AUTOR Y PERSONAJE EN LA ACTIVIDAD
ESTÉTICA (9)
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Pongamos por caso que frente a mí hay una persona
que está sufriendo; el horizonte de su conciencia está repleto de la
circunstancia que lo obliga a sufrir y de los objetos que ve; los tonos
emocionales y volitivos que abarcan este visible mundo objetual son los del
sufrimiento. Yo tengo que vivenciar y concluir estéticamente a esta persona
(actos éticos como ayuda, salvamento, consuelo, aquí se excluyen). El primer
momento de la actividad estética es la vivencia: yo he de vivir (ver y conocer)
aquello que está viviendo el otro, he de ponerme en su sitio como si coincidiera
con él (en qué forma es posible esta vivencia, es decir, el problema psicológico
de la vivencia ajena, lo dejamos de lado; para nosotros es suficiente el
indiscutible hecho de que dentro de ciertos límites, tal vivencia se vuelve
posible). Yo debo asumir el concreto horizonte vital de esta persona tal como ella
la vive; dentro de este horizonte faltará toda una serie de momentos que me son
accesibles desde mi lugar: así, el que sufre no vive la plenitud de su propia
expresividad externa, la vive sólo parcialmente y además mediante el lenguaje
de sensaciones internas únicamente; no advierte la dolorosa tensión de sus
músculos, la postura plásticamente concluida del cuerpo, no ve la expresión de
sufrimiento en su cara, no ve el claro azul del cielo sobre cuyo fondo se
dibuja para mí su adolorida imagen externa. Inclusive si él pudiera ver todos
estos aspectos, por ejemplo si se colocara frente a un espejo, no habría podido
dar un correspondiente enfoque emocional y volitivo a estos aspectos que no
habían ocupado en su conciencia el lugar que ocupan en la conciencia de quien
lo contempla. Durante mi vivencia yo debo abstenerme del significado independiente
de los momentos extrapuestos (transgredientes) a su conciencia, debo
aprovecharlos únicamente como índice, como aparato técnico de la vivencia; su
expresividad externa es el camino por el cual lo penetro y casi me fundo con él
por dentro. Pero ¿acaso esa plenitud de fusión interna es el fin último de la
actividad estética, para la cual la expresividad externa es tan sólo un medio y
lleva la función comunicativa? En absoluto: la actividad propiamente estética
ni siquiera ha comenzado. La posición vital del que sufre, si se sufre desde
dentro, me puede inducir a una acción ética: ayuda, consuelo, reflexión
cognitiva, pero, en todo caso, la vivencia debe regresar hacia uno mismo, a su
lugar que está fuera del que sufre, y tan sólo desde su propio lugar el
material vivencial puede ser concientizado ética, cognitiva o estéticamente; si
tal regreso no tuviese lugar, sucedería un fenómeno patológico de la vivencia
del sufrimiento ajeno como propio, una contaminación por el sufrimiento ajeno y
nada más. Hablando estrictamente, la vivencia pura, relacionada con la pérdida
de su propio lugar fuera del otro, es difícil que sea posible y, en todo caso,
es absolutamente inútil y desprovista de sentido. Viviendo las penas del otro,
las vivo precisamente como suyas, dentro de la categoría del otro,
y mi reacción frente a la pena no es un grito sino una palabra de consuelo y un
acto de ayuda. La referencia de lo vivido al otro es la condición obligatoria
de una vivencia productiva y de un conocimiento tanto de lo ético como de lo
estético. La actividad estética propiamente dicha comienza cuando regresamos
hacia nosotros mismos y a nuestro lugar fuera de la persona que sufre, cuando
estructuramos y concluimos el material de la vivencia. La estructuración y la
conclusión se realizan de tal modo que completamos el material vivencial, o sea
el sufrimiento de la otra persona, con los momentos que son extrapuestos
(transgredientes) a todo el mundo objetual de su adolorida conciencia, que
ahora ya no cumplen con una función comunicativa sino con una nueva, que es la conclusiva;
la posición de su cuerpo, que nos comunicaba su sufrimiento, que nos acercaba a
su sufrimiento interno, llega a ser ahora un valor puramente plástico, una expresión
que encarna y concluye el sufrimiento expreso, y los tonos emocionales y
volitivos de tal expresividad ya no son tonos de sufrimiento; el cielo azul que
lo enmarca llega a ser un momento pintoresco que concluye y resuelve el
sufrimiento. Y todos los valores que concluyen su imagen son extraídos por mí
del excedente de mi visión, volición y sentimiento. Hay que tener en cuenta que
los momentos de vivencia y conclusión no se suceden cronológicamente
(insistimos en una diferenciación de su sentido), sino que en una vivencia real
se entretejen estrechamente y se fusionan. En una obra verbal cada palabra
comprende ambos momentos y lleva una doble función: dirige la vivencia y la
concluye, aunque puede prevalecer uno u otro momento. Nuestro propósito inmediato
es el análisis de los valores plásticos y espaciales que son extrapuestos a la
conciencia del personaje y a su mundo, a su orientación cognitiva y ética en el
mundo, y que lo concluyen desde afuera, desde el conocimiento que tiene el otro
de él, desde la conciencia del autor-contemplador.























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