LA
TOTALIDAD TEMPORAL DEL HÉROE
(el
problema del hombre interior o el alma) / 8
3) Hemos examinado, desde
el punto de vista del valor, el mismo hecho del ser-no ser del determinismo
interior del hombre, y hemos establecido que mi ser-existencia carece de valor
estético, de significado argumental, así como mi existencia física carece de
significado plástico-pictórico. Yo no soy el héroe de mi propia vida. Ahora
hemos de analizar todas las condiciones de la elaboración estética del
determinismo interno: la vivencia aislada, la situación interna y, por fin, la
totalidad de la vida espiritual. En el capítulo presente sólo nos interesan las
condiciones generales para constituir esta vida interior en un alma, y en particular
sólo las condiciones semánticas del ritmo en tanto que ordenación
puramente temporal; las formas especiales de expresión del alma en la creación
verbal -confesión, autobiografía, biografía, carácter, tipo, situación,
personaje- se analizarán en el capítulo siguiente (la totalidad del sentido).
Semejante a un movimiento
físico externo vivido desde el interior, también el movimiento interno, la
orientación, la vivencia, carecen de un determinismo significativo, de un
carácter ya dado, y no viven gracias a su existencia. La vivencia como algo
determinado no la vive el sujeto mismo, sino que está dirigida hacia cierto
sentido, objeto, estado, más hacia uno mismo, hacia una determinación y plenitud
de su existencia en el alma. Yo vivencio el objeto de mi miedo como horror, el
de mi amor como amado, el de mi sufrimiento como pesar (el grado de la
definición cognoscitiva es aquí, por supuesto, insustancial), pero no vivencio
mi miedo, mi amor, mi sufrimiento. La vivencia es una orientación valorativa de
mi totalidad con respecto a algún objeto, mi “pose” no está presente en
esta orientación. Para vivir más vivencias, yo debo convertirlas en el objeto
especial de mi actividad. Debo abstraerme de aquellos objetos, propósitos y
valores hacia los cuales fue dirigida la vivencia real y los cuales le dieron
sentido para poderla realizar como algo determinado y existente. Debo dejar de
tener miedo para vivirlo en su determinismo espiritual (no objetual), debo
dejar de amar para vivenciar mi amor en todos los momentos de su existencia. Aquí
no se trata de una responsabilidad psicológica ni de una “estrechez de la
conciencia” sino de una imposibilidad valorativa y semántica: debo rebasar los
límites de aquel contexto valorativo en que transcurría mi vivencia para hacer
de ella la carne misma de mi alma, mi objeto; yo debo ocupar una posición
distinta en un horizonte de valores distinto, y esta reconstrucción tiene un
carácter sumamente importante. He de volverme, con respecto a mí mismo, otro
que vive su vida en este universo de valores, y este otro debe ocupar una
posición esencialmente fundamentada fuera de mi persona (como psicólogo,
artista, etc.). Podemos expresarlo de esta manera: la vivencia misma como
determinismo espiritual cobra su importancia no en el contexto de
valores sino en mi propia vida. En mi vida, esta vivencia no existe. Es
necesario obtener un punto de apoyo semántico fuera de mi contexto vital, un
punto vivo y creativo y, por lo tanto, justificado, para extraer la vivencia
del único y unitario acontecimiento de mi vida y, por consiguiente, del ser
como acontecer único, porque este sólo es dado desde mi interior, y para
percibir su determinismo como una característica, como un rasgo de la totalidad
espiritual (es lo mismo si se trata de un carácter completo, de un tipo, o sólo
de una situación interna).























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