martes

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 49


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Un día descubrí la Biblioteca Pública de La Ciénaga y conseguí un carné de lector. La biblioteca quedaba cerca de la vieja iglesia de West Adams. Era muy chica y había solamente una bibliotecaria. Tendría cerca de cuarenta años, pero ya usaba el pelo completamente blanco recogido en un moño que se apretaba contra la nuca. Sobre la nariz afilada y detrás de unos lentes sin montura le brillaban unos ojos verde-profundos. A mí me daba la impresión de que ella sabía todo.

Primero recorrí la biblioteca revisando los libros uno por uno, pero eran todos sosos y pesados. Páginas y páginas de palabras sin sentido. Si tenían algún sentido, recién te lo hacían sentir cuando ya estabas cansado como para que te importara algo. Pero yo seguía revisando libro por libro. Seguramente tendría que haber uno que valiera la pena.

Iba todos los días a la biblioteca que quedaba en la esquina de Adams y La Brea y allí estaba mi bibliotecaria, severa, infalible y silenciosa. Seguí revisando los estantes. El primer libro auténtico que encontré estaba escrito por un tipo que se llamaba Upton Sinclair. Construía párrafos simples y llenos de furia. Escribía con furia sobre las asquerosas cárceles de Chicago, y era llano y directo. Y después encontré otro autor interesante que se llamaba Sinclair Lewis y había escrito un libro que se llamaba Calle mayor. Sabía desnudar las capas de hipocresía que cubrían a la gente, aunque sin ninguna pasión.

Volvía todos los días, y me leía un libro por tarde.

Un día andaba dando vueltas y vichando disimuladamente a mi bibliotecaria, cuando encontré un libro titulado Bow Dow to Wood and Stone. Por fin algo bueno, porque eso es lo que hacíamos todos. ¡Ya era hora de encontrar algo con fuego! La autora era Josephine Lawrence. Una mujer. Eso me gustó. Cualquier persona podía tener talento. Pero enseguida me di cuenta que era como los otros libros, lleno de páginas blandas, oscuras, aburridas. Lo volví a colocar en el estante. Y apenas agarré el libro que estaba al lado, descubrí que estaba escrito por otro Lawrence. Lo abrí en cualquier lado y leí una parte donde un hombre estaba frente a un piano. Al principio me pareció falso. Pero seguí leyendo. El hombre del piano estaba perturbado. Por su mente pasaban cosas oscuras y curiosas. Los párrafos eran densos como un hombre gritando “Joe, ¿dónde hay algo?” en lugar de “Joe, ¿dónde estás?”. Era un Lawrence que escribía párrafos espesos y sangrientos. Nunca lo había oído nombrar. ¿Por qué ese silencio? ¿Por qué no lo publicitaban?

Me leí todo lo que había de D. H. Lawrence en la biblioteca. Un libro por día. Mi bibliotecaria empezó a mirarme raro cuando le pedía los libros.

-¿Cómo te sentís hoy? -me preguntaba.

Y eso siempre me sonaba bien. Me sentía como si realmente hubiésemos pasado la noche juntos. La obra de D. H. me guió hacia la de H. D., la poetisa, y a la del más joven de los Huxley, que era amigo de Lawrence. Apareció todo de golpe. Un libro me llevaba al otro. Un día descubrí a Dos Passos. Era bastante bueno, realmente, aunque no demasiado. Demoré más de un día en leer su trilogía sobre los Estados Unidos. Dreiser no me gustaba. Sherwood Anderson sí. Y entonces apareció Hemingway. ¡Qué extraordinario! Él sí sabía cómo se escribe cada línea. Era puro placer. Las palabras te hacían vibrar sin ser abstrusas, y si te dejabas hipnotizar podías vivir sin dolor, con esperanza y sin que te importara un pito lo que te pudiera pasar.

Pero cuando volvía a casa…

-¡APAGÁ LA LUZ! -chillaba mi padre.

Ahora estaba leyendo a los rusos, a Turgueniev y Gorky. Entre las reglas que imponía mi padre estaba la de que todas las luces se tenían que apagar después de las 20. Lo que él quería era dormir tranquilo para estar despejado al otro día en su trabajo. En casa se pasaba hablando del “trabajo”, desde que llegaba de tarde hasta que se iba a la cama. Estaba decidido a subir en el escalafón.

-¡Muy bien! ¡Terminala con los malditos libros! ¡Apagá la luz!

Para mí aquellos hombres que habían llegado de la nada a meterse en mi vida, eran lo único que importaba. Las únicas voces que me hablaban.

-Okey -le contestaba a mi padre.

Entonces agarraba mi lamparita de cabecera, reptaba bajo la sábana y leía el nuevo libro envolviéndolo con el almohadón y el edredón. Cuando sentía que me moría de calor y me costaba respirar levantaba un momento las mantas.

-¿Pero qué es esto? ¿Estoy viendo una luz? ¿Apagaste la luz, Henry?

Y yo volvía a esconderme hasta que oía roncar a mi padre.

Turgueniev era un tipo muy serio, pero igual me hacía reír porque encontrar una verdad por primera vez en la vida puede ser algo muy divertido. Cuando la verdad de alguien es la misma que la tuya y parece que te la está contando nada más que a vos… eso es algo fantástico.

Yo seguía leyendo escondido bajo las mantas y la lamparita se iba recalentando. Leer todos aquellos buenos párrafos mientras te ahogabas… era algo hechizante.

Para mi padre la magia estaba en el trabajo que había encontrado.

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