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ELLA
ES LA INSPIRATUS PARA LAS ALMAS QUE SUFREN
EL
BORRACHO Y LA SEÑORA (1)
Hace quince años, moví mis miles de libros y escritos a una diminuta casa
azul. Desde el punto de vista de algunos “modernos”, la manera rápida de
parecer al instante un excéntrico en cualquiera de los barrios cada vez más
aburguesados del desértico suroeste es crear un santuario para Nuestra
Señora de Guadalupe en esa antigua tradición tan venerada para muchos inmigrantes
latinos: enterrar una bañera en forma vertical para que solo se asome la mitad
por encima del suelo de tu jardín, y luego colocar una dulce estatua de
Guadalupe dentro del arco de la tina y plantar algunas flores perennes donde
termina la porcelana y comienza el suelo.
Algunos recomiendan firmemente que se utilicen también rosas de plástico de
colores brillantes, pues hace mucho tiempo Guadalupe milagrosamente hizo que
aparecieran rosas en medio del invierno. Y para las latinas imposibilitadas para
los milagros como yo, esto es lo más parecido a tener rosas en flor en
invierno.
Como podrán imaginarse, tanto la tina como la Guadalupe pueden provocar
toda clase de “p.m.s.s.l.c.” o “preguntas muy serias sobre leyes de
construcción” entre quienes todavía no entienden que cada hogar necesita un
guardián del / las alma (s) que lo habitan: una especie de guardián de la
entrada, al aire libre, bajo el cielo abierto, para prevenir a algunos y darle la
bienvenida a la mayoría.
Aunque yo podía imaginarme el cuchicheo de la gente del barrio sobre la
señora que colocó una tina con la punta al aire en su patio de adelante,
comencé a mencionar que buscaba a un trabajador que viniera a ayudarme a cavar
un hoyo para colocar una vieja tina de patas de garra que había visto en un
deshuesadero de artículos de plomería.
Planeé y dibujé, y muy pronto tenía un esbozo más o menos presentable de la
tina y de la pequeña estatua de cemento de la Santísima Guadalupe que conseguí.
Ya que en realidad la estatua estaba elaborada de concreto y varilla y no
la podía cargar para todos lados yo sola, la bauticé como “Ella que apenas
puede ser levantada”, aunque la verdad es que La Señora siempre levanta
a los demás con mucha facilidad, sin importar cuánto pesen sus problemas o sus
esperanzas.
Ahora solo necesitaba un alma servicial y de músculos fuertes que me
ayudara a escarbar en lo más hondo de la testaruda tierra, a una profundidad de
más de un metro, para colocar parada una tina del doble de ese tamaño.
Aparece el borracho
La parte en que alguien tropieza accidentalmente se
volvió realidad casi de inmediato. Pronto me vi cara a cara con un borracho que dijo que oyó que yo buscaba “a alguien que me construyera
algo”.
Con algo de vacilación le mostré mis dibujos, y alardeó de ser justo el
tipo de “músculo y poder” necesario para hacer una gruta de tina para
Guadalupe. ¿En serio, Dios? ¿Este era el “hombre correcto” por el que recé?
¿El que debía encontrarnos a mí y a mi Guadalupe de concreto y ayudarnos?
¿Quién dice que Dios no tiene sentido del humor? Yo medio esperaba a un
caballero anciano y distinguido, o quizás a una anciana artesana que solo hacía
trabajos adicionales ahora que había entrado a su venerable octava década.
Pero este hombre que se tambaleaba sobre sus pies únicamente tenía unos 45
años, aunque se veía como de novecientos, pues tenía la piel pálida, el pelo
sucio y una barba entrecana sin rasurar que brotaba en múltiples direcciones.
Cuando son mayores y siguen bebiendo mucho, los hombres como él, que en alguna
parte de su vida fueron los borrachos o grandes bebedores crónicos,
desprenden por los poros ese tufillo rancio del “siguiente día”. Aunque lleven
unas cuantas horas más o menos sobrios, sus cuerpos ya no pueden purificarse
como lo hacían antes, y ese olor ácido a hojas podridas flota alrededor de una
persona como una nube repleta de bocanadas de sudor amargo mezclada con el olor
del whisky.
El ayudante por el que recé para que nos encontrara a mi Guadalupe de
concreto y a mí era todo eso, y más. No solo tenía la enfermedad de la bebida:
la enfermedad de la bebida lo tenía a él.
Se había bebido todo: pulque, tequila, ron, whisky, cocteles, cerveza,
aguardiente casero. Como la mayoría con esta enfermedad, nunca encontró a un
demonio del alcohol que no lo hubiera engatusado casi hasta la inconsciencia en
menos de una hora.
Pero el borracho también llegaba bien recomendado por sus habilidades de
cantería por alguien en quien yo confiaba en la Tierra y por la recomendación
de alguien en quien confiaba en el Cielo: Ella, que susurró en mi corazón: “Sí,
este es el que yo te envié”.
Así, con la barbilla al hombro, y dudando un tanto de mí misma, dije “Sí”,
aunque era poco imaginable una asociación menos prometedora. Sin embargo, otra
cosa parecía estar también presente… algo de trascendencia invisible.























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