No es posible citar de nuevo con precisión las fuentes racionales de nuestra terminología. A menudo se me habla de Artaud cuando menciono la “crueldad”, aunque sus teorías estaban formuladas sobre premisas diferentes e iban en otra dirección. Artaud fue un visionario extraordinario, pero sus escritos tienen poca significación metodológica porque no son producto de investigaciones practicadas a largo término. Son una profecía impresionante, no un programa. Cuando hablo de “raíces” o de “alma mítica” se me pregunta sobre Nietzsche; si me refiero a la “imaginación de grupo”, aparece Durkheim; si hablo de “arquetipos”, le toca el turno a Jung; pero mis formulaciones no se derivan de las disciplinas humanísticas aunque pueda utilizarlas para un análisis. Cuando hablo de la expresión de signos de un actor, se me pregunta acerca del teatro oriental, particularmente del teatro chino clásico, y en especial cuando se sabe que estudié allí; pero los signos jeroglíficos del teatro oriental son inflexibles, como un alfabeto, mientras que los signos que nosotros usamos son las formas medulares de la acción humana, la cristalización de un papel, la articulación de la fisiología y la psicología particular del actor.
No pretendo que todo lo
que hacemos sea completamente nuevo, estamos destinados consciente o
inconscientemente a tener una influencia de las tradiciones, de la ciencia y el
arte, aun de las supersticiones y presentimientos peculiares a la civilización
que nos ha moldeado, tal como respiramos el aire del continente particular que
nos ha dado vida. Todo esto influye en nuestra tarea, aunque a veces podamos
negarlo. Hasta cuando llegamos a ciertas fórmulas teóricas y comparamos
nuestras ideas con las de algunos predecesores que ya mencioné, nos vemos
obligados a realizar ciertas correcciones retrospectivas que en sí mismas permiten
ver más claramente las posibilidades que se abren ante nosotros.
Cuando enfrentamos la
tradición general de la Gran Reforma que en el teatro han realizado
Stanislavski y Dullin hasta Meyerhold y Artaud, nos damos cuenta de que no
hemos empezado de la nada sino que estamos operando en una atmósfera especial y
definida; cuando nuestra investigación revela y confirma algunas de las
intuiciones rápidas que tenemos, nos llenamos de humildad, nos damos cuenta que
el teatro tiene ciertas leyes objetivas y que la realización es posible sólo
dentro de ellas, o como lo expresó Thomas Mann: “dentro de cierto tipo de alta
obediencia”, a la que debemos otorgar nuestra “atención dignificada”.
Mantengo una posición
peculiar de liderato en el Laboratorio Teatral polaco. No soy simplemente el
director o el “instructor espiritual”. En primer lugar mi relación con la obra
no es ni unilateral ni didáctica. Si mis sugerencias se reflejan en las
composiciones espaciales de nuestro arquitecto Gurawski, debe entenderse que mi
visión se ha formado durante años en colaboración con él.
Hay algo incomparablemente íntimo y productivo en el trabajo que realizado con el actor que se me ha confiado. Debe ser cuidadoso, confiado y libre, porque nuestra labor significa explorar sus posibilidades hasta el máximo; su crecimiento se logra por observación, sorpresa y deseo de ayudar; el conocimiento se proyecta hacia él, o más bien, se encuentra en él y nuestro crecimiento común se vuelve la revelación. Esta no es la instrucción que se le ofrece a un alumno, sino una apertura total hacia otra persona en la que el fenómeno de “nacimiento doble o compartido” se vuelve posible. El actor vuelve a nacer, no sólo como actor sino como hombre y con él yo vuelvo a nacer. Es una manera muy torpe de expresarlo pero lo que se logra es la total aceptación de un ser humano por otro.
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