martes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (46)


Capítulo VII

La pulpería (1)


Recostados en un extremo del mostrador, el Carancho y el Chimango; el otro, el otro compadre, don Lechuzón, haciéndoles frente, estaban llegando a ese momento tan penoso de la pulpería en que las ganas siguen firmes y la plata se va acabando. Tenían los tres viejos la mente concentrada en el bolsico de los cintos respectivos y sacaban cuentas. De ahí que ya no era con la arrogancia inicial que decían:

-¡Eche otra vuelta, que es mía!

La frase se repetía, sí, pero cada vez más espaciada e ininteligible por su falta de rotundidad; descolorida como trapito que quedó toda la santa noche a la intemperie. Para lograr distinguir a sus compañas el Chimango alzaba la cabeza, por ofrecerle esto más comodidad que el requintarse el sombrero. Pero lo caído de los párpados dificultaba mucho. En el lechuzón, el efecto de la caña era contrario. Y sus ojos, palpitante la pupila, se abrían más y más, a medida que le crecía la borrachera. Tanto, que ya estaba resultando como si se tapase la cara con el Dos de Oros. En cuando al Carancho, él en nada dejaba traslucir su abatimiento. Lo único que había hecho fue, con la cadera, buscar apoyo en el mostrador, dispuesto a esperar, hasta que prendieran los faroles, la aparición de algún parroquiano dadivoso. A veces dejaba el sitio para dar, pisando con cautela, un paseíto hasta la puerta en busca de una bocanada de aire fresco, porque le venían amagos de asma. Bajo el largo poncho, que tocaba casi el suelo con sus flecos, salían las botas de potro, entonces, y se le cruzaban; peligrando, de tan chueco que los años lo habían puesto, dirigirlo al revés de donde quería.

En ocasiones su compadre Chimango tenía ganas de seguirlo. Pero no se resolvía porque como hacia atrás le era imposible echar más la cabeza, ya no le quedaba bajo la visual más que su propia figura, y era sólo de cintura para abajo, con medio paso de suelo.

Al Lechuzón parecía que los ojos le iban chupando la cara y creciendo a sus costillas.

Repleto estaba el bien quinchado salón, amplio y con piso de buena baldosa colorada. Acodados en el amplio mostrador que lo dividía casi al medio, sentados en taburetes o bolsas de azúcar o tercios de yerba, y en torno a algunas de las mesas y en un gran banco y en envases de mercaderías, se distribuían a su gusto los parroquianos. Con empaque autoritario, sobre el cual, cuando lo consideraba útil, hacía tremolar cierta dulzura hacia algún cliente de los formales, el dueño de casa atendía de un extremo a otro el bien guardado mostrador (botellas, vasos, la balanza, infinidad de cosas) y hecho otra vez poste volvía a situarse justo al medio, allí donde don Vizcacha tenía el cajón de la plata, puesta en su cerradura la más fornida de las llaves, a la cual, siempre él en guardia, retiraba para hundirla en el fondo de su bolsico si debía distanciarse un trecho. Dos Charabones lo ayudaban y atendían también el salón, deslizándose a gambetas entre cosas y concurrentes.

La estantería estaba poblada como para aguantar un sitio hasta que el enemigo se cansara o todos se murieran de viejos. Sí, sí, a “La Flor del Día” se podía ir tranquilo en busca de todo lo que se precisa en un rancho. Con plata, se sobreentiende, pues habrá de saberse ahora que la casa no tenía costumbre de dar libreta. “Al contado -nos decía siempre el patrón- es como se conserva la armonía”, “Y si no hay amistá -agregábamos- ya resulta un fracaso todo, porque la pulpería es, más que nada, para pasar un lindo rato, como hermanos”. Cajas, colgados manojos de velas estrechadas por los pabilos, allí se veían; se veían sartas de butifarras y de chorizos secos, pilas de quesos frescos, con algunos para rayar; se veían botellas y más cajas y cajones y latas hasta el techo, y ropa hecha: bombachas, sacos, camisas, calzoncillos, pañuelos de mano y de golilla, estos últimos de color blanco y ¡los menos!, pero también allí, de color colorado para algún partidario del Gobierno. Para la ropa de la hembra que, claro, es más fácil de hacer y en los ranchos se las arreglan a la perfección, piezas de género, desde el percal a la zaraza. Como para casamiento no faltaban varas y varas de seda y de terciopelo en el establecimiento. Pero esto no estaba a la vista. Se guardaba en un cuarto, por la tierra. Tras el mostrador, retiradas de miedo a las topadas de los en tranca, sobresalían sendas pilas de alpargatas y de zapatillas. Por arriba, y pendientes de una cuerda horizontal, estaban botas acollaradas, cada cual sujeta por las orejas a su compañera. De una piola más resistente colgaban caronas, frenos, cinchas, cinchones, pretales, rebenques. Sobre el mostrador, aun, a mano derecha, encimados, mostrábanse varios bastos con cabezadas de madera, no más, forradas en baqueta; pero, al lado, habían dos de plata y oro que eran un sueño.

Justo en ese lado formaban un grupo un Hurón, un Gavilán y un Biguá. Muy quietos, muy callados estaban los tres, mas los ojitos les bailaban. Algo separado de ellos, también silencioso, pero cabizbajo y como cavilando, se hallaba el encargado del juego en “La Flor del Día”, cierto joven Aperiá de alpargatas nuevas y negro pañuelito al pescuezo y un sombrerito con flamante cinta de luto. En lo que iba de la mañana no había conseguido armar rueda. Sentado con los otros tres en el cuarto contiguo del despacho, la “sala de juego”, habían estado rumoreando un rato con las barajas; y de mucha vela prendida, pues debe decirse que si bien para ver de interesar a la concurrencia dejaron la puerta entreabierta, el hurón había cerrado de firme los postigos de la ventana que daba al camino real, por cuidado de que no se le metiera nadie en lo que no se le importa.

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