martes

ESTÉTICA DE LA CREACIÓN VERBAL (49) - MIJAIL. BAJTIN


LA TOTALIDAD TEMPORAL DEL HÉROE

(el problema del hombre interior o el alma) / 8


Es cierto que puede aparecer un reflejo moral con respecto a uno mismo que no rebase los límites del contexto vital; el reflejo moral no se abstrae del objeto y del sentido que ponen en movimiento la vivencia; precisamente desde el punto de vista del objeto dado se refleja la mala dación de la vivencia. El reflejo moral no conoce la dación positiva, la existencia, con un valor propio, porque desde el punto de vista de lo dado la existencia es casi siempre algo malo, algo que no debe ser; lo mío en la vivencia es la mala subjetividad del punto de vista de un objeto significativo hacia el cual está dirigida la vivencia; de ahí que sólo en temas de arrepentimiento pueda ser percibida la dación interior en un reflejo moral de uno mismo, pero la reacción de arrepentimiento no crea una imagen íntegra y estéticamente significativa de la vida interior; desde el punto de vista de la significación forzosa del mismo sentido dado en tanto que este se me oponga en toda su seriedad, el ser interior no encarna sino distorsiona (subjetiviza) el sentido (frente al sentido, la vivencia no puede tranquilizarse justificadamente e independizarse). El reflejo gnoseológico tampoco conoce la dación individual positiva, ni tampoco el reflejo filosófico en general (la filosofía de la cultura), y este no tiene que ver con la forma individual de la vivencia del objeto, que es el momento de la totalidad interior e individual dada del alma, sino con las formas trascendentes del objeto, que es el momento de la totalidad interior e individual dada del alma, sino con las formas trascendentes del objeto (y no de la vivencia) y con su unidad ideal (presupuesta). Lo mío en la vivencia del objeto es estudiado por la psicología, pero en una abstracción absoluta del peso valorativo del yo y del otro, de su unicidad; la psicología sólo conoce de “individualidad posible” (Ebbinghaus). La dación interior no se contempla sino que se estudia en la supuesta unidad de la ley psicológica y en un contexto despojado de valores.

Lo mío llega a ser dación positiva y contemplada sólo gracias a un enfoque estético, pero lo mío no está en mí para mí, porque en mí no puede cristalizar en una existencia calmada bajo la luz directa irradiada por el sentido y el objeto, no puede llegar a ser el centro valorativo de la contemplación receptiva como un propósito (en el sistema de propósitos prácticos), sino como desproporción interior. Este es nuestro determinismo interno, no iluminado por el sentido sino por el amor por encima de todo sentido. La contemplación estética debería abstraerse de la significación forzosa de sentido y propósito. El objeto, el sentido y el propósito dejan de regir valorativamente y se convierten sólo en características de la dación autónoma de la vivencia. La vivencia es la huella del sentido en el ser, es un destello sobre el ser, desde su interior la vivencia no vive por sí misma sino por este sentido que se encuentra y se capta afuera, porque cuando la vivencia no capta el sentido es que simplemente no existe; la vivencia representa la relación con el sentido y el objeto y fuera de esta relación no existe para sí, nace como un cuerpo interior involuntaria e ingenuamente y, por consiguiente, no para sí sino para el otro, para el cual llega a ser un valor observable aparte del sentido, llega a ser una forma valorada, y el sentido se vuelve el contenido. El sentido se somete al valor del ser individual, a la carne mortal de la vivencia. Por supuesto, la vivencia se lleva consigo el destello de su sentido predeterminado, porque sin este quedaría vacía, pero se concluye positivamente fuera de este sentido en toda su forzada no-realización fundamental en el ser.

La vivencia, para plasmarse estéticamente, para definirse positivamente, debe purificarse de las mezclas del sentido, de todo lo trascendentemente significativo, de todo aquello que la hace significar no en el contexto valorativo de una personalidad determinada y en la vida que puede ser concluida, sino en el contexto objetivo y siempre predeterminado del mundo y de la cultura; todos estos momentos han de ser inmanentes a la vivencia, reunidos en un alma fundamentalmente terminal y concluida, concentrados y cerrados en ella, en su unidad individual e internamente evidente; sólo un alma así puede ser ubicada en un mundo existente y determinado, sólo un alma semejante y concentrada llega a ser un héroe estéticamente significativo en el mundo.

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