miércoles

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (83)


El sitio de la Mulita (7)


Dos calderas habían sido llenadas de agua en el barril. Ahora, ellas, muy negritas, esperaban pacientes el crecimiento del fuego. Llevaban las cacharpas a guarecerlas del sol bajo los escasos árboles el Cabo Lobo, el Trompa Tamanduá, el soldado Guazuvirá.

-¡A ver, Asistente!... ¿Dónde anda ese Asistente?

Casi se viene abajo de la piedra, cuando la pisoteó frenéticamente.

Entre los cardos surgió un joven Macá. Venía ese soldado bastante desacomodado de ropa y con el quepis casi a la espalda. Traía una caldera en la mano. Medio ladeado de cadera, al llegar frente a su superior se cuadró y se quedó como ciego, al que le están hablando sin parar. Hubo un silencio. Al fin, el Sargento siempre desde arriba de la piedra, bramó:

-Usté me va a decir que fue a buscar agua al barril; yo sé muy bien que usté me va a salir con eso; pero, ahora, usté no venía del barril. Usté, digamé, ¿Qué tenía que hacer entre los cardos? Usté tiene siempre que ponerse a hacer lo que no iba a hacer y, por eso, después se encuentra con que no sabe para qué está haciendo lo que hace, y se pone a hacer otra cosa al tuntún. ¡Vaya, caliente usté esa agua y apronte el mate! ¡Y tenga ojo, que lo voy a dejar a usté hecho ovillo en el cepo colombiano!

Aunque sabía, ¡vaya si sabía!, que su superior era incapaz de cumplir sus amenazas, el Asistente se encogió todo. Él tenía eso. Le decían una cosa y, para él, ya era. También se achicó el Sargento Cimarrón, pero porque se disponía a saltar a pies juntos de la piedra. Y, primero que el otro, recobró, ya en el suelo, su estatura. Luego, con creciente desazón por algo que le estaba ocurriendo en la mente, se dirigió a su tienda a grandes pasos lentos; adrede sin levantar casi las botas, a fin de arrastrar más las grandes espuelas. Es que se empeñaba en contener fuera de la mente cierto efluvio que tal vez podía llegar a convertirse en imagen perturbadora, aunque él no sabía bien figura de que podría tomar ella si se le hacía…

Dos Cuzcos, desarmados para aliviarse se la faena, ya habían levantado la carpa y ataban sus cuerdas a estacas bien hundidas en el suelo. A la maniobra atendió ceñudo un momento el Sargento, y, después, ordenó duramente que le llevaran su apero adentro.

Al recomendar, siempre estentóreo, que en previsión hicieran, con su buen desagüe, una zanja alrededor, porque el tiempo a él no le estaba gustando nada, vaciló, de súbito, y como recibiendo un empujón se introdujo en la carpa. Pero esto resultó contraproducente. A solas ya y medio en la penumbra, sin nadie en quien, ya rezongando ya con órdenes, buscar apoyo bien resistente contra algo interior que le venía a la mente exigiendo ser tenido en cuenta también él, se atemperó el Cimarrón. Y era lo que, precisamente, bajo ningún concepto quería nuestro Sargento Primero. Porque, entonces, debió atender sin decir ¡ay! a una especie de desaliento que empezaba a desmoronarle que era una lástima la enhiesta ufanía de su suprema autoridad sobre el destacamento. No sabiendo bien qué hacer, desenganchó el sable de la pendiente cadenilla y lo apoyó contra la pared de lona de la carpa. Sin sacarse las botas se echó sobre el recado como cama tendido en el suelo por los diligentes subalternos. Y así, así se entregó, no más, a su bondadosa debilidad inmensa.

-¡Pucha, esto que se está haciendo con la Mulita, esto que con ella se está haciendo… es un crimen!

Realmente, pretendió decir “lo que estamos haciendo”. Pero al llegar a la palabra involucrante, el Sargento Cimarrón hizo un quiebro, y él y su consiguiente responsabilidad quedaron afuera.

-¡El mate, mi Sargento!

A la voz, un poco recelosa por la reciente reprimenda, del joven Asistente, respondió otra voz muy tierna, ahora; sumisa, casi:

-¡Pasá; pase m’Hijo! ¡Pase, no más!

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