El
sitio de la Mulita (7)
Dos calderas habían sido
llenadas de agua en el barril. Ahora, ellas, muy negritas, esperaban pacientes
el crecimiento del fuego. Llevaban las cacharpas a guarecerlas del sol bajo los
escasos árboles el Cabo Lobo, el Trompa Tamanduá, el soldado Guazuvirá.
-¡A ver, Asistente!...
¿Dónde anda ese Asistente?
Casi se viene abajo de la
piedra, cuando la pisoteó frenéticamente.
Entre los cardos surgió
un joven Macá. Venía ese soldado bastante desacomodado de ropa y con el quepis
casi a la espalda. Traía una caldera en la mano. Medio ladeado de cadera, al
llegar frente a su superior se cuadró y se quedó como ciego, al que le están
hablando sin parar. Hubo un silencio. Al fin, el Sargento siempre desde arriba
de la piedra, bramó:
-Usté me va a decir que
fue a buscar agua al barril; yo sé muy bien que usté me va a salir con eso;
pero, ahora, usté no venía del barril. Usté, digamé, ¿Qué tenía que hacer entre
los cardos? Usté tiene siempre que ponerse a hacer lo que no iba a hacer y, por
eso, después se encuentra con que no sabe para qué está haciendo lo que hace, y
se pone a hacer otra cosa al tuntún. ¡Vaya, caliente usté esa agua y apronte el
mate! ¡Y tenga ojo, que lo voy a dejar a usté hecho ovillo en el cepo
colombiano!
Aunque sabía, ¡vaya si
sabía!, que su superior era incapaz de cumplir sus amenazas, el Asistente se
encogió todo. Él tenía eso. Le decían una cosa y, para él, ya era. También se
achicó el Sargento Cimarrón, pero porque se disponía a saltar a pies juntos de
la piedra. Y, primero que el otro, recobró, ya en el suelo, su estatura. Luego,
con creciente desazón por algo que le estaba ocurriendo en la mente, se dirigió
a su tienda a grandes pasos lentos; adrede sin levantar casi las botas, a fin
de arrastrar más las grandes espuelas. Es que se empeñaba en contener fuera de
la mente cierto efluvio que tal vez podía llegar a convertirse en imagen
perturbadora, aunque él no sabía bien figura de que podría tomar ella si se le
hacía…
Dos Cuzcos, desarmados
para aliviarse se la faena, ya habían levantado la carpa y ataban sus cuerdas a
estacas bien hundidas en el suelo. A la maniobra atendió ceñudo un momento el
Sargento, y, después, ordenó duramente que le llevaran su apero adentro.
Al recomendar, siempre
estentóreo, que en previsión hicieran, con su buen desagüe, una zanja alrededor,
porque el tiempo a él no le estaba gustando nada, vaciló, de súbito, y como
recibiendo un empujón se introdujo en la carpa. Pero esto resultó
contraproducente. A solas ya y medio en la penumbra, sin nadie en quien, ya
rezongando ya con órdenes, buscar apoyo bien resistente contra algo interior
que le venía a la mente exigiendo ser tenido en cuenta también él, se atemperó
el Cimarrón. Y era lo que, precisamente, bajo ningún concepto quería nuestro
Sargento Primero. Porque, entonces, debió atender sin decir ¡ay! a una especie
de desaliento que empezaba a desmoronarle que era una lástima la enhiesta
ufanía de su suprema autoridad sobre el destacamento. No sabiendo bien qué
hacer, desenganchó el sable de la pendiente cadenilla y lo apoyó contra la
pared de lona de la carpa. Sin sacarse las botas se echó sobre el recado como
cama tendido en el suelo por los diligentes subalternos. Y así, así se entregó,
no más, a su bondadosa debilidad inmensa.
-¡Pucha, esto que se está
haciendo con la Mulita, esto que con ella se está haciendo… es un crimen!
Realmente, pretendió
decir “lo que estamos haciendo”. Pero al llegar a la palabra involucrante, el
Sargento Cimarrón hizo un quiebro, y él y su consiguiente responsabilidad quedaron
afuera.
-¡El mate, mi Sargento!
A la voz, un poco recelosa
por la reciente reprimenda, del joven Asistente, respondió otra voz muy tierna,
ahora; sumisa, casi:
-¡Pasá; pase m’Hijo!
¡Pase, no más!























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