ARTURO SERGIO VISCA: PRÓLOGO (3)
HISTORIA
DE UNA NOVELA EXCEPCIONAL
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EPÍLOGO:
APROXIMACIÓN CRÍTICA (1)
En Don Juan, el Zorro, Francisco Espínola
realiza espléndidamente el doble propósito visible en toda su creación
narrativa: apresar y expresar las esencias del alma nacional; trascender lo
regional por la calidad estética de la realización y por la personalísima
intuición vital que a través de ella se trasmite. El Don Juan, el Zorro, en efecto, arraiga en el estupendo mundo
imaginario creado por el pueblo en torno a la figura del zorro, pero el autor
transfigura igualmente las esencias originales de este orbe imaginario y
dialécticamente las trasciende sin destruirlas ni desvirtuarlas. Así, por
ejemplo, el zorro de la saga popular rioplatense, cuya picardía es tan grande
como su astucia, se convierte, en la novela de Espínola, en paladín de los desamparados
y perseguidos sociales y en representante paradigmático de los hombres libres.
Su picardía se transforma en heroicidad y la novela adquiere así un soterrado
contenido ético y una dimensión épica ausentes (o, todo lo más, apenas insinuados)
en la creación popular. Análogas afirmaciones pueden hacerse en relación con la
línea argumental, con el entramado anecdótico, con el modo de creación de
personajes, con los rasgos caracterizantes de los mismos, con los recursos de
composición narrativa y con el tejido verbal. En todos estos componentes, se
advierte cómo el autor se ha mantenido fiel a las esencias de la saga popular
pero sin dejarse apresar por los aceros del mero pintoresquismo localista. Como
corroboración de estas afirmaciones, valgan estos dos ejemplos: los personajes
de la creación popular muestran incisivamente su condición animal, mientras que
en la novela de Espínola son desanimalizados
pero conservando algunas trazas que los vinculan con su origen; la
entonación deliberadamente oral que impone el autor a la novela la vincula con
algunos de los modos de composición narrativa popular -recuérdese, por ejemplo,
a los narradores de fogón- pero la sabia estructuración de los capítulos que el
autor estimó como definitivos y los recursos narrativos de ascendencia
indudablemente homérica empleados en los
mismos, revelan cómo el autor supo mantenerse fiel a las esencias populares en
las que estriba su creación pero sin inhibirse para una elaboración estética de
superior jerarquía. Algo más conviene agregar en relación con las afirmaciones
que anteceden, porque hay otro aspecto importante que vincula la creación
popular rioplatense con su transposición en clave culta realizada por Francisco
Espínola. Y es las relaciones que ambos orbes imaginarios guardan con el
realismo narrativo. Es posible afirmar que uno y otro ni lo eluden del todo ni
encuadran decididamente dentro de él. El repertorio de “sucedidos” que componen la saga popular se vincula con el realismo
narrativo en cuanto reflejan un ambiente y unos modos de vida bien concretos,
los de la campaña uruguaya, pero se desvinculan del realismo narrativo por las
características de los personajes que eluden el realismo cabal por su condición
de seres estéticos que combinan,
antirrealísticamente, rasgos animales bien acentuados y otros de carácter
humano, tan acentuados como los anteriores. Una situación similar se da con el Don Juan, el Zorro de Francisco Espínola,
aunque en un nivel de más honda creación estética. También en él hay un
realismo narrativo básico en lo que se refiere al ambiente, a los modos de vida
y alas características psíquicas de sus personajes, pero todo ella queda estéticamenye desrealizado por lo que
los personajes conservan -a través de sus nombres y de algunos rasgos sutil y
tenuemente dibujados- de la animalidad en
la que narrativamente se originan y de la que, no obstante trascenderla, no se
desligan enteramente nunca. Aunque, desde luego, en el orbe imaginario creado
por Espínola, los personajes alcanzan una profundidad de dimensión interior
ajena a los de la recreación popular. Es válido afirmar que todos los personajes
-y suman varias decenas- están dotados de una fisonomía psíquica inolvidable.
No está de más señalar aquí otro elemento que estéticamente desrealiza la creación espinoliana y es, notoriamente,
su arcaísmo. La acción, en efecto, se
ubica en los últimos años del siglo pasado o comienzos del presente. (En un
apunte manuscrito el autor señala que la acción se sitúa en 189…) Este arcaísmo, lo mismo que el homérico,
tiene una función idealizante que lima de asperezas realistas a la narración.
No debe, por otra parte, olvidarse que el autor llamó siempre poema y no novela a su Don Juan, el
Zorro. (8) el cual debe considerarse, en rigor, como un poema épico en
prosa (aunque en él no se eluden las situaciones de sesgo humorístico, las
cuales, a su vez, no impiden que en muchas de sus páginas corra una veta de poderoso
aliento trágico).























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