martes

PETER BROOK - EL ESPACIO VACÍO (19)


EL TEATRO SAGRADO (2)

En el esqueleto carbonizado de la “pera” de Hamburgo sólo quedaba el escenario y sobre él se congregaba el público, mientras que en una tarima delgada como una oblea, adosada a la pared del fondo, los cantantes subían y bajaban para interpretar El barbero de Sevilla, ya que nada podía impedirles realizar su trabajo. En una minúscula buhardilla se apiñaban cincuenta personas, mientras que, en los centímetros de espacio que quedaban, un puñado de excelentes actores seguían ejercitando resueltamente su arte. En un Dusseldorf en ruinas, un Offenbach menor, con contrabandistas y bandidos, llenaba el teatro con delicia. No había nada que discutir, nada que analizar: ese invierno en Alemania, como pocos años antes en Londres, el teatro correspondía al hambre. Pero ¿qué era esta hambre? ¿Era hambre de lo invisible, hambre de una realidad más profunda que la forma más plena de la vida cotidiana, o era hambre de las cosas que faltaban a la vida, hambre, en fin, de un amortiguador de la realidad? La cuestión es importante, ya que mucha gente cree que en el recentísimo pasado aun había un teatro con ciertos valores, cierta habilidad, ciertas artes que quizá por capricho hemos destruido o dejado aparte. No debemos dejarnos engañar por la nostalgia. El mejor teatro romántico, los refinados placeres de la ópera y del ballet fueron en todo momento toscas reducciones de un arte sagrado en su origen. Durante siglos los ritos órficos se transformaron en sesiones de gala; lenta e imperceptiblemente, el vino fue adulterado gota a gota.

El telón fue el gran símbolo de toda una escuela de teatro: el telón rojo, las candilejas, la idea de que todos éramos niños de nuevo, la nostalgia y lo mágico eran todo uno. Gordon Craig se pasó la vida fustigando el teatro de ilusión, pero sus recuerdos más preciosos eran los de los árboles y bosques pintados, y sus ojos se iluminaban cuando describía efectos trompe d’oeil. Llegó el día en que el telón dejó de esconder sorpresas, en que no quisimos -o no necesitamos- ser niños de nuevo, en que la tosca magia cedió ante el sentido común más áspero, y entonces se retiró el telón y se eliminaron las candilejas. Cierto es que seguimos deseando captar en nuestras artes las corrientes invisibles que gobiernan nuestras vidas, pero nuestra visión queda trabada al extremo oscuro del espectro. Hoy día el teatro de la duda, de la desazón, de la angustia, de la inquietud parece más verdadero que el teatro de nobles objetivos. Aunque el teatro tuvo en su origen ritos que hacían encarnar lo invisible, no debemos olvidar que, a excepción de ciertos teatros orientales, dichos ritos se han perdido o están en franca decadencia. La visión de Bach se ha conservado escrupulosamente en la exactitud de sus notaciones, en Fra Angelico asistimos a la verdadera encarnación, pero ¿dónde encontrar la fuente hoy día para intentar tales procedimientos? En Coventry, por ejemplo, se ha construido una nueva catedral de acuerdo con la mejor receta para lograr un noble resultado. Honestos y sinceros artistas, los “mejores”, se han agrupado para levantar, por medio de un arte colectivo, un monumento a la gloria de Dios, del Hombre, de la Cultura y de la Vida. Se ha erigido, pues, un nuevo edificio en el que se aprecian bellas ideas y hermosas vidrieras: sólo el ritual está gastado.

Estos himnos antiguos y modernos, quizá encantadores en una pequeña iglesia de pueblo, esos números en las paredes, esos sermones son aquí tristemente inadecuados. El nuevo lugar reclama a voces un nuevo ceremonial, si bien este ceremonial debería haber pasado adelante y dictar, en todos sus significados, la forma del lugar, como ocurrió cuando se construyeron todas las grandes mezquitas, catedrales y templos. La buena voluntad, la sinceridad, el respeto reverente y la creencia en la cultura no son suficientes: la forma exterior sólo puede adquirir verdadera autoridad si el ceremonial tiene otra tanta; y ¿quién hoy día puede llevar la voz cantante? Hoy, como en toda época, necesitamos escenificar auténticos rituales, pero se requieren auténticas formas para crear rituales que hagan de la asistencia al teatro algo tonificante de nuestras vidas. Esos rituales no están a nuestra disposición, y las deliberaciones y resoluciones no los pondrán en nuestro camino.

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