miércoles

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (103)

 El sitio de la Mulita (25)

  

Y cuando en su refugio el joven Asistente hacía ratos que roncaba a pata suelta; y, más tarde todavía, cuando el mundo entraba ya de lleno al anchuroso amanecer, el viejo  Sargento Primero Cimarrón, revolviéndose sobre los cojinillos, mantenía a raya el sueño y veía surgir de a una, detenerse un momento y, luego, desaparecer para dar sitio a otra, las imágenes del Macá, del Cabo Pato, del Cabo Lobo, del Gato Pajero, del Trompa Tamanduá, del Cuzco Overo, del Veterano Avestruz, del Mao Pelada, del Halcón, del Flamenco, en fin, de los catorce soldados momentáneamente a sus órdenes. Cada miliciano era observado con minuciosidad en aquella especie de revista militar silente y a ojos cerrados. Algunos, demoraban un rato en la mente del viejo Cimarrón; otros, pasaban en seguida, como cuando el que sabe leer aprieta entre dos dedos por el filo todas las hojas del libro y afloja después un poquito el pulgar… y antes de llegar a las últimas páginas vuelve a abarcar todo el grueso… y empieza otra vez…

 

-El hombre, el hombre hubiera sido el Avestruz -se decía.

 

Y patente se le representaba delante con la cabeza medio alzada de un costado, como cuando quería ver bien, porque ya estaba muy corto de vista el viejo Veterano. Pensaba que a ese no lo atajaban ni era capaz de entretenerse por el camino, en ranchos y pulperías. Y que si había que pelear, ese hacía pata ancha y, allí no más, había desparramos. Porque era serio. Pero los años acarreábanle al Avestruz el defecto de no darse idea de nada…

 

Se superponían el Halcón, asomando por el extremo de las botas de potro unos dedos como argollas, de estribar desde chico en un huesito.

 

-¡Pero de este nadie podrá saber nunca lo que piensa! -meditaba el Cimarrón.

 

Y era cierto. Imposible conocer de quiénes era amigo el Halcón, y de quiénes no lo era. Y siempre callado, empacado… ¡un verdadero cuero al sol, de seco! Capaz que se le proponía la cosa y salía como escupida entre los dientes a contárselo al Comisario…

 

Tapó al Halcón el Cabo Pato. Y se quedó de retrato a los pies del improvisado lecho de su Sargento Primero, el quepis asomado hacia un hombro, las piernas abiertas; atrás, las espuelas buscándose una a otra y, delante, las puntas de las botas mirando, una, bien a su derecha y, la otra, a su zurda.

 

-¡No, qué esperanza! Este, lo que quiere, es agarrar todo a chacota. Buen sentimiento tiene, no hay que negar. Pero… ¡Y es comodón… como él solo! Y nunca se compromete a fondo.

 

También aquí se mostraba sagaz el veterano Cimarrón. En efecto: viendo un rancho cerca de su trayecto, ya estaba el caballo del Cabo Pato al rayo del sol, sin siquiera los cojinillos dados vuelta, con las riendas por el suelo; y el “clase” adentro, precedido por un ceremonioso “¡Compermiso!”, para quedarse, después, prendido al mate, diciendo chuscadas por hacerse el sencillo a pesar de su autoridad, e incorporándose de a poco cuando van a poner la mesa, a fin de dar tiempo al obligado:

 

-“Si gusta quedarse a comer con nosotros”. Y si topa pulpería, hay chupandina, guitarra y patada para rato…

 

-Alarife, es, no hay que negarlo -seguía en sus barruntos a ese respecto, el Cimarrón. -Y cuando cuadra, con el sable hace una raya en el suelo al que sea… Pero le propongo la cosa… y se zambulle entre las chilcas, que no le distingo ni el quepis.

 

Toda la razón seguía teniendo el Sargento Primeto. Andar siempre contento era lo que al Cabo Pato le pasaba. Y no hay alegre malo ni, tampoco, muy decidido para entrar de lleno en las cosas. No es que sea cobarde el alegre, hay que aclarar. Lo que hay es que, para todo, él es regularón, no más.

 

-¡Pucha, el Avestruz sí que, hace unos años, hubiera servido para una misión de esta gravedá!

 

La imagen de este verano, corriéndose desde atrás como en insistente oferta, había suplantado de golpe a la estampa del Cabo Pato. Mas, en seguida, cubriola, a su vez, la de alguien que, al sentirse metido en aquella exposición escudriñante, miraba para abajo como sin saber qué hacer. Era el Trompa Tamanduá, desvanecido hasta el rosado el rojo de sus bombachas por causa de los días que debieron estar bajo el agua con el ahogado milico que fue su primitivo dueño. De ahí, asimismo, la razón del herrumbre de la vaina del sable, el antiguo propietario del conjunto había caído armado al arroyo, y de los botones de la chaquetilla; y de ahí, también, la del tinte de esta, que de azul que había sido, tiraba en la actualidad al celeste del alba.

 

-Cuando te afirmás a tocar el clarín, lo he dicho la mar de veces, hay que sacarte el sombrero. Pero a vos no te mandaría allí yo, ni aunque me encontrara en tranca.

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