lunes

ARTIGAS REVISITADO (II)




H. G. V.

ESCLAVO DE SU GRANDEZA

En su imprescindible La epopeya de Artigas, Juan Zorrilla de San Martín reproduce una versión de la llamada Precisión del Yí, donde el Jefe de los Orientales le aclara a Sarratea, uno de los tantos Judas porteños con los que tuvo que lidiar hasta el aburrimiento: Pero yo seré esclavo de mi grandeza; un lance funesto podrá arrancarme la vida, pero no envilecerme.

Nadie puede transparentar algunas honduras de su alma sin recurrir a la expresión simbólica, estética, artística.

Y dejemos constancia de que la primera parte de esta sentencia artiguista brilla por su luminosísima irradiación paradojal, como cuando en plena construcción de la Liga Federal les ordenaba ser libres a los gobernadores de Santa Fe, Corrientes o Entre Ríos.

Pero, al igual que en las Instrucciones del año 13, en la Precisión del Yí hay una pluma ampulosa y retóricamente deformante, pegajoseando el lenguaje de un hombre que tenía yeito de verdadero poeta.

Artigas jamás hubiera escrito: Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana. Lo más posible es que haya dictado algo así: Mi autoridad nace en el pueblo soberano y muere frente a él. O sea, que el dicho célebre está opacado semióticamente por el acartonamiento palaciego de su secretario más letrado, Miguel Barreiro. Y es a partir de estas tergiversaciones que algunos porfiadísimos denostadores del hombre más importante de Sudamérica siguen machacando con que era un gaucho bruto que se hacía escribir las cosas por sus secretarios.

Y esta apreciación, con todo respeto, es digna de historiadores brutos y burros, además.

Porque los escritos que conocemos de propia mano de Artigas apelan a la poesía para analogizar simbólicamente la bellísima hondura, como tiene que ser. A propósito de uno de los vadeos del Uruguay en 1814, por ejemplo, cuando las familias no aceptan desaferrarse de su ejército y ve ahogarse niños entre los arremolinamientos del Salto, gemirá en una carta:

¡Cuánto le cuesta a los hombres decorarse con el carácter divino de libres!

Eso es poesía, muchachos. Y es el insuperable retrato arquetípico de un hombre que llora impotentemente abajo de la lluvia.

Nuestro cine tiene que ser así: esclavo de su grandeza.

Y para eso no hay que conformarse con hacer cosas correctas y ganadoras de festivales internacionales sino películas que abriguen y revolucionen al desamparo popular con belleza celeste.

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