PRIMERA
PARTE “LAS
ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)
VI
(4)
Tomó su barra de hueso y
cortó dos líneas horizontales en la superficie de la pasta, dividiendo así el
contenido de la olla en tres partes iguales. Luego, empezando en el centro de
la línea superior, trazó una raya vertical perpendicular a las otras dos,
dividiendo la pasta en cinco partes. Señaló el área inferior de la derecha y
dijo que era para mi pie izquierdo. El área encima de esa era para mi pierna
izquierda. La parte superior, la más grande, era para mis genitales. La que
seguía hacia abajo, del lado izquierdo, era para mi pierna derecha, y el área
inferior izquierda para mi pie derecho. Me dijo que aplicara la parte destinada
al pie izquierdo en la planta del pie y la frotara a conciencia. Luego me guió
en la aplicación de la pasta a la parte interior de toda mi pierna izquierda, a
mis genitales, hacia abajo por toda la parte interior de la pierna derecha, y
finalmente a la planta del pie derecho.
Seguí sus instrucciones.
La pasta estaba fría y tenía un olor particularmente fuerte. Al terminar de
aplicarla me enderecé. El olor de la mezcla entraba en mi nariz. Me estaba
sofocando. El olor acre literalmente me asfixiaba. Era como un gas de algún tipo.
Traté de respirar por la boca y traté de hablarle a don Juan, pero no pude.
Don Juan me miraba con
fijeza. Di un paso hacia él. Mis piernas eran como de hule y largas,
extremadamente largas. Di otro paso. Las junturas de mis rodillas parecían tener
resorte, como una garrocha para salto de altura; se sacudían y vibraban y se
contraían elásticamente. Avancé. El movimiento de mi cuerpo era lento y
tembloroso: más bien un estremecimiento ascendente y hacia adelante. Bajé la
mirada y vi a don Juan sentado debajo de mí: muy por debajo de mí. El impulso
me hizo dar otro paso, aun más largo y elástico que el precedente. Y entonces
me elevé. Recuerdo haber descendido una vez; entonces empujé con ambos pies,
salté hacia atrás y me deslicé bocarriba. Veía el cielo oscuro sobre mí, y las
nubes que pasaban a mi lado. Moví el cuerpo a tirones para ver hacia abajo. Vi
la nada oscura de las montañas. Mi velocidad era extraordinaria. Tenía los
brazos fijos, plegados contra los flancos. Mi cabeza era la unidad directriz.
Manteniéndola echada hacia atrás, describía yo círculos verticales. Cambiaba de
dirección moviendo la cabeza hacia un lado. Disfrutaba de libertad y ligereza
como nunca antes había conocido. La maravillosa oscuridad me producía un sentimiento
de tristeza, de añoranza tal vez. Era como haber hallado un sitio al cual
correspondía: la oscuridad de la noche. Traté de mirar en torno, pero todo
cuanto percibía era que la noche estaba serena, y sin embargo pletórica de
poder.
De pronto supe que era
hora de bajar; fue como recibir una orden que debía obedecer. Y empecé a
descender como una pluma, con movimientos laterales. Ese tipo de trayectoria me
hacía sentir enfermo. Era lento y a sacudidas, como si estuvieran bajándome con
poleas. Me dio náusea. Mi cabeza estallaba a causa de un dolor torturante en
extremo. Una especie de negrura me envolvía. Tenía mucha conciencia del
sentimiento de hallarme suspendido en ella.
Lo siguiente que recuerdo
es la sensación de despertar. Estaba en mi cama, en mi propio cuarto. Me senté.
Y la imagen de mi cuarto se disolvió. Me levanté. ¡Estaba desnudo! Al ponerme
en pie, volvió la náusea.
Reconocí algunos puntos
de referencia. Me encontraba a menos de un kilómetro de la casa de don Juan,
cerca del sitio de sus daturas. De pronto todo encajó donde le correspondía y
me di cuenta de que debería regresar caminando hasta la casa, desnudo. Hallarme
privado de ropa era una profunda desventaja psicológica, pero nada podía yo
hacer para resolver el problema. Pensé en improvisarme una falda con ramas,
pero la idea parecía ridícula y además pronto amanecería, pues el crepúsculo
matutino ya estaba claro. Olvidé mi incomodidad y mi náusea y eché a andar
rumbo a la casa. Me obsesionaba el temor de ser descubierto. Iba a la
expectativa de gente o perros. Traté de correr, pero me herí los pies en las
piedritas agudas. Caminé despacio. Ya había clareado mucho. Entonces vi a
alguien acercarse por el camino, y rápidamente salté tras los matorrales. La
situación me parecía de lo más incongruente. Un momento antes me hallaba
disfrutando el increíble placer de volar; al minuto siguiente estaba escondido,
avergonzado de mi propia desnudez. Pensé en saltar de nuevo al camino y correr
con todas mis fuerzas pasando junto a la persona que se acercaba. Pensé que se
sobresaltaría tanto que, cuando advirtiera que se trataba de un hombre desnudo,
yo ya la habría dejado muy atrás. Pensé todo eso, pero no me atrevía a moverme.
La persona que venía por
el camino estaba casi junto a mí y se detuvo. La oí decir mi nombre. Era don
Juan, y traía mi ropa. Riendo, me miró vestirme; rio tanto que acabé por reír
también yo.
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