sábado

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


DECIMOSÉPTIMA ENTREGA


13

La curación (2)

A continuación los tres personajes principales del drama, Hombre Medicina a los pies, Mujer que Cura arrodillada a un lado y el paciente tumbado de espaldas sobre la tierra, empezaron a hablar con un sonsonete de plegaria. Hombre Medicina colocó las manos alrededor del tobillo. En realidad no parecía que tocara ni tirara del pie. Mujer que Cura hizo lo propio con la rodilla. Hablaban en forma de cánticos, cada uno de ellos diferente. En un momento dado alzaron la voz al unísono y gritaron algo. Debieron de utilizar un método de tracción, pero yo no fui capaz de verlo. Sencillamente, el hueso volvió a meterse por el agujero del que asomaba. Hombre Medicina juntó los dos bordes de piel e hizo una seña a Mujer que Cura, que desató el extraño y largo tubo que siempre llevaba consigo.

Unas semanas antes le había preguntado a Mujer que Cura qué hacían las mujeres cuando tenían la menstruación, y ella me había mostrado unas compresas hechas de juncos, paja y finas plumas de pájaros. Después, de vez en cuando, observaba que una mujer abandonaba el grupo para internarse en el desierto y ocuparse de sus necesidades. Enterraban la pieza sucia igual que enterrábamos nuestros excrementos diarios, como hacen los gatos.

Ocasionalmente, sin embargo, había advertido que una mujer volvía del desierto con algo en la palma de la mano, que llevaba a Mujer que Cura. Esta abría el extremo superior de su largo tubo. Observé que estaba forrado de las hojas de plantas que usaron para curarme los pies llagados y las quemaduras del sol. Mujer que Cura metió dentro el enigmático objeto. Las pocas veces que me acerqué, me llegó un insoportable hedor. Finalmente descubrí lo que guardaban en secreto: grandes coágulos de sangre expulsados por las mujeres.

Aquel día Mujer que Cura no abrió el extremo superior del tubo, sino el inferior. No salió ningún tufo. No desprendía ningún mal olor. La mujer apretó el tubo con la mano y surgió una brea negra, espesa y reluciente, que utilizó para unir los bordes desiguales de la herida. Literalmente los alquitranó, untando la sustancia por toda la superficie de la herida.

No hubo vendaje, ataduras, entablillado, muletas ni suturas. Pronto se olvidó el accidente y nos ocupamos de la comida. Por la noche se hicieron turnos para colocar la cabeza de Gran Rastreador de Piedras sobre el regazo, de modo que viera mejor desde el lugar en que reposaba. También yo hice un turno. Quería tocarle la frente y comprobar si tenía fiebre. Además quería tocar y estar cerca de una persona que, al parecer, había aceptado ser demostración viviente de sus métodos de curación en mi honor. Cuando tenía su cabeza en mi regazo, alzó la vista hacia mí y me guiñó un ojo.

A la mañana siguiente, Gran Rastreador de Piedras se levantó y caminó con nosotros. No cojeaba en absoluto. Me habían dicho que el ritual practicado reduciría el trauma óseo y evitaría que se inflamara la pierna. Era cierto. Durante varios días la examiné de cerca y observé cómo se secaba la negra sustancia natural y empezaba a desprenderse. Al cabo de cinco días había desaparecido; sólo quedaban unas delgadas cicatrices en el sitio por donde había salido el hueso. ¿Cómo podía aquel hombre, que pesaba unos sesenta y cinco kilos, apoyarse en aquel hueso completamente partido, sin muleta y sin que le volviera a salir de sopetón por el agujero? Estaba maravillada. Sabía que los miembros de la tribu gozaban de muy buena salud en general, pero además parecían poseer un talento especial para resolver las urgencias.

Los que poseían talento para curar no habían estudiado nunca bioquímica ni patología, pero poseían las credenciales de la verdad, la intención y el compromiso con el bienestar físico.

Mujer que Cura me preguntó: -¿Comprendes cuánto tiempo implica «para siempre»?

-Sí -repliqué-. Lo comprendo.

-¿Estás segura?

-Sí, estoy segura.

-Entonces podemos decirte algo más. Todos los humanos son espíritus que sólo están de paso en este mundo. Todos los espíritus son seres que existen para siempre. Todos los encuentros con otras personas son experiencias y todas las experiencias son relaciones para siempre. Los Auténticos cierran el círculo de cada experiencia. No dejamos cabos sueltos como los Mutantes. Si te alejas con malos sentimientos en el corazón hacia otra persona y ese círculo no se cierra, se repetirá más adelante. No lo sufrirás una sola vez sino una y otra hasta que aprendas. Es bueno observar, aprender y almacenar la experiencia para ser más sabios. Es bueno dar las gracias, dejarlo bendecido, como vosotros decís, y alejarse luego en paz.

Yo no sé si el hueso de la pierna de aquel hombre se curó rápidamente o no. No tenía rayos X a mano para examinarlo antes y después, y él no era un superhombre, pero a mí no me importó. No sufrió. No le quedaron secuelas, y en lo que concernía a los demás, la experiencia había terminado. Nos alejamos en paz, y era de esperar que un poco más sabios.

El círculo se había cerrado. No se gastaron más energías, tiempo ni atención en él. Outa me dijo que ellos no habían provocado el accidente. Sólo habían pedido que, si era por el supremo bien de la vida en todas partes, estaban abiertos a una experiencia con la que
yo pudiera aprender en la práctica sus métodos de curación. No sabían si se presentaría la oportunidad ni a quién podría tocarle, pero estaban dispuestos a ofrecérmela como experiencia. Cuando se produjo, se sintieron agradecidos una vez más por el don que habían podido compartir con la Mutante foránea.

También yo estaba agradecida aquella noche por la oportunidad de conocer las misteriosas mentes vírgenes de aquellos humanos a los que llamaban incivilizados. Quería aprender más cosas sobre sus técnicas de curación, pero no deseaba la responsabilidad de añadir nuevos retos a sus vidas. Tenía muy claro que la supervivencia en el Outback era un reto más que suficiente.

Tendría que haber comprendido que ellos me leían la mente y que sabían lo que pedía antes de expresarlo. Aquella noche hablamos largo y tendido sobre la relación entre el cuerpo físico, la parte eterna de nuestra existencia y un nuevo aspecto que no habíamos tocado antes: el papel de los sentimientos y las emociones en la salud y el bienestar.

Ellos creen que sólo las emociones tienen una verdadera importancia; se quedan grabadas en cada célula del cuerpo, en el núcleo de personalidad, en la mente y en el ser eterno. Así como ciertas religiones hablan de la necesidad de alimentar al hambriento y dar agua al sediento, aquella tribu decía que el alimento y el líquido que se dan y la persona que los recibe no son esenciales. Lo que cuenta es el sentimiento que se experimenta cuando se entrega uno con sinceridad y afecto. Dar agua a una planta o a un animal moribundos, o dar ánimos a una persona, proporciona tanta sabiduría sobre la vida y nuestro Creador como dar de beber a una persona sedienta. Cada uno de nosotros abandona este plano de la existencia con una tarjeta de puntuación, por así decirlo, en la que se refleja momento a momento el modo en que se han dirigido las propias emociones. Son los sentimientos invisibles e incorpóreos que llenan nuestra parte eterna los que marcan la diferencia entre los buenos y los menos buenos. La acción es tan sólo un canal mediante el que se permite expresar y experimentar el sentimiento, la intención.

Para devolver el hueso a su sitio, los dos médicos nativos habían enviado pensamientos de perfección al cuerpo. Cabeza y corazón habían desempeñado un papel tan importante como el de las manos. El paciente estaba abierto y receptivo al bienestar y creía en un estado de restablecimiento total e inmediato. Ante mi asombro, lo que para mí era milagroso, desde la perspectiva de la tribu era obviamente normal. Empecé entonces a preguntarme hasta qué punto en Estados Unidos el sufrimiento, debido a enfermedad y experimentado por el paciente, se debía a una predeterminación emocional, no a nivel consciente, por supuesto, sino a cierto nivel del subconsciente.

¿Qué ocurriría en Estados Unidos si los médicos pusieran tanta fe en la capacidad curativa del cuerpo humano como la que tienen en las drogas? Cada vez valoraba más la importancia del vínculo entre médico y paciente. Si el médico no cree que la persona se va a recuperar, esa misma incredulidad puede dar al traste con su trabajo. Aprendí hace mucho tiempo que cuando un médico le dice a un paciente que no tiene cura, lo que en realidad quiere decir es que no tiene información para curarlo. No significa que no exista cura. Si cualquier otra persona ha superado alguna vez esa misma enfermedad, es evidente que el cuerpo humano tiene la capacidad para curarla. En mis largas conversaciones con Hombre Medicina y Mujer que Cura, descubrí una nueva e increíble perspectiva sobre la salud y la enfermedad. «Curar no tiene absolutamente nada que ver con el tiempo -me dijeron-. Tanto la salud como la enfermedad se producen en un instante.» Según yo interpretaba estas palabras, el cuerpo es un conjunto, bueno y saludable a nivel celular, pero de repente se produce el primer desarreglo o anomalía en una parte de una célula. Pueden pasar meses o años antes de que se identifiquen los síntomas o se establezca el diagnóstico. Y la curación es el proceso inverso. Uno está enfermo y su salud va decayendo; según la sociedad en la que viva, recibirá un tipo u otro de tratamiento. En un momento el cuerpo detiene su declive e inicia la primera etapa de su recuperación. La tribu de los Auténticos cree que no somos víctimas al azar de una mala salud, sino que nuestro cuerpo es el único medio que tiene nuestro nivel superior de conciencia para comunicarse con nuestra conciencia personal. Con su declive, el cuerpo nos da la oportunidad de mirar en derredor y analizar las heridas que son realmente importantes y que hemos de reparar: las relaciones en crisis, las brechas abiertas en nuestro sistema de valores, los tumores amurallados del miedo, la fe erosionada en nuestro Creador, las emociones insensibilizadas que impiden el perdón, y tantas otras cosas.

Yo pensé en los médicos norteamericanos que trabajan ahora con las imágenes mentales positivas para tratar a los enfermos de cáncer. En su mayoría no son bien vistos por el resto de sus colegas. Lo que intentan explorar es demasiado «nuevo». Ante mí tenía el ejemplo de los seres humanos más antiguos de la Tierra, que usaban técnicas transmitidas de generación en generación y que me habían demostrado su valor. Sin embargo, nosotros, la llamada sociedad civilizada, no queremos utilizar la transmisión de pensamientos positivos porque tememos que sea tan sólo una moda, y convenimos prudentemente en que sería mejor esperar un tiempo y ver cómo funciona bajo ciertas condiciones. Cuando un Mutante en estado crítico ha recibido ya todos los tratamientos que le puede ofrecer la medicina y está al borde de la muerte, el médico le dice a la familia que ha hecho cuanto estaba a su alcance. Es cierto, cuántas veces habré oído el comentario: «Lo siento, no podemos hacer nada más. Ahora está en manos de Dios». Es curioso que nos suene a cosa del pasado.

No creo que los Auténticos sean superhombres por el modo en que tratan accidentes y enfermedades. Creo sinceramente que todo lo que ellos hacen tiene una explicación científica.

El hecho es que nosotros construimos máquinas para que realicen ciertas técnicas, y los Auténticos son la prueba de que pueden llevarse a cabo sin aparatos eléctricos. La humanidad explora a la aventura y con gran esfuerzo, pero en el continente australiano se aplican las más refinadas técnicas médicas a unos miles de kilómetros tan sólo de las antiguas prácticas que han salvado vidas desde tiempos inmemoriales. Tal vez un día se unirán y se completará el círculo del conocimiento.

¡Qué día para una celebración mundial!

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