miércoles

PETER BROOK - EL ESPACIO VACÍO (33)


EL TEATRO TOSCO (3)


He visto dos puestas escénicas del Ubu Roi de Jarry, que ilustran perfectamente la diferencia entre una tradición tosca y otra de carácter artístico. La primera, ofrecida por la televisión francesa, valiéndose de medios electrónicos, lograba una verdadera proeza de virtuosismo. El director conseguía de modo brillante con actores de carne y hueso dar la impresión de que frieran marionetas en blanco y negro: la escena estaba subdividida en estrechas franjas con el fin de asemejarse a las páginas de un tebeo. El señor y la señora Ubu eran los dibujos animados de Jarry, eran los Ubu al pie de la letra. Pero no a lo vivo, y los telespectadores no aceptaban la cruda realidad de la historia: al ver sólo las piruetas de unos muñecos, se desconcertaron y aburrieron, no tardando en apagar el televisor. La virulenta obra de protesta se había quedado en el jeu d’esprit de una élite. Casi al mismo tiempo, la televisión alemana presentó presentó una versión checa de Ubu. Esta versión hacía caso omiso de todas las imágenes e indicaciones de Jarry, e inventaba un estilo pop-art propio, puesto al día, hecho a base de cubos de basura, desechos y viejas armaduras de cama de hierro: el señor Ubu no era un Humpty-Dumpty enmascarado, sino un evidente estúpido, nada de fiar, mientras que la señora Ubu era una desaliñada y atractiva prostituta. El contexto social resultaba claro. Desde el primer plano del señor Ubu bajando de la cama en calzoncillos, al tiempo que una voz regañona procedente de la almohada le preguntaba por qué no era rey de Polonia, la credulidad del espectador quedó atrapada y pudo seguir el desarrollo surrealista de la historia, puesto que había aceptado en sus propios términos la primitiva situación y los personajes.

Todo esto se refiere al aspecto externo de lo tosco, pero ¿cuál es la intención de este teatro? En primer lugar, su objetivo se provocar desvergonzadamente la alegría y la risa, lo que Tyrone Guthrie llama “teatro de delicia”, y cualquier teatro que proporcione auténtica delicia tiene bien ganado su puesto. Junto al trabajo serio, comprometido y exploratorio, ha de haber irresponsabilidad. Esto último nos lo puede dar también el teatro comercial, si bien por lo común de manera monótona, sin originalidad. La diversión necesita de continuo nueva carga eléctrica: la diversión por la diversión no es imposible, pero rara vez suficiente. Puede cargarse con la frivolidad: el buen humor puede servir de buena corriente, pero las baterías han de llenarse constantemente, hay que encontrar nuevas caras, nuevas ideas. El chiste nuevo deslumbra y desaparece; entonces vuelve el chiste viejo. La comedia más hábil está enraizada en arquetipos, en mitología, en situaciones básicas y recurrentes; inevitablemente está muy arraigada en la tradición social. No siempre la comedia surge de la corriente principal del debate social. Es como si diferentes tradiciones cómicas se ramificaran en muchas direcciones; durante cierto tiempo, aunque no se vea su curso, la corriente sigue discurriendo, hasta que un día, inesperadamente, se seca por completo.

No existe una norma rígida que diga que uno no debe nunca cultivar los efectos y la superficialidad como fines en sí mismos. ¿Por qué no ha de poderse hacer? Personalmente, creo que poner en escena una comedia musical puede ser mucho más agradable que dirigir cualquier otra forma de teatro. Cultivar un hábil juego de manos puede proporcionar gran placer, pero la impresión de frescura lo es todo: los alimentos conservados pierden su sabor. El teatro sagrado tiene su energía, el tosco tiene otra. La despreocupación y la alegría lo alimentan, pero es esa misma energía la que también produce rebelión y oposición. Se trata de una energía militante: la de la cólera y, a veces, la del odio. La energía creadora que existe tras la riqueza inventiva de la versión de Los días de la Comuna realizada por el Berliner Ensemble es la misma que guarnece las barricadas; la energía de Arturo Ui es capaz de llevar directamente a la guerra. El deseo de cambiar la sociedad, de obligarla a enfrentarse con sus eternas hipocresías, es una poderosa fuerza motriz. Fígaro, Falstaff o Tartufe satirizan y revelan la realidad mediante la risa, y el propósito del autor es lograr un cambio social.

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