por Virginia Moratiel
Uno de los relieves más bellos que
nos ha legado la Grecia clásica es el que se encontró en 1880 junto al lado sur
del Partenón y hoy conocemos con el nombre de Atenea pensativa, del cual emana una serenidad, que
lo hace símbolo de la reflexión. Vestida con peplo ático y
casco corintio, apoyándose en su lanza clavada en el suelo mientras inclina
levemente la cabeza y señala su frente con el índice de la mano
izquierda, la diosa de la guerra y de la filosofía observa una
lápida. Nadie sabe a ciencia cierta qué podría significar esa losa, pero la
postura cabizbaja hace pensar que la deidad contempla abrumada una catástrofe
de proporciones descomunales.
Atendiendo a las probables fechas de
su ejecución, algunos aventuran que se trata de una estela funeraria en honor a
las víctimas de la destrucción de Atenas durante las guerras médicas. Otros
creen que tal vez se refiera a la peste que asoló la polis posteriormente,
mientras sucedía la lucha con Esparta, una epidemia devastadora que –según
cuenta Tucídides– llegó desde Etiopía, pasando por Egipto y
Libia, a través del puerto del Pireo y diezmó a los habitantes refugiados en la
ciudad. La visión de las piras funerarias ardiendo hizo que el ejército enemigo
se retirara por temor a contraer la enfermedad. Lamentablemente, la plaga se
repitió en otras dos ocasiones en los siguientes años y terminó por llevarse a
la tumba al mismísimo Pericles, el jefe
ateniense. A partir de entonces, se inició el declive de la
democracia griega, mientras la visión del mundo gestada en la polis
naufragaba. Ante el hundimiento de los antiguos valores, surgieron los
sofistas, maestros de retórica que predicaban el relativismo, o –como Protágoras– volvían su mirada hacia el hombre en cuanto
medida de todas las cosas. Y una vez pasado el desconcierto, la filosofía se abrió paso de forma brillante y decidida con el
idealismo de Platón. Como secuela de
aquella peste, parece haber surgido una nueva configuración del mundo, que
culminaría con el imperio, primero el helenístico y, más tarde, el romano.
Una situación similar estamos viviendo en estos días, aunque sabemos que la historia nunca se repite. La pandemia del covid-19 ha puesto de manifiesto la finitud humana, la presencia inesperada de la muerte y la precariedad de todo lo material, agudizando el miedo y dejando al descubierto la inoperancia del sistema capitalista globalizado, lo cual generará un nuevo orden mundial, si bien no sabemos en qué sentido habrá de evolucionar. Y no sólo porque el futuro es difícilmente previsible sino porque conocemos demasiado poco del virus y su origen. A diferencia de las anteriores, ésta ha sido una peste anunciada varias veces por los científicos y la predicción ha llegado a tener una audiencia masiva, como en el caso de la charla TED protagonizada en 2015 por Bill Gates. Eso la hace fácil presa de suspicacias en torno a su procedencia y a su fin, en especial, porque, en la novela Los ojos de la oscuridad de 1981, Dean Kootz ya se refería a una epidemia letal expandida desde un laboratorio de la ciudad de Wuhan donde se había intervenido artificialmente un germen patógeno en el contexto de una guerra biológica. Pero el vaticinio venía desde tiempo atrás. Así, en 1826 Mary Shelley, la autora de Frankenstein, publicó una novela de anticipación situada en el siglo XXI con el título de El último hombre en la Tierra, donde presenta un mundo apocalíptico arrasado por una plaga. La obra fue severamente criticada y pronto pasó al olvido por considerarse de una crueldad extrema e innecesaria. Seguramente molestó que algunos de los personajes estuvieran inspirados en sus más allegados, los poetas románticos Percy Shelley y Lord Byron, aunque el motivo de fondo de semejante desprecio fue, en realidad, el profundo desafío al antropocentrismo occidental. Al presentar la extinción de la humanidad por obra de la naturaleza, la escritora cuestionaba la posición privilegiada del hombre en el universo. Y ahora la literatura se vuelve realidad, cuando la ficción regresa desde el pasado para hacernos una zancadilla por detrás. Pero como la historia siempre se interpreta desde el futuro, hasta que los efectos y las consecuencias de la epidemia demuestren lo contrario, las teorías conspiratorias seguirán siendo plausibles.
Una situación similar estamos viviendo en estos días, aunque sabemos que la historia nunca se repite. La pandemia del covid-19 ha puesto de manifiesto la finitud humana, la presencia inesperada de la muerte y la precariedad de todo lo material, agudizando el miedo y dejando al descubierto la inoperancia del sistema capitalista globalizado, lo cual generará un nuevo orden mundial, si bien no sabemos en qué sentido habrá de evolucionar. Y no sólo porque el futuro es difícilmente previsible sino porque conocemos demasiado poco del virus y su origen. A diferencia de las anteriores, ésta ha sido una peste anunciada varias veces por los científicos y la predicción ha llegado a tener una audiencia masiva, como en el caso de la charla TED protagonizada en 2015 por Bill Gates. Eso la hace fácil presa de suspicacias en torno a su procedencia y a su fin, en especial, porque, en la novela Los ojos de la oscuridad de 1981, Dean Kootz ya se refería a una epidemia letal expandida desde un laboratorio de la ciudad de Wuhan donde se había intervenido artificialmente un germen patógeno en el contexto de una guerra biológica. Pero el vaticinio venía desde tiempo atrás. Así, en 1826 Mary Shelley, la autora de Frankenstein, publicó una novela de anticipación situada en el siglo XXI con el título de El último hombre en la Tierra, donde presenta un mundo apocalíptico arrasado por una plaga. La obra fue severamente criticada y pronto pasó al olvido por considerarse de una crueldad extrema e innecesaria. Seguramente molestó que algunos de los personajes estuvieran inspirados en sus más allegados, los poetas románticos Percy Shelley y Lord Byron, aunque el motivo de fondo de semejante desprecio fue, en realidad, el profundo desafío al antropocentrismo occidental. Al presentar la extinción de la humanidad por obra de la naturaleza, la escritora cuestionaba la posición privilegiada del hombre en el universo. Y ahora la literatura se vuelve realidad, cuando la ficción regresa desde el pasado para hacernos una zancadilla por detrás. Pero como la historia siempre se interpreta desde el futuro, hasta que los efectos y las consecuencias de la epidemia demuestren lo contrario, las teorías conspiratorias seguirán siendo plausibles.
En cualquier caso, el cambio se producirá y tendrá dimensiones globales.
No hay duda de que en todos los países los problemas fueron análogos, salvo
honrosas excepciones. De hecho, las cosas habrían sido menos dramáticas si no
se hubiese penalizado previamente la educación y la
salud, reduciendo camas hospitalarias o privatizando recursos, si
hubiese habido una fabricación nacional de los insumos sanitarios
imprescindibles, si los políticos no hubiesen tardado en reaccionar por estar pendientes
sólo de sí mismos y de sus votos, si no se hubiese escondido o manipulado
la información, si no hubiese tanta gente viviendo en la calle ni cada vez más
diferencias sociales, si no se hubiese priorizado tanto la ganancia
económica y lo superfluo: el consumo exagerado, la diversión, el turismo
irresponsable, las actividades improductivas, el soborno, la especulación y la
concentración de capitales en monopolios transnacionales…, en fin, un desastre que beneficia sólo a muy, pero muy pocos.
Hoy Atenea llora por la peste y los
filósofos se apresuran a salir al paso para hablar de la pandemia,
olvidando –como dijo Hegel– que el búho de
Minerva levanta el vuelo al anochecer, que la filosofía siempre llega demasiado
tarde a escena, pues sólo puede reflexionar sobre lo que ya pasó. Por eso, en
el relieve la diosa mira hacia el recuerdo de la vida, detenida ahora en su
fluir, petrificada, no actuada sino hecha cosa.
En esa premura por dar la cara, Giorgio Agamben hizo su primera manifestación
pública el 26 de febrero para advertir que el anuncio de la epidemia era un
engaño, una invención que sirvió como pretexto para tomar medidas de emergencia
frenéticas, irracionales e injustificadas. Se trataba –según él– de una simple
gripe y la alerta generalizada era una forma de hacer cundir el pánico para que
finalmente los ciudadanos se entregasen mansamente al poder de los Estados,
limitando su libertad a cambio de seguridad. Si tan sólo hubiese esperado unos
días para pronunciarse, habría comprobado el ritmo exponencial del contagio y,
un mes después, cómo la cifra de muertos pugnaba por llegar a los diez mil. A
pesar de la crítica que le hizo Jean-Luc Nancy, a
pesar de su insistencia en que los gobiernos no son más que los tristes
ejecutores de una civilización basada en interconexiones técnicas que nos
“pandemizan”, Agamben ni siquiera se disculpó por semejante inopia. Al contrario, continuó explicando en dos nuevos
artículos cómo la epidemia venía a confirmar su teoría. Escandalizado porque
los ciudadanos aceptasen la reclusión con tal de defender su desnuda vida
biológica, objetó las medidas gubernamentales de distanciamiento, el cierre de
las escuelas, la restricción de la circulación ciudadana, decretando que
nuestro prójimo había sido abolido y las máquinas sustituirían el contacto.
Podría haber visto el otro lado de la cuestión para intentar pensar en otras
posibles consecuencias, por ejemplo, en cómo la cuarentena obliga a cada
individuo a centrarse en la propia existencia y a compartir los lazos
familiares, que son el primer paso de socialización para alcanzar la vida
política. Y aunque es cierto que el estado de excepción habitualmente deriva en
una dictadura, le faltó el sosiego para mirar la realidad más allá del prisma
de su propia visión. Él mismo era ese hombre medida de todas las cosas.
De inmediato, el 27 de febrero, otro
sofista, Slavoj Žižek, salió a la palestra para explicar en su
peculiar estilo que el coronavirus es un golpe al
capitalismo a lo Kill Bill y podría conducir a la reinvención del
comunismo. En el tono propio de la historia profética denostada
ya por Kant, opuesta a la científica porque el historiador interviene
adrede para que ocurra lo que predice, el esloveno comenzaba su artículo
señalando con claridad a sus antagonistas. Según él, en paralelo con la
epidemia, se desencadenó una plaga de virus ideológicos que estaban latentes en
la sociedad: noticias falsas, teorías de conspiración paranoicas, explosiones
de racismo, que han contribuido para que se establezcan fronteras claras y se
confine a los enemigos que amenazan nuestra identidad. Las democracias
liberales quedaron así al desnudo, mientras que en China la dictadura imponía férreamente sus medidas
de restricción. Sin embargo, esto producirá con suerte un efecto positivo, ya
que un nuevo virus podría infectarnos: el que inocula la idea de una sociedad
alternativa que trasciende el Estado-nación actual, sustentada en formas de
solidaridad y cooperación global. Esto supone reinventar el comunismo,
basándose en la confianza en las personas y en la ciencia. Junto a esta
predicción, la advertencia de que el coronavirus ha llegado para quedarse y, si
la ola de infección retrocede, reaparecerá. Sucederán, además, otras
catástrofes, como sequías, calor extremo y tormentas masivas, que requerirán
del esfuerzo conjunto para enfrentarlas y obligarán a crear una red global de
atención médica, cuyo modelo de coordinación supranacional se encuentra en la
OMS, a la que habrá que dotar de un mayor poder ejecutivo. Para desarrollar el
análisis y sus propuestas, Žižek se retiró a escribir un libro sobre el tema,
el primero sobre la plaga. En un mes lo ofrecía en línea de forma gratuita con
el ingenioso título de Pandemic. Por sorpresa, a los pocos días, una vez
hecha la propaganda, se convirtió en un texto de pago.
Desde Berlín, el surcoreano Byung-Chul Han rechazaba el optimismo de Žižek
negando la posibilidad de una revolución viral, porque el miedo a contraer la
enfermedad obliga a guardar las distancias y, como consecuencia, aísla,
individualiza e impide generar un sentimiento colectivo fuerte. Para él, el
virus ni destruirá al capitalismo ni hará caer al régimen chino. Al contrario,
es más probable que China logre exportar su Estado policial digital como un
modelo con éxito contra la pandemia. Han hace una loa de las cualidades de los
asiáticos que permitieron si no sofocar, al menos, mitigar la epidemia:
obediencia, disciplina, falta de conciencia crítica ante la vigilancia digital,
además de la utilización de alta tecnología para controlar los desplazamientos
y el uso de mascarillas. Y augura que la individualista Europa, más preocupada
por la libertad y los viejos modelos de soberanía, sería menos eficaz para
contener la enfermedad. Como los otros intelectuales, también él pretendió
capitalizar la espantosa epidemia presentándola como prueba de la veracidad de
sus teorías. Lo decía abiertamente. Diez años atrás había lanzado una
advertencia en su libro La sociedad del
cansancio, al reconocer que vivimos en una época en la cual el paradigma
inmunológico ha perdido vigencia porque la globalización suprime todos los
umbrales inmunitarios para dar vía libre a la circulación de mercancías y de
capital.
A esta altura de la polémica
mediática, muchos otros se habían sumado, movidos por el deseo de figurar o
porque los medios de comunicación se afanaban en saber su opinión. Curioso,
porque hasta hace poco nada les había importado la filosofía. Precisamente por
eso, se vio reducida en los programas de enseñanza. Como resultado, no se preguntó a quien se debió preguntar sino a los que estaban
ansiosos por destacar. ¿Por qué no a los científicos, para explicar
lo que es el virus y discutir estrategias sanitarias, a los economistas o
sociólogos para prever el desarrollo material y la nueva organización mundial
o, al menos, a los especialistas en biopolítica o en necropolítica? Pura
doxa, demasiado narcisismo y muy pocas aportaciones para
resolver los problemas que acucian hoy a la humanidad.
Un caso paradigmático es el del Markus Gabriel, cuya tarjeta de presentación consiste
en ser el catedrático de Universidad más joven de Alemania. ¡Cuánta ingenuidad!
No es necesario dedicar toda la vida a la enseñanza universitaria –como es mi
caso– para saber que alcanzar semejante posición no es garantía de excelencia.
Si se cumplen los requisitos académicos exigidos por la ley, basta contar con
el voto de tres amigos, o ¿es que habíamos creído que la
corrupción sólo se da en la política y la economía? Sorprende
el infantilismo del joven profesor…: desde explicar el significado de la
palabra pandemia en griego, como si estuviéramos en clase,
hasta lanzar una serie de preguntas fantasiosas y contradictorias después de
haber afirmado que desconocemos si el virus es o no un ser vivo y que,
obviamente, sólo buscan provocar efectismo en el lector:
“¿Es posible que el ecosistema de la Tierra sea un gigantesco ser vivo? Es el
coronavirus una respuesta inmune del planeta a la insolencia del ser humano,
que destruye infinitos seres vivos por codicia?”. Igual que lo hizo Kant en su momento, Gabriel niega que la ciencia y
la técnica hayan aportado un verdadero progreso a la vida social y reivindica
un progreso moral, que –como vio el propio Kant– en realidad es
imposible de alcanzar colectivamente porque la experiencia no se transmite y
cada individuo comienza de cero en el camino ético. Precisamente por eso, la
madurez del pensamiento crítico kantiano deposita sus esperanzas no sólo en la
transformación interior sino en el derecho.
En un caso como el de esta pandemia,
que sobrepasa nuestro conocimiento, nuestra capacidad para contrarrestarla, y
nos deja en completo estado de indefensión, hubiese sido preferible menos
soberbia y más humildad. Por ejemplo, reconocer –como hizo Sócrates ante los
sofistas– la docta ignorancia, que es,
justamente, el comienzo de la filosofía. Ojalá que, como ocurrió tras la peste
en Atenas, estemos en el inicio de una nueva era del pensar. No será en vano el
llanto de la diosa.
(El vuelo de la lechuza)
(El vuelo de la lechuza)






















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