Capítulo VII
La
pulpería (1)
Recostados en un extremo
del mostrador, el Carancho y el Chimango; el otro, el otro compadre, don Lechuzón,
haciéndoles frente, estaban llegando a ese momento tan penoso de la pulpería en
que las ganas siguen firmes y la plata se va acabando. Tenían los tres viejos
la mente concentrada en el bolsico de los cintos respectivos y sacaban cuentas.
De ahí que ya no era con la arrogancia inicial que decían:
-¡Eche otra vuelta, que
es mía!
La frase se repetía, sí,
pero cada vez más espaciada e ininteligible por su falta de rotundidad;
descolorida como trapito que quedó toda la santa noche a la intemperie. Para
lograr distinguir a sus compañas el Chimango alzaba la cabeza, por ofrecerle
esto más comodidad que el requintarse el sombrero. Pero lo caído de los párpados
dificultaba mucho. En el lechuzón, el efecto de la caña era contrario. Y sus
ojos, palpitante la pupila, se abrían más y más, a medida que le crecía la
borrachera. Tanto, que ya estaba resultando como si se tapase la cara con el Dos
de Oros. En cuando al Carancho, él en nada dejaba traslucir su abatimiento. Lo
único que había hecho fue, con la cadera, buscar apoyo en el mostrador,
dispuesto a esperar, hasta que prendieran los faroles, la aparición de algún
parroquiano dadivoso. A veces dejaba el sitio para dar, pisando con cautela, un
paseíto hasta la puerta en busca de una bocanada de aire fresco, porque le
venían amagos de asma. Bajo el largo poncho, que tocaba casi el suelo con sus
flecos, salían las botas de potro, entonces, y se le cruzaban; peligrando, de tan
chueco que los años lo habían puesto, dirigirlo al revés de donde quería.
En ocasiones su compadre
Chimango tenía ganas de seguirlo. Pero no se resolvía porque como hacia atrás
le era imposible echar más la cabeza, ya no le quedaba bajo la visual más que
su propia figura, y era sólo de cintura para abajo, con medio paso de suelo.
Al Lechuzón parecía que
los ojos le iban chupando la cara y creciendo a sus costillas.
Repleto estaba el bien quinchado
salón, amplio y con piso de buena baldosa colorada. Acodados en el amplio
mostrador que lo dividía casi al medio, sentados en taburetes o bolsas de
azúcar o tercios de yerba, y en torno a algunas de las mesas y en un gran banco
y en envases de mercaderías, se distribuían a su gusto los parroquianos. Con
empaque autoritario, sobre el cual, cuando lo consideraba útil, hacía tremolar
cierta dulzura hacia algún cliente de los formales, el dueño de casa atendía de
un extremo a otro el bien guardado mostrador (botellas, vasos, la balanza,
infinidad de cosas) y hecho otra vez poste volvía a situarse justo al medio,
allí donde don Vizcacha tenía el cajón de la plata, puesta en su cerradura la
más fornida de las llaves, a la cual, siempre él en guardia, retiraba para
hundirla en el fondo de su bolsico si debía distanciarse un trecho. Dos
Charabones lo ayudaban y atendían también el salón, deslizándose a gambetas
entre cosas y concurrentes.
La estantería estaba
poblada como para aguantar un sitio hasta que el enemigo se cansara o todos se murieran
de viejos. Sí, sí, a “La Flor del Día” se podía ir tranquilo en busca de todo
lo que se precisa en un rancho. Con plata, se sobreentiende, pues habrá de
saberse ahora que la casa no tenía costumbre de dar libreta. “Al contado -nos
decía siempre el patrón- es como se conserva la armonía”, “Y si no hay amistá
-agregábamos- ya resulta un fracaso todo, porque la pulpería es, más que nada,
para pasar un lindo rato, como hermanos”. Cajas, colgados manojos de velas
estrechadas por los pabilos, allí se veían; se veían sartas de butifarras y de
chorizos secos, pilas de quesos frescos, con algunos para rayar; se veían
botellas y más cajas y cajones y latas hasta el techo, y ropa hecha: bombachas,
sacos, camisas, calzoncillos, pañuelos de mano y de golilla, estos últimos de
color blanco y ¡los menos!, pero también allí, de color colorado para algún
partidario del Gobierno. Para la ropa de la hembra que, claro, es más fácil de
hacer y en los ranchos se las arreglan a la perfección, piezas de género, desde
el percal a la zaraza. Como para casamiento no faltaban varas y varas de seda y
de terciopelo en el establecimiento. Pero esto no estaba a la vista. Se
guardaba en un cuarto, por la tierra. Tras el mostrador, retiradas de miedo a
las topadas de los en tranca, sobresalían sendas pilas de alpargatas y de
zapatillas. Por arriba, y pendientes de una cuerda horizontal, estaban botas
acollaradas, cada cual sujeta por las orejas a su compañera. De una piola más
resistente colgaban caronas, frenos, cinchas, cinchones, pretales, rebenques.
Sobre el mostrador, aun, a mano derecha, encimados, mostrábanse varios bastos
con cabezadas de madera, no más, forradas en baqueta; pero, al lado, habían dos
de plata y oro que eran un sueño.
Justo en ese lado
formaban un grupo un Hurón, un Gavilán y un Biguá. Muy quietos, muy callados
estaban los tres, mas los ojitos les bailaban. Algo separado de ellos, también
silencioso, pero cabizbajo y como cavilando, se hallaba el encargado del juego
en “La Flor del Día”, cierto joven Aperiá de alpargatas nuevas y negro
pañuelito al pescuezo y un sombrerito con flamante cinta de luto. En lo que iba
de la mañana no había conseguido armar rueda. Sentado con los otros tres en el
cuarto contiguo del despacho, la “sala de juego”, habían estado rumoreando un
rato con las barajas; y de mucha vela prendida, pues debe decirse que si bien
para ver de interesar a la concurrencia dejaron la puerta entreabierta, el
hurón había cerrado de firme los postigos de la ventana que daba al camino
real, por cuidado de que no se le metiera nadie en lo que no se le importa.























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