La dama de honor me miró fijo y después lanzó un gruñido elocuente. Se volvió
y apeló a la señora Silsburn con el máximo de ironía.
-¿Usted diría que alguien que arma una como la de hoy es normal? -alzó las
cejas y esperó-. ¿Usted lo diría? -preguntó con calma, con mucha calma-. Diga
la verdad. No es más que una pregunta. Para que este caballero sepa.
La respuesta de la señora Silsburn fue la gentileza, la ecuanimidad misma.
-No, yo no lo diría -dijo.
Tuve un súbito y violento impulso del saltar del coche y echarme a correr
en cualquier dirección. Pero por lo que recuerdo, seguía en mi estrapontín
cuando la dama de honor se dirigió de nuevo a mí.
-Mire -dijo en el tono falsamente paciente del maestro ante un niño que no
sólo es retrasado, sino a quien se le caen todo el tiempo los mocos de un modo
poco agradable-. No sé si usted conoce a la gente. Pero ¿qué hombre en su sano
juicio, la víspera de la boda, tiene a su novia toda la noche dándole la lata
acerca de que es demasiado feliz para casarse, y que ella tendría que aplazar
la boda hasta que él se sienta más estable o no podrá ir? Entonces,
cuando la novia le explica como a un niño que todo está arreglado y
planeado desde hace meses, y que su padre ha hecho gastos increíbles y se ha
molestado y todo para organizar una fiesta y cosas por el estilo, y que sus
parientes y amigos van a llegar de todo el país, entonces, después que
ella le explica todo esto, él le dice que lo siente mucho pero que no se puede
casar hasta que no se sienta menos feliz o algún disparate por el
estilo. Piénselo ahora, si no le importa. ¿Le parece una persona normal?
¿Le parece que está en su juicio? -la voz era ahora estridente-. ¿O le parece
una persona que debería estar metida en un manicomio? -Me miró con gran
severidad y, como no me pronuncié enseguida en su defensa ni me rendí, se apoyó
pesadamente en el respaldo y le dijo a su marido-: Dame otro cigarrillo, por
favor. Me voy a quemar con este. -Le tendió la colilla encendida y él la apagó
por ella. Después sacó el paquete de cigarrillos de nuevo-. Enciéndemelo -dijo
ella-. No tengo fuerzas para hacerlo.
La señora Silsburn se aclaró la garganta.
-A mí me parece una bendición que todo haya terminado…
-Yo le pregunto le dijo la dama de honor con renovado ímpetu, aceptando al
mismo tiempo un cigarrillo recién encendido de su marido-: ¿Le parece cosa de
persona normal, de hombre normal, a usted? ¿O le parece cosa de alguien
que o nunca ha crecido o es un perfecto loco de atar, un chiflado?
-Dios santo. No sé qué decir, de veras. A mí en el fondo me parece una
bendición que todo…
La dama de honor se inclinó de pronto hacia delante, alerta, exhalando humo
por la nariz.
-Muy bien, eso no importa, dejémoslo por el momento…, no lo necesito -dijo.
Le hablaba a la señora Silsburn, pero en realidad se dirigía a mí a través de
la cara de la señora Silsburn, por así decirlo-. ¿Ha visto alguna vez a… en el
cine? -preguntó.
El que mencionó era el nombre profesional de una actriz y cantante entonces
bastante conocida y ahora, en 1955, muy famosa.
-Sí -contestó la señora Silsburn rápidamente y con interés, y se quedó
esperando.
La dama de honor asintió.
-Muy bien. ¿Ha observado usted, por casualidad, esa especie de sonrisa
torcida que tiene? ¿Con un solo lado de la cara, o algo así? Es muy visible si
usted…
-¡Sí… sí, lo he observado! -exclamó la señora Silsburn.
La dama de honor aspiró el cigarrillo y echó una mirada apenas perceptible
hacía mí.
-Bueno, resulta que es una especie de parálisis facial -dijo,
exhalando una pequeña bocanada de humo con cada palabra-. ¿y sabe de dónde la
sacó? Al parecer Seymour, esa persona normal, la hirió y tuvieron que
darle nueve puntos en la cara. -Se estiró (a falta, posiblemente, de mejor
dirección escénica) y sacudió de nuevo la ceniza.
-¿Le puedo preguntar dónde oyó eso? -dije. Los labios me temblaban
ligeramente, como dos tontos.
-Puede -contestó, mirando a la señora Silsburn y no a mí-. La madre de
Muriel lo contó hace unas dos horas, mientras Muriel se deshacía en lágrimas
-me miró-. ¿Responde esto a su pregunta? -De pronto pasó el ramo de gardenias
de la mano derecha a la izquierda. Era la cosa más parecida a un gesto nervioso
corriente que yo le hubiese visto hacer-. Para que lo sepa, dicho sea de paso
-dijo, mirándome-, ¿sabe quién creo que es usted? Creo que usted es el hermano
de Seymour. -Esperó un breve instante, y como yo no dije nada, continuó-: Se parece
a él, a ese disparatado retrato de él, y resulta que sé que tenía intención
de venir a la boda. Su hermana o alguien se lo dijo a Muriel. -Tenía la mirada
inmutablemente fija en mi cara-. ¿Es así? -preguntó brutalmente.
Mi voz dejó de sonar una pizca quebrada cuando contesté.
-Sí. -Me ardía la cara. Pero en cierto modo tenía una sensación menos
incómoda al autoidentificarme que cuando me apeé del tren al comienzo de la
tarde.
-Lo sabía -dijo la dama de honor-. No soy una estúpida. Sabía quién
era usted desde el instante en que se metió en este coche -se volvió hacia su
marido-. ¿No dije que era el hermano en el minuto mismo en que subió al coche?
¿No lo dije?
El teniente se movió en su asiento.
-Bueno, dijiste que probablemente…, sí, lo dijiste. Lo dijiste. Sí.
No hacía falta mirar a la señora Silsburn para darse cuenta de la atención
con que había seguido este último incidente. Deslicé la mirada por ella y eché
un vistazo furtivo al quinto pasajero (el minúsculo viejecito) para ver si su
insularidad seguía intacta. Así era. Nunca me había sido de tanto consuelo la
indiferencia de alguien. La dama de honor se volvió hacía mí.
-Para que lo sepa, también sé que su hermano no es pedicuro. De modo que no
se haga el gracioso. Resulta que estoy enterada de que era Billy Black en Los
niños sabios, durante cincuenta años, más o menos.
Bruscamente la señora Silsburn participó más activamente en la
conversación.
-¿El programa de radio? -preguntó, y sentí que me miraba con un interés
nuevo, más intenso.
La dama de honor no le contestó.
-¿Cuál era usted? -me preguntó-, ¿Georgie Black? -La mezcla de rudeza
y curiosidad en su voz era interesante, aunque no del todo conciliadora.
-Georgie Black era mi hermano
Walt -dije, respondiendo sólo a la segunda pregunta.
Se volvió hacia la señora
Silsburn.
Se supone que es un secreto
o algo por el estilo, pero este hombre y su hermano Seymour aparecían en
ese programa de radio con nombres falsos o algo así. Los chicos Black.
-Calma corazón, calma
-sugirió el teniente, más bien nervioso.
Su mujer se volvió hacia
él.
-Nada del calma -dijo, y
de nuevo, contrariamente a mi inclinación consciente, sentí una pizca de algo
próximo a la admiración por su temple, fuese o no de sólido bronce-. Se supone
que su hermano es muy inteligente, por el amor de Dios -dijo-. En la
universidad a los catorce años o qué sé yo, y todo así. ¡Si lo que ha hecho hoy
a esa criatura es inteligente, yo soy Mahatma Gandhi! ¡No me importa! ¡Me da
náuseas!
En ese mismo momento
sentí una pequeña incomodidad más. Alguien estaba muy cerca examinando el lado
izquierdo, o el más débil, de mi cara. Era la señora Silsburn, Se sobresaltó un
poco cuando me volví bruscamente hacia ella.
-¿Puedo preguntarle si
usted era Buddy Black? -dijo, y cierta nota de deferencia en su voz me hizo
pensar, por una fracción de segundo, que estaba a punto de presentarme un
pequeño álbum de autógrafos encuadernado en cuero y una estilográfica. La fugaz
idea me hizo sentir claramente incómodo, considerando, si no otra cosa, que
estábamos en 1942 y a nueve o diez años de mi florecimiento comercial-. Se lo
pregunto -dijo- porque mi marido solía escuchar ese programa sin perderse uno…
-Por si le interesa -la interrumpió
la dama de honor, mirándome-, es el único programa radiofónico que siempre
detesté. Detesto a los niños precoces. Si alguna vez tengo un hijo que…
El final de la frase se perdió
para nosotros. Fue interrumpida, de pronto e inequívocamente, por el estallido
más agudo, más ensordecedor, en el más impuro mi bemol que jamás haya oído.
Todos en el coche, estoy seguro, saltamos, literalmente. En ese momento pasó
una compañía de trompetas y tambores, compuesta de más de cien boy scouts de la
marina desafinados. Los muchachos, son un abandono criminal, estaban
maltratando a voz en cuello, el himno nacional. La señora Silsburn, muy
sensatamente, se tapó las orejas con las manos.
Durante una eternidad de segundos,
el estruendo fue casi increíble. Sólo la voz de la dama de honor podía haberse
elevado por encima del ruido y, a decir verdad, lo intentó. Se hubiera dicho
que se dirigía a nosotros, evidentemente con el máximo de su voz, desde una
gran distancia, desde algún lugar, posiblemente vecino a las gradas del Yankee
Stadium.
-¡No puedo aguantarlo! -dijo-.
¡Salgamos de aquí y busquemos algún lugar donde telefonear a Muriel!
¡Estará enloquecida!
Con el Advenimiento del
Armagedón local, la señora Silsburn y yo nos habíamos vuelto para presenciarlo.
Ahora giramos en nuestros estrapontines para enfrentarnos a la dirigente. Y
posiblemente, nuestra libertadora.
-¡Hay un bar Scharafft en
la calle Setenta y nueve! -le vociferó a la señora Silsburn-. ¡Vayamos a
tomarnos una gaseosa y yo podré telefonear desde allí! ¡Por lo
menos habrá aire acondicionado!
La señora Silsburn asintió
con entusiasmo y mimó un “¡Sí!” con la boca.
-¡Venga usted también!
-me gritó la dama de honor.
Con una espontaneidad muy
peculiar, recuerdo, le respondí gritando la extravagante palabra “¡Magnífico!”.
(No es fácil, hasta el día de hoy, explicar por qué la dama de honor me incluyó
en su invitación a abandonar el barco. Quizás la inspirara un sentido del orden
natural en una dirigente nata. Quizás haya tenido una especie de impulso remoto
pero compulsivo de hacer que el grupo de desembarco fuera completo… Mi aceptación
singularmente inmediata de la invitación me parece mucho más fácil de explicar.
Prefiero pensar que fue un impulso en esencia religioso. En ciertos monasterios
zen existe la norma fundamental, si no la única disciplina seria vigente, de
que cuando un monje llama a otro con un “¡Eh!”, este debe responder con un “¡Eh!”,
sin pensar.)






















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