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Llegó el Día de la
Graduación. Nos pudimos nuestras togas y nuestros birretes para estar a la
altura de “la Pompa y sus Circunstancias”. Se suponía que en esos tres años
habíamos aprendido algo. Ahora hablábamos mejor y habíamos crecido un poco. Yo
todavía era virgen. “Che, Henry, ¿todavía no te chupaste una cerecita?”. Y yo
tenía que contestar: “No hay manera”.
Nos sentamos juntos con Jimmy
Hatcher. El director estaba terminando su discursito donde decía las mismas
mierdas de siempre.
-América es la gran
tierra de la Oportunidad y cualquier hombre o mujer que se le proponga va a
alcanzar el éxito…
-Como lavaplatos -dije
yo.
-Como cuidador de perros
-me contestó Jimmy.
-Como ladrón -dije yo.
-Como basurero -agregó
él.
-Como cuidador de un
manicomio -dije.
-América es una sociedad
justa porque fue construida por los valientes.
-Justa nada más que para
algunos -dijo Jimmy.
-…una sociedad, donde
todos los que buscan el tesoro que hay al final del arcoiris van a encontrarlo…
-Una mierda arrastrándose
sobre unas patas peludas -comenté.
-¡…y puedo asegurarles
que esta promoción del Verano del 39, apenas a diez años de la Gran Depresión,
maduró más en el coraje, el talento y el amor que ninguna otra que yo
haya conocido!
Los padres, las madres y
los parientes aplaudieron frenéticamente, pero muy pocos estudiantes se sumaron
a la ovación.
-Promoción del verano de
1939, estoy orgulloso y seguro de que van a tener un gran futuro. ¡Y
ahora los espera la gran aventura!
Lo que iban a hacer
muchos de nosotros era meterse en la Universidad y seguir viviendo sin trabajar
por lo menos durante otros cuatro años.
-¡Mis plegarias y
bendiciones para todos ustedes!
Los estudiantes
honoríficos fueron los primeros en recibir sus diplomas. Iban llamándolos uno
por uno. Cuando le tocó pasar a Abe Mortenson yo lo aplaudí.
-¿Dónde terminará este?
-me preguntó Jimmy.
-Como contable de alguna
fábrica de repuestos de autos en Gardena, California.
-Un trabajo para toda la
vida… -dijo Jimmy.
-Con una mujer para toda
la vida -agregué.
-Abe nunca va a ser un
miserable.
-Y tampoco va a ser
feliz.
-Un tipo obediente…
-Con cuello duro…
-Un adulón…
-Un estirado…
Cuando acabaron con los
estudiantes de honor empezaron con nosotros. Me sentía incómodo sentado allí.
Tenía ganas de irme.
-¡Henry Chinaski! -me
llamaron.
-Empleado público -le
dije a Jimmy.
Subí al escenario, agarré
el diploma y le di la mano al director. Era viscosa como el fondo de una pecera
sucia. (Dos años más tarde se descubrió que metía la mano en los fondos del colegio.
Fue juzgado, declarado culpable y terminó en la cárcel.)
Cuando volví a mi asiento
pasé frente al grupo de los honoríficos y Mortenson me mostró un dedo parado
sin que nadie lo viera. Fue una sorpresa que me desconcertó.
-¡Mortenson me acaba de
mostrar el dedo a escondidas! -le contá Jimmy.
-No te puedo creer.
-¡Qué hijo de puta! ¡Me
cagó completamente el día!
-¡Lo que es increíble es
que haya tenido huevos para hacerte eso!
-Él nunca hace esas
cosas. ¿Se lo habrá mandado hacer alguien?
-No tengo la menor idea.
-¡Él sabe que lo puedo hacer
mierda sin despeinarme!
-¡Reventalo!
-¿Pero no te das cuenta
que el que me reventó fue él?
-Lo que tenés que hacer
es cagarlo a patadas en el culo!
-¿A vos te parece que ese
hijo pueda haber aprendido algo leyendo todos los libros que se traga? Allí no hay
nada para aprender. Yo los viché saltando las páginas de cuatro en cuatro.
-¡Jimmy Hatcher!
-anunciaron entonces.
-Voy a ser cura -me dijo.
-No. Granjero avícola -le
respondí.
Cuando Jimmy recibió el
diploma lo aplaudí con ganas. Cualquiera que fuera capaz de vivir con una madre
como la suya merecía ser alentado. Después empezaron a pasar los muchachos y
las muchachas ricas.
-No podés acusarlos por
tener plata -dijo Jimmy.
-A los que yo acuso es a
los padres.
-Y a los abuelos.
-Sí. Y me encantaría
sacarles los coches nuevos y las pendejas divinas y tomar por culo a la justicia
social.
-Sí -dijo Jimmy. -Porque a
esa gente les molestan las injusticias nada más que cuando las sufren ellos.
Mientras los ricos
recibían los diplomas me puse a pensar si valía la pena reventar a Abe de un
piñazo. Podía imaginármelo volando con su toga un birrete después de encajarle
un gancho de derecha, mientras las muchachas pensaban: “¡Dios mío, este
Chinaski debe ser un toro en el ring!”.
Pero Abe era muy poca
cosa. Apenas se notaba que estaba allí. Además no iba a ganar nada pegándole y los
padres ya habían querido demandarnos cuando le rompí el brazo. Y si ahora le
partía la cabeza le iban a sacar hasta el último centavo a mi padre. Eso no me
importaba, pero no quería que mi madre sufriera como loca por algo tan absurdo.
Entonces terminó la
ceremonia. Dejamos los asientos y salimos a encontrarnos con nuestras familias
en la explanada delantera. Hubo un montón de abrazos y besuqueos. Mis padres
estaban esperándome. Me acerqué a ellos hasta quedar a un metro de distancia.
-Vámonos de aquí -les
dije.
-Henry, ¡estoy tan
orgullosa de vos! -dijo mi madre, y enseguida se dio vuelta: -¡Allá están Abe y
los padres! ¡Qué gente tan agradable! ¡Señora Mortenson!
Ellos se frenaron y mi
madre corrió a abrazar a la señora Mortenson. Había sido ella la que decidió no
demandarnos después de pasar horas hablando por teléfono con mi madre. Al final
decidieron que yo era medio loco y que mi madre ya había sufrido demasiado por
culpa mía.
Mi padre le dio la mano
al señor Mortenson y yo me acerqué a Abe.
-¿Qué me quisiste decir
cuando me mostraste el dudo, chupahuevos?
-¿Lo qué?
-¡El dedo!
-No sé de qué me hablás.
-¡Del dedo!
-Henry, ¡te juro que no
sé de qué me estás hablando!
-Bueno, ¡es hora de irnos,
Abraham! -dijo su madre.
Y se fueron como una
familia muy unida. Yo me quedé mirándolos y después fuimos a buscar nuestro
viejo coche. Primero nos dirigimos hacia el Oeste y en una esquina doblamos
hacia el Sur.
-¡El hijo de los
Mortenson sabe bien cómo se estudia! -dijo mi padre. ¿Cómo vas a poder lograrlo
vos, si jamás te vi fijarte ni en la tapa de un libro!
-Algunos libros son estúpidos
-le contesté.
-¡Ah, así que son estúpidos!
¿Entonces no querés estudiar? ¿Y qué es lo que podés hacer? ¿Para
qué servís? ¡Me costó miles de dólares criarte, alimentarte y vestirte!
Suponete que te abandonara en la calle. ¿Qué serías capaz de hacer?
-Cazar mariposas.
Mi madre empezó a llorar.
Mi padre estacionó y se puso a caminar con ella alrededor del viejo coche. Yo
me quedé parado, viendo irse rugiendo a los coches nuevos de las otras
familias.
De repente pasaron
caminando Jimmy y su madre, y ella se frenó.
-¡Ah, esperá un segundo!
-le dijo a Jimmy. -Quiero felicitar a Henry.
Clare acercó su cara a la
mía y me habló en voz muy baja, para que Jimmy no pudiera oírla.
-Escuchame, querido,
cuando quieras graduarte de verdad, yo te puedo dar un buen diploma.
-Gracias, Clare. A lo
mejor te voy a ver.
-¡Te voy a machacar las
pelotas, Henry!
-Estoy seguro, Clare.
Después se fueron
caminando con Jimmy. Entonces escuché el motor de un coche viejo, y vi a mi
madre llorando horriblemente.
-¡Subí, Henry! -aulló.
-¡Porque si no me muero!
Subí al coche y nos fuimos. Allí estaba yo, Henry Chinaski, Promoción del Verano de 1939, dirigiéndome hacia un futuro brillante. O, mejor dicho, siendo dirigido. En el primer semáforo se nos apagó el motor. Cuando apareció la luz verde mi padre todavía estaba tratando de hacerlo arrancar. Alguien nos tocó bocina. Mi padre logró hacer arrancar el coche y seguimos. Mi madre ya no lloraba. Volvimos a casa sin decir una palabra.
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