martes

SAN JUAN DE LA CRUZ - LLAMA DE AMOR VIVA (4)


¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro;
pues ya no eres equiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!

DECLARACIÓN (2)


4 / De donde la alma que está en estado de transformación de amor, podemos decir que su ordinario hábito es como el madero que siempre está embestido en fuego, y los actos de esta alma son la llama que nace del fuego de amor, que tan vehemente sale cuanto es más intenso el fuego de la unión. En la cual llama se unen y suben los actos de la voluntad arrebatada y absorta en la llama del Espíritu Santo, que es como el ángel que subió a Dios en la llama del sacrificio de Manué (Iud. 13,20). Y así, en este estado no puede el alma hacer actos; que el Espíritu Santo los hace todos y la mueve a ellos, y por eso todos los actos de ella son divinos, pues es hecha y movida por Dios. De donde el alma le parece que cada vez que llamea esta llama, haciéndola amar con sabor y temple divino, la está dando vida eterna, pues la levanta a operación de Dios en Dios.

5 / Y este es el lenguaje y palabras que trata Dios en las almas purgadas y limpias, todas encendidas, como dice David: Tu palabra es encendida vehementemente (Ps. 118,140); y el profeta: ¿Por ventura mis palabras no son como fuego? (Ier. 23,29). Las cuales palabras, como Él mismo dice por San Juan, son espíritu y vida (6,64); las cuales sienten las almas que tienen oídos para oírlas, que (como digo) son las almas limpias y enamoradas; que los que no tienen el paladar sano, sino que gustan otras cosas, no pueden gustar el espíritu y vida de ellas, antes las han sinsabor. Y por eso, cuanto más altas palabras decía el Hijo de Dios, tanto más algunos se desabrían por su impureza, como fue cuando predicó aquella tan sabrosa, soberana y amorosa doctrina de la Sagrada Eucaristía, que muchos de ellos volvieron atrás (Iº 6,67).

6 / Y no porque los tales no gusten este lenguaje de Dios (que habla de dentro) han de pensar que no le gustan otros, como aquí se dice; como las gustó San pedro en el alma cuando dijo a Cristo: ¿Dónde iremos, Señor, que tienes palabras de vida eterna? (Iº 6,69); y la Samaritana olvidó el agua y el cántaro por la dulzura de las palabras del Hijo de Dios (Iº 4,28). Y así, estando esta alma tan cerca de Dios, que está transformada en llama de amor, en que se le comunica el Padre e Hijo y Espíritu Santo, ¿qué increíble cosa se dice que guste un rastro de vida eterna, aunque no perfectamente, porque no lo lleva la condición de esta vida?; mas es tan subido el deleite que aquel llamear del Espíritu Santo hace en ella, que la hace saber a qué sabe la vida eterna. Que por eso llama a la llama viva; no porque no sea siempre viva, sino porque le hace tal efecto, que la hace vivir en Dios espiritualmente y sentir vida de Dios, al modo que dice David: Mi corazón y mi carne se gozaron en Dios vivo (Ps. 83,3); no porque sea menester decir que sea vivo, pues siempre lo está, sino para dar a entender que el espíritu y sentido vivamente gustaban a Dios, hechos en Dios; lo cual es gustar a Dios vivo, esto es, vida de Dios y vida eterna. Ni dijera David allí Dios vivo, sino porque vivamente le gustaba, aunque no perfectamente, sino como un viso de vida eterna. Y así, en esta llama siente el alma tan vivamente a Dios que le gusta con tanto sabor y suavidad, que dice: Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres!

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