martes

TORRES GARCÍA. INTEGRIDAD DEL ARTE (16) por ALEJANDRO DÍAZ


Fin y principio (2)

El Universalismo Constructivo se gestó al mismo tiempo que Cercle et Carré. Y se podría decir que así como Torres García funcionó como un catalizador que hizo posible la organización de los artistas abstractos, la interacción con estos tuvo su equivalente en la obra de Torres García. La creación de su versión del constructivismo es un intento de conciliar varios pares de opuestos. Uno de ellos, abstracción y figuración, buscando la posibilidad de expresar algo sobre el mundo y el hombre sin recurrir a la imitación o a la apariencia. Construir era para Torres García lo opuesto a imitar, y la aversión que sentían los neoplasticistas por la figuración se corresponde a la que Torres García sentía por la imitación. Lo importante no era, para Torres García, si existía o no la representación de una cosa, sino que esa representación en lugar de ser hecha imitando la realidad, estuviese dada por un equivalente plástico. Sin embargo ese equivalente plástico podía tener además una función de representación. Espoleado tal vez por esa tendencia a la abstracción propia del ambiente en que se movía, Torres da entonces un paso más en la dirección que ya traía, y los grafismos que esquemáticamente representaban las personas, los carros y las estructuras de la ciudad se convierten en símbolos; cosa gráfica e idea de cosa al mismo tiempo. Esos símbolos estarán entretejidos en una estructura proporcionada según la sección áurea, que en palabras de Torres García es un verdadero tesoro.

Mediante el empleo de la proporción áurea en sus obras Torres García encontró una vía de integrar la actividad consciente e inconsciente al realizar una obra. Luego de realizar una estructura medida, el artista hace a un lado la actividad racional y le intercala una serie de símbolos arquetípicos de forma totalmente intuitiva. La cualidad única de la proporción áurea, que la distingue de todos los criterios de proporcionalidad, es bien conocida. De dos segmentos proporcionados según la relación áurea, el mayor de ellos está en la misma relación respecto de la suma de ambos que el menor respecto de él. En términos matemáticos, siendo a la longitud del segmento menor y b la de la mayor, a / b = b / (a + b) = 0.619. Esto permite entonces establecer un sistema de proporciones constante, en el cual las partes de una obra, de las menores a las mayores pueden estar siempre relacionadas por la sección áurea o por uno de sus múltiplos o submúltiplos. Esta propiedad dota a la obra de una organicidad y unidad inigualables. Pero además, la sección áurea se encuentra abundantemente en la naturaleza. Está presente en ramas de árboles, articulaciones de brazos y piernas, las distancias entre ojos, nariz, boca en el rostro humano, en caracoles y en flores. Esta cualidad la hace especialmente atractiva, ya que establece un vínculo bidireccional entre la abstracción ya la naturaleza, entre el mundo de lo concreto y de lo abstracto. La proporción áurea será para Torres García una expresión del vínculo entre el plano ideal y el real.

Nacida en medio de una verdadera “tormenta pictórica” la obra constructiva realizada en París es de una factura extraordinaria. La calidad de los planos de color, en los que el toque del pincel construye un orden total que se superpone al orden geométrico está entre la mejor pintura de Torres García. Sin embargo, en la obra de Montevideo la pincelada tenderá a desaparecer. El constructivismo dará paso al Arte Constructivo Universal, y tenderá a dejar de ser pintura de caballete buscando ser pintura mural y monumental.

El círculo iniciado con el Arte Mediterráneo comienza a cerrarse. La idealización de las formas ha sido sustitituida por el grafismo, y la composición de la obra por la estructura. La tradición mediterránea se disuelve en la tradición universal, a la que Torres García busca religarse. Esa tradición de las grandes culturas del pasado, donde la expresión artística era profundamente religiosa y en las que, confundido arte y religión, el arte prestaba sus medios al sentimiento religioso a la vez que este justificaba al arte. Un arte anónimo, en el que en lugar de la exaltación del yo, se hiciese cosa una cosmovisión, un vivir y un sentir del universo. Y por esto, un arte civilizado.

Nada de cuanto acabo de decir podrá servir ni un momento para orientarnos. Está bien que se sepa; pero basta con esto. Pues la orientación debe venir por otra vía: la intuición. Debemos hallarla, pues, en las obras sean de pintura o escultura, en los grandes poemas, en la liturgias de las religiones, en la arquitectura, en la música, cuando estén dentro de esa universalidad. Vivir en tal ambiente, aislarse del resto. Y ya que eso mismo es en sí sentido religioso de todo (pues no hemos de olvidar que estamos en la unidad) vivir entonces religiosamente, que es tener conciencia de esa unidad, y tanto en el trabajo como en la vida, y tanto en el arte como en nuestras relaciones con los demás y en todas las cosas. (60

Notas

(60) JTG 1947, Fascículo 5º, p. 64. Final del libro.

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