miércoles

ESTÉTICA DE LA CREACIÓN VERBAL (48) - MIJAIL. BAJTIN


LA TOTALIDAD TEMPORAL DEL HÉROE

(el problema del hombre interior o el alma) / 8


3) Hemos examinado, desde el punto de vista del valor, el mismo hecho del ser-no ser del determinismo interior del hombre, y hemos establecido que mi ser-existencia carece de valor estético, de significado argumental, así como mi existencia física carece de significado plástico-pictórico. Yo no soy el héroe de mi propia vida. Ahora hemos de analizar todas las condiciones de la elaboración estética del determinismo interno: la vivencia aislada, la situación interna y, por fin, la totalidad de la vida espiritual. En el capítulo presente sólo nos interesan las condiciones generales para constituir esta vida interior en un alma, y en particular sólo las condiciones semánticas del ritmo en tanto que ordenación puramente temporal; las formas especiales de expresión del alma en la creación verbal -confesión, autobiografía, biografía, carácter, tipo, situación, personaje- se analizarán en el capítulo siguiente (la totalidad del sentido).

Semejante a un movimiento físico externo vivido desde el interior, también el movimiento interno, la orientación, la vivencia, carecen de un determinismo significativo, de un carácter ya dado, y no viven gracias a su existencia. La vivencia como algo determinado no la vive el sujeto mismo, sino que está dirigida hacia cierto sentido, objeto, estado, más hacia uno mismo, hacia una determinación y plenitud de su existencia en el alma. Yo vivencio el objeto de mi miedo como horror, el de mi amor como amado, el de mi sufrimiento como pesar (el grado de la definición cognoscitiva es aquí, por supuesto, insustancial), pero no vivencio mi miedo, mi amor, mi sufrimiento. La vivencia es una orientación valorativa de mi totalidad con respecto a algún objeto, mi “pose” no está presente en esta orientación. Para vivir más vivencias, yo debo convertirlas en el objeto especial de mi actividad. Debo abstraerme de aquellos objetos, propósitos y valores hacia los cuales fue dirigida la vivencia real y los cuales le dieron sentido para poderla realizar como algo determinado y existente. Debo dejar de tener miedo para vivirlo en su determinismo espiritual (no objetual), debo dejar de amar para vivenciar mi amor en todos los momentos de su existencia. Aquí no se trata de una responsabilidad psicológica ni de una “estrechez de la conciencia” sino de una imposibilidad valorativa y semántica: debo rebasar los límites de aquel contexto valorativo en que transcurría mi vivencia para hacer de ella la carne misma de mi alma, mi objeto; yo debo ocupar una posición distinta en un horizonte de valores distinto, y esta reconstrucción tiene un carácter sumamente importante. He de volverme, con respecto a mí mismo, otro que vive su vida en este universo de valores, y este otro debe ocupar una posición esencialmente fundamentada fuera de mi persona (como psicólogo, artista, etc.). Podemos expresarlo de esta manera: la vivencia misma como determinismo espiritual cobra su importancia no en el contexto de valores sino en mi propia vida. En mi vida, esta vivencia no existe. Es necesario obtener un punto de apoyo semántico fuera de mi contexto vital, un punto vivo y creativo y, por lo tanto, justificado, para extraer la vivencia del único y unitario acontecimiento de mi vida y, por consiguiente, del ser como acontecer único, porque este sólo es dado desde mi interior, y para percibir su determinismo como una característica, como un rasgo de la totalidad espiritual (es lo mismo si se trata de un carácter completo, de un tipo, o sólo de una situación interna).

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