DECIMONOVENA ENTREGA
CAPÍTULO SEXTO (1)
LA INEXPLICABLE CONDUCTA DEL PROFESOR DE WORMS (2)
Los otros se levantaron gruñendo, para tomar el lunch en cualquier parte, porque ya empezaba a hacerse tarde. El Profesor se levantó muy despacio y con mucho trabajo. Syme se quedó un rato solo, meditando en su extraña situación; se había escapado del rayo, pero aún no se disipaba la nube. Al fin se decidió a salir a la plaza de Leicester.
El día luminoso se había ido enfriando más cada vez, y cuando Syme salió a la calle le sorprendieron los copos de nieve. Llevaba consigo el bastón de alma de acero, y el resto del equipaje de Gregory; pero quién sabe dónde se había dejado la capa, tal vez en el barco o en el balcón. Esperando que pasara la racha, se refugió un momento en la puerta de una modesta peluquería, en cuyo escaparate no se veía más que una enfermiza muñeca de cera con traje descotado.
La nieve arreciaba. Syme, a quien el aspecto de la muñeca causaba una impresión deprimente, dirigió la mirada hacia la calle blanca y desierta. Con gran asombro, vio que un hombre contemplaba atentamente el escaparate. Su chistera estaba blanca de nieve como la de San Nicolás, y la nieve se había amontonado sobre sus botas hasta los tobillos; pero él no hacía caso, absorto en la contemplación de la descolorida y triste muñeca. Semejante contemplación, y con un tiempo como aquél, justificaba el asombro de Syme; pero el vago asombro se transformó en sorpresa personal, al descubrir que aquel hombre era nada menos que el anciano y paralítico Profesor de Worms. ¡Parecía imposible, a sus años y con sus achaques!...
A Syme no le extrañaba, en aquella cofradía inhumana, encontrar las peores perversiones; con todo, se resistía a admitir que el Profesor se hubiera enamorado de aquella muñeca de cera. Más bien empezó a figurarse que su enfermedad -fuese la que fuese- le causaba raptos momentáneos de éxtasis o de rigidez, a pesar de lo cual no pudo sentir compasión. Al contrario, se felicitó de que la catalepsia y el andar dificultoso del Profesor le permitieran escapar de él y dejarlo varias millas atrás. Porque Syme tenía una verdadera sed de librarse ya de aquella atmósfera ponzoñosa, aunque sólo fuera una hora.
Lo necesitaba para reflexionar, trazarse su política, y decidir finalmente si había de mantener o no la palabra empeñada a Gregory.
Arrojose, pues, entre los danzarines copos de nieve, dobló la esquina dos o tres veces para allá y otras tantas para acá, y entró en una fondita de Soho con ánimo de tomar el lunch. Siempre reflexionando, comió unos cuatro platos ligeros, apuró media botella de tinto, y acabó con el café y el cigarro, sin dejar su aire meditabundo. Se encontraba en la sala alta de la fonda, llena del tintineo de los cubiertos y el rumor de la charla en lengua extranjera.
Recordó que en otro tiempo, se le figuraba que todos esos extranjeros, amables e inofensivos, eran anarquistas. Y se estremeció recordando a los anarquistas verdaderos.
Pero en aquel estremecimiento había la placentera emoción de la escapatoria. El vino, el alimento común y corriente, el sitio familiar, los rostros de hombres naturales y "conversables", todo le hacía pensar en el consejo de los Siete Días como en un sueño fugitivo. Harto sabía que aquello era una realidad; pero, al menos, estaba lejos. Altísimas casas y populosas calles lo dividían del último de aquellos seres abominables: sentíase libre en la libre Londres, bebiendo su vino entre los libres. Con desparpajo requirió el sombrero y bastón, y bajó por la escalerilla a la sala inferior.
Al entrar en esta sala, sintió que los pies se le pegaban al suelo. Allí, en una mesita arrinconada justo a la opaca ventana que daba sobre la calle cubierta de nieve, estaba instalado el viejo Profesor anarquista, frente a un vaso de leche, con su cara lívida y sus párpados entrecerrados. Syme se quedó tan tieso como su bastón. Y después, fingiendo mucha prisa, pasó rozando al Profesor, empujó la puerta y la cerró con estrépito, y se metió en la nieve. -¿Será posible que me ande siguiendo este cadáver? -se dijo mordiéndose con rabia el bigote-. Sin duda me he entretenido aquí tanto tiempo que hasta este cojirrengo logró darme alcance. Por fortuna con sólo apresurarme un poco puedo ponerme tan lejos de él como de aquí a Tombuctú. ¿Estaré viendo visiones? A lo mejor el pobre hombre no viene siguiéndome, El Domingo no había de ser tan torpe que me hiciera seguir por un lisiado.
Morigeró su marcha, jugó el bastón entre los dedos, y tomó rumbo al Covent Garden. Al atravesar el inmenso mercado, nevaba furiosamente, y el día se había oscurecido como si empezara a anochecer. Los copos de nieve lo atormentaban como un enjambre de abejas de plata. Se le metían por la barba, le pinchaban los ojos, añadiendo su incomodidad a la sobreexcitación de sus nervios. Cuando, con paso vacilante, alcanzó la entrada de Fleet Street, ya había perdido la paciencia: encontró abierto un restaurante de té dominical, y se refugió allí. Pidió, para justificar su presencia, una taza de café solo. Pero apenas acababa de pedirlo, cuando el Profesor de Worms entró cojeando penosamente, se sentó con mucho trabajo y pidió un vaso de leche.
A Syme se le cayó el bastón, produciendo un ruido metálico que acusaba la presencia del verduguillo. Pero el Profesor no levantó la vista. Syme, que de ordinario era hombre tranquilo, se le quedó mirando con el asombro con que el rústico ve una suerte de magia.























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