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miércoles

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro


DOCEAVA ENTREGA

EL GRAN OBSTÁCULO A VENCER: EL CONSUMISMO CADA VEZ MÁS COMPULSIVO

El que poco posee, tanto menos será poseído. Bendita sea la pobreza” – Federico Nietzsche

Como lo venimos viendo, las comunidades familiares funcionales, las que efectivamente educan a sus miembros, son aquellas en que todos sus integrantes comparten y defienden, militantemente, un mismo sistema de valores. Para ello suele resultar contraproducente estar permanentemente orientados hacia la adquisición de nuevos bienes.

Contrariamente a lo que pasa con los bienes, cuya necesidad y utilidad se pretende “demostrar” (prueba de ello es el lugar que, en la sociedad de consumo ocupan la publicidad y la propaganda), LOS VALORES no se “demuestran”, sino que “se muestran”. Y los que los muestran (o deberían mostrarlos) son los padres, son los adultos, son los educadores, “ENCARNANDO” LOS VALORES que sostienen en todas sus actitudes y en todas sus conductas cotidianas.

La incertidumbre, la confusión y la desorientación de los niños, los adolescentes y los jóvenes en relación con los valores que podrían guiar sus vidas son el resultado forzoso de los dobles discursos de los mayores, de las incongruencias y contradicciones entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se es.

Los niños y los jóvenes son muy sensibles a estas incongruencias y terminan desconfiando de los sermones y discursos moralizadores.

Por el contrario, la honestidad y la autenticidad de los adultos en relación con el sistema de valores que se dice profesar son, sin ninguna duda, los factores formativos más decisivos de la personalidad ética de los muchachos y de las muchachas.

Sin embargo, en una sociedad en que el oportunismo y el ventajerismo de los propios mayores parecen ser los caminos hacia el éxito (por lo menos hacia ciertos éxitos materiales), los padres y los educadores conscientes y críticos encuentran que resulta difícil y de un idealismo casi romántico seguir pretendiendo priorizar los valores sobre los bienes de consumo.

A pesar de ello, nosotros tenemos evidencias sobradas de que los muchachos y las muchachas se muestran muy accesibles a las influencias formativas de los mayores (y hasta dan claras muestras de estarlas necesitando), siempre que se cumplan ciertas condiciones básicas. Veamos algunas de ellas:

1. La primera y fundamental condición a cumplir será que padre y madre (o los adultos que los sustituyen en sus funciones educativas) muestren una unidad completa, un acuerdo sin fisuras, respecto del sistema de valores con el que se identifican. Ningún esfuerzo educativo puede resultar “formativo” si se intenta ejercer desde una pareja “despareja”, desde adultos que discrepan, discuten y se desautorizan recíprocamente.

Es decir: si realmente queremos retomar las riendas de la educación familiar, tendríamos que empezar por el principio: por preguntarnos si los adultos que pretendemos orientar tenemos claro hacia dónde hacerlo y cómo hacerlo. Y si esta claridad en materia de orientación se expresa a través de una inequívoca unidad de criterios entre los adultos responsables de la educación, es decir, a través de la constitución de un definido “frente común educativo”.

Por eso, en toda comunidad educativa (cualquiera sean sus características), cuando se empiezan a presentar problemas inquietantes con los niños, los adolescentes o los jóvenes de ambos sexos, la pregunta que nos tenemos que formular no es qué está pasando con ellos, sino qué está pasando con nosotros, con los adultos, y hasta dónde lo que está pasando con los adultos no se ha constituido en el caldo de cultivo de las dificultades emergentes.

2. Suponiendo que este primer aspecto se haya logrado solucionar satisfactoriamente, un segundo problema que habrá que afrontar será el de cómo lograr cambios en las actitudes y en las conductas de los muchachos y las muchachas, actitudes y conductas que se han vuelto habituales y se han ido reforzando a lo largo del tiempo. Por ejemplo, cómo exigir ahora responsabilidad sobre conductas concretas (bailes, concurrencia a boliches y pubs, frivolidad erótica y sexual, consumo de tabaco, de alcohol, de drogas) si los niños y los jóvenes se han acos-tumbrado durante mucho tiempo a no asumir ningún tipo de responsabilidad en los distintos compromisos que plantea el “vivir en familia”. Si para ellos “la casa” y “la familia” no pasan de ser un lugar y un ámbito en el que sólo se está siempre de paso, y ocupados egocéntricamente en comer, en dormir, en escuchar música, en mirar televisión.

La marcha armónica y feliz de cualquier agrupamiento familiar exige que se cumplan a satisfacción miles de quehaceres diarios, miles de tareas menores, que alguien las tiene que hacer. Hay que equilibrar el presupuesto, realizar compras, pagar deudas, hacer inversiones, realizar tareas de mantenimiento; hay que ordenar la casa, hay que limpiar, hay que lavar, hay que cocinar.

Y aquí la pregunta incómoda: ¿qué papel protagonizan los niños, los adolescentes, los jóvenes de ambos sexos en el cumplimiento de estas miles de tareas y quehaceres familiares?

Si somos honestos, tenemos que reconocer que, por lo general, no cumplen ningún o casi ningún papel. Sistemáticamente los propios adultos los han eximido, los han exonerado de cualquier responsabilidad, pensando que ya les llegará el momento cuando sean mayores.

Sólo cuando los muchachos y las muchachas se involucran en conductas antisociales o autodestructivas, nos acordamos de que deberían ser responsables. Pero la responsabilidad, como todos los rasgos de carácter, no se inventa de la noche a la mañana. La responsabilidad sólo respalda nuestras actitudes y nuestras conductas trascendentes, si la hemos despertado precozmente, si la hemos cultivado y la hemos entrenado regularmente en el compromiso pequeño e intrascendente de todos los días. Como sucede con el deporte, nadie puede enfrentar con éxito desafíos importantes, si no se ha preparado perseverantemente en largas rutinas de entrenamientos cotidianos.

Ninguna actitud o conducta estridentemente negativa de los muchachos o de las muchachas debería ser cuestionada directa y frontalmente sin poner en cuestión, antes o simultáneamente, todo el sistema de condiciones que la han hecho posible. Incluso porque esas conductas indeseables se suelen exacerbar cuando, después de haberlas tolerado largamente, se las ataca directamente. Por el contrario, parece mucho más razonable dedicarse a cambiar las condiciones que las han generado, pues, en general ofrecen menos resistencia y habilitan, con el tiempo, cambios más decisivos en las actitudes y las conductas.

Este recurso estratégico y táctico es el que nos intenta hacer gráficamente intuible la escritora americana Wina Sturgeon, en su libro “Depresión”. Cuando nos propone el ejemplo de “la carpa canadiense”. Ella comenta que el error de la mayor parte de los tratamientos psiquiátricos y psicoterapéuticos radica en que, frente a una alteración psicológica importante, concentran todos sus esfuerzos en enfrentar los síntomas más agudos de la perturbación. Es, dice, como si, teniendo que desarmar una carpa canadiense bien armada, nos empecináramos en hacerlo pretendiendo tumbar los dos parantes que la sostienen. Aunque aplicáramos a la tarea grandes esfuerzos, sólo lograríamos sacudirla. Difícilmente lograríamos desarmarla.

Si aplicáramos, en cambio, una estrategia indirecta, de pasos cortos pero seguros, obtendríamos el objetivo propuesto casi sin esfuerzo. En efecto, bastaría con que fuéramos removiendo y soltando los distintos “vientos” o cordeles que sujetan la carpa a las estacas que la rodean, para que la carpa se desarme por su propio peso.

Aplicando el ejemplo al problema que nos ocupa, tendríamos que reconocer que lo que habilita a nuestros hijos para que asuman importantes responsabilidades cuando llegue el momento es el que vayan “entrenándose” en asumir responsabilidades pequeñas pero ciertas en los compromisos cotidianos que implica una vida familiar armoniosa y solidaria.

Ni grandes ni chicos se vuelven responsables de buenas a primeras. Porque, como sucede con casi todas las cosas importantes, la responsabilidad personal y social de los integrantes de la comunidad familiar se cocina “a fuego lento”, en la cocina económica y no en el micro-ondas.


(última entrega)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro

ONCEAVA ENTREGA

¿QUÉ ESTÁ PASANDO, ACTUALMENTE, CON LOS ROLES FAMILIARES?

La realidad es muy elocuente: los cambios en la condición de la mujer han terminado con los roles tradicionales del padre como proveedor y de la madre como ama de casa, mientras que los roles de los niños, los adolescentes y los jóvenes se han ido desdibujando progresivamente hasta desaparecer como tales. Hoy por hoy, y en términos generales, ninguno de ellos tiene roles claros y naturales que cumplir dentro de la comunidad familiar.

HACIA UNA NUEVA CARACTERIZACIÓN DE LA PAREJA O DEL MATRIMONIO ESTABLES

La esencia del nuevo matrimonio o de la nueva pareja estables consiste en que se asienten sobre el “encuentro” de dos seres humanos que deciden, libre y responsablemente, comprometerse en la realización, en un lapso que lo haga posible, de un proyecto de existencia en común, cimentado sobre dos sólidos fundamentos:


 UNA EXPLÍCITA COMUNIÓN ÉTICA, y UN EXPLÍCITO CONSENSO IDEOLÓGICO.
¿Qué lugar ocuparían en este encuadre los clásicos “vínculos amorosos” de los enamorados?

 Esos vínculos, tradicionalmente considerados como “amorosos” (vínculos afectivos y emocionales, eróticos, sexuales, de amistad y compañerismo, habitacionales, económicos, laborales, familiares, etc.) no constituyen la plena y plenificante relación amorosa sino que son sus formas de expresión (son la “realización”, la “materialización”, la “encarnación” de esa relación plena y plenificante). Y son, por su propia naturaleza de “expresión”, contingentes y permanentemente cambiantes.

 La confusión entre lo que constituye “la esencia” de la relación y lo que constituye “sus expresiones”, entre el contenido y la forma, entre lo fundamental y lo accesorio, condena a la mayor parte de las relaciones a una inevitable y progresiva obsolescencia, como consecuencia de las frustraciones que conlleva la pretensión de eternidad de formas de expresión forzosamente efímeras.

 Sólo las relaciones profundamente enraizadas en la comunión ética y en el consenso ideológico pueden cambiar permanentemente sus formas de expresión y mantenerse vivas a través del tiempo, así como los árboles conservan su identidad aunque cambien sus hojas en cada estación.


(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro


DÉCIMA ENTREGA

¿QUÉ PASA CON LA EDUCACIÓN AL CAMBIAR EL TIPO DE PAREJA Y DE FAMILIA?

Premisa: No se puede educar sino en referencia a una determinada ideología y a un determinado sistema de valores.

 Antes: existía unidad de criterios (aunque fuera el resultado de la tiranía del padre y de la obediencia de la madre y de los hijos).

 Ahora: existe confusión y contraposición de criterios (“vale todo” = “nada vale”).

No sólo falta “unidad de criterios”, sino que padre y madre, representantes naturales de la autoridad educativa, suelen actualizar permanentes discrepancias y confrontaciones.

La feudal “tiranía-obediencia ciega” de la familia tradicional no ha sido sustituida por el “consenso”, sino por el “disenso”, la contraposición y la desautorización recíproca.

Estamos asistiendo a un período de crisis: se ha terminado el consenso autoritario y no se ha alcanzado el consenso democrático.

Pero, sin “consenso” no hay comunidad y, sin comunidad, es imposible educar:

La convivencia conflictiva de las parejas (la falta de consenso) resulta, directamente ANTI-EDUCATIVA.


CÓMO ALCANZAR CAMBIOS SIGNIFICATIVOS

Evidentemente, los cambios no se producen “por decreto”. El voluntarismo se ha demostrado incapaz de posibilitarlos.

Sólo si se han creado las condiciones necesarias, los cambios deseados se vuelven viables.

A esta altura de los tiempos y de los problemas, hay una pregunta elemental que todos nos deberíamos plantear e intentar responder:

¿Qué condiciones tendrían que cumplirse para poder instaurar el modelo alternativo de “familia consensual”, asentada sobre la comunidad consensual de la pareja?

Partamos de la siguiente premisa:

No puede haber comunidad familiar sin la aceptación incondicional, por parte de todos sus miembros, de un sistema de roles familiares perfectamente definidos.

En efecto, en toda comunidad familiar existen:

 Determinadas tareas que cumplir;

 Determinados pagos y gastos que habrá que realizar;

 Determinadas responsabilidades que alguien tendrá que asumir.

Será responsabilidad irrenunciable e intransferible de los adultos (en principio de los que forman la pareja consensual) definir, establecer y reordenar periódicamente quiénes de los miembros de la comunidad familiar asumirán las respectivas obligaciones (sin perjuicio de habilitar tantas instancias de diálogo y participación como consideren oportunas y convenientes).


(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro

NOVENA ENTREGA

UNA INTERESANTE TAREA PARA PADRES, MADRES
Y EDUCADORES CREATIVOS:

Ser capaces de encarnar el viejo espíritu comunitario de la familia tradicional en un nuevo modelo familiar democrático.

 Construir, creativamente, una nueva comunidad familiar.


Para que esto se haga posible se tiene que cumplir un requisito decisivo:


 Que los miembros de la nueva agrupación familiar comulguen en un mismo sistema de valores.


Es decir: la nueva comunidad familiar debe constituirse en la “encarnación” concreta de los valores en que se comulga (la familia como comunidad “ideológica” y “ética”).


LO ÚNICO QUE RESULTA EDUCATIVO (“FORMATIVO”):

La pertenencia a una agrupación de personas con espíritu comunitario.


LA PRIMERA CONDICIÓN A CUMPLIR:

Priorizar los valores de la comunidad familiar sobre los valores individuales (e individualistas) de sus miembros.

LA MISIÓN DE LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA “NUEVA”:

 Diseñar, construir y consolidar la nueva comunidad familiar.


 El fundamento de una tal comunidad familiar no será, como sucedía con la familia tradicional, la consanguinidad, sino la identificación comprometida ideológica y ética.


 (“Ideología” = sistema de ideas + sistema de valores).


UN VISTAZO ILUSTRATIVO A LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA FAMILIA:

 Antes: Familia tradicional, montada sobre una pareja relacionada básicamente, por intereses patrimoniales.


 Después: Familia moderna, montada sobre parejas relacionadas en base al amor, a los sentimientos, y a las decisiones individuales (“romanticismo”) (padre y madre se eligen libremente, pero se mantiene la diferencia jerárquica tradicional entre varón y mujer).


 Ahora y en el futuro: Familia consensual y comunitaria, montada sobre el consenso ideológico y la comunión ética de sus miembros (pareja “pareja”, democrática).


(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro

OCTAVA ENTREGA

HACIA DÓNDE QUEREMOS IR

Algunas evidencias a tener en cuenta:

Lo que la familia tradicional tenía de bueno:

 Constituía un agrupamiento humano con espíritu comunitario.


 Confería a sus miembros la seguridad de integrar un “grupo de pertenencia”.


 Se producía la identificación de todos sus miembros con los valores que encarnaba.


 Existía una actitud común de afirmar sus valores y de defenderlos.

Lo que la familia tradicional tenía de malo:

 El verticalismo autoritario del “pater familia”.


 La falta de democracia interna (la madre como sirvienta y los hijos como súbditos sin voz ni voto).


 La falta de espíritu autocrítico.


 La rigidez del estereotipo y la incapacidad de adecuarse a las nuevas realidades (por ejemplo, al cambio en la condición de la mujer).

PROS Y CONTRAS DE LOS NUEVOS AGRUPAMIENTOS FAMILIARES

Pros:

 Terminar con la tiranía del “pater familia”.


 Cuestionar el modelo jerárquico y la prepotencia verticalista (cuestionar el modelo feudal).


 Propiciar la libertad y la autonomía de sus miembros.


Contras:


 Limitarse a afirmarse en la negación (definirse sólo por lo negativo).


 No ofrecer modelos alternativos.


 No alcanzar el autogobierno, sino, simplemente, el “desgobierno”.


 No ser capaz de rescatar los valores comunitarios de la familia tradicional.



(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro


SÉPTIMA ENTREGA

LA EDUCACIÓN Y LAS CONTRADICCIONES DE GÉNERO

Nuestra tesis es simple:

 Uno de los factores más importantes que están incidiendo decisivamente en la problemática educativa de nuestra época es el estallido progresivo e irreversible de las “contradicciones de género”.

 Las contradicciones de género aparecen cuando las mujeres cambian profundamente su condición mientras que los varones mantienen la suya incambiada.

 Esto produce un desfasaje y un desencuentro progresivo e irreversible que pone en crisis los vínculos entre los hombres y las mujeres (sobre todo los vínculos de pareja, matrimoniales y familiares).

 Esta crisis, a su vez, deja a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes sin paradigmas y sin modelos y produce en los adultos una abdicación creciente de sus responsabilidades educativas.

 Este vacío le viene de perlas a la voraz economía de mercado que inventa, sin ningún tipo de escrúpulos, los modelos alternativos de venta asegurada y de pródigos dividendos.

Consecuencia:

 La televisión y los consumos compulsivos sustituyen educativamente a los padres, a los maestros y a los docentes y consuman la alienación comercial de los educandos.

 Frente a esta problemática, las mujeres (si no todas, cada vez más) se han organizado y levantan sus voces cuestionadoras. Los varones, en cambio, mantenemos al respecto un absoluto silencio.

 Sólo cuando los varones cuestionemos también nuestra propia condición, y formemos un frente común con las mujeres liberadas, podremos, JUNTOS, enfrentar con éxito el desafío educativo.



(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro

SEXTA ENTREGA

Pues bien: el problema de “los límites” en materia de educación de niños y de jóvenes de ambos sexos se reduce, en la perspectiva que venimos diseñando, a lograr enseñarles a mantenerse airosamente erguidos sobre su cabalgadura, sin caerse hacia la derecha ni hacia la izquierda, a posibilitar que puedan ir aumentando paulatinamente sus derechos en la misma medida en que aumenten progresivamente sus deberes, en ampliar progresivamente sus libertades en la misma medida en que aumentan progresivamente sus responsabilidades.
Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién se anima a exigirles a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes deberes y responsabilidades? ¿Quién se anima a ejercer autoridad a riesgo de parecer autoritario? ¿Quién está dispuesto a jugar el rol del villano de la película?
Sin embargo, nosotros tenemos la convicción, confirmada por los testimonios de una larga experiencia, de que los niños y las niñas, de que los adolescentes y los jóvenes, aceptan con total naturalidad todo tipo de límites cuando se plantean inteligente y oportunamente, cuando no son arbitrarios y cuando su aplicación no deja lugar a dudas.
En cambio, los límites caprichosos, o que son afirmados tímidamente, con titubeos e inseguridades, o que son exigidos por unos adultos y desautorizados por otros, dan pie a todo tipo de maniobra infantil y juvenil, a las clásicas pulseadas de poder, a la mala fe y a las trampas recíprocas.

¿A qué edad se impone que empecemos a condicionar en los niños el uso de sus derechos al cumplimiento de sus deberes?

Hay padres y educadores que se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena; que se despiertan a la evidencia de que los muchachos y las muchachas deberían cumplir ciertos “deberes elementales” cuando cumplen 13, 14, 15 años. Cuando, por ejemplo,

• Pretenden ir a bailar y volver al día siguiente.

• Cuando vuelven borrachos de “curtir” la noche en boliches y discotecas.

• Cuando cierto tipo de noviazgo o de amistad amenazan con un embarazo precoz o con el contagio de una E.T.S.

• Cuando ciertas juntas hacen temer el comienzo de la adicción a drogas.

La pregunta que se impone es obvia: ¿qué hemos hecho hasta ahora? ¿Qué hemos hecho para irlos preparando para que, ahora y de golpe, asuman responsabilidades? ¿Es que a los 13, a los 14, a los 15 años se van a volver responsables por decreto? ¿Es que el momento para aprender a nadar es cuando uno se cae al agua?

Lo único cierto es que la ESTATUA DE LA LIBERTAD RESPONSABLE, que Franlk les sugería construir a los norteamericanos se empieza a construir en los niños y en las niñas desde que nacen.

Cosa que, por otra parte, nunca fue un misterio. En efecto, todos los padres y madres y todos los educadores coinciden en que, si no antes, este proceso comienza seguramente y sin lugar a dudas cuando el niño o niña comienza a controlar sus esfínteres. Cuando ya los adultos pueden dejar de controlar la situación mediante el uso de pañales, porque el niño o la niña han aprendido a autocontrolarse.

Éste y no otro es el prosaico primer paso decisivo de la heteronomía educativa (gobierno por parte de los adultos) a la autonomía infantil (gobierno de los niños y las niñas por sí mismos).

Lo malo es y será siempre apurarse a sacarle al muchacho o a la chica los pañales antes de que hayan aprendido a limpiarse la cola. O, por el contrario, seguir limpiándosela cuando ya tienen veinte años.

La fórmula que nos aporta Federico Nietzsche en su “Así hablaba Zaratustra” no por breve es menos elocuente:

“EL QUE NO SABE OBEDECERSE, DEBE OBEDECER”

Pero también la “obediencia a sí mismo”, como tantas otras cosas, es inseparable de un buen entrenamiento. Y, aunque le cueste aceptarlo a los empecinados partidarios del horizontalismo pedagógico, los adultos responsables seguiremos siendo los únicos entrenadores válidos. Seguramente que no simplemente en nuestra condición de “adultos”, sino, justamente, en nuestra calidad de adultos responsables.



(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro


QUINTA ENTREGA

Hasta ahora nos hemos empecinado en reclamar “responsabilidad” a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes.

Pero, ¿qué pasa con nosotros? ¿Qué pasa con nuestra responsabilidad?

En efecto: un trabajo cierto de orientación y de re-orientación educativa de los niños, los adolescentes y los jóvenes sólo lo pueden emprender quienes estén ya efectivamente orientados.

Y es aquí que surge la dificultad. Porque, ¿sabemos efectivamente, los mayores, lo que queremos? ¿Sabemos convencidamente, “HACIA DÓNDE QUEREMOS IR”?

O, dicho en forma bien directa: ¿disponemos los mayores de un definido sistema de valores, de una definida brújula que nos sirva de guía en nuestro hacer educativo?

¿O también nosotros, los adultos, nos hemos dejado seducir por las edulcoradas promesas de una felicidad “instantánea”, pre-cocinada, que podamos comprar a precio de liquidación, en cómodas cuotas y con tarjeta de crédito?

Quizá podamos empezar a entender lo que nos está pasando y cómo poder salir del atolladero, si tomamos conciencia de que nuestro pecado capital, en materia educativa, ha sido y sigue siendo un pecado de comodidad, un pecado de facilidad. De comodidad intelectual y de facilismo práctico.

En efecto, resulta mucho más cómodo, mucho más fácil, instalarnos dogmática y tozudamente en uno de los extremismos educativos, en una de las posiciones extremas del péndulo, que seguir sus movimientos dialécticos y decidir, vez por vez, qué tenemos que pensar y qué tenemos que hacer.

Afiliarnos a un dogmatismo extremo cualquiera simplifica todo y nos promete resolver automáticamente todos los problemas. Es decir, quienes se instalan en un extremismo cualquiera se liberan, sin demasiado esfuerzo, de tener que seguir pensando y tener que seguir decidiendo.

De ahí la seducción casi morbosa que ejercen todos los radicalismos políticos, religiosos, raciales, artísticos, deportivos. Y de ahí el carácter irracional y el fanatismo de las afiliaciones que promueven.

Ahora bien: si el pecado pareciera estar en la adhesión y en la afiliación a posiciones extremas, a más de uno de nosotros se nos podría ocurrir que la mejor alternativa, la alternativa ideal, sería lograr que el péndulo se detuviera en una posición intermedia, se aquietara en el punto medio, en lo que los latinos llamaban “áurea mediocritas”, mediocridad dorada.

Pues bien: en realidad, el pecado no está sólo en los extremos, como la virtud no está en el medio.
El pecado está en creer que podemos detener el tic tac del reloj, instalándonos en la inmovilidad de los extremos radicales o en la inmovilidad de la equidistancia no comprometida.

Además no existe ninguna posibilidad de encontrar un cómodo “justo medio” entre el autoritarismo prepotente y el permisivismo cómplice, entre el verticalismo pedagógico radical y el igualmente radical horizontalismo educativo.

Es a este respecto que queremos proponer hablar de “oblicuismo flexible y variable”, dependiendo la mayor verticalidad o la mayor horizontalidad educativa de cada situación concreta, de cada persona, de cada grupo, de cada circunstancia, de cada momento.

Es también en este sentido que postulamos que ningún educador auténtico y creativo puede hurtarse a la responsabilidad de determinar y de corregir la oblicuidad de su hacer pedagógico continuamente y tanta veces como resulte necesario.

Un ejemplo concreto puede ilustrar lo que queremos decir. En el mundo en que vivimos, dominado por la violencia creciente, por el individualismo y la competitividad cada vez más salvajes resuena, continuamente, en todos los ámbitos, el reclamo de que sean respetados LOS DERECHOS HUMANOS. Y ya no sólo los clásicos “Derechos del Hombre”, sino también, los muchos más concretos derechos humanos de los niños, de los jóvenes, de las mujeres, de los discapacitados.

Es decir: los derechos de todos aquellos a quienes su debilidad o su vulnerabilidad los convierte en probables víctimas del uso o del abuso de los siempre alertas “golosos de poder”.

Todos nos indignamos y todos nos adherimos entusiastamente a su reivindicación. Pero esta unanimidad no nos debe ocultar un hecho también asombrosamente unánime y que todos nos hemos dado maña para ignorar o para desatender sistemáticamente:

En efecto, ¿Alguno de ustedes ha oído hablar alguna vez de “Deberes Huma-nos”? ¿Alguno de ustedes ha escuchado reivindicar no sólo “Libertades” y “Derechos”, sino, también “Responsabilidades” y “Obligaciones”? ¿Han visto alguna vez enarboladas por las calles pancartas de ciudadanos, de obreros, de estudiantes, de mujeres reclamando, airadamente, “DEBERES”, “RESPONSABILIDADES” y “OBLIGACIO-NES”?

Lamentablemente, los únicos que no dejan de reclamar histéricamente que se cumplan deberes, responsabilidades y obligaciones son las más retardatarias corrientes represivas de cada sociedad.

Las fuerzas progresistas, por el contrario, consideran cumplida su misión (y se sientan a disfrutar de un merecido descanso) si han reivindicado y luchado denodadamente por los “derechos” y por las “libertades”.

Como lo decía gráficamente Wilhem Reich, la Humanidad ha vivido dando pasos, costosísimos en sufrimientos y en vidas humanas, alternativamente, hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo que parece que le cuesta dar y no logra dar son pasos hacia adelante. O, en palabras de Vaz Ferreira, la historia de la Humanidad parece la historia de un borracho a caballo que, cada vez que se logra enderezarlo de un lado, es para que se caiga para el otro.


(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro

CUARTA ENTREGA

Pero empecemos por aclarar lo siguiente: no se trata, obviamente, de dejar de culpabilizar a los jóvenes, para dedicamos, ahora, a culpabilizar a los adultos. Se trata de hacer justamente un paréntesis en la tarea tan cómoda de dedicamos a encontrar culpables para dedicarnos, comprometidamente, a ubicar “responsabilidades” y, eventualmente, “responsables”.

Responsables de verdad, es decir, que se hagan cargo de la cuota de responsabilidad que les corresponda. Y es justamente en esta tarea que pensamos que los adultos hemos escabullido sistemáticamente el bulto, encontrando distintos pretextos para justificar nuestra inoperancia.

Una buena manera de empezar a reflexionar seriamente sobre el tema puede ser el que intentemos tomar conciencia crítica de que todo lo que nos está pasando parece el final de un “cuento malo” que inventamos nosotros mismos: el tan repetido cuento de los aprendices de brujo que desatan fuerzas que, después, son incapaces de sujetar y de encauzar.

En efecto:

• Quisimos conquistar toda la libertad y la libertad para todos, y nos estamos hundiendo en el libertinaje.

• Quisimos reivindicar todos los derechos humanos, y estamos desatando la más violenta de las convivencias.

• Quisimos terminar con el odioso autoritarismo y hemos matado a la gallina de oro de la autoridad genuina, sin la que ninguna convivencia es posible.

• Quisimos que todos disfrutaran de todos los derechos y sólo conseguimos que nadie acepte asumir ningún tipo de deberes ni de obligaciones.

• Quisimos alentar la mayor participación de todos en todo y sólo logramos alimentar las desmesuradas ambiciones egoístas de cada uno.

• Quisimos terminar, de una vez por todas, con la “sociedad de los poetas muertos” y terminamos inventando, no la sociedad de los poetas vivos, sino la sociedad de los poetas “avivados”.

• En fin: quisimos terminar con todas las tiranías y con todos los tiranos y terminamos quedándonos, en los hechos, sin capitanes, sin timonéeles y sin guías, navegando a la deriva, sin brújula y sin norte, hacia la nada.

Quizá recién ahora se nos haga claro que no basta con reivindicar libertades y cada vez más libertades. Eso fue lo que comprendió el famoso psicoterapeuta vienés Víctor Franca cuando culminó su viaje por los EE.UU. Cuando los periodistas lo asediaron en el aeropuerto para pedirle que diera, sintéticamente, su opinión sobre el país que acababa de recorrer, les dijo una frase muy simple al tiempo que muy elocuente en su misma simplicidad:

“Después de haber construido una magnifica estatua de la Libertad en la costa oriental, estaría bien que pensáseis en construir otra, igualmente magnífica, de la Responsabilidad en la costa occidental.”

Pues bien: por aquí tendríamos que iniciar, como quería Vaz Ferreira, un nuevo planteo y un nuevo enfrentamiento del problema. Porque el gran salto cualitativo capaz de devolvernos a los mayores la condición de auténticos educadores se llama, aquí también, RESPONSABILIDAD PERSONAL, COMPROMISO EXISTENCIAL.



(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro


TERCERA ENTREGA

Frente a ello, hay otra reacción que también se está universalizando: la sensación de total impotencia para revertir este proceso, el fatalismo, la resignación de los brazos caídos.

Ante ellos es que cabe que nos preguntemos: efectivamente, ¿este problema no tiene solución?; ¿no existe ninguna tercera alternativa ante el absurdo dilema entre autoritarismo despótico y liberalismo permisivo?; ¿entre verticalismo y horizontalismo pedagógicos?

Decía Carlos Vaz Ferreira que “no existen problemas insolubles, sino problemas mal planteados y mal enfrentados”.

Nosotros estamos convencidos de que éste es, justamente, uno de esos problemas que parecen insolubles porque están mal planteados y mal enfrentados.

Tomar conciencia de ello, superando la resignación o la comodidad fatalista, será el primer paso a dar en el camino de las soluciones realistamente posibles.

Y no bien demos el primer paso, reaparecerán la fe y la confianza perdidas. Y con ellas reaparecerá la convicción de que la democracia familiar es posible. Posible y cierta siempre que aceptemos que no se nos dará de regalo, sino que tendremos que conquistarla, no dejando de hacer, sino aprendiendo a hacer de otra manera.

Para andar este camino nos podría servir de brújula orientadora la que Martín Buber consideraba la "regla de oro" que hacía posible la vida comunitaria:

"NUNCA MAS AUTORIDAD DE LA NECESARIA;
NUNCA MENOS LIBERTAD DE LA POSIBLE".


Pues bien: el problema de qué límites tendrían que poner los adultos (padres y educadores) a los niños, adolescentes y jóvenes de ambos sexos y cómo tendrían que hacerlo se ha convertido en la característica más conflictiva de la llamada "brecha generacional". Incluso no faltan quienes reaccionariamente reclaman el retorno al viejo autoritarismo y quienes, por el contrario, piensan que lo mejor sería no poner ningún límite. Esto, por otra parte, es lo que, de facto, está ocurriendo en la mayor parte de los casos.

Una de la dificultades con que tropiezan los intentos de hacer un análisis crítico de esta situación la constituye el hecho, bastante extraño, de que la brecha generacional ha sido y sigue siendo estudiada, en forma sistemática, desde una sola de sus vertientes: desde la que corresponde a lo que esta pasando con los niños y con los adolescentes.

En cambio, y aunque es evidente que la brecha generacional tiene dos lados, nadie estudia ni nadie enfrenta la problemática correspondiente desde la otra vertiente, desde la vertiente de qué está pasando con los adultos, de qué esta pasando con nosotros, con los padres, con las madres y con los educadores de esos niños y de esos adolescentes.

¿No es cierto que podría resultar muy interesante (aunque quizá también muy inquietante) empezar a preguntarnos sobre qué grado de protagonismo podemos estar teniendo los adultos, los padres y las madres, en este ahondamiento de la brecha generacional?

Profundizar en el significado de esta pregunta constituye el principal objetivo de estas reflexiones.


(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro


SEGUNDA ENTREGA

Un esquema gráfico puede ilustrar en forma elocuente este juego correlacionado de libertades y responsabilidades crecientes:

VERTICALISMO, HORIZONTALISMO Y OBLICUISMO PEDAGÓGICOS




• La pedagogía participativa no cuestiona la autoridad del educador, sino su inclinación a deslizarse al “autoritarismo”.


ESQUEMA DE LA ABDICACIÓN DEL
PODER DEL EDUCADOR

La Regla de Oro de Martín Buber:

“Nunca más poder del necesario; nunca menos libertad de la posible”

El triángulo dentro del rectángulo muestra gráficamente el proceso de crecimiento continuo de la autonomía del niño, del adolescente y del joven de ambos sexos, En la base del rectángulo (que coincide con el vértice del triángulo) estamos en el momento del nacimiento. En este momento y en los primeros meses, la capacidad de decisión del niño es totalmente nula, dependiendo para todo de los mayores que lo rodean. Todos los aspectos de su vida son controlados por los padres y los adultos que los sustituyen o cumplen sus funciones. Es el momento de la autonomía cero y de la heteronomía 100 del nuevo ser.

Pero no bien empiezan a transcurrir los días, los meses y los años, las cosas empiezan, también, a cambiar. Los lados del triángulo, que comienzan a abrirse paulatinamente, señalan con toda claridad, cómo se inicia y cómo comienza a crecer progresivamente la autonomía del niño. Quizá el mejor y más elocuente ejemplo de esta mayor autonomía lo marque el control de los esfínteres, el comer solo y, más tarde, el vestirse por la cuenta.


A medida que ascendemos por la escala vertical de las edades, el triángulo abarca cada vez más espacio hasta alcanzarse la completa autonomía del joven, momento en que los adultos, cumplida su tarea educativa, abdican (o, mejor dicho, deberían abdicar) voluntariamente de su autoridad para habilitar el ingreso del jovencito o la jovencita en la etapa madura de su autogobierno.


Es obvio que el esquema muestra abstractamente un proceso ideal que, en los hechos, admite infinitas variaciones concretas de caso en caso.


Ahora bien: lo malo no son los ajustes particulares que exija su aplicación al caso personalísimo que constituye cada familia. Lo malo es la distorsión y casi diríamos la perversión que sufre el esquema cuando nos instalamos en modelos educativos extremos como lo son el viejo autoritarismo patriarcal o el nuevo permisivismo ilimitado.


Ambos extremos “perversos” los ilustraríamos de la siguiente manera:


LOS EXTREMOS “PERVERSOS”


JUVENTUD
ADOLESCENCIA
INFANCIA

Mirando y reflexionando sobre el significado de estos esquemas, se nos hace evidente que estamos asistiendo a la desgraciada situación de que, cuando la familia tradicional se queda sin tirano, también se ha quedado sin timón. En efecto: por temor a “mandar”, los adultos hemos renunciado a nuestra tarea imprescindible de “dirigir”, de “encauzar”. El resultado no podía ser otro que el que estamos registrando: el desorden, la confusión y la desorientación generalizados.



La democracia no es y no debe ser la “igualdad de derechos” en todas y en cualquier circunstancia, SINO LA IGUALDAD DE DERECHOS EN IGUALDAD DE RESPONSABILIDADES. La libertad de cada miembro de la familia debiera ir creciendo proporcionalmente al crecimiento de sus responsabilidades para con el grupo familiar que integran. Es evidente que el crecimiento desmesurado de las libertades sin que se asuman las responsabilidades correspondientes y correlativas se transforma, necesariamente, en “licencia” y en “libertinaje”.

(continúa próximo miércoles)

LA BRECHA GENERACIONAL / Arnaldo Gomensoro


PRIMERA ENTREGA

¿Qué pasa con los adultos? (apuntes a vuela pluma)

Existen problemas socio-culturales que se presentan con un carácter tan universal que parecen fenómenos de la Naturaleza.
Un problema de este tipo, que se registra con una casi total unanimidad, lo constituye la creciente inquietud, preocupación e incluso angustia que invade a las madres y a los padres, y también a los educadores y docentes en el cada día más difícil control educativo de sus hijos y de sus alumnos.
En efecto, casi no hay madre, padre o educador que no se sienta confundido y desorientado ante la general insurrección infantil y juvenil que protagonizan no sólo los varones, sino también las muchachas, las niñas, las adolescentes y las jovencitas.

Decimos “insurrección”, pero nos preguntamos si se trata realmente de eso.

¿Estamos, realmente, ante un amotinamiento, ante una rebelión, ante una sublevación infantil y juvenil? ¿O, más bien, ante sólo lo que parece tal, cuando, en realidad, se trata más bien de una “abdicación” de los mayores que, prácticamente, han “desertado” de sus responsabilidades educativas?

¿Quiénes son los protagonistas verdaderos de esta problemática? ¿Son los niños, los adolescentes y los jóvenes, o son los adultos, sus padres, sus madres, sus educadores?

Un análisis mínimamente crítico nos inclina a decidirnos por la segunda posibilidad.

Y, para comprobarlo, basta con que intentemos responder a otra pregunta: ¿Quiénes inventan, promueven y consolidan este nuevo y preocupante “estilo de vida” infantil y juvenil? ¿Son los niños, los adolescentes y los jóvenes de ambos sexos los activos artífices de este estilo de vida o sólo constituyen sus aparentes beneficiarios y, posiblemente, sus seguras víctimas?

Evidentemente tampoco son los padres y los educadores los inventores del nuevo estilo de vida juvenil. Los verdaderos protagonistas son, como lo iremos viendo, otros adultos que lucran descaradamente con el consumo compulsivo de niños y adolescentes. Pero, lamentablemente, los padres y educadores se convierten en “cretinos útiles”, tratando de dejar de ser autoritarios y deslizándose insensiblemente a un permisivismo sin límites. Es interesante observar cómo este estilo inquietante se constituye en el producto final de un bien intencionado propósito de “democratizar la familia”, de terminar con la tiranía absoluta e ilimitada del autoritarismo patriarcal.

¿En qué ha terminado este bien intencionado propósito? Pues no en el deseable modelo de democracia familiar que quiso ser, sino, contradictoria y paradojalmente, en una nueva dictadura, en la casi caricaturesca tiranía de los niños, los adolescentes y los jóvenes sobre sus mayores, tradicionales encauzadores educacionales de sus conductas y de sus vidas.

Hoy nos parece obvio que había que terminar con el autoritarismo agresivo de la vieja familia patriarcal. Sin embargo, nada justifica que, en un típico proceso de dinámica de péndulo, hayamos caído en la ultra democracia del permisivismo irrestricto.

Lo cierto es que los padres y las madres, cómplices conscientes o inconscientes de este permisivismo sin límites, se despiertan alarmados a su realidad cuando confrontan los desastrosos resultados destructivos y autodestructivos del mismo que atentan contra la realización personal, contra la salud e, incluso, contra la vida de sus hijas y de sus hijos.

La democracia familiar, la democracia “que empieza por casa”, resulta, sin lugar a dudas, un modelo a proponernos. Pero se ha entendido mal la democracia y ésta ha resultado, finalmente, trampeada.

La democracia no es y no debe ser la “igualdad de derechos” en todas y en cualquier circunstancia, SINO LA IGUALDAD DE DERECHOS EN IGUALDAD DE RESPONSABILIDADES. La libertad de cada miembro de la familia debiera ir creciendo proporcionalmente al crecimiento de sus responsabilidades para con el grupo familiar que integran. Es evidente que el crecimiento desmesurado de las libertades sin que se asuman las responsabilidades correspondientes y correlativas se transforma, necesariamente, en “licencia” y en “libertinaje”.

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