martes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (61)


La pulpería (16)

-¿Quién será? -se preguntaba el trovero, mientras tanto. ¿Quién será?

Por eso, con los ojos fijos en Don Juan, casi recitando, terminó:

Agradezco la atención
que todos me han dispensado.
Y quedo reconfortado,
si no hay… equivocación;
porque al oír mi canción
-por ella oyéndola hablar-
un corazón singular
se aproxima, me parece…
y para siempre me ofrece
confiado se palpitar!

Siguió un acorde enérgico. Y como quien, con palabra decisiva apacigua un corazón a rebato, así se apoyó en el encordado la palma bien abierta del payador, quien debió abandonar la guitarra y ponerse pie, ceremonioso, porque Don Juan acudía hacia él de brazos abiertos.

-¡Mucho gusto, caballero!

-¡Mucho gusto, caballero!

Un momento estuvieron bien estrechados aquellos gauchos lanceados por la adversidad. Los parroquianos, que habían estado atendiendo de párpados entornados, ahora quedaron todo ojos. Pero pronto una de aquellas miradas se fue separando del punto de general confluencia como si se hubiera sentido intrusa y no quisiera que las otras miradas la estuvieran viendo: la del pulpero don Vizcacha, quien se decía con amargura al retirar su llave del cajón de la plata y metérsela en el bolsillo, resuelto a abandonar el despacho:

-¡Esto va a ser un debarajuste! Pero, ¿y qué otro emedio tengo yo, sabiendo que me encajan una estaquiada, si no, o capaz que les da por afusilarme, derecho?... ¡Pucha, yo no me conformo!... ¡Qué música, amigo, y qué canto! Y nombrando a “La Flor del Día” y todo, ¡parece mentira!

Delante hacía rato que tenía servida una gran copa de caña para llevarla al Recluta conjuntamente con la noticia de que debía de marchar a dar parte a sus superiores de la presencia de Don Juan. En la inclusión de la copa de él no advirtió que, sin duda, obró el deseo de retrasar un poco su propia salida del recinto prestigioso; porque esto de que un pulpero sirva sin que se le pida -y hasta derramar, y gratis- no se ha visto. Y tuvo la satisfacción de demorar otro poco, no más, aun, porque el Avestruz recién aparecido le golpeó en el mostrador con una moneda de plata. Y allí no había más que él para atender, pues los dos Charabones dependientes se habían quedado junto a la guitarra como si fueran otros tantos privilegiados: otros clientes. Era tuerto de un tajo que se perdía bajo la gorra de vasco, el llegado. Venía de rebenque a la muñeca, chiripá y poncho color canela.

Lo que nunca, el pulpero esta vez sonrió al tuerto mientras cumplía la retrasante maniobra de frotar el vaso con el repasador antes de ponérselo adelante y junto a la botella de medio litro de vino seco. Y luego de abrir el cajón, hacer el cambio, volver a cerrar y a quitar y a guardarse la llave, nuestro abrumados don Vizcacha asomó la mirada para apreciar si alguien no estaría también por pedir algo. Pero lo único que vio fue brillar los ojos del Hurón y del Biguá y del Gavilán, las miradas hechas tensas líneas de anzuelo en el del vino.

En el rincón de la guitarra recién aflojaban los brazos Don Juan y el Venado, palmeándose las espaldas. El Aperiacito, la mano sin advertirlo en el nudo de la negra golilla, por educación había retrocedido dos pasos.

El Venado se sacó el sombrero. Y manteniéndolo a la altura del hombro, se encaró con la concurrencia.

-Con el permiso de ustedes, caballeros, voy a atender un momento a este amigo. Y después, si tienen gusto, les voy a hacer lo que puedo. O un compañero mejor que yo, y que está afuera, les hará escuchar lo suyo.

En su embeleso, el Loro Barranquero se pasó con premura a la diestra su billete de un peso, y él también se quitó la descolorida gorra y se puso en alto. Los asistentes cabecearon aprobatorios. Nadie se sentía con palabras para terciar en la ocasión. Y si alguno las tuviese, ¿quién sería capaz de acordarlas con fundamento bajo aquel turbión en que llegaban del fondo del ser, como tropillas de un regreso lejano, recuerdos ya casi perdidos, vagos clamores trayentes de la cincha imágenes de quién sabe qué dulzuras tristes, al tiempo mismo que el Biguá, el Gavilán y el Hurón aprovechaban las circunstancias para irse acercando como distraídos al tuerto Avestruz recién llegado?

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