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ESTÉTICA DE LA CREACIÓN VERBAL (26) - MIJAIL. BAJTIN


6) Las funciones expresiva e impresiva del cuerpo exterior como fenómeno estético. Una de las corrientes más poderosas y, tal vez, la más desarrollada de la estética del siglo XIX, sobre todo en su segunda mitad, y del principio del XX es aquella que interpreta la actividad estética como empatía o vivencia compartida. Pero aquí no nos interesan las facetas de esta corriente, sino su idea principal en su forma más generalizada. He aquí la idea: el objeto de la actividad estética -las obras de arte, fenómenos de la naturaleza y de la vida- representan la expresión de cierto estado interior cuyo conocimiento estético es la vivencia compartida de este estado interior. Para nosotros no es importante la diferencia entre la vivencia compartida y la empatía, puesto que, al atribuir nuestro propio estado interior al objeto, siempre lo vivenciamos no como lo nuestro inmediato, sino como estado de contemplación del objeto, esto es, compartimos su vivencia. Una vivencia compartida expresa con mayor claridad el sentido real de la vivencia (fenomenología de la vivencia), mientras que la empatía o endopatía trata de explicar la génesis psicológica de esta vivencia. La estructuración estética debe ser independiente de las teorías propiamente psicológicas (excepto la descripción psicológica, la fenomenología); por eso el problema de cómo se realiza psicológicamente una vivencia compartida -si es posible una vivencia inmediata de la vida interior ajena (Losski), si es necesario comparar exteriormente una cara contemplada (reproducción inmediata de su mímica), qué papel juegan las asociaciones, la memoria, si es posible imaginarse el sentimiento (lo niega Gomperz, lo afirma Vitasek), etc.-, todos estos problemas los podemos dejar abiertos por lo pronto. Fenomenológicamente, la vivencia participada de la vida interior de otro ser no es sujeta a duda, por más inconsciente que fuese la técnica de su realización.

Así, pues, la corriente que estamos examinando determina la esencia de la actividad estética como una vivencia participada de un estado interior o de una actividad interior de contemplación de un objeto: un hombre, un objeto inanimado, incluso líneas y colores. Mientras que la geometría (el conocimiento) define la línea en su relación con otra línea, punto o superficie como línea vertical, tangente, paralela, etc., la actividad estética la define desde el punto de vista de su estado interior (más exactamente, no la define sino que la vivencia) como línea que va hacia arriba o que se desploma hacia abajo, etc. Desde el punto de vista de la formulación tan común del fundamento de la estética hemos de incluir en la corriente señalada no sólo la estética de la empatía, (27) en el sentido propio de la palabra (en parte ya Th.Vischer, Lotze, R.Vischer, Volkelt, Wundt y Lipps), sino también la estética de la imitación interna (Groos) del juego y la ilusión (Groos y K. Lange), la estética de Cohen, en parte la de Schopenhauer y de su escuela (la sumersión en el objeto) y, finalmente, la opiniones estética de A. Bergson. Designaremos esta corriente estética con la arbitraria expresión “estética expresiva”, en oposición a otras corrientes que transfieren el centro de gravedad hacia los momentos externos, y que denominaremos “estética impresiva” (Fiedler, Hielderband, Hanslick, Riegl y otros). Para la primera corriente, el objeto estético es expresivo como tal, es expresión externa de un estado interior. Con esto, lo importante es lo siguiente: lo expreso no es algo significado externamente (el valor objetivo), sino la vida interior del propio objeto que se expresa, su estado emocional y volitivo y su orientación; sólo en función de esto puede hablarse de una vivencia participada. Si el objeto estético expresa una idea o cierta circunstancia objetiva directamente, como en el simbolismo y en la estética del contenido (Hegel, Schelling), entonces no hay lugar para la vivencia participada y tenemos que ver con una corriente distinta. Para la estética expresiva, el objeto estético es el hombre, y todo lo demás es animado, humanizado (incluso el color y la línea). En este sentido se puede decir que la estética expresiva concibe todo valor estético espacial, como cuerpo que expresa un alma (estado interior); la estética viene a ser la mímica y la fisiognómica (mímica petrificada). El percibir estéticamente un cuerpo significa vivenciar sus estados interiores, tanto corporales como anímicos, mediante la expresividad exterior. Podríamos formularlo de esta manera: un valor estético se realiza en el momento de estar el observador dentro del objeto contemplado; en el momento de la vivencia de su vida desde su interior, en el límite coinciden el que contempla y lo contemplado. El objeto estético aparece como sujeto de su propia vida interior, y es precisamente en el plano de esta vida interior del objeto estético en tanto que sujeto donde se realiza el valor estético, o sea en el plano de una conciencia, en el plano de una vivencia participada del sujeto, en la categoría del yo. Este punto de vista no logra sostenerse consecuentemente hasta el fin; así, en la explicación de lo trágico y lo cómico es difícil limitarse a la vivencia compartida con el héroe y a “comulgar con la tontería” de un héroe cómico. Pero la tendencia principal siempre va dirigida a que el valor estético se realice de un modo totalmente inmanente a una sola conciencia, y no se permite la oposición entre el yo y el otro; sentimientos tales como la compasión (hacia un héroe trágico), el sentido de superioridad (con respecto a un héroe cómico), de miseria propia o de superioridad moral (frente a lo sublime), se excluyen como extraestéticos precisamente por el hecho de que esto sentimientos, al ser referidos al otro como tal, presuponen una oposición valorativa entre el yo (del que contempla) y el otro (lo contemplado) y su carácter fundamentalmente inconfundible. Los conceptos de juego y de ilusión son sobre todo característicos. En efecto: en el juego yo estoy viviendo otra vida sin abandonar los límites de la vivencia propia y de la autoconciencia, sin tener que ver con el otro como tal; lo mismo sucede en la conciencia de una ilusión: siendo yo mismo, estoy viviendo otra vida. Pero en este caso está ausente la contemplación (yo contemplo a mi pareja en el juego con ojos de participante y no de espectador), lo cual no se toma en cuenta. En este caso se excluyen todos los sentimientos posibles con respecto al otro como tal, y al mismo tiempo se vive otra vida. La estética expresiva a menudo recurre a estos conceptos para describir su posición (o bien yo sufro como héroe, o bien estoy libre del sufrimiento en tanto que espectador; la actitud hacia uno mismo, la vivencia de a categoría del yo, los valores imaginados, siempre corresponden al yo: mi muerte, la muerte que no es mía), la posición de encontrarse dentro de la persona que sufre la vivencia para actualizar un valor estético, de la vivencia de la vida dentro de la categoría del yo inventado o real. (Las categorías estructurales de un objeto estético -la belleza, lo sublime o lo trágico- se convierten en las formas posibles de una vivencia propia -la belleza autosuficiente, etc., sin la correlación con el otro como tal. La vivencia libre de su persona y de su vida, según la terminología de Lipps.)

Notas

(27) Sentimiento participado, empatía (Einfühlung), es término que ya aparece en Herder (Vom Erkennen und Empfinden, 1778; Kalligone, 1800) y en los románticos, y más tarde se difunde ampliamente por Friedrich Theodor Viescher. Cf, p. ej., su trabajo Das Schöne und die Kunst (Stturgart, 2, Aufl., 1897, pp. 69 ss).

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