1ª edición WEB: Axxón / 1992
2ª edición WEB: elMontevideano Laboratorio de
Artes / 2019
CUATRO
El paciente era un hombre
no más alto que el doctor. Su cráneo era singularmente ojival, totalmente
calvo. Sus brazos eran en extremo largos y tenía los ojos almendrados, inmensos
detrás de los gruesísimos cristales de los anteojos.
La señora Meimi se
soprendió cuando el hombre le extendió la mano y se la retuvo fuertemente
durante unos segundos, mirándola de una forma perturbadora. Los pacientes jamás
hacían eso, y se sintió mal, como si los ojos hubiesen desmenuzado el terrible
secreto dentro de ella. Pero la sensación duró apenas unos segundos, y Meimi la
atribuyó al horrible malestar que siempre sentía invariablemente luego de que
Marius la sodomizaba con tal furia. Fingió una sonrisa e hizo pasar al hombre
al consultorio.
-Señor Partana, me
gustaría saber quién lo recomendó, qué hace usted -dijo el doctor luego de
saludarlo-. En fin, es necesario que me dé todos los datos que se le ocurran,
ya que, como le habrá dicho mi secretaria, necesito saber si puedo ayudarlo o
no. ¿Conoce usted algo del psicoanálisis?
-Más o menos lo que sabe
todo el mundo. Uno se acuesta en un diván y habla. El psiquiatra registra…
-Claro. Pero comprenderá
que es algo más complejo. Es importante una relación de franqueza básica. No me
gustaría que fuera inexacto desde el principio, por ejemplo.
-No lo entiendo.
-Es que no creo que se
llame Partana. Evidentemente, usted es del gobierno. No vive en Marte, sin
duda. Pero no veo la necesidad de que me mienta sobre su identidad. Usted sabe
que estoy obligado por el secreto profesional. Entonces, ¿por qué tendría que
ocultarme su identidad?
-¿Quién le dijo que he
mentido?
-Vamos, señor. Ese no es
su nombre -dijo el doctor.
El hombre se quedó
pensativo mirando fijamente al doctor. Luego preguntó:
-¿Usted está obligado al
secreto profesional, dice?
-Naturalmente. Es algo
que tiene centurias. Usted lo sabe…
-¿Sería necesario que
grabara las sesiones? ¿Sería absolutamente necesario?
-Debo hacerlo. A veces
grabo, a veces tomo notas. No podría retener toda la información de tantos
pacientes.
Hubo otro largo silencio.
El doctor agregó:
-¿No le parece que sería
mejor si lo pensara tranquilamente? No creo que fuera útil un tratamiento sobre
una base falsa. Usted perdería tiempo, dinero, y yo no podría ayudarlo.
Luego de un minuto, el
hombre dijo:
-De acuerdo. Partana no
es mi nombre. Es que no quiero comprometerlo. Creo que entiende lo que le digo.
-Creo no entenderlo.
Ignoro cómo me puede comprometer diciéndome su nombre verdadero.
El hombre pensó durante
un rato largo. El doctor observó sus delicadas manos de dedos perfectos,
anormalmente largos.
-De acuerdo -dijo-. Tal
vez padezca de paranoia, por mi oficio…
El doctor se encogió de
hombros y sonrió.
-Usted se ríe… Bien,
tengo el grado de coronel. Sí, sí, así como me ve. Sirvo en una fuerza… las
siglas no significarían nada para usted. He trabajado en Berlín, en Asia,
últimamente no lejos de Ankara. Comprende usted ahora por qué no quería dar mi
identidad. Hombres con mis tareas no pueden tener este tipo de problemas, ni
hacer consultas…
-Podría pedir una
licencia. Tal vez algo especial. Debería haber una manera.
-No. Usted no ve la
dimensión del problema. Además, no podría exponerme jamás de ninguna manera. Al
volver a la Tierra sería otro. Y aun no he concluido mi carrera. No estoy en
posición de hacerlo aun.
-.¿Cómo hará para servir
en Ankara y concurrir a Marte tres veces por semana?
-Tengo unas semanas…
Pero, ese es mi problema.
-¿Sirve en…?
-No podría comentarle
sobre eso, como se lo dije. En todo caso, es mejor que sepa lo que le dije
solamente. No más.
-¿Cómo supo de mí?
-Oí su nombre en un club
de oficiales. Leí en la computadora sus artículos sobre amnesias bélicas.
El doctor sonrió. Ignoraba
que sus artículos fueran cargados a la computadora. Por orgullo, no preguntó
dónde el hombre los había visto. Inquirió:
-¿Su caso abarcaría la
amnesia?
-Es algo de otro tipo.
-Sabrá entonces que hay
muchísimas clases de amnesia. ¿En qué se basa para suponer que ese es su
problema?
Al hombre le costó volver
a hablar. Finalmente sus ojos inmensos, que parecían no tener demasiado
movimiento, miraron al doctor de forma penetrante.
-Quiero saber quién soy.
El doctor esperó unos
segundos. Dijo:
-Eso no está relacionado
con la amnesia. Tal vez tenga usted un problema metafísico. ¿O no?
-No es eso. Es decir,
estoy seguro de quién soy. Me llamo Procardus, y tengo el grado de coronel. Ya
está… Podría citarle infinidad de acciones bélicas en las que estuve, y de la
que usted oyó en los noticiarios. Mucha gente, colegas, etcétera, podrían
identificarme. Mis documentos lo hacen, mi partida de nacimiento…
-Continúe.
-Tanto en Berlín como en
Ankara yo hice un trabajo especial, secreto. Siempre tuve un don especial, algo
relacionado con…
El doctor lo miró y
esperó esta vez sin hablar.
-Es algo como un fluido.
A veces me basta con tocar las cosas y penetro en las cosas, a veces, casi
influyo en las cosas. Últimamente, en cambio, he perdido algo de eso, y desde
hace algunos meses me despierto en las madrugadas con una extraña sensación.
Entonces, en la oscuridad, siento que estoy en otro mundo, que soy otra persona
con otras tareas al día siguiente.
-¿Cómo sabe que no era un
sueño, por ejemplo?
-Caminé en la oscuridad,
fui al baño, siempre, y la sensación era la misma.
-¿Se sentía en un lugar
extraño?
-No, no totalmente. Era…
sí, algo extraño, pero no desconocido. El lugar debía haberme sido muy
familiar. Me sentí aterrado, sin discernir qué estaba haciendo allí.
-Prosiga.
-Más tarde, volví a mí
mismo, es decir, a ser el coronel Procardus. Estaba descompuesto, me temblaba
todo el cuerpo. Tenía la piel mojada de sudor.
-Bien -dijo el doctor
minutos después-. Su caso es muy curioso. Veré qué puedo hacer por usted.
Cuando el coronel se
retiró, el doctor le dijo a la señora Meimi:
-Hágale una ficha. Se
llama Procardus. Dice que es coronel. Vendrá tres veces por semana.
-¿Qué lo hizo cambiar de
idea?
-Es uno de los que estuvieron
o están en Ankara, en Berlín, luchando aun para que no vuelvan los rojos. Tal
vez organizó la migración a este planeta. Estaba en… ¿Recuerda algo de aquel
tiempo?
-Y usted… ¿lo aceptó? Lo
que hacen…
-Soy un psiquiatra. No un
juez.
-Pero, usted se enteró de
lo que hacían. Está bien que era la Guerra y ha quedado en el pasado, pero…
-Mi deber es evitar que
las personas se desangren. Además, la guerra prosigue. Los rojos se rinden y
renacen, una y otra vez. Es interminable, y sabemos que estos servicios son
necesarios para detenerlos a cada paso.
-Bueno, su conciencia lo
habrá enloquecido.
-Nada de eso -dijo el
doctor-. Además, esto debe ser confidencial. Más que confidencial. Recuerde que
las malas mañas no se terminan jamás. Además, sabe que ellos tienen carta
blanca y… En fin…
-No soy loca -dijo la
mujer.






















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