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/ EL RESCATE DEL MUNDO EXTERIOR (3)
El
motivo del sol como una diosa en vez de un dios es una preciosa y rara
supervivencia de un contexto mitológico que evidentemente tuvo amplia difusión
en el tiempo. La gran divinidad maternal del sur de Arabia es el sol femenino,
Ilát. La palabra sol en alemán es femenina (die Sonne). Tanto en Siberia
como en América del Norte sobreviven historias dispersas de un sol femenino. Y
en el cuento de Caperucita Roja, que fue comida por el lobo y rescatada de su
vientre por un cazador, tenemos un eco remoto de la misma aventura de
Amaterasu. Aparecen huellas en muchos países, pero sólo en Japón se halla la
gran mitología todavía efectiva en la civilización; porque el Mikado es un descendiente
directo del nieto de Amaterasu y como ancestro de la casa real, es honrada como
una de las divinidades supremas de la tradición nacional de Shinto. (14) En sus
aventuras se percibe una sensación del mundo diferente a la de las mitologías
ahora mejor conocidas del dios solar: una cierta ternura hacia el
hermoso don de la luz, una gratitud gentil por las cosas que se han vuelto
visibles, como la que una vez debe de haber distinguido el espíritu religioso
de muchos pueblos.
Reconocemos
el espejo, la espada y el árbol. El espejo que refleja a la diosa y la hace
surgir del augusto reposo de su divina no manifestación simboliza el mundo, el
campo de la imagen reflejada. Allí la divinidad se complace en contemplar su
propia gloria y este placer en sí mismo la reduce al acto de manifestación o “creación”.
La espada es el equivalente del rayo. El árbol es el Eje del Mundo en su
aspecto fructífero y de satisfactor de deseos, el mismo que se muestra en los
hogares cristianos en la estación del solsticio de invierno, que es el momento
del renacimiento o regreso del sol, alegre costumbre heredada del paganismo
germánico que ha dado al lenguaje alemán moderno su femenino Sonne. La
danza de Uzume y la diversión de los dioses pertenece al carnaval; el mundo que
ha quedado cabeza abajo por la desaparición de la divinidad suprema, pero que
se regocija por la renovación que viene. Y la shimenawa, la cuerda
augusta de paja que fue tendida detrás de la diosa cuando esta reapareció,
simboliza la gracia del milagro del retorno de la luz. Esta shimenawa es
uno de los símbolos tradicionales más conspicuos, importantes y silenciosamente
elocuentes de la religión popular de Japón. Está colgada encima de las entradas
de los templos, adorna las calles en el festival del Año Nuevo y significa la
renovación del mundo en el umbral del regreso. Si la cruz cristiana es el
símbolo más elocuente del pasaje mitológico al abismo de la muerte, la shimenawa
es el símbolo más sencillo de la resurrección. Ambas representan el
misterio de la frontera entre los mundos: la línea que separa lo que existe y lo
que no existe.
Notas
(14)
Shinto, “El Camino de los Dioses”, la tradición nativa japonesa, que se distingue
del Butsudo importado, o “Xamino del Buddha”, es una forma de devoción a los
guardianes de la vida y de las costumbres (espíritus locales, fuerzas
ancestrales, héroes, el rey divino, los padres vivos, los hijos vivos) que se distinguen
de las fuerzas que originan la liberación del cielo (Bodheisattyas y Buddhas).
El camino de la plegaria es primariamente el de cultivar y preservar la pureza
de corazón: “¿Qué es una ablución? No es solamente la limpieza del cuerpo con
agua bendita, sino seguir el Camino de la Justicia y de la Moral”
(Tomo-be-no-Yasutaka, Shinto-Shoden-Kuju). “Aquello que complace a la
deidad es la virtud y la sinceridad, no las ofrendas materiales”, (Shinto
Gobusho).
Amaterasu,
antepasada de la casa real, es la divinidad principal de un numeroso panteón,
pero es sólo la más alta manifestación del invisible, del trascendente pero
inmanente Dios Universal. “Las Ochocientas Miríadas de Dioses no son sino
manifestaciones diferentes de una deidad única. Kunitokotachi-no-Kami, el
Eterno Ser Divino de la Tierra, el Ser Primordial del Cielo y de la Tierra, la
Gran Unidad de todas las Cosas que existen en el Universo, y existe eternamente
desde el principio hasta el fin del mundo”. (Izawa-Nagahide, Shinto-Ameno-Nuboko-no-ki).
“¿Qué deidad adora Amaterasu con su abstinencia en la Planicie del Alto Cielo?
Ella adora un propio ser interior como una deidad, intenta cultivar la divina virtud
en su propia persona por medio de la pureza interior y así se vuelve una con la
Deidad (Ichijo-Kanewyoshi, Nihonsoki-Sanso).
Puesto
que la Deidad es inmanente en todas las cosas, todas las cosas han de verse
como divinas, desde las cacerolas de la cocina hasta el Mikado: esto es Shinto,
“El Camino de los Dioses”. El Mikado, que ocupa la posición más alta, recibe la
más grande reverencia, pero no una diferencia diferente en especie a la que se
da a todas las otras cosas: “La deidad que inspira temor se manifiesta a sí
misma hasta en la sola hoja de un árbol o en una delicada brizna de hierba”
(Urabe-no-Kanekuni). La función de la reverencia en Shinto es honrar a esa
Deidad en todas las cosas; la función de la pureza es sostener su manifestación
en uno mismo -siguiendo el augusto modelo de la divina adoración de sí misma de
la diosa Amaterasu. “Con el Dios invisible que ve todas las cosas secretas en
el silencio, el corazón del hombre sincero comulga con la tierra” (de un poema
del emperador Meiji). Todas las citas anteriores pueden encontrarse en Genchi
Kato, What is Shinto? (Tokio, Maruzen Company Ltd., 1935); ver también
Lafcadio Hearn, Japan, An Interpretation (Nueva York, Grosset and
Dunlap, 1904).























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