(UNA NOVELA CONCEBIDA EN EL PARÍS DE LOS AÑOS 70, CUANDO LA PANDEMIA ESPIRITUAL DE LA TRANSMODERNIDAD YA NOS HABÍA JAQUEADO MORTALMENTE)
1ª edición
bilingüe: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020
UNO: LA PRUEBA
DEL INOCENTE
Es verde pero
murmura
es verde pero
habla
es verde pero interroga
es verde pero
tortura.
(poema anónimo escrito en la cárcel de Libertad
por un combatiente uruguayo durante la dictadura)
Es la vida,
madre -dijo él. -Uno se vuelve verde en París.
Gabriel García Márquez
SAINT-TROPEZ
UN HOMBRE semicalvo se despierta
en una caravane del Camping du Grand Saule en Ranchito, un barrio terminal de
la banlieue de Cannes. En la casa rodante siguen durmiendo dos adolescentes
mientras el hombre se incorpora de un salto y deja su cucheta. Se viste y busca
un peine entre la ropa sucia y abre la puerta del ropero que tiene un espejo.
Cuando se está peinando ve sus ojos hinchados por el brillo del fuego del
sótano del mundo: suelta el peine y se escapa cruzando la mañana. Entra en una
letrina de las instalaciones del camping, pero al salir librado del hedor de
sus vísceras sigue espantosamente iluminado: entonces vuelve al toldo de la
caravane y pone a calentar agua en una cacerola, mientras prepara el mate.
Después entra a la casa rodante y saca del ropero una máquina de escribir,
evitando mirarse al espejo. Se pone a tomar mate en un claro de pasto bajo un
fiero sol ocre, sentado sobre un banco. Pone otro banco enfrente y destapa la
máquina que tiene una hoja puesta: la da vuelta y escribe enceguecidamente. A
medida que escribe le chorrean por la cara el sudor y las lágrimas. Chupa el
mate leyendo lo que acaba de hacer, y lo corrige a máquina y corre a buscar más
hojas. Un momento después aparece el menor de los adolescentes en la boca del
toldo, protegido del encandilamiento por su azabache melena charrúa. El hombre
toma un mate y lo mira hondamente, con los ojos lavados por la resurrección.
AQUEL VERANO la Croisette de Cannes fue invadida por una oleada de mangueros que aturdió la paciencia de las momias turistas, y la policía nos expulsó sin hacer distinciones y amenazó con encerrarnos si nos volvían a ver en las terrazas. Nos faltaba pagar casi quinientos francos por el alquiler de la casa rodante y era imposible fugarse ya que los pasaportes estaban retenidos en la administración del Camping du Grand Saule. La única solución que les quedaba era yirar por Saint-Tropez a cielo descubierto hasta juntar plata. Parecía apenas posible, pero se resignaron.
En Saint-Tropez se fomentaba la manga como una atracción turística pero la competencia les resultó infernal, a mediados de temporada. Estábamos sin un mango, y la primera noche dormimos en la casa de unos mellizos fanáticos de la música andina que el Cordobés bautizara más tarde el Ceja y el Diamante: uno por una barra de pelambre castaña que llevaba resplandeciendo sobre sus ojos infantiles, y otro por contener media docena de rostros variables que se complementaban congeladoramente. El Ceja vivía con una muchacha rubia embarazada de ocho meses que se desmelenaba de calor abanicándose en el suelo del dormitorio chico. Se llamaba Isabelle, y escuchaba la quena y el charango de los fanáticos con los labios abiertos y una mirada de pureza azul brillando a contramano. Nos hicimos amigos enseguida. Ella me mostró un libro con las fases del parto y yo le conté la historia de una cocinera que conocimos el verano anterior en Ventimiglia: era la compañera de trabajo de un gitano chistoso que la hacía darse baños con la sal de la luna para purificarse. Eso la hizo reír a carcajadas, y al rato se durmió en un colchón que tenía en el suelo para ella y el Ceja. Abel apagó la luz y terminó de abrir una de las ventanas para que derramara la luna sobre la muchacha.
Después volvió a la pieza donde los mellizos ya se habían extenuado de jugar a los cholos musiqueros. En el mismo colchón donde estuvo tocando el Diamante se estiraba una larga muchacha pelirroja que tenía veinte años largos y ojos como pulverizados: Abel supo más tarde que Stephanie era tropeziana y había sido la naná del Diamante durante mucho tiempo hasta que se aburrieron y ella subió a París y volvió a los tres años con dos intentos de suicidio una cura del sueño y una desintoxicación heroica: golpeó en lo de su ex-novio a principios de julio y fue bien recibida. Yo vi que Stephanie lechuceaba a Pedrito y pedí por favor que nos dijeran dónde íbamos a dormir porque pensábamos manguear temprano en la playa.
Cuando nos derrumbamos sobre el mosaico de la cocina forrado de frazadas le supliqué a Pedrito que no fuera a ejercer la necrofilia por el amor de Dios, pero él me hizo una seña amansadora y hasta empezó a roncar antes que el Cordobés. Yo ya había terminado mis pastillas de betametasona y a las dos o tres horas tuve que incorporarme completamente ahogado y en el vapor lunar vi a la vampira arrodillada en cueros, succionando a Pedrito. A la mierda corretaje, pensé dándome vuelta contra la pared. Stephanie acabó su rito y volvió al dormitorio con dos crujidos óseos.
Al otro día el Diamante nos expulsó eufemísticamente, y hasta nos concedió dejar los bultos en depósito hasta la medianoche. Nosotros nos fuimos a dedo a manguear al restaurant de la playa nudista que hay al lado del camping llamado Pam Beach Club. En la playa conocimos a una pareja de artesanos que vivían en el camping y hacían la temporada vendiendo artículos de cuero repujado. Ella era una petisa con cara de muñeca y unas caderas desproporcionadas que bamboleaba inoperantemente. Se llamaba Mili. No pasaría los treinta y venía a Saint-Tropez todas las temporadas con su primo Gastón, un homosexual triste que compartía el taller de Mili en Saint-Tropez y en Roma. Nos propusieron arrimarnos al puerto en su cachila y traernos a dormir de contrabando al camping. Nosotros agarramos.
Esa noche manguearon en un buen restaurant retirado del puerto y el dueño les pidió si no podían pasar en exclusividad, cosa que festejaron cenando hasta con postre. Retiraron los bultos de la casa de los mellizos y esperaron a Mili y a Gastón en Le Gorille, el famoso boliche donde paraba Picasso. Gastón llegó abrazado con un marica que reencontró después de varios años de una hermandad del alma truncada por los viajes. Le decían la Miguela. Estaba bien vestido y era casi la réplica de Charlot sin disfraz: Gastón lo descubrió ramereando en el corso y lo invitó a dormir al Pam beach Club. Al subirnos al auto la Miguela empezó a manotear las chuzas de Pedrito, que amenazó volarlo por la ventanilla del primer piñazo. “Majo: qué malo eres. Si yo soy tan limpito” porfiaba el marica. Abel iba pensando una carta a su familia con los ojos estriados por la resurrección.
CHAMBRE 9
UN MUCHACHO y un hombre caminan por la rue Descartes una noche de invierno, con ojos de hasch. Estuvieron parados un rato frente a la puerta de Le Bateau Ivre, un restaurant vacío donde al atardecer recién brilla la carne sobre el fuego: después fueron cruzando el corso a contramano que sube desde el mercado dela Mouffetard. El
muchacho se cierra un sacón sin botones y levanta sus ojos de haschich a la
noche: ve los bancos azules de la niebla encendida frente a las casas blancas y
escoradas y hermosas como buques fantasmas. Pero la maravilla le abandona los
ojos cuando cruzan la place de la Contrescarpe y entran en la Mouffetard y el hombre va
estudiando cada cara del corso para desembuchar frasecitas secretas en su
oreja. El hombre es pelirrojo y usa un gran sobretodo completamente negro que
parece prestado. Tiene los ojos verdes y los tuerce hacia el fuego de los restaurantes
después que habla sonriendo y una mano del otro se levanta a esconder vómitos
contenidos. Ven desfilar clochards y mujeres mugrientas y hombres como
insepultos, pero el hombre festeja solamente los rostros de las muchachas
jóvenes que canjearon el halo. Van bajando al mercado de la Mouffetard y el
muchacho sofoca su náusea desbocada cuando huelen los ríos de sangre de cerdo
burbujeando en los surcos de las alcantarillas. El muchacho se ríe casi
eléctricamente después de cada espasmo: pero no escucha al hombre.
UNA SEMANA atrás Abel entró al Bateau a las ocho de la noche con Pedrito y el Cordobés y se sentó a tomar el primer rouge rasposo que le sirvió Muley, uno de los dos árabes. Arriba ya había gente, pero tuvieron que esperar la seña del Payaso para largar la primera manga: unas ocho canciones donde mezclaban Beatles y popurrís de rumbas y boleros famosos y guajiras y huaynos acaramelados, con percusión cambiante de bombo bongó pandereta maracas güiro o claves. Abel tocaba siempre la guitarra, sentado en el medio. El Cordobés percusionaba contra el mostrador y Pedrito rascaba el charango en los temas andinos o hacía más percusión sentado sobre la heladera, teniendo que levantarse en la mitad de un tema si el mozo precisaba sacar algún helado. Era un boliche angosto. Tenía una sola fila de mesas pegadas entre la pared y el mostrador, donde se cocinaba totalmente a la vista, carne asada y cardúmenes de papas fritas pardas y unas siete ocho entradas de choclos gambas húngaras sardinas a la crema o paltas a la vinagreta. No era un restaurant caro pero sí muy rive gauche, con los mozos vestidos a la que te criaste y humaredas perpetuas y aquel rasposo rouge de botella de plástico que Muley destapaba detrás del mostrador para disimularlo en las jarras de barro que pedían los turistas o los mismos franceses adictos al folklore latinoamericano. Como en las noches buenas se amontonaba gente que no cabía ni arriba ni en la pequeña cave, el gerente invitaba con vasos de sangría a los desubicados y estudiaba las mesas para que ningún cliente se quedara fumando un cigarrillo extra. A veces los echaba, con nerviosa dulzura. El Cordobés lo bautizó el Payaso porque tenía una calva monolítica rematada por bucles que le colgaban casi hasta los hombros. Esa noche nos ordenó parar haciendo una guiñada y cantamos la última mientras un mozo afeminado y de buen corazón pasaba el plato a los saltitos y mi felicidad se terminaba. Yo me sentía feliz casi todas las noches si sonábamos bien. Al final de cada tema sorbía el vaso que Amed iba llenando interminablemente y cantaba flotando en los humos finales de mi adolescencia. Terminada la manga salía a la rue Descartes y me metía en la puerta de al lado, donde al fondo del corredor había un water pestoso. Orinaba erizado y quedaba un segundo suspendido en mí mismo hasta que la esperanza me cerraba los ojos casi maternalmente: entonces volvía al mundo.
Esa noche bajaron a la cave para hacer otra manga porque había varias mesas ocupadas. Nunca era una gran manga allí en la cave, pero caracolear por la vieja escalera y sentarse los tres en el techo del piano y cantar bajo aquella luz de sótano era como abrigarse. Abel vio una muchacha riéndose locamente, con los ojos cerrados. No dejó de mirarla hasta que ella volvió de su oscuridad de oro para verlos a ellos. Ellos se demoraban porque de alguna mesa les ofrecieron vino: ahora ya habían brindado y Abel volvió a afinar y sin saber por qué le hizo una morisqueta a la muchacha, con la mano apoyada en la nariz. Después contó hasta tres y empezaron el tema y ella quedó colgada de los ojos de Abel. Cuando terminó el tema ella vació otro vaso y se paró y bailó circundando la mesa de parientes o amigos que le daban más vino. “Increíble” dijo abel: “Cómo me está mirando esta botija. Debe estar con algunos de esos tipos, che. Pero es increíble cómo vicha”. La compadrada no fue correspondida por los otros. La chiquilina volvió a sentársele enfrente y a plegar mansamente la frivolidad hasta que ellos se fueron. Por una mezcla estúpida de timidez y orgullo no la quise mirar mientras Pedrito iba pasando el plato y nosotros bajábamos del piano y yo sentí en la espalda que no podía perderla. Pero cuando giré por la escalera no miré para abajo.
Ahora se habían sentado en las banquetas para esperar que volviera a llenarse la parte de arriba. Amed les sirvió el plato de papas fritas de contrabando que devoraban dándose codazos. Después Abel fumaba mientras los otros pastoreaban mujeres o peleaban o se iban a dar vueltas. Cuando la muchachita asomó la cabeza mareada totalmente por el caracoleo, Abel no se movió: ella se descorría una corona miel de pelo desgreñado y estudiaba las mesas hasta que lo enfocó y él levantó su brazo. Entonces la muchacha remontó la humareda para plegar su cuerpo delante de Abel, y le agarró una pierna. “Me llamo Bénédicte” le dijo sin mirarlo. Se reía sin parar, apretando espasmódicamente el muslo del muchacho. Yo todavía no hablaba demasiado francés a esa altura del viaje, aunque le pregunté cuántos años tenía y ella dijo que quince. “Yo veinticinco” dije. Bénédicte declaró que la edad no importaba y Pedrito me la quiso robar ofreciéndole vino y ella casi le arranca el vaso de un codazo. Es linda, pensé yo: Sí, es demasiado linda para mí pero por qué me agarrará la pierna tan arriba. Ella entonces gruñó que había escrito un poema. Quedó inclinada hipando y ahora tenía un temblor de brutal desamparo bajo la borrachera. Pero no tengas miedo, pensó Abel y le dijo que él también escribía. Ella siguió temblando. “¿Tenés el poema aquí?” le pregunté asustado. Me contestó que no y aniñó su mirada neblinosa y marrón y me soltó y se fue sin saludarme.
“El poema lo tiene acá” dijo Muley haciendo un gesto sucio atrás del mostrador. Yo le mostré una risa largamente lejana y fumé otro cigarrillo flotando sobre el mundo. Cuando se volvió a ver la corona greñuda con resplandor de miel emergiendo del sótano Abel no se asombró. Se repitió la escena con algunas variantes, porque por ejemplo Pedrito ya no probó a soplársela de nuevo: la mano subió al muslo y ella dijo que no, que no tenía el poema en la cartera. Después me preguntó si le parecía linda y eso me hizo crecer dos alas en la boca. Ella porfió que todos le decían que era linda aunque no fuera cierto porque tenía los ojos demasiado chicos y yo no la toqué, pero hubiese querido rozarle la cabeza para ordenarle el vuelo. Abel dijo que el jueves iban a representar El evangelio criollo en Saint-Germain-des-Prés y ella prometió ir. “Vivo en Massy” me dijo: “Pero a las siete salgo del liceo y vengo para aquí. ¿Dónde viven ustedes?”. “En el hotel Stella 41 rue Monsieur-le-Prince chambre 9, cosita”. Y la volví a llamar cosita un par de veces antes de despedirnos. No se empinó a besarme. Me apretó una vez más la pierna hasta el dolor y se hizo la enojada cuando le dije que se iba a olvidar de ir a vernos el jueves. Me miró hasta los huesos y desapareció.
EMPEZAMOS A afinar en la sacristía de Saint-Germain-des-Prés veinte minutos antes de representar El evangelio criollo, un invento mediocre que grabaron dos argentinos del barrio para un sello francés que pagaba bastante. Después salió la idea de ejecutarlo en público y entonces precisaron la docena de músicos correspondiente: había un arpista paraguayo y un añejado guitarrista argentino discípulo de Grela y tres quenas y percusión variada y muchísimos coros y un bandoneonista que al final nos clavó la noche del debut. El Cordobés tocaba los coquitos y Pedrito el charango y yo rascaba un poco la guitarra. También hacíamos coros que ensayamos durante más de un mes todas las negras tardes sin llegar a ajustarlos ni por casualidad. Nos pagaban muy poco, pero había prevista una gira gigante con el Evangelio por nueve países.
Esa noche consiguieron suplentes para el Bateau y allí estaban disfrazados de gauchos for export, con pantalones y con botas negras y sudando bajo ponchos bordados que patrióticamente les agenció la embajada argentina. Dos quenistas franceses que hacían el Evangelio se sentían en la gloria, pero Abel eructó la vieja sensación de que para la escena se precisa tener dos vocaciones extras: de payaso y de santo. Yo hablaba de cualquier pavada con Ray y me sentía tan mal como cuando me divorcié, no sé por qué maldita asociación. Entonces llegó ella. La vi asomarse por la puerta entornada de la sacristía y levantar las cejas y avanzar sonriendo bajo una capelina color chocolate. Abel se había olvidado de que podría venir y recién con los besos puestos en las mejillas recordó a Bénédicte. Él tenía botas criollas y eso lo hacía quedar levemente más bajo que la chiquilina: pero no se achicó. Trató de que los buitres no se la distrajeran y ella leyó un poema resoluto y tristísimo sobre los edificios en banlieue para después contarle que no podía quedarse porque si no mamá la rezongaba pero que se veían mañana a las tres de la tarde en el hotel Stella 41 rue Monsieur-le-Prince chambre 9, le dijo: “Me lo sé de memoria”. Entonces la saqué de un brazo de la sacristía para verla brillar suavemente en su sitio: entre los candelabros. Ella dijo que Suerte y mañana a las tres en el hotel Salut.
Esa noche cantaron no demasiado mal, y hubo un soplo de fe retumbando en la iglesia cuando los aplaudieron. Ray los fotografió sin descansar, manejandola Pentax tras miríadas de velas. Parecía un monje
falso con aquel sobretodo completamente negro que le prestó Pedrito: un sosías
pelirrojo. Después que me saqué el poncho y me puse mi sacón sin botones nos
fuimos juntos por Saint-Germain, riéndonos de todo. De golpe me clavó su mirada
de un verde casi fosforecente y preguntó detrás de un copo de humedad: “¿Así
que mañana comés carne fresca, nene?”. Yo pregunté por qué, desentendidamente.
Él torció la mirada contra la rue de Seine y me dijo: “¿No te das cuenta que es
una putita?”
ESA NOCHE me hicieron debutar con el hasch después de varios meses de lidiar con mi terca indiferencia. Yo ya había averiguado que ni la marihuana ni el haschich me podían enviciar: un médico argentino esposo de la florista de la rue Descartes me explicó que el peligro era ver la belleza sólo con el pucho. Y acepté. Abel sintió a los buitres vigilándolo cuando pitó el menjunje: sobre todo Ramón (hermano de Pedrito) y Ray, porque los otros dos eran adolescentes. Abel había tomado algunos vinos antes de subir a la pieza y eso le fue plomizo cuando llegó el despegue. Se me subió el estómago y sudé horriblemente para no vomitar, pero después los vi cómo iban desfilando hacia abajo hacia arriba por la rue Racine contra el paredón gris de l’École de Médecine: un gentío interminable proyectándose. Ahora me relojeaban todos juntos y no les di pelota porque veía la mancha de belleza marrón que llevaba la gente entre pecho y espalda. Se los dije y Ramón quedó maravillado. Porque fue Ramón Baffa el que trajo al hotel el hasch para salvar a Abel de sus aberraciones rioplatenses: Ramón vivía en banlieue y arrugaba el charango y tenía una francesa de buena cosecha y una hija por crecer y hacía bastante tiempo que duraba en París y fue del mismo barrio que Abel allá en Montevideo. Ramón no soportaba más verlo chupar el mate con desesperación ni recibir recortes de partidos de fútbol en festejadas cartas ni putear a patadas al fascismo. “Vos tenés que cambiar, petiso” me decía cariñoso. Y esa noche cada cual agarró su instrumento y empezaron la pizza y yo no improvisé con la guitarra porque siempre fui burro para eso. Lo que hice fue cantarles una visión larguísima sobre cómo habría sido el Jardin du Luxembourg cuando estuvo debajo del océano -porque se podía oler perfectamente lo que quedó del mar soplando calle abajo por la rue Vaugirard o por la rue Racine las mañanas de viento.
De repente golpearon y ni nos asustamos: en el hotel Stella se podía hasta matar sin que nadie protestara. Se suspendió la pizza y Ray se levantó (Ray no tocaba ningún instrumento) recién cuando la voz suplicó en español: “Quiere hablar. Quiere hablar”. Al abrirse la puerta lo vimos recortando su escarnio sobre el corredor negro, con la mínima fuerza para dar cuatro pasos y derrumbarse frente a la mesita hecha con tablas sueltas sobre un armazón. Era alto y rubio, y le faltaban unos cuantos dientes. Usaba traje azul y no tenía ni medias ni camisa: sólo unos zapatones y un sweter con escote en v de color té con leche. “Buenas noches” nos dijo en español mientras se arrodillaba. Estudió la mesita donde había algunos libros la máquina de escribir el paquete de yerba el mate y un poco del Kent que Ramón destripó para fraguar el pucho: después se incorporó y gateó hasta la cama chica y me buceó el sudor frontal con sus ojos terrosos y al final dijo Hasch, intrigadoramente. Nadie le contestó. Le calculé cuarenta y pocos años y una locura sórdida cuando olisqueó el paquete de yerba Napoleón y nos pidió permiso para agarrar un puñadito que masticó tranquilamente. Entonces se pusieron a conversar en un cuasiesperanto donde predominaban el inglés y el francés, y el hombre confesó llamarse Sinclair Brower y ser el primo hermano del Príncipe de Gales además de heredero de los mayores yacimientos auríferos explotados en África además de poeta ugandés publicado en los Estados Unidos y traducido a varias lenguas además de piloto de la fuerza aérea francesa y edecán de De Gaulle en sus últimos viajes oficiales.
“Además de centrofóbal de Peñarol en el62”
dijo Ray y empezamos a aullar de la risa con tanto entusiasmo que Sinclair se
plegó agregándose títulos posesiones y cargos que hacían reverdecer
apasionadamente la mirada de Ray. Yo ya estaba podrido de pisar excrementos y
ver locos zumbando por las calles del barrio, pero esa última noche me devoré
también la lástima y hasta le pregunté a Sinclair si era algo de Leo Brouwer y
él me dijo que hermano. “¿Y Leo Brouwer quién es?” me preguntó enseguida. Yo le
expliqué que era un compositor cubano que hacía muy buena música para guitarra
y él contestó que debían ser hermanos, con seguridad. “Lo que compuse yo fue
una ópera-rock que estrenamos en Grecia con mi ex-mujer” suspiró de repente y
empezó a llorar densa y amansadoramente sobre nuestro silencio. Después pidió
permiso y salió de la pieza sin cerrar la puerta. Ramón se fue al minuto que
desapareció Sinclair, visiblemente asqueado bajo la risa seca y envarando su
lomo en un sacón de cuero que trajo de la gira por estados Unidos.
Cuando Sinclair bajó de su chambre (la 20) estábamos calmados y Pedrito se quejó No tener hasch para un petardo más carajo, y sus dieciséis años no podían con el peso de la noche. El Cordobés estaba como idiotizado estirado a lo largo de la cama de matrimonio al costado de Ray, que saludó a Sinclair frotándose las manos. “A ver a ver” le dijo con sus v fronterizas agravadas y alegres cuando vio el portafolio prensado debajo del sobaco. Entonces lo encontramos. Lo encontramos fotografiado en un diario ugandés saludando al delirio del teatro ateniense donde se estrenó la ópera-rock Jerusalén y Atenas, compuesta a medias con una muchacha que también saludaba agarrada de la mano. No se veía su rostro bajo el velo de la melena rubia pero sí el de Sinclair: estaba bien peinado y con traje y corbata y unos diez años menos -aunque la fecha del recorte nos certificaba que eran diez meses en lugar de años. Nos miramos con Ray. Sinclair me agarró un brazo para mostrarme un libro editado en New York: su primer poemario en tercera edición. Se llamaba Monologue with Kierkegaard, y en la contracarátula de lujo se perfilaba un rostro todavía más joven que el del recorte manoseado: Sinclair había nacido 36 años antes en Entebbe y había sido educado en Estados Unidos y apadrinado por William Burroughs y su Monologue with Kierkegaard era uno de los vuelos más altos que jamás alcanzó la lírica africana, según lo declaraban por unanimidad la crítica sajona y teutona y francesa.
Nos miramos con Ray. Después felicitaron en bloque a Sinclair, que lloró bobamente y se sorbió unos mocos entreverados en el bigotito de los últimos días y agarró el portafolios y subió la escalera monologando con el gran danés. “Cristo” le dije a Ray: “Nunca voy a poder escribir este cuentazo. Parece una joda”. “¿Por qué?” preguntó Ray. “Porque lo escribió Onetti en el cincuenta y pico. Se llama El álbum” dije: “Es esto mismo que-”. “Che: ¿quién se anota con huevos con jamón en el pub?” me interrumpió Pedrito, embutiéndose el poncho. Yo ya había aterrizado y sentí en carne y alma el hambre más voraz de París de los últimos meses: la última noche de hambre antes de que París se diera vuelta a devorarme a mí.
AQUEL VERANO la Croisette de Cannes fue invadida por una oleada de mangueros que aturdió la paciencia de las momias turistas, y la policía nos expulsó sin hacer distinciones y amenazó con encerrarnos si nos volvían a ver en las terrazas. Nos faltaba pagar casi quinientos francos por el alquiler de la casa rodante y era imposible fugarse ya que los pasaportes estaban retenidos en la administración del Camping du Grand Saule. La única solución que les quedaba era yirar por Saint-Tropez a cielo descubierto hasta juntar plata. Parecía apenas posible, pero se resignaron.
En Saint-Tropez se fomentaba la manga como una atracción turística pero la competencia les resultó infernal, a mediados de temporada. Estábamos sin un mango, y la primera noche dormimos en la casa de unos mellizos fanáticos de la música andina que el Cordobés bautizara más tarde el Ceja y el Diamante: uno por una barra de pelambre castaña que llevaba resplandeciendo sobre sus ojos infantiles, y otro por contener media docena de rostros variables que se complementaban congeladoramente. El Ceja vivía con una muchacha rubia embarazada de ocho meses que se desmelenaba de calor abanicándose en el suelo del dormitorio chico. Se llamaba Isabelle, y escuchaba la quena y el charango de los fanáticos con los labios abiertos y una mirada de pureza azul brillando a contramano. Nos hicimos amigos enseguida. Ella me mostró un libro con las fases del parto y yo le conté la historia de una cocinera que conocimos el verano anterior en Ventimiglia: era la compañera de trabajo de un gitano chistoso que la hacía darse baños con la sal de la luna para purificarse. Eso la hizo reír a carcajadas, y al rato se durmió en un colchón que tenía en el suelo para ella y el Ceja. Abel apagó la luz y terminó de abrir una de las ventanas para que derramara la luna sobre la muchacha.
Después volvió a la pieza donde los mellizos ya se habían extenuado de jugar a los cholos musiqueros. En el mismo colchón donde estuvo tocando el Diamante se estiraba una larga muchacha pelirroja que tenía veinte años largos y ojos como pulverizados: Abel supo más tarde que Stephanie era tropeziana y había sido la naná del Diamante durante mucho tiempo hasta que se aburrieron y ella subió a París y volvió a los tres años con dos intentos de suicidio una cura del sueño y una desintoxicación heroica: golpeó en lo de su ex-novio a principios de julio y fue bien recibida. Yo vi que Stephanie lechuceaba a Pedrito y pedí por favor que nos dijeran dónde íbamos a dormir porque pensábamos manguear temprano en la playa.
Cuando nos derrumbamos sobre el mosaico de la cocina forrado de frazadas le supliqué a Pedrito que no fuera a ejercer la necrofilia por el amor de Dios, pero él me hizo una seña amansadora y hasta empezó a roncar antes que el Cordobés. Yo ya había terminado mis pastillas de betametasona y a las dos o tres horas tuve que incorporarme completamente ahogado y en el vapor lunar vi a la vampira arrodillada en cueros, succionando a Pedrito. A la mierda corretaje, pensé dándome vuelta contra la pared. Stephanie acabó su rito y volvió al dormitorio con dos crujidos óseos.
Al otro día el Diamante nos expulsó eufemísticamente, y hasta nos concedió dejar los bultos en depósito hasta la medianoche. Nosotros nos fuimos a dedo a manguear al restaurant de la playa nudista que hay al lado del camping llamado Pam Beach Club. En la playa conocimos a una pareja de artesanos que vivían en el camping y hacían la temporada vendiendo artículos de cuero repujado. Ella era una petisa con cara de muñeca y unas caderas desproporcionadas que bamboleaba inoperantemente. Se llamaba Mili. No pasaría los treinta y venía a Saint-Tropez todas las temporadas con su primo Gastón, un homosexual triste que compartía el taller de Mili en Saint-Tropez y en Roma. Nos propusieron arrimarnos al puerto en su cachila y traernos a dormir de contrabando al camping. Nosotros agarramos.
Esa noche manguearon en un buen restaurant retirado del puerto y el dueño les pidió si no podían pasar en exclusividad, cosa que festejaron cenando hasta con postre. Retiraron los bultos de la casa de los mellizos y esperaron a Mili y a Gastón en Le Gorille, el famoso boliche donde paraba Picasso. Gastón llegó abrazado con un marica que reencontró después de varios años de una hermandad del alma truncada por los viajes. Le decían la Miguela. Estaba bien vestido y era casi la réplica de Charlot sin disfraz: Gastón lo descubrió ramereando en el corso y lo invitó a dormir al Pam beach Club. Al subirnos al auto la Miguela empezó a manotear las chuzas de Pedrito, que amenazó volarlo por la ventanilla del primer piñazo. “Majo: qué malo eres. Si yo soy tan limpito” porfiaba el marica. Abel iba pensando una carta a su familia con los ojos estriados por la resurrección.
CHAMBRE 9
UN MUCHACHO y un hombre caminan por la rue Descartes una noche de invierno, con ojos de hasch. Estuvieron parados un rato frente a la puerta de Le Bateau Ivre, un restaurant vacío donde al atardecer recién brilla la carne sobre el fuego: después fueron cruzando el corso a contramano que sube desde el mercado de
UNA SEMANA atrás Abel entró al Bateau a las ocho de la noche con Pedrito y el Cordobés y se sentó a tomar el primer rouge rasposo que le sirvió Muley, uno de los dos árabes. Arriba ya había gente, pero tuvieron que esperar la seña del Payaso para largar la primera manga: unas ocho canciones donde mezclaban Beatles y popurrís de rumbas y boleros famosos y guajiras y huaynos acaramelados, con percusión cambiante de bombo bongó pandereta maracas güiro o claves. Abel tocaba siempre la guitarra, sentado en el medio. El Cordobés percusionaba contra el mostrador y Pedrito rascaba el charango en los temas andinos o hacía más percusión sentado sobre la heladera, teniendo que levantarse en la mitad de un tema si el mozo precisaba sacar algún helado. Era un boliche angosto. Tenía una sola fila de mesas pegadas entre la pared y el mostrador, donde se cocinaba totalmente a la vista, carne asada y cardúmenes de papas fritas pardas y unas siete ocho entradas de choclos gambas húngaras sardinas a la crema o paltas a la vinagreta. No era un restaurant caro pero sí muy rive gauche, con los mozos vestidos a la que te criaste y humaredas perpetuas y aquel rasposo rouge de botella de plástico que Muley destapaba detrás del mostrador para disimularlo en las jarras de barro que pedían los turistas o los mismos franceses adictos al folklore latinoamericano. Como en las noches buenas se amontonaba gente que no cabía ni arriba ni en la pequeña cave, el gerente invitaba con vasos de sangría a los desubicados y estudiaba las mesas para que ningún cliente se quedara fumando un cigarrillo extra. A veces los echaba, con nerviosa dulzura. El Cordobés lo bautizó el Payaso porque tenía una calva monolítica rematada por bucles que le colgaban casi hasta los hombros. Esa noche nos ordenó parar haciendo una guiñada y cantamos la última mientras un mozo afeminado y de buen corazón pasaba el plato a los saltitos y mi felicidad se terminaba. Yo me sentía feliz casi todas las noches si sonábamos bien. Al final de cada tema sorbía el vaso que Amed iba llenando interminablemente y cantaba flotando en los humos finales de mi adolescencia. Terminada la manga salía a la rue Descartes y me metía en la puerta de al lado, donde al fondo del corredor había un water pestoso. Orinaba erizado y quedaba un segundo suspendido en mí mismo hasta que la esperanza me cerraba los ojos casi maternalmente: entonces volvía al mundo.
Esa noche bajaron a la cave para hacer otra manga porque había varias mesas ocupadas. Nunca era una gran manga allí en la cave, pero caracolear por la vieja escalera y sentarse los tres en el techo del piano y cantar bajo aquella luz de sótano era como abrigarse. Abel vio una muchacha riéndose locamente, con los ojos cerrados. No dejó de mirarla hasta que ella volvió de su oscuridad de oro para verlos a ellos. Ellos se demoraban porque de alguna mesa les ofrecieron vino: ahora ya habían brindado y Abel volvió a afinar y sin saber por qué le hizo una morisqueta a la muchacha, con la mano apoyada en la nariz. Después contó hasta tres y empezaron el tema y ella quedó colgada de los ojos de Abel. Cuando terminó el tema ella vació otro vaso y se paró y bailó circundando la mesa de parientes o amigos que le daban más vino. “Increíble” dijo abel: “Cómo me está mirando esta botija. Debe estar con algunos de esos tipos, che. Pero es increíble cómo vicha”. La compadrada no fue correspondida por los otros. La chiquilina volvió a sentársele enfrente y a plegar mansamente la frivolidad hasta que ellos se fueron. Por una mezcla estúpida de timidez y orgullo no la quise mirar mientras Pedrito iba pasando el plato y nosotros bajábamos del piano y yo sentí en la espalda que no podía perderla. Pero cuando giré por la escalera no miré para abajo.
Ahora se habían sentado en las banquetas para esperar que volviera a llenarse la parte de arriba. Amed les sirvió el plato de papas fritas de contrabando que devoraban dándose codazos. Después Abel fumaba mientras los otros pastoreaban mujeres o peleaban o se iban a dar vueltas. Cuando la muchachita asomó la cabeza mareada totalmente por el caracoleo, Abel no se movió: ella se descorría una corona miel de pelo desgreñado y estudiaba las mesas hasta que lo enfocó y él levantó su brazo. Entonces la muchacha remontó la humareda para plegar su cuerpo delante de Abel, y le agarró una pierna. “Me llamo Bénédicte” le dijo sin mirarlo. Se reía sin parar, apretando espasmódicamente el muslo del muchacho. Yo todavía no hablaba demasiado francés a esa altura del viaje, aunque le pregunté cuántos años tenía y ella dijo que quince. “Yo veinticinco” dije. Bénédicte declaró que la edad no importaba y Pedrito me la quiso robar ofreciéndole vino y ella casi le arranca el vaso de un codazo. Es linda, pensé yo: Sí, es demasiado linda para mí pero por qué me agarrará la pierna tan arriba. Ella entonces gruñó que había escrito un poema. Quedó inclinada hipando y ahora tenía un temblor de brutal desamparo bajo la borrachera. Pero no tengas miedo, pensó Abel y le dijo que él también escribía. Ella siguió temblando. “¿Tenés el poema aquí?” le pregunté asustado. Me contestó que no y aniñó su mirada neblinosa y marrón y me soltó y se fue sin saludarme.
“El poema lo tiene acá” dijo Muley haciendo un gesto sucio atrás del mostrador. Yo le mostré una risa largamente lejana y fumé otro cigarrillo flotando sobre el mundo. Cuando se volvió a ver la corona greñuda con resplandor de miel emergiendo del sótano Abel no se asombró. Se repitió la escena con algunas variantes, porque por ejemplo Pedrito ya no probó a soplársela de nuevo: la mano subió al muslo y ella dijo que no, que no tenía el poema en la cartera. Después me preguntó si le parecía linda y eso me hizo crecer dos alas en la boca. Ella porfió que todos le decían que era linda aunque no fuera cierto porque tenía los ojos demasiado chicos y yo no la toqué, pero hubiese querido rozarle la cabeza para ordenarle el vuelo. Abel dijo que el jueves iban a representar El evangelio criollo en Saint-Germain-des-Prés y ella prometió ir. “Vivo en Massy” me dijo: “Pero a las siete salgo del liceo y vengo para aquí. ¿Dónde viven ustedes?”. “En el hotel Stella 41 rue Monsieur-le-Prince chambre 9, cosita”. Y la volví a llamar cosita un par de veces antes de despedirnos. No se empinó a besarme. Me apretó una vez más la pierna hasta el dolor y se hizo la enojada cuando le dije que se iba a olvidar de ir a vernos el jueves. Me miró hasta los huesos y desapareció.
EMPEZAMOS A afinar en la sacristía de Saint-Germain-des-Prés veinte minutos antes de representar El evangelio criollo, un invento mediocre que grabaron dos argentinos del barrio para un sello francés que pagaba bastante. Después salió la idea de ejecutarlo en público y entonces precisaron la docena de músicos correspondiente: había un arpista paraguayo y un añejado guitarrista argentino discípulo de Grela y tres quenas y percusión variada y muchísimos coros y un bandoneonista que al final nos clavó la noche del debut. El Cordobés tocaba los coquitos y Pedrito el charango y yo rascaba un poco la guitarra. También hacíamos coros que ensayamos durante más de un mes todas las negras tardes sin llegar a ajustarlos ni por casualidad. Nos pagaban muy poco, pero había prevista una gira gigante con el Evangelio por nueve países.
Esa noche consiguieron suplentes para el Bateau y allí estaban disfrazados de gauchos for export, con pantalones y con botas negras y sudando bajo ponchos bordados que patrióticamente les agenció la embajada argentina. Dos quenistas franceses que hacían el Evangelio se sentían en la gloria, pero Abel eructó la vieja sensación de que para la escena se precisa tener dos vocaciones extras: de payaso y de santo. Yo hablaba de cualquier pavada con Ray y me sentía tan mal como cuando me divorcié, no sé por qué maldita asociación. Entonces llegó ella. La vi asomarse por la puerta entornada de la sacristía y levantar las cejas y avanzar sonriendo bajo una capelina color chocolate. Abel se había olvidado de que podría venir y recién con los besos puestos en las mejillas recordó a Bénédicte. Él tenía botas criollas y eso lo hacía quedar levemente más bajo que la chiquilina: pero no se achicó. Trató de que los buitres no se la distrajeran y ella leyó un poema resoluto y tristísimo sobre los edificios en banlieue para después contarle que no podía quedarse porque si no mamá la rezongaba pero que se veían mañana a las tres de la tarde en el hotel Stella 41 rue Monsieur-le-Prince chambre 9, le dijo: “Me lo sé de memoria”. Entonces la saqué de un brazo de la sacristía para verla brillar suavemente en su sitio: entre los candelabros. Ella dijo que Suerte y mañana a las tres en el hotel Salut.
Esa noche cantaron no demasiado mal, y hubo un soplo de fe retumbando en la iglesia cuando los aplaudieron. Ray los fotografió sin descansar, manejando
ESA NOCHE me hicieron debutar con el hasch después de varios meses de lidiar con mi terca indiferencia. Yo ya había averiguado que ni la marihuana ni el haschich me podían enviciar: un médico argentino esposo de la florista de la rue Descartes me explicó que el peligro era ver la belleza sólo con el pucho. Y acepté. Abel sintió a los buitres vigilándolo cuando pitó el menjunje: sobre todo Ramón (hermano de Pedrito) y Ray, porque los otros dos eran adolescentes. Abel había tomado algunos vinos antes de subir a la pieza y eso le fue plomizo cuando llegó el despegue. Se me subió el estómago y sudé horriblemente para no vomitar, pero después los vi cómo iban desfilando hacia abajo hacia arriba por la rue Racine contra el paredón gris de l’École de Médecine: un gentío interminable proyectándose. Ahora me relojeaban todos juntos y no les di pelota porque veía la mancha de belleza marrón que llevaba la gente entre pecho y espalda. Se los dije y Ramón quedó maravillado. Porque fue Ramón Baffa el que trajo al hotel el hasch para salvar a Abel de sus aberraciones rioplatenses: Ramón vivía en banlieue y arrugaba el charango y tenía una francesa de buena cosecha y una hija por crecer y hacía bastante tiempo que duraba en París y fue del mismo barrio que Abel allá en Montevideo. Ramón no soportaba más verlo chupar el mate con desesperación ni recibir recortes de partidos de fútbol en festejadas cartas ni putear a patadas al fascismo. “Vos tenés que cambiar, petiso” me decía cariñoso. Y esa noche cada cual agarró su instrumento y empezaron la pizza y yo no improvisé con la guitarra porque siempre fui burro para eso. Lo que hice fue cantarles una visión larguísima sobre cómo habría sido el Jardin du Luxembourg cuando estuvo debajo del océano -porque se podía oler perfectamente lo que quedó del mar soplando calle abajo por la rue Vaugirard o por la rue Racine las mañanas de viento.
De repente golpearon y ni nos asustamos: en el hotel Stella se podía hasta matar sin que nadie protestara. Se suspendió la pizza y Ray se levantó (Ray no tocaba ningún instrumento) recién cuando la voz suplicó en español: “Quiere hablar. Quiere hablar”. Al abrirse la puerta lo vimos recortando su escarnio sobre el corredor negro, con la mínima fuerza para dar cuatro pasos y derrumbarse frente a la mesita hecha con tablas sueltas sobre un armazón. Era alto y rubio, y le faltaban unos cuantos dientes. Usaba traje azul y no tenía ni medias ni camisa: sólo unos zapatones y un sweter con escote en v de color té con leche. “Buenas noches” nos dijo en español mientras se arrodillaba. Estudió la mesita donde había algunos libros la máquina de escribir el paquete de yerba el mate y un poco del Kent que Ramón destripó para fraguar el pucho: después se incorporó y gateó hasta la cama chica y me buceó el sudor frontal con sus ojos terrosos y al final dijo Hasch, intrigadoramente. Nadie le contestó. Le calculé cuarenta y pocos años y una locura sórdida cuando olisqueó el paquete de yerba Napoleón y nos pidió permiso para agarrar un puñadito que masticó tranquilamente. Entonces se pusieron a conversar en un cuasiesperanto donde predominaban el inglés y el francés, y el hombre confesó llamarse Sinclair Brower y ser el primo hermano del Príncipe de Gales además de heredero de los mayores yacimientos auríferos explotados en África además de poeta ugandés publicado en los Estados Unidos y traducido a varias lenguas además de piloto de la fuerza aérea francesa y edecán de De Gaulle en sus últimos viajes oficiales.
“Además de centrofóbal de Peñarol en el
Cuando Sinclair bajó de su chambre (la 20) estábamos calmados y Pedrito se quejó No tener hasch para un petardo más carajo, y sus dieciséis años no podían con el peso de la noche. El Cordobés estaba como idiotizado estirado a lo largo de la cama de matrimonio al costado de Ray, que saludó a Sinclair frotándose las manos. “A ver a ver” le dijo con sus v fronterizas agravadas y alegres cuando vio el portafolio prensado debajo del sobaco. Entonces lo encontramos. Lo encontramos fotografiado en un diario ugandés saludando al delirio del teatro ateniense donde se estrenó la ópera-rock Jerusalén y Atenas, compuesta a medias con una muchacha que también saludaba agarrada de la mano. No se veía su rostro bajo el velo de la melena rubia pero sí el de Sinclair: estaba bien peinado y con traje y corbata y unos diez años menos -aunque la fecha del recorte nos certificaba que eran diez meses en lugar de años. Nos miramos con Ray. Sinclair me agarró un brazo para mostrarme un libro editado en New York: su primer poemario en tercera edición. Se llamaba Monologue with Kierkegaard, y en la contracarátula de lujo se perfilaba un rostro todavía más joven que el del recorte manoseado: Sinclair había nacido 36 años antes en Entebbe y había sido educado en Estados Unidos y apadrinado por William Burroughs y su Monologue with Kierkegaard era uno de los vuelos más altos que jamás alcanzó la lírica africana, según lo declaraban por unanimidad la crítica sajona y teutona y francesa.
Nos miramos con Ray. Después felicitaron en bloque a Sinclair, que lloró bobamente y se sorbió unos mocos entreverados en el bigotito de los últimos días y agarró el portafolios y subió la escalera monologando con el gran danés. “Cristo” le dije a Ray: “Nunca voy a poder escribir este cuentazo. Parece una joda”. “¿Por qué?” preguntó Ray. “Porque lo escribió Onetti en el cincuenta y pico. Se llama El álbum” dije: “Es esto mismo que-”. “Che: ¿quién se anota con huevos con jamón en el pub?” me interrumpió Pedrito, embutiéndose el poncho. Yo ya había aterrizado y sentí en carne y alma el hambre más voraz de París de los últimos meses: la última noche de hambre antes de que París se diera vuelta a devorarme a mí.























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