martes

VIAJE AL FIN DEL MIEDO / CREER O REVENTAR (3) - HUGO GIOVANETTI VIOLA


(UNA NOVELA CONCEBIDA EN EL PARÍS DE LOS AÑOS 70, CUANDO LA PANDEMIA ESPIRITUAL DE LA TRANSMODERNIDAD YA NOS HABÍA JAQUEADO MORTALMENTE)

1ª edición bilingüe: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020

Prólogo de MARYSE RENAUD

Traducción al francés: CARL D’ABLEIGES


para Bénédicte Froissart


SAINT-TROPEZ

NOS COSTÓ una semana interminable ahorrar lo suficiente como para poder volver a Cannes a levantar los pasaportes y comprarnos una carpa en el Pam beach Club. La noche que Gastón y Mili nos llevaron al camping no dormimos allí: a la petisa reblandecida se le ocurrió ver amanecer en la playa tocando la guitarra y cantando, como si fuéramos una farándula de adolescentes. “Junto a los ríos de Babilonia estamos sentados y lloramos” murmuró Abel viendo asomar la roja testa chata del sol sobre el Mediterráneo -y al mismo tiempo desatando la reacción en cadena de aquel versículo que no se pudo sacar de la boca durante todo el resto del verano.

Ya habíamos terminado de corear baladitas, y la Miguela y Gastón se borraron a un médano para ponerse al día después de tantos años. Entonces Mili sugirió esperarlos durmiendo un rato en la playa. “Después seguimos la farra en la casa de unos amigos que tenemos en Cogolin” dijo acurrucándose gatunamente en la arena. Abel se sacó la campera para usarla de almohada y lo único que pudo fue soñar (sin dormirse) un interminable trenzamiento amoroso con el proyecto de mujer que tenía a medio metro. Y eso era lo que ella quería, por supuesto: alzarnos a los tres. Hubiera sido tan antonionesca una orgía matutina que le reivindicase por lo menos durante una mañana la belleza colgante, pensé abriendo los ojos para compadecernos a todos. Pero Pedrito y el Cordobés y hasta la misma Mili parecían dormidos de veras.

Cuando reaparecieron la Miguela y Gastón, Abel ya había terminado de escribir mentalmente una carta que tenía dos destinatarias de quince años de edad: su hermana María Sara y Bénédicte. Después se había quedado un rato con las córneas rojizas puestas a lavar entre la luminosidad cegadora del Ponto, hasta que oyó crecer los crujidos de los pasos sobre la arena. Se dio vuelta sin ganas y encontró la revuelta tristeza de Gastón buscándole los ojos. La Miguela revoloteaba despertando a los demás con la jovialidad de un maniquí, y el otro me ofrecía su desamparo como el absurdo peso que una hormiga que acababa de perder su penúltima pata quisiera compartir. Yo le ofrecí mi penúltimo cigarrillo.

Aquella mañana fueron a Cogolin, un pueblito cercano a Saint-Tropez que Abel oyó nombrar toda la vida: su padre era el heredero de una de las mundialmente famosas pipas de la región comprada por su legendario tío-abuelo Lucas durante el viaje donde se dio el lujo de ver escribir a Papá Hemingway en la Closerie des Lilas y compartir el hambre con él frente a los cuadros impresionistas colgados en ese entonces en el Museo del Luxembourg. Abel se recordaba escuchando desde niño las historias del Maldonado del novecientos que su tío Jorge -el cura- había recogido directamente de boca de aquel hombre que perdió el brazo derecho peleando con Saravia en 1904 y aprendió hasta a pintar con el que le quedaba: recordaba todavía -secuencia tras secuencia- el increíble romance legado a la posteridad por Sabino Regusci y Carolina Tomillo, pero por sobre era mucho capaz -ahora- de encandilarse con el heroísmo.

Acabo de inventar por primera vez en mi vida uno de aquellos dichos dobles que le gustaba tanto coleccionar al viejo Hem le empecé a escribir mentalmente a mi padre, ensardinado en el fondo de la cachila aunque casi feliz por la visión de los viñedos resplandeciendo bajo el ocre inmaduro de las ocho de la mañana: Camino a Cogolin y pensando en la pipa que heredaste de Lucas y en sus maravillosas historias de amor. De amor y de heroísmo, viejo. Que no es la misma cosa. Acabo de soñarles una carta conjunta a Ma-Sa y a la nena, y al rato ya me largo con esta. Parece broma, pero por ahora es la única manera que tengo de escribirles. Mirándolo al derecho -supongo que porque me nació así- el dicho doble dice: Hay que creer para sobrevivir. La otra versión a elegir sería, lógicamente: Hay que sobrevivir para creer. Prefiero la primera. No sé, está tan jodida la cosa que ni siquiera mentalmente te puedo contar lo que me pasó en París después que asesinaron a Sinclair -o lo que me puede pasar en cualquier momento. No te quiero intrigar por gusto, y es muy posible que dentro de unos días te pida que empieces a juntar plata para mandarme el pasaje de vuelta. A esta altura del partido estoy casi seguro de que yo nunca voy a llegar a juntarla solo. También es posible que siga siendo un malcriado de suburbio residencial, pero siento que cada día que pasa se me rompe algo por adentro. El problema es que recién voy a poder volver a casa cuando pague las deudas (no sólo monetarias) que tengo por aquí. Para eso sí me van a alcanzar los ahorros, supongo. Tengo que subir a París y pagar esas deudas y volver a mirarle los ojos a la Gárgola: más no puedo decirte. También estoy empezando a sentir cada vez con más claridad que este viaje es una especie de novela andante (definición oscuramente robada a Malcolm Lowry, si no me equivoco) imposible de dejar de vivir hasta el final, como me corresponde. Si no, no soy un escritor. O peor: no soy un hombre. Te prometo que la próxima carta va pasterizada envasada y PAR AVION. Pero lo cierto (como dice Walt Whitman entre aquel par de paréntesis inolvidables) es que estoy a tu lado.

CHAMBRE 22

UNA CHIQUILINA y un muchacho cruzan la rue Monsieur-le-Prince después de haber salido del hotel Stella a media tarde, el penúltimo sábado de abril. No hacen buena pareja. El muchacho camina estudiando los declives que le convienen para nivelar el centímetro que le lleva la infanta: ella parece agriada. Entran al bar-tabac de la esquina de la esquina de la rue Racine y él saluda nerviosamente al barman y pide dos cervezas. La chiquilina protesta, aunque sin convicción. El barman trae las copas y ella hunde encorvadamente su tristeza en el redondel blanco. Cuando sube la cara el muchacho le borra los bigotes de espuma con el dedo y ella vuelve a sorber sin respirar y a subir la cabeza bajo el reflujo miel del pelo desgreñado. Al terminar la copa ya se ríe sin parar, mientras cuenta la historia de una cicatriz que le tatuó la infancia al costado de un ojo. El muchacho señala los dos demis al barman y se siente juzgado como un corruptor. Pero al vaciar la segunda cerveza la muchacha desagua palabras desvalidas y entonces habla él: ella va recibiendo cada palabra como si se saciara. Después saltan de las banquetas y remontan la rue Monsieur-le-Prince hasta la esquina de la estación del Lux, se besan lentamente las comisuras de las sonrisas antes de que la infanta desaparezca para tomar el tren. El muchacho retorna por el atardecer reverdecido y al llegar al hotel se entrepara a mirar agradecidamente la esquina de la rue Racine donde está el bar-tabac.

DOS SEMANAS atrás habían vuelto de Beirut y aterrizado en Le Bourget y cruzado París sin las menores ganas de encerrarse otra vez en el hotel Stella. Abel bajó del taxi y subió la escalera con la guitarra y la máquina cuestas, olfateando algo como su sufrimiento empantado en aquella oscuridad. En la gerencia nos atendió el Bigote, con su pipa y su mueca de saturación. El Cordobés y yo alquilamos juntos una bohardilla del último piso, y al meternos piafando en la pieza de Pedrito y Colette encontramos un pulóver y algunos calzoncillos secándose colgados. Colette no estaba, así que nos fuimos inmediatamente a tratar de reenganchar con el viejo laburo.

En el Bateau nos hicieron honores dignos del despilfarro: el Payaso invitó con dos botellas de buen vino y nosotros pedimos langostinos y enormes côtes de boeuf untadas con mostaza. Esa noche pensé que iban a durar poco los ochocientos francos ahorrados en Beirut. Recién a los tres días recomenzábamos en el Bateau, y volvieron al Stella empachados y curdas: Colette los esperaba aplaudiendo de contenta en la pieza embebida por su perfume triste. Ray estaba viviendo en lo del escenógrafo que nos dio de vivir algunos meses antes a nosotros y le traía la ropa para lavar, contó. Los tres se lo creímos, y yo la felicité porque ya decía Che boludo igual que una uruguaya -con sus veintidós años de candor preservado aniñándole los ojos. Pobrecita, pensé cuando nos despedimos y ella volvió a sentirse casada con el botija. La pieza 22 tenía un juego de espejos que me hizo rechinar a lo J. Alfred Prufrock: esa noche me soñé una cabeza desértica y violácea con un absurdo jopo hasta que golpeó Ray después del mediodía, abrazándome sin ganas en el corredor agrio.

ESA TARDE nos largamos con Ray hasta Fauchon a comprar yerba, con rituales paradas de ida y vuelta sobre el Pont des Arts y otras en las Tullerías donde de golpe lo encontré más viejo: su revuelta cabeza colorada tenía trillos de canas que jamás descubrí en la pieza 9. Se lo dije y se rio con una pose cínica, y yo volví a quererlo incondicionalmente. Ray contaba el relajo de la bohardilla de la rue Condé donde Monsieur Amelot seguía dándole techo a los piojosos y lloraron de risa como en los buenos tiempos. Después Abel habló de la aristocrática boîte de Beirut donde hicieron capote y del apartamento con balcones al sol incluido en el contrato y del conjunto jean nuevo que pudo comprarse: habló de los capítulos pulcramente reescritos de su policial, del Absalom vuelto a releer en diez días y de La educación sentimental ediciones Bruguera conseguida insólitamente en un drugstore de Hamra. Ray anunció su vuelta al Brasil apenas le pagaran lo que valía la Pentax, y entonces lo invité a mudarse a nuestra pieza. Él no me dijo nada.

Se lo volví a plantear cuando nos espejábamos sobre la sombra azul del Pont des Arts empenachado por una barcaza: Ray se declaró a gusto en la cueva del loco y yo me entristecí. Esa tarde también cayó Colette a tomar unos mates al hotel y contó que Sinclair había estado en una clínica y salido peor que antes: ya no le daba bola para nada al Bigote y se rifaba el giro puntual y mensualmente con la mujer de turno. Había vuelto a escribir algunos poemas en la clínica, aunque se los dio a leer nada más que al Papito. Entonces yo desembolsé las dos hojas de una oda obscenamente sombría y se la mostré a Ray. Era lo único bueno (junto con los dos capítulos reconstruidos) que me cuajó en un mes. A Ray se le incendió la mirada de verde cuando leyó el final. “Qué jodido” me dijo como si festejara.

Esa noche cenamos fiambre con vino tinto en la pieza de abajo y el Cordobés y Abel estuvieron contando la excursión a Baalbek que se perdió Pedrito por quedarse durmiendo. Ray se borró temprano y Pedrito armó un pucho y Abel cantó las clásicas de Zitarrosa. Después nosotros volvimos a la 22, y nos tiramos a volar bajo el azul dulzón de la ventana abierta: yo giraba entre rostros remotos cargados con mi sangre y el proyecto de una novela corta, hasta que el Cordobés dijo que a fin de mes volvía Martine de América. Eso me hizo aterrizar. “Qué bien” dije: “Qué bien. ¿Vas a vivir con ella?”. “¿A vos que te parece?” me preguntó dudando. “Que esa mina te quiere” mentí.

“HAY MADRE un sitio en el mundo que se llama París” empezó a escribir Abel mentalmente, al rato: “Un sitio muy grande lejano y otra vez grande”. Madre. Mujer de mi padre. Dentro de pocos días cumplo veintiséis años. Dentro de un mes y pico cumplo un año en París. Era París, la cosa. Antes de irme a Beirut saqué tu cara del lambriz porque ya no me sonreía. Había sido una sonrisa ofrecida en la luz de un verano remoto (remoto para mí, por lo menos) donde seguramente estabas preparada para verme en la catedral de Sé velando el ataúd de una infanta muerta en el siglo XII y en el patio andaluz donde Federico esperó la cornada fascista y en una boca de subterráneo de Madrid consolando a un adolescente sumergido en el miedo a la muerte que parecía largar burbujas de oro en lugar de palabras y en el banco portuario de una placita catalana donde me derrumbó la profecía hecha por una cobra de que en la vida todo se revienta: todo eso era desoladoramente “pintoresco”, digamos. Y yo tenía traveler-cheques, todavía. Pero después llegué a París, madre. Hay un sitio en el mundo, de verdad. ¿Para pagar? ¿Para parirse? Cuando me gasté el último traveler ya había vivido un tiempito en el Saint-Michel y cuando Madame Salvage me expulsó por ensayar en la chambre ya vivía de la manga, con el trío. ¿Te acordás? Tu hijo, un mendigo del Titicaca. O disfrazado de eso. ¿Pero no era desoladoramente pintoresco, todavía? Para mí ya no. Primero: encontrarme con que Ramón estaba de gira con Paul Simon -cuando recién llegué- ya fue algo muy jodido. Pedrito es macanudo pero es un pendejo. Y hay que domarlo, Dios: hay que domar a ese padrillo. Para colmo se nos ocurrió reclutar al Cordobés, y al principio nos largábamos a manguear en cualquier esquina sin que la gente se parara ni a escucharnos. Hambre física, hubo poca: en París sobran comedores universitarios donde podés colarte y siempre se pellizca algo en cualquier lado, además. No me molestó el hambre, de verdad: sobre eso nunca te mentí. Pero cuando me echaron del Saint-Michel y no nos quedó otra que vivir en la bohardilla del depto. de un ex-escenógrafo que le sigue dando de comer a los piojosos, las cosas se jodieron a fondo. No había luz, en la bohardilla. Y tenías que subir y tirarte a dormir donde pudieras. Generalmente era en el suelo y tapado con la campera. Estaba prohibido hacer el amor aunque una noche de borrachera general vi por primera vez ese insufrible ritmo que tiene el coito ajeno cuando el Cordobés se montó a la cleptómana sin tener la delicadeza de soplar una vela y ya era casi verano y yo me despertaba tempranísimo pegajoso humillado excitado y asqueado y no podía entender qué carajo hacía en París y todavía pensaba en Gabi y pensaba Quién soy quién soy carajo bajo la luz celeste que inundaba casi completamente la bohardilla como si fuera un fondo de mar con cadáveres yo todavía era virgen de segundo mujer y lo más que había logrado era arrastrar una noche a una holandesa muy fea a la chambre del Saint-Michel y cuando le saqué un zapato me dijo que tenías llagas amarillas “allí”. ¿Te das cuenta, mami? Mirá, mami: en la bohardilla se cagaba en un agujero con puertas de saloon del far-west y se veían las piernas y la jeta del infeliz que no tenía más remedio que vaciarse a la intemperie. Y algunas madrugadas al escenógrafo -al espiritualísimo ex-escenógrafo Monsieur Amelot, que de mañana nos dejaba un canasto de fresas como un mensaje de “El séptimo sello” y se iba a sacar fotos de enamorados y volvía de nochecita con baguettes y paté y Valpolicella para todo el mundo y aporreaba una cordeona con sobreactuada pureza y solía besar una mascarilla de Beethoven poniendo un pico místico y hasta me llegó a regalar su carromato de escribir y todo cuando volví de Cannes- al espiritualísimo Monsieur Amelot le daba la viaraza y subía a tratar de violar lo que tuviera a mano fuera mujer o macho y le tenías que encajar una patada voladora para que se borrara. Nosotros conseguimos unas pizzerías donde pasábamos el plato a una hora fija y fuimos repechando hasta juntar la guita para viajar a Cannes y alquilar algo pasable ¿te acordás? Eso te lo conté tal cual, supongo. Era “apto para madres”. Ahí me prestaron una máquina y pude pasar en limpio los capítulos de la policial chirle que había empezado a escribir en los boliches para no reventar o para hacerme el Hemingway, quién sabe. Pero esa es otra historia sin mayor importancia. Hubo muchas historias, en Cannes. Tuve una blenorragia, por ejemplo. Y sin haberme acostado con nadie: fue gratis el asunto. ¿Gratis o estás pagando, chiquilín con tonsura? Pero antes de bajar a Cannes hubo algo más jodido todavía, por supuesto: el golpe. Golpe de Estado en la patria triste y quince días de huelga y los latinoamericanos y hasta algunos franceses que te abrazaban por la calle para felicitarte por la resistencia y los artículos venenosos de “Le Monde” señalaban las hésitations de la central obrera y después el vacío más perfecto: el no tener ni cartas ni poder escribirlas durante mes y pico y empezar a verborragiar mentalmente, como ahora. Y al subir a París después de habernos gastado los ahorros del verano pasando menos de un día en Venecia nos cae el golpe en Chile, encima. Manifestar un mediodía con los Quilapayún llorando adelante y escribirles a ustedes aquella pos-data que decía algo así como “Cayó Allende y lo mataron Pero no pasarán Nunca pasarán Voy a volver para ayudar a demostrarlo”. Al viejo le debe haber dado un ataque de caspa cuando leyó aquella inconsciencia, me imagino. Y después el Stella. Hoy te pienso esta carta desde aquí, otra vez. Y fumado, mamá: fumado de haschich. Tu nene. Desde el glorioso Stella. Aquí vivíamos juntos cuando conocimos a Ray y nos echaron porque los cueros que remojaba el Cordobés en la pileta para fabricar bombos provocaron una filtración que inundó el restaurant de abajo. Ray había caído unos días antes al hotel y pagó lo que debíamos y le pasó la mano por el lomo al Bigote y fuimos perdonados y alquilamos la chambre 9, juntos. Esto te lo conté prácticamente sin cortes, ¿no? Sí: era apto para madres, también. En ese tiempo ya había estado saliendo con Colette aunque jamás pude cruzarle ese foso de perfume triste que tiene alrededor. Ella se le metió en la cama a Pedrito, de todas maneras. Pero después aparece Bénédicte (que no sé si volverá a aparecer, lo más posible es que no venga más) y el Cordobés que me la semisopla y yo que tengo náuseas. Perpetuas perpetuas perpetuas. Hasta que me doy cuenta que hay que parir la llamarada. Como los tragafuegos. Y punto. Pienso volver lo más pronto posible al Uruguay, a seguir militando como me corresponde. Pero hay algo que falta, todavía (además de la guita para el pasaje). No sé bien lo que es. En un sitio muy lejano y muy grande y otra vez grande sólo que al oírme no te queda otra cosa que almorzar y dejar que tus ojos mortales desciendan suavemente por mis brazos. Hijo: ¿cómo estás viejo? Son cosas, madre: he-a-quí-a-tu-hi-jo.

EL VIERNES de tarde me visitó el Cosmósfero acompañado por su nueva adquisición: una vetusta cantante de jazz que conoció en la cueva del negro Batalla. Yo me irrité porque ya estaba a punto de mandarme una siesta, pero los invité a sentarse en la otra cama y ensillé el mate con serenidad. Al rato me di cuenta que fue Mademoiselle Mich la que adquirió al Cosmósfero en la boîte Favela. La mujer era baja y estaba entablillada por un vestido verde escotadísimo, de los tiempos del boogie. Debió haber sido hermosa, pensó Abel calculándole poco más de cincuenta: usaba un chaquetón de astrakán percudido y una peluca color zanahoria.

“Mire lo que tenemos al lado del lavatorio, don Cosmos” anuncié señalándole el rincón del piano: “A ver si me lo prueba”. “Oh la la” chilló Mich dando un par de palmadas. Los dos se levantaron, y el Cosmos espantó unas cuantas cucarachas al levantar la tapa y atrincherar su estampa de mosquetero gordo. Ella quedó acodada en posición cantabile. Después de unos teclazos el Cosmos declaró que el instrumento estaba devastado por una desafinación menos proteica que catalizadora, y empezó a improvisar maravillosamente. Levantaba sus ojos volados por el jazz hacia la mujer vieja que tenía la mirada clavada sobre el Valpolicella comprado a medias con el Cordobés en el drugstore de Odéon. Adiós mi despilfarro, pensé.
                                                                                                 
Diez minutos más tarde ella le tanteó el lomo al apenas empezado botellón de dos litros y no hubo más remedio que ofrecerle una taza. Ray llegó justo para el espectáculo, y su mirada verde se rejuveneció con el naufragio ajeno. Abel volvió a otorgarle su complicidad. Entonces Ray amenazó quedarse alguna de esas noches. Terminaron el vino con el acople eufórico del Cordobés, que entró anunciando carta de Martine y les tradujo algunas de las empalagosas efusiones de amor garabateadas por la cleptómana. “Llega el domingo” rubricó emocionado al ensobrar la carta. Yo pensé en conseguir una pieza más chica para mí solo, aunque me daba cuenta que prefería seguir alquilando la 22 con Ray.

De repente el Cosmófero hizo explotar el teclado, derrumbándose de codos. La mujer había estado fumando y llenándose la taza con callada insolencia mientras oscurecía, pero entonces habló. Sustituyó el free-jazz por un par de episodios de la ocupación nazi: la extracción de una esquirla de su pierna derecha con un cuchillo al rojo (y con scotch puro como desinfectante) y un almuerzo de ratas, hasta que el mosquetero lloró sísmicamente arriba del teclado. Al terminar de hablar Mich empalmó el astrakán y convenció al Cosmósfero de ir a tomar el fresco. Nosotros colocamos un colchón en el suelo para Ray y bajamos a comprar un pollo asado al Boul. Cenaron en la pieza de Pedrito, y Ray participó solemnemente el noviazgo de don Cosmos. Colette no conocía la historia: se atoró de la risa y al final preguntó la edad del mosquetero. “Menos de treinta” tuvo que volver a contar el Cordobés con sobreactuada compasión: “Es menor que mi hermano. Vivía en Calamuchita y era el mejor pianista de jazz de la Argentina. Se casó con mi prima. Mi prima se murió a los seis meses de casados ahogada en la bañera por las emanaciones de un calentador. Cada vez que lo internan dicen que va a curarse. Acá lo dejan mucho tiempo suelto y parece que estuviera mejor, pero desde que está en París se le dio por creer que mi prima murió por culpa de los nazis”.

EL SÁBADO de mañana llamé por teléfono a la casa del inspector Bugeia y me contestó él mismo: “Ça va Maigret” le retruqué enseguida de su flemático “Ça va Marlowe”. Me propuso recomenzar las clases de guitarra ese mediodía mismo y acepté encantadísimo. Abel fue en métro hasta la Porte d’Orleans y se paró a fumar frente al café de siempre, hasta que el Inspector estacionó su coche para invitarlo con un apéritif. Bugeia andaba bien de semblante y de humor, y le comentó un caso irresoluto después de preguntar cómo nos fue en Beirut. Al subirnos al Fiat conversamos un rato sobre las elecciones y él no dejó entrever ningún partidarismo. Tampoco le importaba mucho que hubiera muerto Georges Pompidou ni quién sería el siguiente presidente. Volvió a sacar el tema de Beirut, y yo le comenté la brutal diferencia que había entre las ruinas de Byblos y las de Baalbek, acusando a los romanos de imperialistas desequilibrados. Eso lo hizo reír, aunque después se floreó recordándome que Flaubert acampó enamorado frente a las seis columnas de Baalbek. Siguió dándome cátedra sobre algunos modismos y conjugaciones, y al llegar a Meudom-la-Fôret lamentó no poder viajar al oriente o al África. “Mi padre era pied-noir” me volvió a confesar por cuarta o quinta vez, en un alarde de honestidad antirracista que sonaba tan cómico como simpático.

Abel volvió a sentirse abrigadamente bien en aquel quinto piso del bâtiment gigante donde les daba clases de guitarra al Inspector y a su hijo. Madame Bugeia era profesora de inglés y muy buena cocinera: los sábados que Marc podía tomar clases Abel comía con ellos, y esa tarde salieron a recorrer el parque. Armaron un picado con algunos botijas amigos de Patrick, y Abel y el Inspector se trancaron a muerte: terminó seis a seis. Después Marc me alcanzó de vuelta a Porte d’Orleans. Me pagó los sesenta y yo bajé al métro medio atracado de asma pero casi contento en el desierto atardecer del sábado.

LA RENTRÉE en el Bateau salvó un poco la plata. El Payaso les hizo una bulla impresionante, y estrenamos canciones preparadas de apuro allá en Beirut para poder apechugar el horario de la boîte. El Payaso contó (con su locuacidad rematadora) cómo habíamos triunfado de La Grenouille y acaparado la atención de radios y de diarios por unanimidad. Yo ya estaba entonado. Todavía no me llegaba ni una maldita carta a la nueva dirección, y eso lo resolví con un rápido ataque a la sangría especial que pagaba la casa. Después del tercer vaso Abel cantó Bésame mucho con rictus de Lecuona, puso cara de beatle coreando I’ll be back en versión castellana y agregó una gran máscara de alegría indestructible a cualquier chacarera guajira cumbia o huayno que les pidiera la gente. Pero después de hacer un buen primer pasaje y prender un cigarro y sorber otro vaso como un equilibrista, el mundo me aplastó. Sólo quedó la voz que no me pertenece repitiendo Lo que hay que hacer es escribir Lo que hay que hacer es escribir Lo que hay que hacer es escribir Lo que hay que hacer es escribir -como la luminosa pulsación que socorre a los barcos.

Entonces me miró. Me miró fijo desde la vereda antes de abrir la puerta y apoyarse en la punta del mostrador humoso para seguir mirándome. Antes de sonreír. El Cordobés me dijo Ahí está la pendeja y me dejó bajar primero cuerpeando la gruta de aserrín pisoteado que dejaban las mesas contra el mostrador. Bénédicte besó a Abel con una fuerza rara, sin chocar las mejillas: me remansó los labios sobre la desnudez del rostro donde nace la barba. Entonces me di cuenta que me había precisado. Dejé pasar al Cordobés y ella lo descartó con una mirada brillante antes de saludarlo. Después me preguntó si nos podíamos ver y Abel dijo Mañana en la chambre 22. “A las tres” dijo ella volviéndolo a besar. Se fue inmediatamente. Esa noche Abel Rosso orilló la mole del Panthéon sin poder develar el matiz milagroso que había en la salvación de su sábado seco.

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