6) Las funciones expresiva e impresiva del cuerpo exterior como fenómeno
estético. Una de las corrientes más poderosas y, tal vez, la más
desarrollada de la estética del siglo XIX, sobre todo en su segunda mitad, y
del principio del XX es aquella que interpreta la actividad estética como
empatía o vivencia compartida. Pero aquí no nos interesan las facetas de esta
corriente, sino su idea principal en su forma más generalizada. He aquí la
idea: el objeto de la actividad estética -las obras de arte, fenómenos de la
naturaleza y de la vida- representan la expresión de cierto estado interior cuyo
conocimiento estético es la vivencia compartida de este estado interior. Para
nosotros no es importante la diferencia entre la vivencia compartida y la
empatía, puesto que, al atribuir nuestro propio estado interior al objeto,
siempre lo vivenciamos no como lo nuestro inmediato, sino como estado de
contemplación del objeto, esto es, compartimos su vivencia. Una vivencia
compartida expresa con mayor claridad el sentido real de la vivencia
(fenomenología de la vivencia), mientras que la empatía o endopatía trata de
explicar la génesis psicológica de esta vivencia. La estructuración estética
debe ser independiente de las teorías propiamente psicológicas (excepto la
descripción psicológica, la fenomenología); por eso el problema de cómo se
realiza psicológicamente una vivencia compartida -si es posible una vivencia
inmediata de la vida interior ajena (Losski), si es necesario comparar
exteriormente una cara contemplada (reproducción inmediata de su mímica), qué
papel juegan las asociaciones, la memoria, si es posible imaginarse el
sentimiento (lo niega Gomperz, lo afirma Vitasek), etc.-, todos estos problemas
los podemos dejar abiertos por lo pronto. Fenomenológicamente, la vivencia
participada de la vida interior de otro ser no es sujeta a duda, por más
inconsciente que fuese la técnica de su realización.
Así, pues, la corriente que estamos examinando determina la esencia de la
actividad estética como una vivencia participada de un estado interior o de una
actividad interior de contemplación de un objeto: un hombre, un objeto
inanimado, incluso líneas y colores. Mientras que la geometría (el conocimiento)
define la línea en su relación con otra línea, punto o superficie como línea
vertical, tangente, paralela, etc., la actividad estética la define desde el
punto de vista de su estado interior (más exactamente, no la define sino que la
vivencia) como línea que va hacia arriba o que se desploma hacia abajo, etc.
Desde el punto de vista de la formulación tan común del fundamento de la
estética hemos de incluir en la corriente señalada no sólo la estética de la
empatía, (27) en el sentido propio de la palabra (en parte ya Th.Vischer,
Lotze, R.Vischer, Volkelt, Wundt y Lipps), sino también la estética de la
imitación interna (Groos) del juego y la ilusión (Groos y K. Lange), la
estética de Cohen, en parte la de Schopenhauer y de su escuela (la sumersión en
el objeto) y, finalmente, la opiniones estética de A. Bergson. Designaremos
esta corriente estética con la arbitraria expresión “estética expresiva”, en
oposición a otras corrientes que transfieren el centro de gravedad hacia los
momentos externos, y que denominaremos “estética impresiva” (Fiedler,
Hielderband, Hanslick, Riegl y otros). Para la primera corriente, el objeto
estético es expresivo como tal, es expresión externa de un estado interior. Con
esto, lo importante es lo siguiente: lo expreso no es algo significado
externamente (el valor objetivo), sino la vida interior del propio objeto que
se expresa, su estado emocional y volitivo y su orientación; sólo en función de
esto puede hablarse de una vivencia participada. Si el objeto estético expresa
una idea o cierta circunstancia objetiva directamente, como en el simbolismo y
en la estética del contenido (Hegel, Schelling), entonces no hay lugar para la
vivencia participada y tenemos que ver con una corriente distinta. Para la
estética expresiva, el objeto estético es el hombre, y todo lo demás es
animado, humanizado (incluso el color y la línea). En este sentido se puede decir
que la estética expresiva concibe todo valor estético espacial, como cuerpo que
expresa un alma (estado interior); la estética viene a ser la mímica y la
fisiognómica (mímica petrificada). El percibir estéticamente un cuerpo
significa vivenciar sus estados interiores, tanto corporales como anímicos,
mediante la expresividad exterior. Podríamos formularlo de esta manera: un
valor estético se realiza en el momento de estar el observador dentro del
objeto contemplado; en el momento de la vivencia de su vida desde su interior,
en el límite coinciden el que contempla y lo contemplado. El objeto estético
aparece como sujeto de su propia vida interior, y es precisamente en el plano
de esta vida interior del objeto estético en tanto que sujeto donde se realiza
el valor estético, o sea en el plano de una conciencia, en el plano de una
vivencia participada del sujeto, en la categoría del yo. Este punto de
vista no logra sostenerse consecuentemente hasta el fin; así, en la explicación
de lo trágico y lo cómico es difícil limitarse a la vivencia compartida con el
héroe y a “comulgar con la tontería” de un héroe cómico. Pero la tendencia
principal siempre va dirigida a que el valor estético se realice de un modo
totalmente inmanente a una sola conciencia, y no se permite la oposición entre
el yo y el otro; sentimientos tales como la compasión (hacia un
héroe trágico), el sentido de superioridad (con respecto a un héroe cómico), de
miseria propia o de superioridad moral (frente a lo sublime), se excluyen como
extraestéticos precisamente por el hecho de que esto sentimientos, al ser
referidos al otro como tal, presuponen una oposición valorativa entre el yo (del
que contempla) y el otro (lo contemplado) y su carácter fundamentalmente
inconfundible. Los conceptos de juego y de ilusión son sobre todo
característicos. En efecto: en el juego yo estoy viviendo otra vida sin
abandonar los límites de la vivencia propia y de la autoconciencia, sin tener
que ver con el otro como tal; lo mismo sucede en la conciencia de una ilusión:
siendo yo mismo, estoy viviendo otra vida. Pero en este caso está ausente la contemplación
(yo contemplo a mi pareja en el juego con ojos de participante y no de
espectador), lo cual no se toma en cuenta. En este caso se excluyen todos los
sentimientos posibles con respecto al otro como tal, y al mismo tiempo se vive
otra vida. La estética expresiva a menudo recurre a estos conceptos para describir
su posición (o bien yo sufro como héroe, o bien estoy libre del sufrimiento en
tanto que espectador; la actitud hacia uno mismo, la vivencia de a categoría
del yo, los valores imaginados, siempre corresponden al yo: mi
muerte, la muerte que no es mía), la posición de encontrarse dentro de la
persona que sufre la vivencia para actualizar un valor estético, de la vivencia
de la vida dentro de la categoría del yo inventado o real. (Las
categorías estructurales de un objeto estético -la belleza, lo sublime o lo
trágico- se convierten en las formas posibles de una vivencia propia -la belleza
autosuficiente, etc., sin la correlación con el otro como tal. La vivencia
libre de su persona y de su vida, según la terminología de Lipps.)
Notas
(27) Sentimiento participado, empatía (Einfühlung), es término que
ya aparece en Herder (Vom Erkennen und Empfinden, 1778; Kalligone,
1800) y en los románticos, y más tarde se difunde ampliamente por Friedrich
Theodor Viescher. Cf, p. ej., su trabajo Das Schöne und die Kunst (Stturgart,
2, Aufl., 1897, pp. 69 ss).























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