lunes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (16)


ARTURO SERGIO VISCA: PRÓLOGO (3)

HISTORIA DE UNA NOVELA EXCEPCIONAL

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EPÍLOGO: APROXIMACIÓN CRÍTICA (1)


En Don Juan, el Zorro, Francisco Espínola realiza espléndidamente el doble propósito visible en toda su creación narrativa: apresar y expresar las esencias del alma nacional; trascender lo regional por la calidad estética de la realización y por la personalísima intuición vital que a través de ella se trasmite. El Don Juan, el Zorro, en efecto, arraiga en el estupendo mundo imaginario creado por el pueblo en torno a la figura del zorro, pero el autor transfigura igualmente las esencias originales de este orbe imaginario y dialécticamente las trasciende sin destruirlas ni desvirtuarlas. Así, por ejemplo, el zorro de la saga popular rioplatense, cuya picardía es tan grande como su astucia, se convierte, en la novela de Espínola, en paladín de los desamparados y perseguidos sociales y en representante paradigmático de los hombres libres. Su picardía se transforma en heroicidad y la novela adquiere así un soterrado contenido ético y una dimensión épica ausentes (o, todo lo más, apenas insinuados) en la creación popular. Análogas afirmaciones pueden hacerse en relación con la línea argumental, con el entramado anecdótico, con el modo de creación de personajes, con los rasgos caracterizantes de los mismos, con los recursos de composición narrativa y con el tejido verbal. En todos estos componentes, se advierte cómo el autor se ha mantenido fiel a las esencias de la saga popular pero sin dejarse apresar por los aceros del mero pintoresquismo localista. Como corroboración de estas afirmaciones, valgan estos dos ejemplos: los personajes de la creación popular muestran incisivamente su condición animal, mientras que en la novela de Espínola son desanimalizados pero conservando algunas trazas que los vinculan con su origen; la entonación deliberadamente oral que impone el autor a la novela la vincula con algunos de los modos de composición narrativa popular -recuérdese, por ejemplo, a los narradores de fogón- pero la sabia estructuración de los capítulos que el autor estimó como definitivos y los recursos narrativos de ascendencia indudablemente homérica  empleados en los mismos, revelan cómo el autor supo mantenerse fiel a las esencias populares en las que estriba su creación pero sin inhibirse para una elaboración estética de superior jerarquía. Algo más conviene agregar en relación con las afirmaciones que anteceden, porque hay otro aspecto importante que vincula la creación popular rioplatense con su transposición en clave culta realizada por Francisco Espínola. Y es las relaciones que ambos orbes imaginarios guardan con el realismo narrativo. Es posible afirmar que uno y otro ni lo eluden del todo ni encuadran decididamente dentro de él. El repertorio de “sucedidos” que componen la saga popular se vincula con el realismo narrativo en cuanto reflejan un ambiente y unos modos de vida bien concretos, los de la campaña uruguaya, pero se desvinculan del realismo narrativo por las características de los personajes que eluden el realismo cabal por su condición de seres estéticos que combinan, antirrealísticamente, rasgos animales bien acentuados y otros de carácter humano, tan acentuados como los anteriores. Una situación similar se da con el Don Juan, el Zorro de Francisco Espínola, aunque en un nivel de más honda creación estética. También en él hay un realismo narrativo básico en lo que se refiere al ambiente, a los modos de vida y alas características psíquicas de sus personajes, pero todo ella queda estéticamenye desrealizado por lo que los personajes conservan -a través de sus nombres y de algunos rasgos sutil y tenuemente dibujados- de la animalidad en la que narrativamente se originan y de la que, no obstante trascenderla, no se desligan enteramente nunca. Aunque, desde luego, en el orbe imaginario creado por Espínola, los personajes alcanzan una profundidad de dimensión interior ajena a los de la recreación popular. Es válido afirmar que todos los personajes -y suman varias decenas- están dotados de una fisonomía psíquica inolvidable. No está de más señalar aquí otro elemento que estéticamente desrealiza la creación espinoliana y es, notoriamente, su arcaísmo. La acción, en efecto, se ubica en los últimos años del siglo pasado o comienzos del presente. (En un apunte manuscrito el autor señala que la acción se sitúa en 189…) Este arcaísmo, lo mismo que el homérico, tiene una función idealizante que lima de asperezas realistas a la narración. No debe, por otra parte, olvidarse que el autor llamó siempre poema y no novela a su Don Juan, el Zorro. (8) el cual debe considerarse, en rigor, como un poema épico en prosa (aunque en él no se eluden las situaciones de sesgo humorístico, las cuales, a su vez, no impiden que en muchas de sus páginas corra una veta de poderoso aliento trágico).

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