EL TEATRO SAGRADO (2)
En el esqueleto
carbonizado de la “pera” de Hamburgo sólo quedaba el escenario y sobre él se
congregaba el público, mientras que en una tarima delgada como una oblea,
adosada a la pared del fondo, los cantantes subían y bajaban para interpretar El
barbero de Sevilla, ya que nada podía impedirles realizar su trabajo. En
una minúscula buhardilla se apiñaban cincuenta personas, mientras que, en los
centímetros de espacio que quedaban, un puñado de excelentes actores seguían
ejercitando resueltamente su arte. En un Dusseldorf en ruinas, un Offenbach
menor, con contrabandistas y bandidos, llenaba el teatro con delicia. No había
nada que discutir, nada que analizar: ese invierno en Alemania, como pocos años
antes en Londres, el teatro correspondía al hambre. Pero ¿qué era esta hambre?
¿Era hambre de lo invisible, hambre de una realidad más profunda que la forma
más plena de la vida cotidiana, o era hambre de las cosas que faltaban a la
vida, hambre, en fin, de un amortiguador de la realidad? La cuestión es
importante, ya que mucha gente cree que en el recentísimo pasado aun había un
teatro con ciertos valores, cierta habilidad, ciertas artes que quizá por
capricho hemos destruido o dejado aparte. No debemos dejarnos engañar por la
nostalgia. El mejor teatro romántico, los refinados placeres de la ópera y del
ballet fueron en todo momento toscas reducciones de un arte sagrado en su
origen. Durante siglos los ritos órficos se transformaron en sesiones de gala;
lenta e imperceptiblemente, el vino fue adulterado gota a gota.
El telón fue el gran
símbolo de toda una escuela de teatro: el telón rojo, las candilejas, la idea
de que todos éramos niños de nuevo, la nostalgia y lo mágico eran todo uno.
Gordon Craig se pasó la vida fustigando el teatro de ilusión, pero sus
recuerdos más preciosos eran los de los árboles y bosques pintados, y sus ojos
se iluminaban cuando describía efectos trompe d’oeil. Llegó el día en
que el telón dejó de esconder sorpresas, en que no quisimos -o no necesitamos-
ser niños de nuevo, en que la tosca magia cedió ante el sentido común más
áspero, y entonces se retiró el telón y se eliminaron las candilejas. Cierto es
que seguimos deseando captar en nuestras artes las corrientes invisibles que
gobiernan nuestras vidas, pero nuestra visión queda trabada al extremo oscuro
del espectro. Hoy día el teatro de la duda, de la desazón, de la angustia, de
la inquietud parece más verdadero que el teatro de nobles objetivos. Aunque el
teatro tuvo en su origen ritos que hacían encarnar lo invisible, no debemos
olvidar que, a excepción de ciertos teatros orientales, dichos ritos se han
perdido o están en franca decadencia. La visión de Bach se ha conservado
escrupulosamente en la exactitud de sus notaciones, en Fra Angelico asistimos a
la verdadera encarnación, pero ¿dónde encontrar la fuente hoy día para intentar
tales procedimientos? En Coventry, por ejemplo, se ha construido una nueva
catedral de acuerdo con la mejor receta para lograr un noble resultado.
Honestos y sinceros artistas, los “mejores”, se han agrupado para levantar, por
medio de un arte colectivo, un monumento a la gloria de Dios, del Hombre, de la
Cultura y de la Vida. Se ha erigido, pues, un nuevo edificio en el que se
aprecian bellas ideas y hermosas vidrieras: sólo el ritual está gastado.
Estos himnos antiguos y
modernos, quizá encantadores en una pequeña iglesia de pueblo, esos números en
las paredes, esos sermones son aquí tristemente inadecuados. El nuevo lugar
reclama a voces un nuevo ceremonial, si bien este ceremonial debería haber
pasado adelante y dictar, en todos sus significados, la forma del lugar, como
ocurrió cuando se construyeron todas las grandes mezquitas, catedrales y
templos. La buena voluntad, la sinceridad, el respeto reverente y la creencia
en la cultura no son suficientes: la forma exterior sólo puede adquirir
verdadera autoridad si el ceremonial tiene otra tanta; y ¿quién hoy día puede
llevar la voz cantante? Hoy, como en toda época, necesitamos escenificar
auténticos rituales, pero se requieren auténticas formas para crear rituales
que hagan de la asistencia al teatro algo tonificante de nuestras vidas. Esos
rituales no están a nuestra disposición, y las deliberaciones y resoluciones no
los pondrán en nuestro camino.






















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