EL NACIMIENTO DE LA
REVISTA BLANCO MÓVIL
La revista nació en verano entre libros, hace 30 años. Su sala de partos, cuna y primeros lugares de juego fue la librería Gandhi. Desde ese momento continuamos en la travesía de encaminarnos a muchos puertos y desde ellos nos apropiamos selectivamente de ejemplos de la literatura de muchos países, abarcando una gran cantidad de América Latina y del continente americano, como de Europa, África y Asia. Asimismo, realizamos números con temas monográficos, que retomaban, por ejemplo, la danza, la violencia, la novela negra, la ciencia ficción, el lenguaje, el insomnio, el erotismo, además, nos acercamos a través de suplementos, a la literatura chicana y a la de los jóvenes creadores en los estados, en fin, de esta forma, quisimos rescatar y presentar al lector una muestra pequeña, pero amplia, colorida y profunda del amplio universo de la escritura.
Alguien ha dicho que la creación literaria supone intercambios humanos; el escritor no puede nunca querer que su pensamiento no sea esperado, que no sea importante para los humanos con quienes vive. Y ha sido este componente, el de los intercambios humanos, el que más placer personal me ha dado al dirigir la revista. Intercambios creados no solamente en el participar en la difusión literaria, en la lectura de los textos, sino en el observar y dialogar con un sinnúmero de amigos/as poetas ; y así haber ido tejiendo, sobre la propia piel de la vida, en la creación de un vínculo afectivo que nació a partir de la palabra escrita, que se corporizó en vínculo amistoso, de cofradía abierta, de solidaridad; hecho que en este planeta habitado por la miseria, el egoísmo, la violencia de las guerras, las hambrunas motivadas por el comercio, las fronteras vigiladas y militarizadas, este hecho de crear vínculos de amistad basados en el desinterés material, y sólo en el interés de la difusión literaria y artística, es ya un pequeño respiro de puro oxígeno humano.
A lo largo de estos 30 años la presencia de centenares de poemas en la revista fue creando un largo poema único, producto de la conjunción de creadores en diferentes idiomas: español, inglés, italiano, náhuatl, francés, hebreo, árabe, idish, zapoteco, guaraní, danés, catalán, euskera, en fin, ese largo poema se encuentra en la memoria de los lectores y en la revista impresa. Es parte de nuestro presente poético. Por último, un saludo, un apretón de manos, para todos aquellos que han participado abiertamente solidarios en este proyecto, y para aquellos que participarán. Un saludo a la generosidad y un abrazo a la creación por la creación. Sigamos en este pacto contra el egoísmo. ¡Viva la vida! ¡Viva la literatura!
TREINTA AÑOS de poesía en
BLANCO MÓVIL
CARMEN BOULLOSA
La constancia editorial,
la generosidad, el empeño de BLANCO MÓVIL ha dado un fruto que (como una granada
literaria) contiene un conjunto de poemas brillantes, separados, unidos,
reunidos e independientes. Un cuerpo de poemas que es fruto perenne de un árbol
singular.
(Perdonen la cursilería,
necesitaba florear a Eduardo Mosches y su BLANCO MÓVIL hoy que recorro de un
hilo la reunión que él ha editado de los poemas y poetas aparecidos en la
revista a lo largo de treinta años de labor editorial, y una granada me pareció
más propicia que ofrecerle una rosa —aunque una rosa sea una rosa, es más
apropiada la granada que una rosa) (porque los tiempos están más para granadas
que para rosas) (porque y la cursilería sería insoportable sin contrabandearle
una granada, aunque sea vegetal—).
Un fruto adentro del que
las joyas abundan (redundo en la granada: fruta cargada de rubíes). Algunas de
éstas tienen el agregado valor histórico, capturan una generación, un
sentimiento, un mundo que dialoga con el lector de hoy tal vez con voz más
firme de como lo hicieron en su tiempo. Enumerar los diamantes (o rubíes) que comprende
la reunión de poemas sería fatigoso para quien pase la mirada por estas líneas.
Es el caso del primero de esta selección: Juan José Gurrola escribe a Juan
Vicente Melo —dos grandes, dos locos geniales, de la generación literaria que,
con la de artistas visuales, derrumbó el muro de nopales que México había
levantado para alzar un arte postrevolucionario que tuviera alcance universal.
La paradoja es que esa generación quedó fijada como exclusivamente mexicana.
Encriptada en sus obsesiones. Fértil, como lo fueron en su tiempo otras
generaciones mexicanas que optaron por hacerse de una identidad cosmopolitas
(que no global, se trataba de otro asunto). Cito del poema de Gurrola— que es
también del género epistolar, crónica, memoria y un juego:
Juanvicente: sí, prefiero
leer a Faulkner que a James Joyce. Ya lo decidí. Tenías razón. Aunque Juan se
enoje.
Juanvicente: ¿entre
Faulkner y Melville?
Juanvicente: todavía no
encuentran el cadáver de Jorge, sólo un zapato. Yo siempre pensé que moriría por
tragón, no así.
Agrega valor a la
selección el regreso a otros tiempos (mejores, vivimos en estos temibles, la
palabra “granada” hoy no evoca en el centro de la vida civil a la fruta sino al
explosivo; el explosivo que está en todo, en todo lugar y tiempo, apoderándose con
puños de pólvora —800 tal vez por segundo— del espacio social; todo en
astillas, el estallido, cuando no el paso silencioso y socarrón de la
aplanadora “global”.)
Durante treinta años,
Eduardo Mosches ha conservado intacto, contra viento y marea, el territorio de
la poesía. (La poesía, el salvavidas único ante la debacle.) Argentino,
infancia en Israel, el padre en Washington, a la distancia de los años se
entiende lo natural de su foco refractado. Con Mosches, la revista apunta a
distintas latitudes sin dejar de considerar a cada una el centro. Editada en la
ciudad de México, BLANCO MÓVIL tiene lo que anticipa su nombre: un blanco
móvil. Su fuerza está en el mirar múltiple, que produce una cartografía
literaria concomitante con la geográfica.
En la presente selección
de BLANCO MÓVIL, no están todos, pero son todos los que están. Puedo aventurar
que si no están los que debieran estar, no ha sido por descuido o arrogancia de
Eduardo Mosches (por ejemplo, yo sí soy, y no estoy, me consta que ha sido mío el atropello, porque Eduardo
ha invitado reiteradas veces, y siempre estoy en otra parte —siempre estar en
otra parte es mi manera de sobrevivencia—). Su generosidad editora ha hecho de
BLANCO MÓVIL un hogar mayor para la poesía en nuestra lengua, incluyendo las
traducciones a ésta. La reunión de poemas que aquí se presentan contiene, pues,
como apunta el caso Gurrola/Juan Vicente, algunas curiosidades, pero la definen
más sus reincidentes, los poetas que han publicado varias veces en la revista,
Raúl Zurita, José Kozer, Francisco Hernández, David Huerta, Raúl Renán, Juan
Gelman
(Esa mujer que ahora
mismito se parece a santa teresa en el revés de un éxtasis / hace dos o tres
besos fue mar absorto en el colibrí que vuela por su ojo izquierdo cuando le
dan de amar),
y tal vez la defina más
la voluntad instintiva, que ya adelante, de de trazar con los poetas un atlas
poético. Así, en la selección de poemas, queda subrayado que BLANCO MÓVIL
dedicó números a los brasileños (con Ledo Ivo, Joao Cabral de Melo, Paulo
Leminski), bolivianos (con Eduardo Mitre), chicanos (Tino Villanueva en
traducción de Ricardo Aguilar Melantzón), venezolanos (con Eugenio Montejo —“Yo
soy mi río, mi claro río que pasa/ a tumbos en las piedras”— y Rafael Cadenas),
chilenos (Raúl Zurita, Elicura Chihuailaf, Tomás Harris), uruguayos (Amanda
Berenguer, Marosa de Giorgio, Enrique Fierro, Saúl Ibargoyen, Eduardo Milán,
que es también reincidente), argentinos (Enrique Molina, Olga Orozco, Juarroz,
el —reincidente— Gelman, Pizarnik, Lamborghini, Diana Bellessi, Montanaro),
catalanes (Pere Gimferrer), autores de Belice, portugueses (Eugenio de
Andrade), anglocanadienses, israelíes (Iehuda Amijai, Amir Or, Dalia
Ravicovich, Natán Zaj), daneses de fin de siglo (Niels Frank, Pia Tafdrup:
Me baño en la luz
tranquila de una gota
y recuerdo como fui
creada:
un lápiz en mi mano,
la mano fría de mi madre
alrededor de la mía, [caliente.
Y nos pusimos a escribir,
entrando y saliendo por
arrecifes de coral,
un alfabeto submarino de
arcos y picos),
otro de cubanos (Antón
Arrufat, Severo Sarduy). En el número dedicado a los poetas de Cuba, está Reina
María Rodríguez, Zoé Valdés; en el de Angola, Aoistinho Neto, Carlos Pimental,
en los dos números dedicados a las lenguas indias, Juan Gregorio Regino,
Briceida Cuevas Cob, Víctor de la Cruz, y Natalia Toledo, y en de la poesía en
yidish (un poema del 44 de Isaac Berliner sobre los mártires del ghetto de
Varsovia, y uno del 28 de Jacobo Glantz del exilio:
Ya no voy a perderme en
los campos sedosos
en los valles
primaverales de Ucrania.
Te abandoné —hogar— hace
ya tanto
contra quién lanzar ahora
mi queja.
Me son ajenas tus
montañas eternamente [nevadas
así como ajenas le son a
mi hija las llanuras [ucranianas
Jacobo Glantz, que tan
generoso fue con los jóvenes poetas mexicanos en su tiempo, en su mítico café
(e imán de artistas y escritores), El Carmel de la Zona Rosa (donde, según
Margo Glantz, la hija de Jacobo, cuenta en su libro Las Genealogías que ahí Margules
“perdió la esbeltez. Todos los sábados llegaba a medianoche y pedía un tcholnt,
comida típicamente judía: tripa rellena de harina y grasa, y carne de res,
cebada perla y alubias.”).
Carlos Cortés representa
en esta selección el número dedicado a Costa Rica. En el dedicado al Lenguaje
en la Literatura, Eduardo Casar, Eduardo Hurtado, Eduardo Langagne
(reincidente), Eduardo Espina.
El número 45 es todo (con
justicia) a Cardoza y Aragón:
Estaba triste yo, como el
hombre primero
que vio morir el sol.
Como el hombre primero
que lo vio renacer,
igual a la ola única y
sin término del mar.
Y desleíame como una
nube,
lívido gozo cruel donde
el fervor
ceba su roja, amarga
levadura,
con condición de brisa
destinada a los árboles.
El grupo de poetas
incluídos aquí que participaron en el VI Encuentro de Poetas Latinos se
distingue por la calidad y el peso: Germán Belli, Eliseo Diego, Pablo Antonio
Cuadra, Ángel González (Ayer fue miércoles toda la mañana./ Por la tarde
cambió: / se puso casi lunes), Valerio Magrelli, Alfredo Veiravé, Horacio
Costa (La arqueóloga conversa con los muertos en las excavaciones./ Las
piedras, mudas, redondas y frías,/ contestan con su mudez, su redondez y
frialdad). Ya mencionado este Encuentro de Poetas Latinos, es injusto no
mencionar al V, aquí presente con Jorge Enrique Adoum (Creo que, para fines
del siglo, habremos dejado de soñar – firmado en 1990).
La selección de poemas
respeta la sección “inéditos” sin mezclarla en un apartado conjunto. Son los poemas
que en el momento de su aparición en BLANCO MÓVIL no habían sido previamente
publicados. La mayoría de este apartado son mexicanos, como Verónica Volkow, Luna:
La luna no se disuelve en
la noche
como las otras piedras
tras de la luz olvida
un corazón desierto
empeñado en su sol
su solo pensamiento
no se apaga en la piedra
ni disipa la noche con su
intento.
Aunque no pierde nunca la
mirada refractada, el editor de BLANCO MÓVIL se inclina en número por los
mexicanos: Marco Antonio Campos, Juan Bañuelos, Alberto Blanco, Hugo Gutiérrez
Vega, Coral Bracho, Esther Seligson, Antonio del Toro, Julio Hubard, María Rivera,
Perla Schwartz, Bernardo Ruiz, Yamilé Paz Paredes, el oaxaqueño Julio Ramírez,
la regiomontana Minerva Margarita Villarreal. Y el adoptado por México Gerardo
Deniz:
Pero has puesto el coseno
bajo el seno,
por la tangente escapas.
¡Qué transvección,
versiera!
Ya en la escoba
eres un punto que dibuja
una
onda frente a la luna.
De otras latitudes, está
presente el argentino viajero —y padre del editor de BLANCO MÓVIL—, Julio César
Mosches. Cristina Peri Rossi, Oded Sverdlik (que se autotraduce), Giovanni
Quessep, Jorge Boccanera, Floriano Martins, y el mismo Eduardo Mosches.
Como es evidente en la
(no exhaustiva) enumeración que hago de los poetas incluídos en las siguientes
páginas, el gusto del editor no es factor para una selección tiránica. Su
virtud como editor no es ésa. La exclusión no es lo suyo, sino el afán, la
voluntad de pintar una cartografía, por momentos rígidamente geográfica, y
siempre más compleja cuando literaria.
El lugar para la melancolía es aquí inevitable: BLANCO MÓVIL está marcado por la generación a que pertenece el editor (la inclusión de Pizarnik se explica así , murió en 72, antes de la fundación de BLANCO MÓVIL, pero por generación debiera haber estado aún viva cuando apareció en la revista). Por la inflexibilidad del paso del tiempo, aparecen en la recopilación un buen número de poetas que ya no están en este mundo. Larga vida para ellos, y para BLANCO MÓVIL.
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