jueves

BARROCO, HERMENÉUTICA Y MODERNIDAD II - LUIS IGNACIO IRIARTE


SEXTA ENTREGA


INTRODUCCIÓN (4)

Teatro y genio nacional (1)

El neoclasicismo propuso una serie de valores mediante los cuales restaurar el gus­to de la poesía. Ésta debía imitar la naturaleza, instruir al público con ideas claras y distintas y ordenar la inspiración con la razón. A partir de este sistema, Luzán planteó al menos cuatro ideas sobre la literatura del siglo XVII. Se trata de una poesía anticlásica, inverosímil, que se subordina a los gustos del pueblo y desborda el marco de la razón. La actitud que tomó el romanticismo no puede separarse de esta lectura. Cuando los románticos valoraron positivamente el teatro del siglo XVII, no lo hicieron porque consideraran que los neoclásicos estuvieran equivoca­dos, sino porque estas cuatro ideas cobraron valores positivos. Para ellos, el teatro Barroco, inaugurado por Lope era valioso precisamente porque se encontraba en los márge­nes de la razón y era anticlásico, inverosímil y popular.

Este desplazamiento puede comprenderse a partir del binomio razón / fan­tasía. Como señala Guillermo Serés, desde mediados del siglo XVIII comenzó a jerarquizarse la fantasía y, por consiguiente, a depreciarse el valor de la razón: «en germen está la progresiva sustitución de la realidad y su visualización en el sentido aristotélico por el proceso imaginativo-creativo del poeta» (1994: 229). Tomando un ejemplo significativo en este contexto, sostiene que «Blanco White […] apunta que la poesía es el lenguaje de las pasiones; el poeta ha de experi­mentar el mundo pero a través de su propia conciencia» (229). En «Lo gótico, lo funeral y lo macabro en la cultura española y europea del siglo XVIII», Nigel Glendinning propone un interesante panorama que permite complementar esta idea. Según argumenta el crítico, los neoclásicos rechazaron el estilo gótico. Ese estilo era primitivo «y sus edificios llenos de quimeras, harpías, ornamentos gro­tescos e irracionales, imágenes burdamente esculpidas y amontonadas sin senti­do de unidad ni armonía» (1994: 120). Aunque Glendinning no lo menciona, este tipo de juicios está presente en el Origen de la poesía castellana. En ese texto, Velázquez señala que, cuando los godos invaden España, se empieza a perder el gusto de la poesía latina, «degenerando ésta de aquella gracia y nobleza con que los Españoles la habían recibido de los Romanos» (1797: 12-13). Así, en Velázquez lo gótico se identifica con «corrupción», «degeneración», «rudeza» y «barbaridad». Pero, de acuerdo con Glendinning, a fines del siglo XVIII comienza un proceso de revalorización. Lo inverosímil del gótico, que antes se identificaba con el desorden y el error, se va vinculando con lo Sublime y comienza a ocupar el centro del sistema literario.

Aunque su interés está centrado en el siglo XVII, Agustín Durán es un gran representante de este proceso. Su contribución más importante es el Discurso so­bre el influjo que ha tenido la crítica moderna en la decadencia del Teatro Antiguo Español, publicado en 1828. Como se sabe, el propósito de ese texto es criticar la preceptiva neoclásica y rescatar la poesía dramática del siglo xvii. Esto no significa, según se dijo, que discutiera los prejuicios de Luzán. Por el contrario, acepta que el teatro de Lope es anticlásico, popular, choca contra el precepto de la imitación de la naturaleza y está situado en los márgenes de la razón. Pero transforma la valoración de esas ideas a partir de una defensa del componente sentimental de la poesía en detrimento del racional. En una nota a pie de página, Durán sostiene que un hombre dedicado exclusivamente a las matemáticas no puede valorar las obras de imaginación, del mismo modo que a aquel que está habituado a la poesía le resulta incomprensible el razonamiento de los axiomas y las ecuaciones. El pri­mero «dirá que la poesía nada prueba, y el otro sostendrá que el cálculo fastidia. Mas ninguno tendrá absolutamente razón, aunque la tengan relativamente». Para Durán, «El uno debía decir, que no siente las bellezas de la imaginación, y el otro que no conoce ni entiende las abstracciones del cálculo» (1828: 49-50). Así, la poesía pertenece al componente imaginativo y sentimental.

Esta nueva comprensión de la literatura está íntimamente ligada a una recon­sideración de los vínculos entre lo clásico y lo moderno. Para Durán, son dos épo­cas totalmente diferentes y por lo tanto incomparables. Rompe así con la idea de que las reglas de la poesía son universales y resignifica positivamente la propuesta de que el siglo xvii fundó una literatura anticlásica. Pero lo verdaderamente im­portante es que la segmentación entre una cultura y otra no se basa en cuestiones racionales, sino en el «genio nacional», concepto nuevo que significa «modo de ver, sentir, juzgar y existir» de los habitantes de una nación (Durán 1828: 13-14). El eje de esa idea se encuentra en lo sentimental y no en lo racional. Esto no sólo surge de las palabras recién citadas, sino del hecho de que la cultura clásica y la que nace con la Edad Media se organizan alrededor de dos sentimientos religiosos claramente diferenciados. 

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