EL TEATRO INMEDIATO (9)
A manera de ejemplo he
mencionado dos nombres famosos, pero el fenómeno se da una y otra vez en los
ensayos y plantea continuamente el problema de la inocencia y de la
experiencia, de la espontaneidad y del conocimiento. También hay cosas que los
actores jóvenes y desconocidos son capaces de hacer y que quedan fuera del
alcance de buenos intérpretes, experimentados y diestros. Ha habido épocas en
la historia del teatro en que la labor del actor se ha basado en ciertos gestos
y expresiones aceptados: congelados sistemas de actitudes que hoy día
rechazamos. Quizá sea menos claro que el polo opuesto -la libertad del método
del actor en elegir lo que sea de los gestos de la vida cotidiana- resulta
también restringido, ya que al basar sus gestos en su observación o en su
propia espontaneidad el actor no realiza una profunda creatividad. Busca en su interior
un alfabeto que también está fosilizado, puesto que el lenguaje de signos de la
vida cotidiana no es el de la invención, sino el que corresponde al condicionamiento
del actor. Sus observaciones sobre el comportamiento humano son a menudo
observaciones de proyecciones suyas. Lo que cree espontáneo está filtrado y
comprobado muchas veces. Si el perro de Pavlov improvisara, seguiría salivando
al tocar la campana, convencido de que obraba por su propia cuenta, orgulloso
de su atrevimiento. Quienes realizan trabajos de improvisación tiene la
oportunidad de comprobar con asombrosa evidencia con qué rapidez se alcanzan
las fronteras de la llamada libertad.
Nuestros públicos
ejercicios con el teatro de la Crueldad llevaron rápidamente a los actores a variaciones
de sus propios clisés, como el personaje de Marcel Marceau que escapa de una
cárcel para caer en otra. Uno de nuestros experimentos consistía en que un
actor abriera una puerta y encontrara algo inesperado. Tenía que reaccionar con
gestos, sonidos o usando pintura. Se le alentaba a expresar el primer gesto,
grito o embadurnamiento que se le ocurriese. Al principio, lo único que esto
mostraba era el repertorio de similitudes que tenía el actor. La boca abierta
de sorpresa, el paso atrás con horror: ¿de dónde procedían esas llamadas
espontaneidades? Resultaba claro que la auténtica e instantánea reacción interior
era comprobada y, como en un relámpago, la memoria ponía en su lugar alguna
imitación de una forma vista anteriormente. El embadurnamiento aun era más
revelador: la proximidad del terror ante la superficie vacía y luego la idea tranquilizadora
y ya hecha de que llegaba al rescate. Este teatro mortal acecha en el interior
de todos nosotros.























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