LA
TOTALIDAD TEMPORAL DEL HÉROE
(el
problema del hombre interior o el alma) / 8
Es cierto que puede aparecer
un reflejo moral con respecto a uno mismo que no rebase los límites del
contexto vital; el reflejo moral no se abstrae del objeto y del sentido que
ponen en movimiento la vivencia; precisamente desde el punto de vista del
objeto dado se refleja la mala dación de la vivencia. El reflejo moral no
conoce la dación positiva, la existencia, con un valor propio, porque desde el
punto de vista de lo dado la existencia es casi siempre algo malo, algo que no
debe ser; lo mío en la vivencia es la mala subjetividad del punto de vista de
un objeto significativo hacia el cual está dirigida la vivencia; de ahí que
sólo en temas de arrepentimiento pueda ser percibida la dación interior en un
reflejo moral de uno mismo, pero la reacción de arrepentimiento no crea una
imagen íntegra y estéticamente significativa de la vida interior; desde el
punto de vista de la significación forzosa del mismo sentido dado en tanto que
este se me oponga en toda su seriedad, el ser interior no encarna sino
distorsiona (subjetiviza) el sentido (frente al sentido, la vivencia no puede
tranquilizarse justificadamente e independizarse). El reflejo gnoseológico
tampoco conoce la dación individual positiva, ni tampoco el reflejo filosófico
en general (la filosofía de la cultura), y este no tiene que ver con la forma
individual de la vivencia del objeto, que es el momento de la totalidad interior
e individual dada del alma, sino con las formas trascendentes del objeto, que
es el momento de la totalidad interior e individual dada del alma, sino con las
formas trascendentes del objeto (y no de la vivencia) y con su unidad ideal
(presupuesta). Lo mío en la vivencia del objeto es estudiado por la
psicología, pero en una abstracción absoluta del peso valorativo del yo y
del otro, de su unicidad; la psicología sólo conoce de “individualidad
posible” (Ebbinghaus). La dación interior no se contempla sino que se estudia
en la supuesta unidad de la ley psicológica y en un contexto despojado de
valores.
Lo mío llega a ser
dación positiva y contemplada sólo gracias a un enfoque estético, pero lo mío
no está en mí para mí, porque en mí no puede cristalizar en una existencia
calmada bajo la luz directa irradiada por el sentido y el objeto, no puede
llegar a ser el centro valorativo de la contemplación receptiva como un propósito
(en el sistema de propósitos prácticos), sino como desproporción interior. Este
es nuestro determinismo interno, no iluminado por el sentido sino por el amor
por encima de todo sentido. La contemplación estética debería abstraerse de la
significación forzosa de sentido y propósito. El objeto, el sentido y el
propósito dejan de regir valorativamente y se convierten sólo en características
de la dación autónoma de la vivencia. La vivencia es la huella del sentido en
el ser, es un destello sobre el ser, desde su interior la vivencia no vive por
sí misma sino por este sentido que se encuentra y se capta afuera, porque
cuando la vivencia no capta el sentido es que simplemente no existe; la
vivencia representa la relación con el sentido y el objeto y fuera de esta
relación no existe para sí, nace como un cuerpo interior involuntaria e
ingenuamente y, por consiguiente, no para sí sino para el otro, para el cual
llega a ser un valor observable aparte del sentido, llega a ser una forma
valorada, y el sentido se vuelve el contenido. El sentido se somete al valor
del ser individual, a la carne mortal de la vivencia. Por supuesto, la vivencia
se lleva consigo el destello de su sentido predeterminado, porque sin este
quedaría vacía, pero se concluye positivamente fuera de este sentido en toda su
forzada no-realización fundamental en el ser.
La vivencia, para
plasmarse estéticamente, para definirse positivamente, debe purificarse de las
mezclas del sentido, de todo lo trascendentemente significativo, de todo
aquello que la hace significar no en el contexto valorativo de una personalidad
determinada y en la vida que puede ser concluida, sino en el contexto objetivo
y siempre predeterminado del mundo y de la cultura; todos estos momentos han de
ser inmanentes a la vivencia, reunidos en un alma fundamentalmente terminal y
concluida, concentrados y cerrados en ella, en su unidad individual e
internamente evidente; sólo un alma así puede ser ubicada en un mundo existente
y determinado, sólo un alma semejante y concentrada llega a ser un héroe
estéticamente significativo en el mundo.























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