(Una historia de amor, pasión y muerte, nacida en tiempos de la Patria Vieja)
EL GRITO IV
BUENOS
AIRES
20
DE ENERO DE 1852. Vaillant y yo llegamos a un Buenos
Aires completamente convulsionado ante la inminente invasión de la coalición
integrada por Brasil, Uruguay, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe. Luego de la
capitulación del Gobierno del Cerrito y de los acuerdos de paz entre Urquiza y
Montevideo, el camino quedó despejado para iniciar las hostilidades contra
Rosas. Durante el viaje algunos rosistas indignados con los que hablamos,
culpaban a Urquiza de haberse vendido a Brasil a cambio de cuatrocientos mil
patacones, que supuestamente le serán pagados por el gobierno que sustituya al
actual, además lo acusan de ser dueño de su Provincia, de grandes negociados y
hasta de usar soldados y prisioneros de guerra en sus emprendimientos
particulares. Cuando les dijimos que todavía ninguna batalla estaba ganada y
que Rosas continuaba gobernando, nos contestaron que la participación de Brasil
inclinaba notoriamente la balanza en su contra, pero que para el caso de no
conseguirse un triunfo, ya se hablaba de una República Mesopotámica que
arrinconara a las Provincias litoraleñas. Cuando estuvimos solos, mi compañero
de viaje, haciendo gala de su particular forma de ver el mundo, evaluó que para
él, el actual conflicto tiene mucho que ver con los cambios operados en Europa,
y que está claro que tanto el litoral, como los comerciantes y terratenientes
porteños quieren estrechar lazos con el comercio mundial. Urquiza, desde su
punto de vista, es la figura visible de una alianza de poderosos intereses
decidida a reorganizar el país, que quiere acabar con los bloqueos
anglo-franceses y liberar al comercio fluvial y ultramarino. Y para lograrlo
debe acabar con el régimen rosista. Recuerdo que sonreí ante el razonamiento,
hasta no hace mucho tiempo yo habría analizado el momento político tomando como
base los intereses particulares de Urquiza o de Rosas, o sus características
personales. Hacía calor en Buenos Aires cuando llegamos, pero igualmente me
gustó adentrarme en el frenesí porteño, al que además estaba acostumbrado y
extrañaba. Vaillant estaba asombrado por las ropas extravagantes que veía en su
entorno, como sabemos esencialmente hispánicas, aunque no faltan cortes
ingleses; buen observador no se le escapó que las damas hacen ostentación de
grandes faldas, escotes y mangas abullonadas. En general encontró a Buenos
Aires y su gente, según me dijo “demasiado rural”. Pero las dos cosas que más
le llamaron la atención fueron la enorme cantidad de la más heterogénea clase
de peinetas y apliques que engalanan la cabeza de las mujeres y el distintivo
punzó de la causa federal, que sin excepción, todo el mundo porta. Finalmente
nos alojamos en una posada, que se convirtió en algo así como en nuestra base
de operaciones. Dadas las circunstancias di prioridad a las urgencias de
Vaillant, quería estar tranquilo para afrontar lo personal y al día siguiente
de nuestra llegada lo acompañé hasta una dirección que le había dado de uno de
sus compañeros de lucha. Por lo que me comentó mientras caminábamos esa persona
le daría más instrucciones. Es así que nos adentramos en los barrios populares,
adonde pudimos comprobar la inquietud de la gente, pero ambos notamos que por
lo menos a simple vista no había nadie que la estuviera organizando para
resistir la casi segura invasión. Finalmente llegamos hasta una modesta casa en
cuya puerta jugaba una cantidad de niños. Nos abrió un francés, que luego supe
se llama Luis Le Brun y que inmediatamente reconoció a Vaillant y nos hizo
pasar; hablaron a grandes voces, aunque
mucho no les entendía era notoria la alegría y el entusiasmo de ambos. Al cabo
de una hora y de unas cuantas copas, partimos. Habíamos convenido en que luego
de algunas averiguaciones, nos encontraríamos de nuevo un par de días después,
pero esta vez en el Café de Marcó. Por lo que me dijo Vaillant, su compadre nos
acercaría los datos de algunos contactos en Uruguay, en particular en Villa del
Durazno y una carta de presentación. Llegamos temprano al café, es un
establecimiento muy visitado por mis colegas que ni bien me reconocieron se
acercaron, el tema preferido por supuesto eran los grandes cambios políticos de
los últimos meses. Entreverados entre los parroquianos pude distinguir a
algunos de los más conspicuos jefes políticos y militares porteños. Constaté
opiniones sutilmente divididas, muchos de los hasta no hace tanto tiempo, más
entusiastas rosistas, ya no hablaban del régimen con la misma pasión.
Finalmente llegó Luis Le Brun y nos sentamos en una mesa algo separada. Con un
chapuceado español nos contó a grandes rasgos de los movimientos socialistas en
Buenos Aires, en los que han destacado figuras como José Ingenieros, quien
antes de fallecer un año atrás, le solía subrayar que era imposible que una
revolución como la ocurrida en Francia no afectara el pensamiento y la
sociabilidad de los pueblos americanos,
que no iban a poder sustraerse a la invasión de ideas engendradas por la
República. Y agregó que sabía por buenas fuentes, que aplastada la revolución
el gobierno galo había ofrecido mandar a Montevideo presos políticos, como
“voluntarios”, pero que las autoridades, con Herrera a la cabeza, se asustaron
y respondieron que si no habían podido entenderse con los legionarios, mucho
menos podrían hacerlo con los comunistas. ¡Nos temen! -agitaba entusiasmado. Le
Brun al cabo de un rato decidió marcharse, se irguió sobre la mesa y haciendo
un saludo, sentenció como despedida, que la humanidad es como un hombre que
vive y progresa constantemente. Cumplidas mis obligaciones con Vaillant, tenía
las manos libres para afrontar mi responsabilidad para con mi esposa y mis
hijas. Hacía tiempo que faltaba y ni Isabel, mi mujer, ni yo nos podíamos
engañar en cuanto a que todo cambió, muchas veces antes de partir le manifesté
que no podía más, que entre otras cosas ya no estaba dispuesto a defender o
encubrir intereses familiares que lastimaban mis principios y su frívola
actitud nos fue distanciando. Por otro lado ardía en deseos de reencontrarme
con Antonia y Jacinta, mis hijas. Hacía calor cuando temprano en la mañana
partí, con el aliento de Vaillant, hacia la zona sur, en donde viven las
familias más destacadas de Buenos Aires. Vicente, mi cuñado, me recibió con
fría hostilidad y con cierto desdén hizo referencia a mi forma de vestir, ya
que mi estancia en Paraguay también en ese aspecto me ha cambiado; no le hice
mayor caso, pese a ser un importante empresario rural, siempre desdeñó el
campo, un mundo al que califica de “bárbaro”, por lo que siempre ejerció una
supervisión distante de sus estancias. Consciente de su vinculación con el
régimen, en forma un tanto provocadora, le comenté que al parecer los días de
Rosas estaban contados y me respondió que si bien había contado con su
confianza, también en su momento se le había opuesto. No me pasó desapercibido
el matiz del comentario, pero nada dije, por el salón principal llegaba Isabel.
Cuando nos sentamos a conversar sentí que ya todo estaba dicho, que durante los
últimos años nuestros silencios y ocultamientos habían hablado por nosotros,
que nuestros reproches en nuestro fuero íntimo también habían conversado. La
rutina hizo el resto. La escena era patética y todo oprimía, oprimían los finos
manteles, oprimían los regios candelabros…. En un momento de violento silencio
mi mirada se alzó por sobre sus hombros, hasta un perfumero importado. “Dissey
et Piver”, alcancé a leer y todavía no sé por qué aquel nombre me resultó
importante. Entonces hablamos. Algo reímos. Algo lloramos. Pero todo había
acabado. Recuerdo que también le aconsejé que abandonara aquel lugar, que
buscara su propio camino, que el entorno la sometía como mujer y como persona y
mucho había incidido en nuestras desavenencias, pero se negó a hablar del tema.
Entonces le pregunté por las niñas e Isabel me dijo que ya les habían avisado
que yo había llegado. Tenía mucho que conversar con ellas. Las fui a buscar
hasta su sala de juegos. Están hermosas. Me senté en el piso con ellas y les
hablé largamente. Les dije que iría a vivir a Mercedes, les prometí que vendría
sin falta a visitarlas, que eran la luz de mi vida. Y estuve un largo rato
charlando, les di los regalos que había traído desde Camba Cuá, que me había
dado Tomasa para ellas y los que les compré en Asunción. Y de forma que me
pudieran entender les conté mis proyectos. Cuando me despedí me parecía que el
infinito se había apoyado en mi espalda. En mi fuero íntimo espero que algo
hayan entendido, que me perdonen y que viajen seguido a Mercedes. Para ellas no
va a ser fácil hacerlo, se han criado en un mundo de encajes y mantillas, pero
también de miedo, prejuicios y dogmatismo religioso, que nunca pude o supe
contrarrestar. Puede que cuando crezcan también sean ganadas como yo por alguna
clase de mandato, que las aleje de ese ambiente tan sutilmente violento, como
sórdidamente opresor. Es mi ilusión. Nunca abandonaré la esperanza de que, cuando
me visiten, si lo hacen, el contacto con los ecos del remoto pasado, con la
Gringa, con Carmela, sus tíos y primos y con el mundo criollo, logre mitigar en
algo la perniciosa influencia de su poderosa familia y de las élites porteñas
junto a las que se criaron.
***
MERCEDES
10 DE FEBRERO DE
1852.
Muchas cosas han ocurrido desde que llegué a Mercedes hacia mediados de enero,
pero recién me decido a escribirlas. Ha sido un largo peregrinaje, por otros
pagos, pero también por diferentes rincones de mi alma. Al fin he llegado
adonde quería estar, en el más amplio sentido de la palabra y muy pronto daré
punto final a este diario personal. ¿Se lo daré a leer a alguien? Todavía no
sé; tal vez lo relea dentro de algunos años para recordar en detalle las razones
que me impulsaron a abandonar a mi familia y a venir para estos pagos; tal vez quede guardado entre mis pertenencias
y algún día mis hijas lo lean, cuando ya no esté y de esa forma logren conocer
más en profundidad a su padre… Y consigan perdonarme. Tal como lo presuponíamos
con Vaillant, Rosas fue derrotado. La batalla de Caseros selló su suerte. De
acuerdo a lo que nos contaron, el caudillo, solamente acompañado por su
ayudante, abandonó el campo de batalla y en el “Hueco de los Sauces” firmó su renuncia,
se exilió en el Consulado Británico y pocas horas después embarcó en la fragata
británica Centaur, desde donde les gritó a quienes pudieran escucharlo: “Si más
no hemos hecho…, es porque más no hemos podido…” De esta manera acabó el
reinado de un hombre poderoso y temido, que encabezó durante una década a la
Confederación Argentina y sobre el cual hay y palpito que seguirá habiendo,
múltiples opiniones. Por esos días llegamos Vaillant y yo a Villa del Durazno,
luego de encontrarse con otro emigrado de su país, mi compañero decidió
quedarse; me explicó que por lo que le venían informando desde que estábamos en
Asunción, en la región comenzaba a agruparse un núcleo importante de guaraníes,
con el objetivo de refundar San Borja del Yi. Una vez más los convocaba Luisa
Tiraparé, La Capataza, que los persuadió que había soñado con Artigas y que
este le había ordenado que continuara con el reparto de tierras, tal como él lo
había hecho. Según Vaillant, los guaraníes sueñan con un estado autónomo, en el
cual poder vivir de su trabajo, en su opinión es una forma de responderles a
los que los acusan de no tener moral y disciplina y que solamente conocen la
ociosidad y el pillaje. Agregó que conocía muy bien a los guaraníes, ya que
había convivido con ellos en el Paraguay y que formaban parte del sector social
más parecido a los jornaleros asalariados junto a los que había combatido en
Francia, por lo que sentía la obligación moral de acompañarlos. Por mi parte le
alerté que si continuaban con tales proyectos, seguramente serían atacados por
el gobierno y los estancieros, que por lo que había escuchado la familia Viana
Achucarro quería recobrar las tierras adonde pensaban asentarse, pero no me
hizo caso y me despidió diciéndome que no alcanzaba con apelar a la moral de
los poderosos para que cedieran sus privilegios. Estaba contento y decidido. Es
un hombre de ideas y pasional, quizás demasiado romántico, pero tal vez este
tipo de personas es lo que estamos precisando en el mundo de egoísmos e
intereses mezquinos que nos rodea. Me fui de su lado con cierta tristeza y
temor por lo que le pudiera ocurrir, pero también con la certeza de que lo
volvería a ver, la distancia entre Durazno y Mercedes no es tanta y casi
seguramente él o los indios guaraníes, requerirán de mis servicios.
***
15 DE FEBRERO DE
1852. Ni bien llegué a casa de Carmela, vinieron
mis hermanos, sus esposas y sus hijos. Estaban encantados de que me quedara en
Mercedes, en la casa adonde hacía cuarenta años vivió mi madre y a la cual con
todo su amor habían engalanado mientras me esperaban. Estaban exultantes,
improvisaron un asado y no faltaron la guitarra y los cantos, pero además me
tenían reservadas algunas sorpresas y con toda pomposidad al cabo de un rato me
las transmitieron, mientras cenábamos. Es que hacía unos meses, luego de muchos
años de ausencia, había llegado al pueblo Mariana Cabral, una vieja amiga de mi
infancia, a la que dejé de ver al iniciar mi juventud, cuando viajó con su
familia a Montevideo y de ahí quién sabe a qué otros lugares. Ella, yo y otros
gurises que vaya a saberse qué fue de su vida, compartimos una infancia de
miedos, de conflictos, de apuros: nos escondimos ante la inminencia del arribo
de alguna partida militar hasta saber a qué bando pertenecía, oramos por
nuestros seres queridos en la Iglesia, buscamos el abrigo del monte cuando la
cosa se puso brava y comentamos lo que escuchábamos hablar a los mayores,
cuando creían que dormíamos. Pero también pescamos en el río, cazamos mulitas,
correteamos por las praderas, hicimos travesuras…, y un día ella y yo descubrimos que habíamos
crecido y que ya no podíamos apartarnos uno del otro. Éramos demasiado jóvenes
para tomar decisiones y sobre nuestras vidas actuó el destino. Su padre había
enviudado y decidió instalarse en Montevideo; ante mis pedidos y los ruegos de Mariana,
el hombre respondía que nuestros sentimientos eran pasajeros, tanto como
nuestra juventud. Su partida me impulsó a irme a Buenos Aires ni bien pude, ya
nada me sujetaba. Durante mucho tiempo la llevé conmigo, muchas veces soñé con
que el destino nos volvía a juntar, pero eso no ocurrió y no tuve más remedio
que guardar en algún lado tanto ensueño, para poder vivir. Entonces apareció
Isabel. Nunca fue lo mismo. Fueron pasando los años, pero cada tanto, el
recuerdo de Mariana venía del pasado para dejarme sin aire, entonces, cuando
podía, volvía a ojear los versos que me regaló de despedida. Hasta mis sobrinos
conocen de mi gran amor de juventud, sea porque escucharon hablar a mis
hermanos, o por lo que les dijo Carmela y la Gringa. Por eso todos estaban a la
expectativa de mi reacción. Creo que nada exterioricé, pero recuerdo que un
raro cosquilleo corrió por mi piel. Todos estaban encantados ante la
perspectiva de que nos encontráramos. Mariana ya es una mujer grande, de mi
edad, con hijos por lo que me contaron, que por otra parte les había caído muy
bien. Carmela comentó que los había invadido con propuestas y sorpresas,
algunas escandalosas para los más viejos,
pero seductoras para la juventud. Una de aquellas sorpresas cambió la
vida de la Gringa ya que Mariana encontró entre no sé qué archivos, los datos
exactos de adonde fue enterrado su hijo. Abracé a la Gringa contento y me dijo
al oído que aunque poco quedó del lugar después de tantos conflictos,
recorrerlo le dio paz, ya que nada hay peor que el no saber adonde llorar a un
ser querido. Creo que finalmente logró cerrar un ciclo, vivió en cierta forma
una vida prestada, que no era seguramente la que había soñado, a la que la
arrastró el dolor. Fue ella la que me informó que Mariana le había dejado dicho
que también guardaba una sorpresa para mí, pero que me la quería dar
personalmente cuando llegara. Lo dijo con fingida candidez…, y tuve que
soportar la chacota general.
***
16 DE FEBRERO DE
1852.
Mariana me vio llegar y corrió a mis brazos. En realidad hasta ese momento
éramos dos extraños. Pero reconocí su aroma. Yo estaba tieso y lo notó,
entonces me invitó a entrar a su casa. El lugar en el que vive me invadió con
su calidez y su color. De las paredes cuelgan macetas con plantas, platos, cerámicas,
instrumentos de madera y enormes mantas indígenas esmeradamente decoradas. Me
invitó a sentarme en torno a una mesa redonda de madera mientras preparaba un
mate y desde ese lugar pude recorrer más detenidamente el ambiente. Una
escalera da a la habitación de arriba, todo lo que me rodeaba impregnaba mi
piel, de una exultante ganas de vivir. De una columna cuelgan vasijas de
retorcidas formas y en los múltiples estantes posan como para ser admirados,
pájaros de madera, cerámicas y caretas con decoraciones geométricas, pintadas
de rojo o terracota, blanco y negro. Hay figuras de barro, de piedra, de metal y de paja. Y hasta una herradura de la
suerte. En un rincón noté tres enormes jarrones, dos de ellos de un verde muy
fuerte y un tercero en el que predomina el azul, todos decorados con extrañas
figuras. Mariana notó que los miraba y me comentó que los había hecho ella, que
había aprendido a trabajar el barro con Gertrude Wismans, una artesana que
había llegado con su marido, un capitán de un barco, desde la ciudad de Delft,
en Holanda. Que algún día me contaría la historia… Y nos sentamos a tomar mate. La tensión del
principio se fue mitigando y Mariana encontró el momento oportuno para
acercarme lo que me tenía guardado. Primero me explicó que mucho le gustaba escribir sobre costumbres y temas
actuales, pero también sobre el pasado y que por eso solía recorrer archivos
institucionales o familiares y que en uno de ellos sorpresivamente encontró
algo que seguramente me iba a interesar. Dicho lo cual me acercó no sin cierta
pomposidad un envoltorio de cuero que guardaba un conjunto de papeles gastados.
Sin abrirlos la interrogué con la mirada… Y algo turbada me contestó que eran
los testimonios que ante el Tribunal Militar Español, había realizado poco
antes de su muerte, Camila, mi madre. No mucho más tiempo pude quedarme, me
inundó la desesperación por leer aquellas declaraciones, ahora podía conocer
más su forma de ser, su naturaleza, su carácter; en una de esas, quizás,
pudiera encontrar hasta algunas frases textuales, que rebeldes se hubieran
colado en aquellos partes militares. Nunca oí su voz, pero ahora de alguna
forma podría adivinarla. De alguna forma por intermedio de esos raídos
documentos, me llegaba su mensaje. Mariana notó mi conmoción y no me retuvo. Al
contrario, me empujó a que me fuera. Lo entendió todo, como solamente puede
entender otra madre. Mientras me despedía acaricié el enorme jarrón rojo,
blanco y azul, decorado por extrañas formas, que asemejan un grito. Mariana
simplemente comentó que con aquel dibujo había intentado homenajear a los
rebeldes de Asencio. Nada respondí, estaba en otra cosa.
***
19 DE FEBRERO DE
1852.
Los testimonios que me dio Mariana, me permitieron conocer con más
consistencia, los tiempos históricos que vivieron mis padres y en particular,
en forma más precisa, el temperamento de mi madre, de la cual solamente sabía
lo que leí en su diario y lo que otros me contaron. Los documentos dejan
constancia de que era una mujer digna, firme y comprometida, fiel a su causa y
a sus compañeros, pero además hábil e inteligente, capaz de eludir las trampas
que le interponían sus captores. Sus testimonios retratan la época, el
padecimiento de la gente avasallada, los sueños y pasiones de su generación y
rescatan a muchos héroes anónimos, que como ella lo dieron todo por lo que
pensaban, pero también dejan de manifiesto su alma torturada por no saber de mi
padre y por la inminencia de un parto en condiciones extremas. No sé por qué,
pero en particular esto último quería compartirlo con Mariana…, era como si me llamara. Cuando me senté en el
mismo lugar en el que hacía unos días me había sentado, me di cuenta que ese
lugar me estaba destinado, que ella era el andén adonde descansa la vida y que
en algún lado estaba escrito que los dos más que unidos, estábamos atados. Digo
más, me pareció, como que a pesar del alejamiento, siempre lo habíamos estado,
pero todavía no quería decírselo, antes quería saber más de ella y luego que le
comenté mis impresiones sobre los testimonios, hice silencio. Quería que
hablara. Mientras lo hacía la observé detenidamente. Viste humildemente ropas
de paisana, pero lo hace con gran elegancia y le quedan muy bien, será porque
por lo que me ha dicho las cose ella misma, de acuerdo a sus gustos y con los
colores y los cortes que le caen mejor. En el trato con los demás se muestra
alegre y apasionada, mucho más si son niños. Le comenté mis observaciones y eso
nos condujo a conversar de nuestra infancia, de nuestras alegrías y temores, de
los juegos… Y riendo le recordé cuando con un grupo de gurises encontramos
cerca del Río Negro una esfera, que parecía una bala de cañón, pero no lo era.
Entonces nos pusimos a jugar con ella hasta que un anciano sacerdote indio nos
corrió para quitárnosla porque decía que era un huevo de un animal desaparecido
en el amanecer de los tiempos. No nos daba las piernas para escapar ni los
brazos para sostener aquella cosa y al final quedó tirada en el campo y el
indio pudo rescatarla. Lo recordaba. Y la historia dio pie a que hablara.
Entonces contó que cuando llegó con su padre a Montevideo, conoció un
estudiante de la escuela de Comercio y con el
tiempo se casó y tuvo tres hijos, que en cualquier momento llegaban a
Mercedes. La profesión de su marido la llevó a vivir en distintas ciudades
argentinas, en Chile y en Bolivia, adonde ejerció como maestra, profesión que
según me dijo adora y que le permitió promover más allá de la autoridad de
turno, la igualdad, la justicia, el rechazo a la falsa moral, a la ambición y a
la codicia y a cualquier dogmatismo que atrofiara las mentes, sobre todo de los
más jóvenes. Su actitud le fue granjeando enemigos y problemas con su esposo,
pero como contrapartida ganó en madurez, en conocimiento y sobre todo la hizo
muy popular en los lugares donde estuvo. El contacto directo con los más
necesitados le permitió conocer a fondo sus tradiciones, sus mitos, sus
leyendas y eso la condujo a rescatar historias y por eso suele frecuentar
bibliotecas y archivos. No le interesa tanto indagar en los grandes
acontecimientos, en el devenir de los tiempos, lo suyo es recuperar las miles
de pequeñas vivencias de gente como nuestros padres, que han quedado en el
olvido, pero sin las cuales nada habría para contar de ningún período. Y agregó
que cuando encuentra alguna información inexplorada, inmediatamente la traslada
a sus alumnos o la publica en algún periódico, ya que su otra pasión es
escribir. Por todo esto me dijo que casi en forma natural buscó acercarse a los
tiempos de la Patria Vieja, por ser parte de su infancia, pero además como
homenaje a sus padres que como yo bien sabía habían sido apasionados patriotas
desde los inicios de la gesta oriental, en los pagos del Cololó. Pero además de
asuntos del pasado también suele escribir sobre gustos y modas, lo que no le
impide encarar, si las circunstancias lo requieren, temas de actualidad, como
la defensa de la educación laica, la denuncia de la corrupción o la necesidad
de la unión latinoamericana. Y agregó que enviudó durante la Guerra Grande y
decidió volver a sus raíces, para colaborar como maestra en el rescate de la
infancia golpeada por los conflictos y la guerra y contribuir con el progreso
social. En particular le preocupa la situación de las mujeres, que también
sufrieron por su fe política junto a sus padres, hermanos, hijos y maridos, que
también enfrentaron persecuciones y debieron mendigar hospitalidad en otros
países, cuando no fueron víctimas ellas mismas y que quería ver cómo las podía
ayudar. Y mirándome me dijo, que le gustaba ser voz de todas aquellas voces.
Pero que quería hacer algo más. Todo esto lo contó con pasión, a veces
levantándose para calentar agua, o para ordenar algo torcido en la pared.
Recuerdo que simplemente respondí que teníamos metas similares. Y agregué que
desde el comienzo de nuestro reencuentro de todo habíamos hablado, que muchas
veces nuestros ojos se habían cruzado, pero que nuestros sentimientos parecían
ser un tema tabú, aún cuando en el pasado mucho nos habían condicionado. Estaba
parada cuando se lo dije. Se acercó, hundió mi cabeza contra su vientre y
susurró: … querido mío, al fin estás acá…
***
28 DE FEBRERO DE 1852. Junto con
los testimonios de Camila, Mariana me hizo llegar otros documentos, entre ellos
algunos que dan cuenta de los múltiples desalojos que han venido sufriendo en
las últimas décadas los patriotas artiguistas beneficiados con el Reglamento
Provisorio. Uno de ellos, fechado en los años treinta, evidencia el conflicto
de centenares de habitantes del Rincón de los Solices y del potrero de Pan de Azúcar, contra Félix de Alzaga, otro,
también de aquellos tiempos, no deja lugar a dudas la mentalidad colonial de
las autoridades del momento, que denegaban la devolución de las tierras a los
paisanos si no justificaban mejor su adquisición con otros títulos “más
válidos”, que los otorgados por Artigas. La política agraria artiguista es
calificada en otro de aquellos expedientes, como "un golpe de hacha
descargado en la crisis de una anarquía por un poder colosal que había
despedazado todos los frenos”. Y hasta hay uno, en el que el Fiscal, un tal
Bustamante, acusa a los donatarios de poseer títulos ilegales y absurdos,
contrarios al derecho público e invita a que el gobierno no sea cómplice de una
“usurpación ofensiva”. Pero entre los papeles hay algunos que le pueden servir
a Vaillant, ya que registran el reparto de tierras en la zona por donde anda,
que en su momento fueron confiscadas a la familia Viana Achucarro y si bien la
política en general ha sido la de desconocer los derechos de propiedad de los
donatarios sobre las tierras fiscales, los tiempos han cambiado y llegado el
caso, podríamos reclamar ante los tribunales. Pero no soy muy optimista, han
pasado décadas de expedidos estos documentos y palpito por lo que testimonian y
por lo que ha constatado Mariana en los archivos, que en la región no quedan muchos
beneficiarios. Pero nada de esto modifica mis objetivos. Estoy viviendo en casa
de Mariana y juntos afrontamos las consecuencias de la reciente guerra. El
Uruguay está hundido en un caos, en el que, como siempre, se benefician los
mismos, la población ha sido diezmada, dispersada, desaparecida, miles de
esposas, madres y menores han emigrado, la pradera está vacía de animales, la
campaña es un desierto, los brasileros ocupan totalmente la frontera, aquí en
Mercedes muchos estancieros, otrora opulentos, viven de charqui y arroz y la
desolación y la injusticia ha hecho presa de los más débiles que quedaron a
merced de cualquier inescrupuloso. Por todo esto no he parado de interponer
demandas legales contra especuladores y caudillos, mientras que Mariana intenta
mitigar las secuelas de tanto drama. El primer objetivo que nos hemos propuesto
es organizar a los más castigados, acercarles alimento y refugio y proteger a
los niños desamparados, que hemos agrupado en la vieja chacra de Camila, que
estoy seguro que si viviera, estaría ayudándonos. Mariana es mi refugio cuando
me siento cansado… Hoy la encontré a la vera del río, sentada en un tronco con
los pies en el agua y le dije que es aniversario del Grito de Asencio y ella me
respondió que el mejor homenaje es continuar por el camino que hemos iniciado,
aunque estemos físicamente cansados. Estaba contenta y agregó que hay que
cambiar esta sociedad que tiene como centro el lucro, por otra cuyo eje sea el
ser humano e ir instaurando desde ya los embriones de la sociedad del futuro y
que para eso tenemos que organizarnos más, que unirnos con los pueblos vecinos,
que educar a la gente e infundirle la dignidad de seres libres, única forma de
que algún día conquiste la tan ansiada igualdad. Mientras hablaba, sea por el
cansancio o por el entorno, me fue ganando el sueño y junto con él, una
espectral presencia. En mi alucinación los sauces de la costa alzaban sus
follajes y surgían legiones fantasmales que venían del remoto pasado; tronaban
voces, gritos de euforia y chasquidos de sables… A nuestro alrededor todo
miraba al río para recibir a los que durante tanto tiempo había esperado…: lo
miraban los umbrosos y polícromos montes, los algarrobos y los espinillos, los
loros, patos silvestres, martinetas, palomas, chimangos y hasta los venados que
huían del bochorno. Desperté sobresaltado, miré a Mariana y le dije: es
extraño, pero presiento como que no estamos solos. Mariana levantó la cabeza,
miró hacia adelante y sonrió cómplice.
-No.
No estamos solos -me dijo.























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