martes

CLARISSA PINKOLA ESTÉS - DESATANDO A LA MUJER FUERTE (7)


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ELLA ES LA INSPIRATUS PARA LAS ALMAS QUE SUFREN

EL BORRACHO Y LA SEÑORA (1)


Hace quince años, moví mis miles de libros y escritos a una diminuta casa azul. Desde el punto de vista de algunos “modernos”, la manera rápida de parecer al instante un excéntrico en cualquiera de los barrios cada vez más aburguesados del desértico suroeste es crear un santuario para Nuestra Señora de Guadalupe en esa antigua tradición tan venerada para muchos inmigrantes latinos: enterrar una bañera en forma vertical para que solo se asome la mitad por encima del suelo de tu jardín, y luego colocar una dulce estatua de Guadalupe dentro del arco de la tina y plantar algunas flores perennes donde termina la porcelana y comienza el suelo.

Algunos recomiendan firmemente que se utilicen también rosas de plástico de colores brillantes, pues hace mucho tiempo Guadalupe milagrosamente hizo que aparecieran rosas en medio del invierno. Y para las latinas imposibilitadas para los milagros como yo, esto es lo más parecido a tener rosas en flor en invierno.

Como podrán imaginarse, tanto la tina como la Guadalupe pueden provocar toda clase de “p.m.s.s.l.c.” o “preguntas muy serias sobre leyes de construcción” entre quienes todavía no entienden que cada hogar necesita un guardián del / las alma (s) que lo habitan: una especie de guardián de la entrada, al aire libre, bajo el cielo abierto, para prevenir a algunos y darle la bienvenida a la mayoría.

Aunque yo podía imaginarme el cuchicheo de la gente del barrio sobre la señora que colocó una tina con la punta al aire en su patio de adelante, comencé a mencionar que buscaba a un trabajador que viniera a ayudarme a cavar un hoyo para colocar una vieja tina de patas de garra que había visto en un deshuesadero de artículos de plomería.

Planeé y dibujé, y muy pronto tenía un esbozo más o menos presentable de la tina y de la pequeña estatua de cemento de la Santísima Guadalupe que conseguí.

Ya que en realidad la estatua estaba elaborada de concreto y varilla y no la podía cargar para todos lados yo sola, la bauticé como “Ella que apenas puede ser levantada”, aunque la verdad es que La Señora siempre levanta a los demás con mucha facilidad, sin importar cuánto pesen sus problemas o sus esperanzas.

Ahora solo necesitaba un alma servicial y de músculos fuertes que me ayudara a escarbar en lo más hondo de la testaruda tierra, a una profundidad de más de un metro, para colocar parada una tina del doble de ese tamaño.

Aparece el borracho

La parte en que alguien tropieza accidentalmente se volvió realidad casi de inmediato. Pronto me vi cara a cara con un borracho que dijo que oyó que yo buscaba “a alguien que me construyera algo”.

Con algo de vacilación le mostré mis dibujos, y alardeó de ser justo el tipo de “músculo y poder” necesario para hacer una gruta de tina para Guadalupe. ¿En serio, Dios? ¿Este era el “hombre correcto” por el que recé? ¿El que debía encontrarnos a mí y a mi Guadalupe de concreto y ayudarnos? ¿Quién dice que Dios no tiene sentido del humor? Yo medio esperaba a un caballero anciano y distinguido, o quizás a una anciana artesana que solo hacía trabajos adicionales ahora que había entrado a su venerable octava década.

Pero este hombre que se tambaleaba sobre sus pies únicamente tenía unos 45 años, aunque se veía como de novecientos, pues tenía la piel pálida, el pelo sucio y una barba entrecana sin rasurar que brotaba en múltiples direcciones. Cuando son mayores y siguen bebiendo mucho, los hombres como él, que en alguna parte de su vida fueron los borrachos o grandes bebedores crónicos, desprenden por los poros ese tufillo rancio del “siguiente día”. Aunque lleven unas cuantas horas más o menos sobrios, sus cuerpos ya no pueden purificarse como lo hacían antes, y ese olor ácido a hojas podridas flota alrededor de una persona como una nube repleta de bocanadas de sudor amargo mezclada con el olor del whisky.

El ayudante por el que recé para que nos encontrara a mi Guadalupe de concreto y a mí era todo eso, y más. No solo tenía la enfermedad de la bebida: la enfermedad de la bebida lo tenía a él.

Se había bebido todo: pulque, tequila, ron, whisky, cocteles, cerveza, aguardiente casero. Como la mayoría con esta enfermedad, nunca encontró a un demonio del alcohol que no lo hubiera engatusado casi hasta la inconsciencia en menos de una hora.

Pero el borracho también llegaba bien recomendado por sus habilidades de cantería por alguien en quien yo confiaba en la Tierra y por la recomendación de alguien en quien confiaba en el Cielo: Ella, que susurró en mi corazón: “Sí, este es el que yo te envié”.

Así, con la barbilla al hombro, y dudando un tanto de mí misma, dije “Sí”, aunque era poco imaginable una asociación menos prometedora. Sin embargo, otra cosa parecía estar también presente… algo de trascendencia invisible.

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