Durante mucho
tiempo nuestra casita estuvo llena, pues vinieron muchas personas que acababan
de regresar de la guerra... y también del mundo de los muertos. Llevaban
consigo centenares de horribles imágenes y pérdidas imposibles de describir con
simples palabras. A pesar de que los miembros de mi familia empezaron a
sacarles poco a poco sus bellas y melancólicas canciones y sus singulares
relatos, el dolor de la guerra seguía atrincherado en sus mentes y sus
espíritus. Al principio, no podían dejar de hablar con profunda emoción de lo que
les había ocurrido. Más adelante hicieron esfuerzos sobrehumanos por no hablar
nunca más de lo que les había ocurrido. Sin embargo, durante mucho tiempo, la
bestia de la guerra impuso su presencia de muy diversas maneras y en numerosas
ocasiones.
¿Qué significa vivir
con la experiencia de una guerra y los recuerdos de la misma dentro de uno? Significa
vivir en dos mundos. Uno de ellos busca la esperanza mientras el otro se siente
desesperanzado. Uno busca algún sentido a lo sucedido mientras el otro está
convencido de que el único sentido de la vida es que la vida carece por
completo de sentido.
En cada uno de los
miembros de mi familia que tanto habían sufrido coexistían dos personas en
conflicto. Una de ellas vivía la vida del nuevo mundo, mientras que la otra huía,
huía sin descanso de los recuerdos del infierno que surgían inesperadamente y
la perseguían sin descanso. Los fantasmas se presentaban de repente llamados
por el chasquido de una puerta, un gato en celo maullando en plena noche, el
inocente perro que rascaba la cancela para entrar en la casa, una súbita ráfaga
de viento que, agitando una cortina, provocaba que un jarrón se cayera de una
mesa y se rompiera.
Las cuestiones
cotidianas podían causar terror, lágrimas o repugnancia: el olor de cierto aceite
para armas de fuego, la primera nevada y la sangre reciente de un ciervo
destripado para servir de
alimento, cierta clase de dolor en los huesos provocado por el trabajo en el campo, un viejo
relato acerca de un velo de novia, el rumor de las pezuñas del ganado sobre una
alcantarilla de metal, un repentino silbido de tren y el sordo retumbo del
largo caballete.
En el espíritu de
mi tío se libraban unas guerras que, según él mismo decía, le hacían recordar
«demasiado». Guerras entre la muerte de la esperanza y la esperanza de la
muerte, la esperanza de la vida y una vida de esperanza. A veces el único alto
el fuego posible tenía que negociarse mediante un tratado firmado gracias a una
gran cantidad de aguardiente y vodka.
Pero también había
períodos de paz. El tío conocía la tierra como las arrugas de su propio rostro, como las
venas del dorso de sus manos, el patio de atrás, el patio lateral, el campo más
cercano, los campos intermedios y los más lejanos. Cuando cruzábamos aquellos campos,
las botas nos resultaban cada vez más pesadas a causa del barro negro que se
adhería a ellas: medio kilo, un kilo y después un kilo y medio en cada pie.
Notábamos la tensión de los músculos de nuestros muslos. Despegar un pie del
suelo para dar el siguiente paso nos resultaba cada vez más arduo. Pero nos
encantaba aquel pequeño esfuerzo que no le hacía daño a nadie. Era nuestra
pequeña demostración de que seguíamos vivos.
Paseábamos
prestando atención a la salud de las plantas, los árboles y las cosechas que nos
rodeaban. ¿Congregaba aquel arbusto tantas mariposas como necesitaba?
¿Albergaban los árboles todos los pájaros cantores que necesitaban? Sabíamos
que tanto los pájaros como las mariposas tenían una importancia decisiva a la
hora de transportar el polen entre los árboles frutales, de tal forma que
hubiera una abundante cosecha de cerezas y obtuviéramos una buena cantidad de
peras, ciruelas y melocotones que almacenar para el invierno.
Mientras
paseábamos, mi tío decía en tono pensativo:
-A veces la gente
pregunta: «¿Dónde está el jardín del Edén?» ¡Vaya! El Edén está en este mundo,
dondequiera que nos hallemos nosotros. Toda esta tierra al completo, bajo las vías
del tren y las carreteras, bajo su gastada superficie, bajo los cascotes, bajo todas
estas cosas, es el jardín de Dios... tan lozano como el día en que fue creado.
»Es cierto que en
muchos lugares el Edén ha quedado sepultado y ha sido olvidado, pero se le
puede devolver la integridad. Dondequiera que haya un suelo gastado, agostado o
en desuso, debajo sigue existiendo el Edén.
»Sin embargo,
nosotros no podemos devolverle la vida a la tierra a fuerza de cavar y tampoco
sacaremos a paletadas el Edén que hay debajo. No, no. Por muy grande que sea el
jardín -de un codo por un codo o bien campos tan inmensos que no puedan
abarcarse con la mirada-, si quieres plantar algo en él tienes que hacerlo
dando suaves palmadas sobre la tierra, tomando puñaditos. Procura ser amable y
moderado. No recojas enormes paletadas para terminar más rápido la tarea.
Cuando echas leche en la harina, no la viertes toda de golpe, ¿verdad? No, lo
haces poquito a poco, remueves, echas un poco más, sigues removiendo...
Así es como debes
tratar la tierra, con consideración, con serenidad.
Así fue como comprendí
que esta tierra, de la que dependía nuestro alimento, nuestra existencia,
nuestro descanso y nuestra posibilidad de descubrir la belleza, tenía que ser tratada
de la misma manera en que deseamos tratar a los demás y a nosotros mismos.
Cualquier cosa que
le ocurra a ese campo también nos ocurre en cierto modo a nosotros. Y nosotros
teníamos en cuenta todo esto para ver en qué condiciones estaba todo, cómo serían las
cosechas y qué se movía en los campos y en nosotros.
Nos complacía
vivir en aquellos días, y el espíritu errante de mi tío, expulsado de su interior
por tanta guerra, empezó a depositarse de nuevo sobre él. Y, poco a poco, el
tío volvió a convertirse de nuevo en una sola persona, en lugar de dos.
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