miércoles

EL PODER Y LA GLORIA - GRAHAM GREEN

UNDÉCIMA ENTREGA

PRIMERA PARTE

IV

 Los circunstantes (2)

Al fin llegó el día bendito -leía la madre en voz alta-, en que terminóse el noviciado de Juan.Oh, qué día de gozo fue aquél para su madre y hermanas. Y también un poco triste, porque la carne no siempre puede ser fuerte. ¿Y cómo habían de evitar el afligirse un tanto en sus corazones por la pérdida de un hijo pequeño y de un hermano mayor? ¡Ah, si hubiesen comprendido que aquel día ganaban un santo en el cielo para rogar por ellas!


La niña menor inquirió desde la cama:

-Nosotros, ¿tenemos todos un santo?

-Por supuesto.

-¿Por qué necesitaban ellas otro santo?

La madre continuó leyendo:

Al día siguiente toda la familia recibió la comunión de manos de su hijo y hermano. Después se despidieron cariñosamente (poco imaginaban que sería por última vez) del nuevo soldado de Cristo y volvieron a su hogar de Morelos. Las nubes ya oscurecen el cielo, y el presidente Calles estaba discutiendo las leyes anticatólicas en el Palacio de Chapultepec. El demonio estaba preparado para el asalto al desgraciado Méjico.

-¿Empezarán pronto los fusilamientos? -preguntó el muchacho, moviéndose inquieto contra la pared.

Su madre prosiguió, implacable:

Juan, desconocido por todos, excepto por su confesor, preparábase para los malas días futuros con las mortificaciones más rigurosas. Sus compañeros no sospechaban nada, porque él era siempre el corazón y el alma de todas las conversaciones y diversiones, y en la fiesta del fundador de la Orden fue él...

-Ya sé, ya sé -le interrumpió el muchacho-. Representó una comedia.

Las niñas abrieron unos ojos asombrados.

-¿Y por qué no, Luis? -dijo la madre con suave amonestación, con el dedo sobre el libro prohibido. Él le devolvió una mirada cazurra-. ¿Y por qué no, Luis? -repitió ella.

Aguardó un rato, y mientras las niñas observaban a su hermano con horror y  admiración, ella siguió leyendo así:

Fue él quien obtuvo el permiso para representar una obrita en un acto basada en...

-Ya sé, ya sé -alzó de nuevo su voz el muchacho-, en la historia de las catacumbas.

La madre, apretando los labios continuó:

...la historia de los cristianos primitivos. Tal vez recordara aquella ocasión de su niñez en que representó el papel de Nerón ante el anciano obispo, pero esta vez insistió en asumir el papel cómico de un verdulero romano.

-No creo una palabra de todo esto -exclamó el muchacho con furia sombría-, ni una sola palabra.

-¡Cómo te atreves!

-Nadie puede ser tan tonto.

Las niñas, sentadas inmóviles, abiertos los grandes ojos pardos y piadosos, saboreaban aquel infierno.

-Vete con tu padre.

-Iría a cualquier parte para no oír más esta... esta... -insistía tercamente el chico.

-Dile a él lo que me has dicho a mí.

-Esta...

Dio un portazo tras de sí. Su padre, junto a la ventana enrejada de la sala, miraba para fuera. Los escarabajos crepitaban contra la lámpara de petróleo, y se arrastraban con las alas rotas sobre el suelo empedrado.

Dijo el muchacho:

-Dice mi madre que le diga a usted lo que le dije a ella: que no creo nada del libro que está leyendo...

-¿Qué libro?

-El libro del santo.

El padre repuso con tristeza:

-¡Oh, eso...! –No pasaba nadie por la calle, no sucedía nada; eran más de las nueve y media y todas las luces estaban apagadas. Él añadió-: Has de hacerte cargo. En cuanto a nosotros, sabes, parece que estamos del otro lado. Ese libro... es como nuestra propia infancia.

-Resulta tan memo...

-Tú no te acuerdas del tiempo en que aquí había iglesia. Yo fui un mal católico, pero la religión significaba... bueno, música, luces, un sitio donde sentarse lejos de este calor...: y para tu madre, bueno, siempre le daba algo que hacer. Si tuviéramos un teatro o lo que fuera en su lugar, no nos sentiríamos tan... abandonados.

-Pero ese Juan -reiteró el chico-, parece tan bobo...

-Lo mataron, ¿no es cierto?

-Oh, también a Villa, a Obregón, a Madero...

-¿Quién te ha hablado de ellos?

-Todos nosotros jugamos a esto. Ayer yo fui Madero. Me fusilaron en la plaza... la ley de fugas.

-En alguna parte sonaba un tambor entre las tinieblas; el olor agrio del vino llenaba la estancia: era tan familiar como el hollín en las ciudades-. Lo jugamos a cara o cruz. Me tocó ser Madero; Pedro tuvo que ser Huerta. Huyó a Veracruz río abajo. Manuel lo persiguió: era Carranza.

El padre sacudió un escarabajo de la camisa, mirando a la calle. Se acercaba un ruido de pasos.

Inquirió:

-Supongo que tu madre estará enfadada, ¿no?

-¿Usted no lo está? -preguntó el chico.

-¿Para qué? No es culpa tuya. Nos han abandonado.


Pasaron los soldados, de vuelta al cuartel, por lo alto de la cuesta, cerca de lo que fue catedral. Marchaban sin llevar el paso a pesar del tambor. Parecían desnutridos y poco aguerridos. Pasaron como aletargados por la calle oscura y el muchacho, con ojos exaltados y llenos de esperanza, los estuvo mirando hasta que se perdieron de vista. 

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