1ª edición WEB: Axxón / 1992
2ª edición WEB:
elMontevideano Laboratorio de Artes / 2019
TRES (2)
Sin embargo, el doctor
condescendía a desconfiar de la claridad de sus sentimientos, ya fuera hacia su
mujer o hacia Meimi. Solamente sentía aquella sensación que lo enloquecía, y,
como las cosas habían salido bien, sin que se esforzara jamás por nada, no
pensaba demasiado. Cuando se desbordaba la espuma, sentía una irrefrenable
voluntad de asesinar; y después, entre avergonzarse o negarse a la reflexión,
prefería siempre lo último, con los testículos y sus cómplices glandulares en
absoluta paz y retracción.
El lunes era el día
distinguido. Tomaba lo que, según ella, él “merecía”. O, lo que significaba,
aquello que sólo quien lo quería realmente era capaz de darle, con sacrificio y
considerable tormento.
Sobre el lujoso diván de
cuero rojo solamente quedaba el diminuto vaporizador lubricante. Desnudos, ella
sentía con secreto terror el velludo cuerpo que rozaba su espalda. Rogaba a la
providencia que él fuera delicado, aunque se había conminado a relajar el
cuerpo, a concentrarse hasta que la desbordara. Si trasponía el sagrado y
riguroso portal, luego todo era… casi casi maravilloso. Entonces empezaba a
sentir la sensación, el dolor, la sensación, el dolor, la sensación… La entrega
total. Cuando el doctor se retiraba (de inmediato, sin decirle que era la mejor
fémina del universo y que jamás otra le había dado aquello) la inflamada testa
de jade, aun henchida de sangre caliente, hacía que la señora Meimi diera un
auténtico gemido desgarrador, para quedarse boca abajo, respirando con
violencia, sintiendo el suave olor del cuero del diván y el roce de las
lágrimas que le cubrían el rostro. La delicada Meimi se repetía, poseída por la
idea, que seguramente la esposa jamás le podría ofrecer a él aquello, porque
era un monstruo y estaban casados, y una esposa no sufriría luego como ella
sufriría durante toda la semana y… eso era terrible y aumentaba su llanto
silencioso encubierto con el mullido diván.
Marius Pigot se distraía
entonces y observaba el reloj de cucú del consultorio, que le avisaba que aun
tenía una hora hasta la llegada del primer paciente. Y se sentía irritado,
siempre, en secreto, y no hablaba más como al principio, cuando deseaba en el
placer durante horas. Pero, habían sido minutos, y estaba hastiado de repente y
le parecía absurdo el entusiasmo inicial. A veces levantaba la toallita que
ella había extendido sobre la alfombra, al pie del diván, y se higienizaba. A
veces dejaba que ella lo hiciera, mientras él se tiraba sobre la alfombra a
mirar hacia otro lado o al techo. Ella se secaba el rostro de espaldas, se
extendía a su lado, le acariciaba los vellos del vientre y lo empezaba
interrogar sobre qué había hecho el sábado, y el domingo. Quería charlar,
necesitaba que la acariciaran. Si se había divertido, si había descansado. En
las preguntas de ella, y en los gangoseos de él, había alguien más (malamente
metida y no mencionada) y eso molestaba. El doctor se erguía sin mirarla y se
iba al baño pisando fuerte sobre las brillantes plataformas, con el pantalón en
una mano, meditando a veces sobre la pronunciación de aquellos vocablos de presidiario.
La eufonía reforzaba misteriosamente su placer espiritual, ejercitado merced a
aquellas divinas glándulas de entrepiernas.
A partir de allí, hasta
el miércoles a la misma hora, cuando nuevamente el doctor desahogaba su
violento signo positivo de una forma más generosa y fácil para Meimi (es decir,
por el portal flexible que se amolda a casi todo), la conducta de ambos era
absolutamente profesional. Ella no incluía la cualidad de los sentimientos que
tan bien iban ocultos; los de la amable mamá Meimi, ilusionados y acogedores,
turbios e indiferentes para un tercero que trabajaba en la City; o los del
profesional Pigot, más relacionado con impulsos, apegados a embates extraños y
oscuros que sentía desde niño, sin apego, sin razonamiento, cuando iba de
cacería a las landas y tomaba por fuerza a alguna hermosa yegua de tiro, oculta
en el granero, al atardecer, para dañarla inexplicablemente, después de la
función.
Entonces, aquel lunes,
Meimi, con los pómulos calientes aun, desgarrada pero estoica en su escritorio,
unos minutos antes de las dos, mencionó al nuevo paciente.
-Meimi -dijo Pigot-,
usted sabe que en general no admito esos casos.
-Él ha sido recomendado
por alguien… Del gobierno, como siempre. Parece que vivió en la Tierra durante
mucho tiempo. Tiene la cabeza blanca. Naturalmente, es de los que ha pendido
una reserva total. Sabe cómo es la gente del gobierno.
El doctor se miraba una
arruga imprevista en el espejo del bañito; le producía malestar mirar cara a
cara a las mujeres después de la remonta. Se dio vuelta y se bajó el cierre
para orinar. La señora Meimi veía la mitad de su cuerpo.
-¿Se ve bien?
-No muy bien -dijo Meimi,
con una media sonrisa y una actitud que a él le parecieron obscenas-. Es usted
imposible, doctor… Me da por el hombro, tiene la cabeza como un huevo, unos
ojos de pez tras unos cristales más gruesos que lupas. Es gordito.
-Lo raro es que no quiera
decir quién lo envía.
-Tal vez a usted se lo
diga.
-¿Le mencionó claramente
cuáles son mis honorarios?
-Desde luego, No les dio
importancia.
El doctor carraspeó y
escupió el inodoro. Con un golpe enérgico, se subió el cierre del pantalón.






















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