Psicoanálisis
del mito
SEGUNDA
PARTE / EL CICLO COSMOGÓNICO
3.
A PARTIR DEL VACÍO: EL ESPACIO
Santo
Tomás de Aquino declara: “El nombre de sabio está reservado exclusivamente para
aquel cuya consideración versa sobre el final del universo, final que también
es el principio del universo”. (20) El principio básico de toda mitología es
este del principio en el fin. Los mitos de la creación están saturados de un
sentido del destino que continuamente llama a todas las formas creadas al
imperecedero del cual emergieron por primera vez. Las formas avanzan poderosamente,
pero inevitablemente alcanzan su apogeo, se derrumban y retornan. La mitología,
en este sentido, tiene una actitud trágica. Pero en el sentido de que coloca
nuestro verdadero ser no en las formas que ceden, sino en el imperecedero del
cual inmediatamente surgen de nuevo, es eminentemente no trágica. (21)
Ciertamente, en donde prevalece el modo mitológico la tragedia es imposible. Prevalece
más bien una cualidad del sueño. El verdadero ser, entretanto, no está en las
formas, sino en quien sueña.
Como
en el sueño, las imágenes van de lo sublime a lo ridículo. No se permite
descansar a la mente con sus evaluaciones normales, sino que continuamente se
la insulta y se la arranca de la seguridad de que ahora, al fin, ha
comprendido. La mitología está derrotada cuando la mente descansa solemnemente
en sus imágenes favoritas o tradicionales, y las defiende como si ellas mismas
fueran el mensaje que comunican. Estas imágenes han de considerarse como meras
sombras de los insondable, donde el ojo no llega, donde la palabra no llega, ni
la mente, ni siquiera la piedad. Como las trivialidades del sueño, las del mito
están cargadas de significado.
La
primera fase del ciclo cosmogónico describe el paso de lo informe a la forma,
como en el siguiente canto de la creación de los maoríes de Nueva Zelanda:
Te Kore (El Vacío)
Te Kore-tua-tahi (El
Primer Vacío)
Te Kore-tua-rua (El
Segundo Vacío)
Te Kore-nui (El Vasto
Vacío)
Te Kore-roa (El Vacñio
que se extiende a lo Lejos)
Te Kore-para (El Vacío
Marchito)
Te Kore-whiwhia (El
Vacío que no Posee)
Te Kore-rawea (El Vacío
Delicioso)
Te Kore-te-tematua (El
Vacío Limitado)
Te Po (La Noche)
Te Po-teki (La Noche
que se acerca)
Te Po-terea (La Noche
que se aleja)
Hine-make-moe (La Hija
del Sueño Inquieto)
Te Ata (El Amanecer)
Te Au-tu-roa (El Día
Durable)
Te Ao-marama (El Día
Brillante)
Whai-Tua (Espacio)
En
el espacio evolucionaron dos existencias sin forma:
Maku (Humendad (un
macho))
Mahora-nui-a-rangi
(GRacn Extensión del Cielo (una hembra)
De
estas surgen:
Rangi-potiki (Cielos
(un macho))
Papa (Tierra (una
hembra))
Ranki-potiki
y Papa fueron los padres de los dioses. (22) Desde el vacío que está por encima
de todos los vacíos surgen las emanaciones que sostienen el mundo, como
plantas, misteriosas. La décima de la serie anterior es la noche; la número
dieciocho, el espacio o éter, que es el marco del mundo visible; el número
diecinueve es la polaridad masculina-femenina; el número veinte es el universo
que vemos. Esta serie sugiere una profundidad más allá de la profundidad del
misterio del ser. Los niveles corresponden a las profundidades que ha sondeado
el héroe en su aventura por la hondura del mundo; comprenden los estratos
espirituales conocidos a la mente que se introvierte en la meditación.
Representan la profundidad sin fondo de la noche oscura del alma. (23)
La
cábala hebrea representa el proceso de creación como una serie de emanaciones
que surgen del YO SOY del Gran Rostro. La primera es la cabeza misma, de
perfil, y de esta proceden “nueve luces espléndidas”. Las emanaciones también están
representadas como las ramas de un árbol cósmico que está cabeza abajo,
enraizado en la “inescrutable altura”. El mundo que vemos es la imagen
invertida de ese árbol.
De
acuerdo con los filósofos Samkhya hindúes del siglo VIII a. c., el vacío se
condensa en el elemento éter o espacio. De allí el aire se precipita. Del aire
viene el fuego, del fuego el agua y del agua el elemento tierra. Con cada
elemento evoluciona una función de los sentidos capaz de percibirlo: el oído,
el tacto, la vista, el gusto y el olfato respectivamente. (24)
Un
divertido mito chino personifica estos elementos que emanan como cinco sabios
venerables, que surgen de una esfera de caos, suspendida en el vacío.
“Antes
de que el cielo y la tierra se separaran uno del otro, todo era una gran bola
de neblina, llamada caos. En ese tiempo, los espíritus de los cinco elementos
tomaron forma y luego se convirtieron en cinco ancianos. El primero fue llamado
Anciano Amarillo, y era el amo de la tierra; el segundo fue llamado Anciano
Rojo y era el amo del fuego. El tercero fue llamado Anciano Oscuro, y era el
amo del agua. El cuarto fue llamado el Príncipe Madera y era el amo de la madera.
El quinto fue llamado la Madre Metal y era la señora de los metales. (25)
Cada
uno de estos cinco ancianos puso en movimiento el espíritu primordial del que
procedía; de manera que el agua y la tierra cayeron hacia el fondo; los cielos
quedaron solos y la tierra se asentó en las profundidades. Entonces el agua se
reunió en ríos y lagos, aparecieron montañas y llanuras. Los cielos se aclararon
y la tierra se dividió, allí estaban el sol, la luna, las estrellas, la arena,
las nubes la lluvia y el rocío. El Anciano Amarillo puso en movimiento la
fuerza más pura de la tierra y a la suya se añadieron las operaciones del fuego
y del agua. Entonces surgieron las hierbas y los árboles, los pájaros y los
animales, y las generaciones de serpientes y de insectos, de peces y de
tortugas. El Príncipe Madera y la Madre Metal reunieron luz y oscuridad y así
crearon la raza humana, el hombre y la mujer. Y asó gradualmente apareció el
mundo…” (26)
Notas
(22) Johannes C. Anderson, Maori
Life in Ao-tea (Christchurch (Nueva Zelanda), sin fecha (1907?)), p. 127.
(23)
En los escritos sagrados del budismo Mahayana dieciocho “vacuidades” o grados
del vacío son enumerados y descritos. Todos los experimentan el yogui y el alma
cuando esta pasa a la muerte. Ver Evans-Wentz, Tibetan Yoga and Secret
Doctrine, pp, 206, 239.
(24)
Ver The Vedantasara of Sadananda, traducido con introducción, texto sánscrito
y comentarios, por Swami Nikhilananda (Mayavati, 1931).
(25)
Los cinco elementos de acuerdo con el sistema chino son tierra, fuego, agua,
madera y oro.
(26)
Traducido de Richard Wilbelm, Chinesische Märchen (Jena, Eugen
Diederichs Verlag, 1921, pp. 29-31























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