un sueño? El camino a la santidad no está abierto para todos. Sólo algunos elegidos pueden seguirlo.

 

Como ya dije antes, no se debe tomar la palabra “santo” en el sentido religioso. Es más bien una metáfora que define a la persona que con su arte puede ascender la escala y realizar un acto de autosacrificio. Por supuesto que tiene usted razón: es una tarea infinitamente difícil el unificar una compañía de actores “santos”. Es mucho más fácil encontrar un espectador “santo” -según lo que yo entiendo por esa palabra-, porque sólo viene al teatro por un breve momento a fin de esclarecer una cuenta consigo mismo, y de esa manera no necesita imponerse la terrible rutina del trabajo cotidiano.

 

¿Es por ello la santidad un postulado irreal? Yo bien que es un postulado tan bien fundamentado como el movimiento de la velocidad de la luz. Quiero decir con esto que aunque no se logre en su totalidad poder tratar consciente y sistemáticamente de caminar en esa dirección, hasta conseguir resultados prácticos.

 

La actuación es un arte particularmente ingrato, se muere con el actor. Nada lo sobrevive sino las reseñas periodísticas que generalmente no le hacen ninguna justicia, ya sea buena o mala; por tanto la única fuente de satisfacción que se obtiene es la reacción del auditorio. En el teatro pobre no significa flores ni aplausos interminables, sino un silencio especial en el que existe tanta fascinación y al mismo tiempo tanta indignación y hasta repugnancia, que el espectador no dirige a sí mismo sino al teatro: es difícil encontrar un nivel psíquico que le permita a uno soportar tal presión.

 

Estoy seguro de que todo actor que pertenezca a un teatro como este sueña a veces también con ovaciones espectaculares; oír su nombre proclamado, ser cubierto de flores u otros símbolos de apreciación como es de costumbre en el teatro comercial. El trabajo del actor es también ingrato porque exige una supervisión incesante. No es como ser creativo en una oficina, sentado frente a una mesa; se está por el contrario bajo el ojo del productor, que aun en un teatro que se apoya en el arte del actor tiene exigencias continuas, mayores que en el teatro normal, y que lo obligan a hacer esfuerzos cada vez más terribles y profundamente penosos.

 

Esto sería insostenible si el director careciese de una autoridad moral, si sus postulados no fuesen evidentes y si no existiera un elemento de confianza mutua más allá de las barreras de la conciencia. Pero aun en este caso sigue siendo un tirano y el actor debe lanzar contra él ciertas reacciones mecánicas inconscientes, como las de un alumno frente a su maestro, como las de un paciente contra su médico o las de un soldado contra sus superiores.

 

El teatro pobre no le ofrece al actor la posibilidad de un éxito diario. Desafía la concepción burguesa de un estándar de vida, propone la sustitución de una riqueza material por la riqueza moral que es su principal objetivo en la vida. Sin embargo, ¿quién no acaricia, en secreto, el deseo de obtener un éxito repentino? Esto puede causar también relaciones negativas y oposición, aunque no estén claramente formuladas. El trabajo en una compañía de ese tipo nunca será estable. Siempre será un enorme desafío y además, despierta reacciones potentes de aversión que a menudo amenazan la existencia misma del teatro. ¿Quién no busca la estabilidad y la seguridad en una forma o en otra? ¿Quién no desea vivir mañana como se vive hoy? Aunque conscientemente se acepte cierto status, inconscientemente se busca siempre ese refugio inalcanzable que reconcilia el agua con el fuego y la “santidad” con la vida del “cortesano”.

 

La atracción de esta situación paradójica es suficientemente fuerte como para eliminar todas las intrigas, disminuir las quejas sobre los papeles que forman parte de la vida cotidiana de nuestros teatros. La gente siempre será gente y las quejas reprimidas no pueden evitarse.

 

Es bueno mencionar, sin embargo, que la satisfacción de tal trabajo ofrece es muy grande. El actor que en este proceso especial de disciplina, autosacrificio, autopenetración y moldeo no tiene miedo de ir más allá de los límites normalmente acepables, obtiene una especie de armonía interior y una paz mental. Se convierte en una persona mucho más sana de mente y de cuerpo y su forma de vida es más normal que la de cualquier actor de teatro rico.

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