DECIMOSÉPTIMA ENTREGA
SEGUNDA PARTE
"EL OSO".
12. LA FACULTAD DE MEDICINA (1)
El psiquiatra que más influyó en mi trabajo con la muerte y los moribundos fue C. G. Jung. Cuando estudiaba primer año de medicina solía ver al legendario psiquiatra suizo dando largos paseos por Zurich. Ese personaje, al parecer siempre sumido en profundas reflexiones, era una figura conocida en las aceras y los alrededores del lago. Yo sentía una misteriosa conexión con él, una familiaridad que me decía que nos habríamos entendido fabulosamente bien. Pero por desgracia jamás me presenté a él; de hecho, hacía lo imposible por evitar al gran hombre. En cuanto lo divisaba, me cambiaba de acera o tomaba otra dirección. Ahora lo lamento. Pero en ese tiempo pensaba que si hablaba con él me haría psiquiatra, y eso estaba muy al final de mi lista.
Desde el momento en que entré en la Facultad de Medicina, comencé a hacer planes para ser médica rural. En Suiza eso es lo normal, forma parte del trato. Los médicos recién titulados comienzan a ejercer la profesión en el campo. Es como un aprendizaje que introduce a los nuevos galenos en la medicina general antes de que se decidan por alguna especialidad como cirugía u ortopedia. Si les gusta la medicina rural, continúan ejerciéndola en el campo, que era lo que yo me veía haciendo dentro de siete años.
En todo caso, ese sistema era muy eficiente. Producía buenos médicos, cuya primera consideración era el enfermo, muy por delante de la paga.
Tuve un buen comienzo en la facultad; avanzaba como una bala en las materias básicas: ciencias naturales, química, bioquímica y fisiología. Pero mi primer encuentro con la anatomía casi me cuesta la expulsión de la facultad. El primer día observé que todos los alumnos que me rodeaban hablaban un idioma para mí desconocido. Creyendo que me había equivocado de sala me levanté para marcharme. El catedrático, profesor desconsiderado y apegado a la disciplina, interrumpió su disertación y me reprendió por perturbar la clase. Yo traté de explicárselo.
-No se ha confundido -me dijo-. Las mujeres deberían estar en casa cocinando y cosiendo en lugar de estudiar medicina.
Me sentí humillada. Más adelante me di cuenta de que un tercio de la clase eran alumnos procedentes de Israel, que estaban allí gracias a un acuerdo entre los dos gobiernos, y que el idioma extranjero que había oído era hebreo. Después tendría otro encontronazo con el mismo catedrático de anatomía. Cuando se enteró de que varios alumnos de primer año, entre los cuales estaba yo, en lugar de estudiar nos dedicábamos a reunir fondos para ayudar a un estudiante israelí que estaba en muy mala situación económica, expulsó al alumno que organizó la colecta y a mí me dijo que mefuera a mi casa y estudiara para modista.
Fue una lección dura, pero pensé que ese profesor había olvidado otra lección fundamental y decidí soltárselo, arriesgando así mi carrera futura:
-Sólo queríamos ayudar a un compañero en desgracia -le dije-. ¿No juró usted hacer lo mismo cuando recibió el título de médico?
Encajó bien mi argumento. Volvieron a admitir al compañero que había sido expulsado y yo continué ayudando a otros, generalmente a algún extranjero. Me hice amiga de vanos alumnos indios. Uno tenía un amigo que había quedado parcialmente ciego a consecuencia de una mordedura de rata. Estaba hospitalizado en el departamento del doctor Amsler, donde yo continuaba trabajando cinco noches a la semana. Ese chico, que era de una aldea próxima al Himalaya, tenía miedo, estaba deprimido, y llevaba días sin comer.
Yo sabía por experiencia lo terrible que es estar enfermo lejos de casa. Así pues, conseguí que le prepararan alguna comida india condimentada con curry. También conseguí permiso para que alguno de sus amigos indios lo acompañara en su habitación fuera de las horas de visita mientras lo preparaban para operarlo. Pequeños detalles. Pero recuperó rápidamente las fuerzas.
En agradecimiento, recibí una invitación del entonces primer ministro Nehru a una recepción oficial en el consulado de la India en Berna. Fue una fiesta muy elegante celebrada al aire libre, en el jardín. Me puse un precioso sari que me habían regalado mis amigos indios. La hija de Nehru, Indira Gandhi, la futura primera ministra, me regaló un ramo de flores acompañado de una mención honrosa, aunque para mí significó muchísimo más su amabilidad personal. Durante la recepción me acerqué a su padre para pedirle que me firmara un ejemplar de su famoso libro The Unity of India (La unidad de la India).
-¡Ahora no! -me contestó, molesto.
Avergonzada y dolida, di un salto hacia atrás y literalmente aterricé en los brazos extendidos de su hija, Indira.
-No se asuste -me dijo en tono tranquilizador-. Yo conseguiré que se lo firme.
Dicho y hecho, dos minutos después le pasó el libro. Él lo firmó y se lo devolvió sonriendo como si no hubiera pasado nada. Años después yo me vería solicitada para firmar miles de libros, incluso una vez cuando estaba sentada en los lavabos del aeropuerto internacional John Kennedy de Nueva York. Por mucho que deseara gritar "¡Ahora no!", evitaba molestarme y ser brusca con la persona que había comprado mi libro, pues no olvidaba lo ocurrido con el primer ministro indio.
Los estudios eran absorbentes sin ser pesados. Tal vez estaba acostumbrada a trabajos más arduos que los que hacía la mayoría de la gente; tal vez era más organizada. Estudiaba entre clase y clase. Las noches las pasaba en el laboratorio de oftalmología, con lo que tenía ingresos regulares.
No es que necesitara mucho para vivir. La mayoría de los días me llevaba un bocadillo, pero de vez en cuando comía con mis compañeros de clase en la cafetería para alumnos. No recuerdo que haya tenido mucho tiempo para estudiar, a excepción de las mañanas durante el trayecto en tranvía cuando me dirigía a clase.
Afortunadamente, tenía una memoria fotográfica para recordar los trabajos realizados en clase y las charlas. Pero el lado negativo era el aburrimiento, sobre todo en clase de anatomía. Durante una charla de repaso, estaba sentada con una amiga en el anfiteatro, hablando de nuestras vidas pasadas y futuras. En broma ella recorrió toda la enorme sala con la vista y apuntó a un guapo alumno suizo.
-Ése es -exclamó riendo-, ése es mi futuro marido.
Las dos celebramos el chiste.
-Ahora te toca a ti elegir marido -me dijo.
Yo miré a mi alrededor. Al otro lado de la sala, frente a nosotras, había un grupo de alumnos estadounidenses. Tenían pésima reputación por su mala conducta. Continuamente hacían bromas y comentarios de mal gusto sobre los cadáveres, algo que otros alumnos encontraban indignante. Yo los detestaba. Pero pese a mi aversión, mis ojos se posaron en uno de ellos, un chico bien parecido de cabellos oscuros. No sé por qué, pero nunca antes me había fijado en él. Ni siquiera sabía sunombre.
-Ése -dije-, ése es el mío.
Más risas por nuestra pueril impulsividad.
Pero en el fondo ninguna de las dos dudaba de que finalmente nos casaríamos con esos hombres. Todo había que dejarlo al tiempo y a la "coincidencia".























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