sábado

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


DECIMOSEXTA ENTREGA


13


La curación (1)

Se acercaba la estación de las lluvias. Ese día divisamos una nube que se mantuvo a la vista durante un corto período de tiempo. Fue una imagen que valoramos por su rareza. Ocasionalmente incluso pudimos caminar bajo su gran sombra, desde donde teníamos la misma visión que posiblemente tenga una hormiga de la suela de una bota. Era una delicia hallarse entre gente adulta que no había perdido el sentido infantil de la diversión, tan importante siempre. Echaban a correr hacia el sol alejándose de la nube y mofándose de ella por la lentitud con que se movía. Luego volvían a refugiarse bajo su sombra y me decían que el aire fresco era un regalo maravilloso de la Divina Unidad. Resultó un día muy alegre y juguetón. Sin embargo, al caer de la tarde se desató la tragedia, o al menos lo que a mí me pareció una tragedia en ese momento.

En el grupo había un hombre de treinta y tantos años que se llamaba Gran Rastreador de Piedras. Su talento consistía en hallar piedras preciosas. Recientemente se había añadido el «Gran», porque a lo largo de los años había desarrollado una habilidad especial para encontrar unos maravillosos y enormes ópalos e incluso pepitas de oro en las zonas mineras, después de que las compañías explotadoras hubieran abandonado las minas. Los Auténticos creían al principio que los metales preciosos eran superfluos. No se podían comer, y en una nación sin mercados no servían para comprar alimentos. Se valoraban tan sólo por su belleza y por el uso que se les pudiera dar. No obstante, con el tiempo los nativos descubrieron que eran muy apreciados por el hombre blanco, lo cual resultaba más extraño aún que su extraña creencia de que podían ser amos de las tierras y venderlas. La tribu utiliza las gemas para financiar los gastos del explorador de la tribu, que periódicamente va a la ciudad y luego regresa con su información. Gran Rastreador de Piedras no se aventura jamás por las cercanías de una mina que siga en funcionamiento porque a los aborígenes les persigue el recuerdo de aquellos antepasados obligados a trabajar en las explotaciones mineras que entraban un lunes y no volvían a salir hasta el fin de semana. Cuatro de cada cinco morían. Habitualmente se les acusaba de algún crimen y eran condenados a trabajos forzados. También tenían que satisfacer ciertas cuotas, y muchas veces se obligaba a la mujer y a los hijos a trabajar con el reo; unas tres personas podían cumplir la cuota establecida para un individuo. Al parecer era muy fácil hallar alguna infracción para alargar las condenas. No había escapatoria posible. Por supuesto, aquella degradación de las vidas humanas era muy legal.

Aquel día en particular, Gran Rastreador de Piedras caminaba por el borde de un terraplén cuando cedió la tierra y él fue a caer por el risco hacia la superficie rocosa, seis metros más abajo. El terreno por el que caminábamos estaba formado por grandes capas de granito pulido natural, de láminas de roca y extensiones pedregosas.

Por entonces yo tenía unos buenos callos en las plantas de los pies, parecidos a aquella especie de pezuñas de mis compañeros, pero ni siquiera esa capa de piel muerta bastaba para caminar cómodamente sobre las piedras. Tenía el pensamiento puesto en los pies. Recordaba un armario que tenía en casa, lleno de zapatos, donde no faltaban botas de excursionista y zapatillas deportivas. Oí el grito de Gran Rastreador de Piedras cuando ya volaba por los aires. Corrimos todos hasta el borde y miramos hacia abajo. Parecía un guiñapo, y se veía ya un charco oscuro de sangre. Varios miembros de la tribu corrieron cuesta abajo hasta la garganta y lo subieron en un santiamén haciendo uso de un sistema de relevos. Dudo que hubiera tardado menos si hubiera subido flotando. Las manos que lo transportaban parecían la oruga de una línea de montaje.

Cuando lo depositaron sobre la pulimentada roca de la cima, la herida quedó a la vista. Era una fractura complicada y muy grave entre la rodilla y el tobillo. El hueso sobresalía unos cinco centímetros, como enorme y feo colmillo, a través de la piel de color chocolate con leche. Inmediatamente alguien se quitó una cinta del pelo e hizo un torniquete con ella alrededor del muslo. Hombre Medicina y Mujer que Cura se hallaban a cada lado del herido.

Otros miembros de la tribu empezaron a prepararlo todo para acampar allí aquella noche. Yo me acerqué poco a poco hasta quedar junto a la figura postrada.

-¿Puedo mirar? -pregunté.

Hombre Medicina pasaba las manos por la pierna herida a unos dos centímetros de la piel con un suave movimiento deslizante, primero en paralelo y luego con una de arriba abajo y la otra al revés. Mujer que Cura me sonrió y habló a Outa, quien me tradujo su mensaje:

-Esto es para ti. Nos han dicho que tu talento, entre tu gente, es el de mujer que cura.

- Bueno, supongo -respondí.

Nunca me había gustado la idea de que la curación de un enfermo dependa de los médicos o de sus trucos, porque años atrás, cuando tuve que enfrentarme con la polio, había aprendido que la curación tiene una única fuente. Los médicos ayudan al cuerpo eliminando partículas extrañas, inyectando sustancias químicas o devolviendo huesos a su sitio, pero eso no significa que el cuerpo vaya a curarse. De hecho, estoy convencida de que jamás ningún médico en ningún lugar de ningún país y en ninguna época de la historia ha curado a nadie.

Cada persona lleva la curación en su interior. Los médicos son como mucho unas personas que han reconocido en sí mismas un talento individual, lo han desarrollado y tienen el privilegio de servir a la comunidad haciendo lo que mejor se les da y más les gusta. Pero no era aquél el momento más adecuado para una discusión a fondo. Acepté los términos que Outa había decidido utilizar y convine con los nativos en que también yo, en mi sociedad, era considerada una mujer que curaba.

Según me explicaron, el movimiento de las manos a lo largo de la pierna sobre la zona herida, sin tocarla, era un método para devolver la antigua forma de la pierna sana y para eliminar la hinchazón. Hombre Medicina le refrescaba la memoria al hueso para que reconociera la auténtica naturaleza de su estado sano. Con esto se eliminaba el impacto provocado al partirse en dos y abandonar la posición desarrollada durante más de treinta años.

Lo que hacían era «hablarle» al hueso.

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