martes

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (11)


La dama de honor me miró fijo y después lanzó un gruñido elocuente. Se volvió y apeló a la señora Silsburn con el máximo de ironía.

-¿Usted diría que alguien que arma una como la de hoy es normal? -alzó las cejas y esperó-. ¿Usted lo diría? -preguntó con calma, con mucha calma-. Diga la verdad. No es más que una pregunta. Para que este caballero sepa.

La respuesta de la señora Silsburn fue la gentileza, la ecuanimidad misma.

-No, yo no lo diría -dijo.

Tuve un súbito y violento impulso del saltar del coche y echarme a correr en cualquier dirección. Pero por lo que recuerdo, seguía en mi estrapontín cuando la dama de honor se dirigió de nuevo a mí.

-Mire -dijo en el tono falsamente paciente del maestro ante un niño que no sólo es retrasado, sino a quien se le caen todo el tiempo los mocos de un modo poco agradable-. No sé si usted conoce a la gente. Pero ¿qué hombre en su sano juicio, la víspera de la boda, tiene a su novia toda la noche dándole la lata acerca de que es demasiado feliz para casarse, y que ella tendría que aplazar la boda hasta que él se sienta más estable o no podrá ir? Entonces, cuando la novia le explica como a un niño que todo está arreglado y planeado desde hace meses, y que su padre ha hecho gastos increíbles y se ha molestado y todo para organizar una fiesta y cosas por el estilo, y que sus parientes y amigos van a llegar de todo el país, entonces, después que ella le explica todo esto, él le dice que lo siente mucho pero que no se puede casar hasta que no se sienta menos feliz o algún disparate por el estilo. Piénselo ahora, si no le importa. ¿Le parece una persona normal? ¿Le parece que está en su juicio? -la voz era ahora estridente-. ¿O le parece una persona que debería estar metida en un manicomio? -Me miró con gran severidad y, como no me pronuncié enseguida en su defensa ni me rendí, se apoyó pesadamente en el respaldo y le dijo a su marido-: Dame otro cigarrillo, por favor. Me voy a quemar con este. -Le tendió la colilla encendida y él la apagó por ella. Después sacó el paquete de cigarrillos de nuevo-. Enciéndemelo -dijo ella-. No tengo fuerzas para hacerlo.

La señora Silsburn se aclaró la garganta.

-A mí me parece una bendición que todo haya terminado…

-Yo le pregunto le dijo la dama de honor con renovado ímpetu, aceptando al mismo tiempo un cigarrillo recién encendido de su marido-: ¿Le parece cosa de persona normal, de hombre normal, a usted? ¿O le parece cosa de alguien que o nunca ha crecido o es un perfecto loco de atar, un chiflado?

-Dios santo. No sé qué decir, de veras. A mí en el fondo me parece una bendición que todo…

La dama de honor se inclinó de pronto hacia delante, alerta, exhalando humo por la nariz.

-Muy bien, eso no importa, dejémoslo por el momento…, no lo necesito -dijo. Le hablaba a la señora Silsburn, pero en realidad se dirigía a mí a través de la cara de la señora Silsburn, por así decirlo-. ¿Ha visto alguna vez a… en el cine? -preguntó.

El que mencionó era el nombre profesional de una actriz y cantante entonces bastante conocida y ahora, en 1955, muy famosa.

-Sí -contestó la señora Silsburn rápidamente y con interés, y se quedó esperando.

La dama de honor asintió.

-Muy bien. ¿Ha observado usted, por casualidad, esa especie de sonrisa torcida que tiene? ¿Con un solo lado de la cara, o algo así? Es muy visible si usted…

-¡Sí… sí, lo he observado! -exclamó la señora Silsburn.

La dama de honor aspiró el cigarrillo y echó una mirada apenas perceptible hacía mí.

-Bueno, resulta que es una especie de parálisis facial -dijo, exhalando una pequeña bocanada de humo con cada palabra-. ¿y sabe de dónde la sacó? Al parecer Seymour, esa persona normal, la hirió y tuvieron que darle nueve puntos en la cara. -Se estiró (a falta, posiblemente, de mejor dirección escénica) y sacudió de nuevo la ceniza.

-¿Le puedo preguntar dónde oyó eso? -dije. Los labios me temblaban ligeramente, como dos tontos.

-Puede -contestó, mirando a la señora Silsburn y no a mí-. La madre de Muriel lo contó hace unas dos horas, mientras Muriel se deshacía en lágrimas -me miró-. ¿Responde esto a su pregunta? -De pronto pasó el ramo de gardenias de la mano derecha a la izquierda. Era la cosa más parecida a un gesto nervioso corriente que yo le hubiese visto hacer-. Para que lo sepa, dicho sea de paso -dijo, mirándome-, ¿sabe quién creo que es usted? Creo que usted es el hermano de Seymour. -Esperó un breve instante, y como yo no dije nada, continuó-: Se parece a él, a ese disparatado retrato de él, y resulta que sé que tenía intención de venir a la boda. Su hermana o alguien se lo dijo a Muriel. -Tenía la mirada inmutablemente fija en mi cara-. ¿Es así? -preguntó brutalmente.

Mi voz dejó de sonar una pizca quebrada cuando contesté.

-Sí. -Me ardía la cara. Pero en cierto modo tenía una sensación menos incómoda al autoidentificarme que cuando me apeé del tren al comienzo de la tarde.

-Lo sabía -dijo la dama de honor-. No soy una estúpida. Sabía quién era usted desde el instante en que se metió en este coche -se volvió hacia su marido-. ¿No dije que era el hermano en el minuto mismo en que subió al coche? ¿No lo dije?

El teniente se movió en su asiento.

-Bueno, dijiste que probablemente…, sí, lo dijiste. Lo dijiste. Sí.


No hacía falta mirar a la señora Silsburn para darse cuenta de la atención con que había seguido este último incidente. Deslicé la mirada por ella y eché un vistazo furtivo al quinto pasajero (el minúsculo viejecito) para ver si su insularidad seguía intacta. Así era. Nunca me había sido de tanto consuelo la indiferencia de alguien. La dama de honor se volvió hacía mí.

-Para que lo sepa, también sé que su hermano no es pedicuro. De modo que no se haga el gracioso. Resulta que estoy enterada de que era Billy Black en Los niños sabios, durante cincuenta años, más o menos.

Bruscamente la señora Silsburn participó más activamente en la conversación.

-¿El programa de radio? -preguntó, y sentí que me miraba con un interés nuevo, más intenso.

La dama de honor no le contestó.

-¿Cuál era usted? -me preguntó-, ¿Georgie Black? -La mezcla de rudeza y curiosidad en su voz era interesante, aunque no del todo conciliadora.

-Georgie Black era mi hermano Walt -dije, respondiendo sólo a la segunda pregunta.

Se volvió hacia la señora Silsburn.

Se supone que es un secreto o algo por el estilo, pero este hombre y su hermano Seymour aparecían en ese programa de radio con nombres falsos o algo así. Los chicos Black.

-Calma corazón, calma -sugirió el teniente, más bien nervioso.

Su mujer se volvió hacia él.

-Nada del calma -dijo, y de nuevo, contrariamente a mi inclinación consciente, sentí una pizca de algo próximo a la admiración por su temple, fuese o no de sólido bronce-. Se supone que su hermano es muy inteligente, por el amor de Dios -dijo-. En la universidad a los catorce años o qué sé yo, y todo así. ¡Si lo que ha hecho hoy a esa criatura es inteligente, yo soy Mahatma Gandhi! ¡No me importa! ¡Me da náuseas!

En ese mismo momento sentí una pequeña incomodidad más. Alguien estaba muy cerca examinando el lado izquierdo, o el más débil, de mi cara. Era la señora Silsburn, Se sobresaltó un poco cuando me volví bruscamente hacia ella.

-¿Puedo preguntarle si usted era Buddy Black? -dijo, y cierta nota de deferencia en su voz me hizo pensar, por una fracción de segundo, que estaba a punto de presentarme un pequeño álbum de autógrafos encuadernado en cuero y una estilográfica. La fugaz idea me hizo sentir claramente incómodo, considerando, si no otra cosa, que estábamos en 1942 y a nueve o diez años de mi florecimiento comercial-. Se lo pregunto -dijo- porque mi marido solía escuchar ese programa sin perderse uno…

-Por si le interesa -la interrumpió la dama de honor, mirándome-, es el único programa radiofónico que siempre detesté. Detesto a los niños precoces. Si alguna vez tengo un hijo que…

El final de la frase se perdió para nosotros. Fue interrumpida, de pronto e inequívocamente, por el estallido más agudo, más ensordecedor, en el más impuro mi bemol que jamás haya oído. Todos en el coche, estoy seguro, saltamos, literalmente. En ese momento pasó una compañía de trompetas y tambores, compuesta de más de cien boy scouts de la marina desafinados. Los muchachos, son un abandono criminal, estaban maltratando a voz en cuello, el himno nacional. La señora Silsburn, muy sensatamente, se tapó las orejas con las manos.

Durante una eternidad de segundos, el estruendo fue casi increíble. Sólo la voz de la dama de honor podía haberse elevado por encima del ruido y, a decir verdad, lo intentó. Se hubiera dicho que se dirigía a nosotros, evidentemente con el máximo de su voz, desde una gran distancia, desde algún lugar, posiblemente vecino a las gradas del Yankee Stadium.

-¡No puedo aguantarlo! -dijo-. ¡Salgamos de aquí y busquemos algún lugar donde telefonear a Muriel! ¡Estará enloquecida!

Con el Advenimiento del Armagedón local, la señora Silsburn y yo nos habíamos vuelto para presenciarlo. Ahora giramos en nuestros estrapontines para enfrentarnos a la dirigente. Y posiblemente, nuestra libertadora.

-¡Hay un bar Scharafft en la calle Setenta y nueve! -le vociferó a la señora Silsburn-. ¡Vayamos a tomarnos una gaseosa y yo podré telefonear desde allí! ¡Por lo menos habrá aire acondicionado!

La señora Silsburn asintió con entusiasmo y mimó un “¡Sí!” con la boca.

-¡Venga usted también! -me gritó la dama de honor.

Con una espontaneidad muy peculiar, recuerdo, le respondí gritando la extravagante palabra “¡Magnífico!”. (No es fácil, hasta el día de hoy, explicar por qué la dama de honor me incluyó en su invitación a abandonar el barco. Quizás la inspirara un sentido del orden natural en una dirigente nata. Quizás haya tenido una especie de impulso remoto pero compulsivo de hacer que el grupo de desembarco fuera completo… Mi aceptación singularmente inmediata de la invitación me parece mucho más fácil de explicar. Prefiero pensar que fue un impulso en esencia religioso. En ciertos monasterios zen existe la norma fundamental, si no la única disciplina seria vigente, de que cuando un monje llama a otro con un “¡Eh!”, este debe responder con un “¡Eh!”, sin pensar.)

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