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Un día descubrí la
Biblioteca Pública de La Ciénaga y conseguí un carné de lector. La biblioteca
quedaba cerca de la vieja iglesia de West Adams. Era muy chica y había
solamente una bibliotecaria. Tendría cerca de cuarenta años, pero ya usaba el
pelo completamente blanco recogido en un moño que se apretaba contra la nuca.
Sobre la nariz afilada y detrás de unos lentes sin montura le brillaban unos
ojos verde-profundos. A mí me daba la impresión de que ella sabía todo.
Primero recorrí la
biblioteca revisando los libros uno por uno, pero eran todos sosos y pesados.
Páginas y páginas de palabras sin sentido. Si tenían algún sentido, recién te
lo hacían sentir cuando ya estabas cansado como para que te importara algo. Pero
yo seguía revisando libro por libro. Seguramente tendría que haber uno que
valiera la pena.
Iba todos los días a la
biblioteca que quedaba en la esquina de Adams y La Brea y allí estaba mi
bibliotecaria, severa, infalible y silenciosa. Seguí revisando los estantes. El
primer libro auténtico que encontré estaba escrito por un tipo que se llamaba Upton
Sinclair. Construía párrafos simples y llenos de furia. Escribía con furia
sobre las asquerosas cárceles de Chicago, y era llano y directo. Y después
encontré otro autor interesante que se llamaba Sinclair Lewis y había escrito
un libro que se llamaba Calle mayor. Sabía desnudar las capas de
hipocresía que cubrían a la gente, aunque sin ninguna pasión.
Volvía todos los días, y
me leía un libro por tarde.
Un día andaba dando
vueltas y vichando disimuladamente a mi bibliotecaria, cuando encontré un libro
titulado Bow Dow to Wood and Stone. Por fin algo bueno, porque eso es lo
que hacíamos todos. ¡Ya era hora de encontrar algo con fuego! La autora
era Josephine Lawrence. Una mujer. Eso me gustó. Cualquier persona podía tener
talento. Pero enseguida me di cuenta que era como los otros libros, lleno de
páginas blandas, oscuras, aburridas. Lo volví a colocar en el estante. Y apenas
agarré el libro que estaba al lado, descubrí que estaba escrito por otro
Lawrence. Lo abrí en cualquier lado y leí una parte donde un hombre estaba
frente a un piano. Al principio me pareció falso. Pero seguí leyendo. El hombre
del piano estaba perturbado. Por su mente pasaban cosas oscuras y curiosas. Los
párrafos eran densos como un hombre gritando “Joe, ¿dónde hay algo?” en
lugar de “Joe, ¿dónde estás?”. Era un Lawrence que escribía párrafos espesos y
sangrientos. Nunca lo había oído nombrar. ¿Por qué ese silencio? ¿Por qué no lo
publicitaban?
Me leí todo lo que había
de D. H. Lawrence en la biblioteca. Un libro por día. Mi bibliotecaria empezó a
mirarme raro cuando le pedía los libros.
-¿Cómo te sentís hoy? -me
preguntaba.
Y eso siempre me sonaba
bien. Me sentía como si realmente hubiésemos pasado la noche juntos. La obra de
D. H. me guió hacia la de H. D., la poetisa, y a la del más joven de los
Huxley, que era amigo de Lawrence. Apareció todo de golpe. Un libro me llevaba
al otro. Un día descubrí a Dos Passos. Era bastante bueno, realmente, aunque no
demasiado. Demoré más de un día en leer su trilogía sobre los Estados Unidos.
Dreiser no me gustaba. Sherwood Anderson sí. Y entonces apareció Hemingway.
¡Qué extraordinario! Él sí sabía cómo se escribe cada línea. Era puro placer.
Las palabras te hacían vibrar sin ser abstrusas, y si te dejabas hipnotizar
podías vivir sin dolor, con esperanza y sin que te importara un pito lo que te
pudiera pasar.
Pero cuando volvía a
casa…
-¡APAGÁ LA LUZ! -chillaba
mi padre.
Ahora estaba leyendo a
los rusos, a Turgueniev y Gorky. Entre las reglas que imponía mi padre estaba
la de que todas las luces se tenían que apagar después de las 20. Lo que él
quería era dormir tranquilo para estar despejado al otro día en su trabajo. En
casa se pasaba hablando del “trabajo”, desde que llegaba de tarde hasta que se
iba a la cama. Estaba decidido a subir en el escalafón.
-¡Muy bien! ¡Terminala
con los malditos libros! ¡Apagá la luz!
Para mí aquellos hombres
que habían llegado de la nada a meterse en mi vida, eran lo único que importaba.
Las únicas voces que me hablaban.
-Okey -le contestaba a mi
padre.
Entonces agarraba mi
lamparita de cabecera, reptaba bajo la sábana y leía el nuevo libro
envolviéndolo con el almohadón y el edredón. Cuando sentía que me moría de calor
y me costaba respirar levantaba un momento las mantas.
-¿Pero qué es esto?
¿Estoy viendo una luz? ¿Apagaste la luz, Henry?
Y yo volvía a esconderme
hasta que oía roncar a mi padre.
Turgueniev era un tipo
muy serio, pero igual me hacía reír porque encontrar una verdad por primera vez
en la vida puede ser algo muy divertido. Cuando la verdad de alguien es la
misma que la tuya y parece que te la está contando nada más que a vos… eso es
algo fantástico.
Yo seguía leyendo escondido
bajo las mantas y la lamparita se iba recalentando. Leer todos aquellos buenos
párrafos mientras te ahogabas… era algo hechizante.
Para mi padre la magia estaba
en el trabajo que había encontrado.






















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