El sitio de la Mulita (8)
Conteniendo con el
antebrazo el casco al inclinarse, pues traía las dos manos ocupadas, el Macá
traspuso la baja apertura de la tienda de campaña. Mientras su superior, que se
sentó sobre los cojinillos, sorbía el mate, él lanzó de boleo una mirada. El
Sargento se había puesto de buena vuelta, intuyó. Mientras eso durara, habría
buen tabaco y, tal vez, algún trago de caña de la Habana que él mismo, como
buen Asistente, luego de observar que estaba llenita hasta el tapón, no había
olvidado de poner en la maleta al salir de la Comisaría. Y ambos conmilitones,
a solas bajo la carpa, le darían de lo lindo a la sin hueso.
De cuclillas ante su
jefe, con la caldera entre las piernas, le llegó por momentos apagado golpear.
Cavaban una zanja poco profunda en torno a la carpa. Así, de llover, el agua no
se escurre por debajo de la guarida. Y los cojinillos permanecen tan sequitos,
tanto, que es un gusto yacer sobre ellos mientras la lluvia castiga inútilmente
la lona y mientras las estacas resisten con firmeza los sacudones del viento,
y, así, uno se encoge, mimoso consigo mismo, bajo el poncho calentito,
sintiendo por contraste que la vida es lindísima, y que lo sería muchísimo, muchísimo
más si no fuera tan corta.
Luego, el rumor cesó. Se
alejaron voces. En el silencio, ahora total, de la tienda, la mirada del
Sargento Cimarrón cruzó furtiva a posarse sobre el joven asistente. Este, con
gran delicadeza, vertía breve chorro junto a la bombilla. En seguida, el dedo
dejaba que era un jaspe el borde del recipiente. Verdaderamente no debería ser
oportunidad, pues, aquella, para escuchar lo que, sin embargo, el joven Macá
escuchó:
-¡Usté tiene que andar
más prolijo! ¿Usté no ve que en su chaquetilla le ha sobrado un ojal por arriba
y un botón por abajo?
El Macá entregó el mate,
confuso, y siguió revolviendo los ojos. Era que todo lo que miraba parecía
exactamente repetirle lo mismo; lo mismo y con la misma falta de acritud del
Sargento, y como si cada cosa que le dirigía la palabra fuese una piedra para
él. Desabrochando por completo, en seguida, encajó en su ojal respectivo, cada
grueso botón de bronce, y agachó más la cabeza, aturdido.
El Sargento Cimarrón iba
a seguir cuando una racha de piedad cerró paso a sus palabras. Sin embargo,
tozudas, estas se le organizaron con saña en el pensamiento, para proferir:
-¡Usté me tiene todo que
es un desastre!
Al supuesto además de
protesta que, de haber hablado, era de prever en el Asistente, nuestro Sargento
Cimarrón resolvió no dejarlo chistar; e imaginando con rotundidad que retomaba la
palabra (sin dar alce a los intentos de justificación, cada vez más
empecinados, que fantaseaba estar provocando en el otro):
-¡No, no! -parecíale al
Cimarrón que decía, aunque de boca torcida-. Usté me deja todo tirao; usté
desensilla mi bayo, que es mi crédito, y me deja el apero en desparramo…
Ante el silencio (y
debido asimismo a que no veía en aquel momento la admonitoria cara de su
superior por lo abatida que este tenía la cabeza y, además, por la visera) ante
aquel silencio tan como el del pozo, el Macá se iba serenando, mientras:
-¿El qué? -creía
manifestar, siempre callado, su superior. -¿El qué? ¿Cómo me dice usté que no,
si después, si después, cuando lo mando a ensillar, tiene que andar revisando
entre las cacharpas de la tropa para bien de juntar las prendas de mi recado?
El soldado debe ser prolijo. Y con las cosas del superior, más.
Como la perorata no
obraba para el Macá, este, bien contento, ahora, anhelaba ya que el jefe
rompiera su mutismo y se cortara solo con alguna narración de las suyas; de
esas que el joven, cuanto más imposibles, más creía a pie juntillas. Por su
parte, su Sargento, en la creencia de que vociferaba, sin despegar los labios
seguía:
-¿O usté se cree que todo
es chacota en la vida, me va a decir? ¡No, no, m’hijito! A usté ya lo he
sentenciao un sinfín de ocasiones. A otro subalterno ya me lo tendría
descoyuntado, descoyuntado, sí, a fuerza de cepo. Yo, con usté… ¡Sí, no me
discuta!... Y, con usté… ¡Cállese esa boca, indisciplinado!
-¿Pero por qué será que
este está tan callao? -se preguntaba el Macá mientras el Sargento siempre sin
despegar los labios, agregaba a la perorata:
-A usté, Asistente, lo
que le gusta es meter la cuchara en todo. Y usté todo lo quiere saber, que’es
lo que más me calienta. Usté no se da cuenta que todavía precisa mucho mundo…























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