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SELECCIÓN DE CUENTOS DE CABALLERÍA ROJA (17) - ISAAK BÁBEL


17 / TRÚNOV, EL JEFE DEL ESCUADRÓN

A mediodía llevamos a Sokal el cadáver acribillado de Trúnov, nuestro jefe de escuadrón. Había sido abatido en la mañana en un combate contra la aviación enemiga. Todos los tiros le habían dado en la cara; tenían las mejillas sembradas de heridas y la lengua le había sido arrancada. Le lavamos la cara lo mejor que pudimos para que no tuviera un aspecto tan horrible, colocamos su silla caucasiana en la cabecera del ataúd y cavamos para Trúnov una tumba en un sitio digno, en un jardín público, en medio de la ciudad, junto a la catedral.

Estuvieron presentes nuestro escuadrón a caballo, el estado mayor del regimiento y el comisario de la división. Cuando dieron las dos en el reloj de la catedral, nuestro gastado cañoncito hizo su primera salva. Con su viejo calibre de unas buenas tres pulgadas dio las salvas al comandante muerto, presentó su saludo, y luego llevamos el féretro a la fosa abierta. La tapa del ataúd estaba levantada y el puro sol del mediodía iluminaba el largo cadáver, la boca llena de dientes rotos y las botas relucientes, con los tacos apretados uno contra otro como durante la instrucción.

-¡Soldados! -dijo Pugachov, comandante del regimiento, mirando al muerto y acercándose al borde de la tumba- ¡Solados! -repitió temblando y poniéndose firme-. Enterramos a Pacha Trúnov, héroe mundial, rendimos a Pacha el último tributo…

Y levantando los ojos al cielo, unos ojos enrojecidos por el insomnio, Pugachov pronunció a gritos un discurso sobre los combatientes caídos del primer ejército que descarga el martillo de la historia sobre el yunque de los siglos venideros. Pugachov terminó gritando con voz potente su discurso mientras oprimía el puño de su curvo sable caucasiano y removía la tierra con las espuelas de plata de sus botas rotas. Al acabar su discurso la orquesta tocó La Internacional y los cosacos se despidieron de Pacha Trúnov.

Todo el escuadrón montó a caballo, disparó una salva, nuestro cañón de tres pulgadas volvió a tronar y enviamos tres cosacos a buscar la corona. Partieron al galope, sin dejar de disparar, saltando sobre la silla y haciendo toda clase de filigranas ecuestres. Volvieron con un gran manojo de flores rojas. Pugachov esparció las flores sobre la tumba y nosotros nos acercamos para dar a Pacha Trúnov el último beso. Yo estaba en la primera fila y toqué con los labios la serena frente recostada sobre la silla. Luego me fui a la ciudad, la gótica Sokal, escondida en el polvo azul y la invencible melancolía de Galitzia.

Una gran plaza con sus antiguas sinagogas, se extendía a la izquierda del parque. Un grupo de judíos, con andrajosas levitas, reñían y se golpeaban con insensata ceguera. Unos, los ortodozos, exaltaban la doctrina de Adasi, rabino de Belza y atacaban a los hassidim de tendencia moderada, discípulos de Judas, el rabino de Husiatin. Discutían sobre la Cábala y citaban el nombre de Elías, gaón de Vilna, que expulsó a los jasídicos…

-¡Elías! -gritaban y abrían desmesuradamente sus bocas rodeadas de espesas barbas.

Desentendidos de la guerra y las salvas, los jasídicos maldecían el nombre de Elías. Atormentado por el dolor que me causaba la muerte de Trúnov, me metí también entre ellos para desahogarme, hasta que vi a un galitziano esquelético y largo como Don Quijote. Llevaba una camisa blanca de lienzo larga hasta los talones. Era un atuendo propio como para ser sepultado o para recibir la comunión y llevaba una vaquita atada con una cuerda. Sobre el largo cuerpo del galitziano descansaba una cabecita menuda, siempre en movimiento, pelada al rape, como la de una serpiente, tocada con un bamboleante sombrero de alas anchas, de paja aldeana. La pobre vaquita, tirada por la cuerda, lo seguía. El hombre la llevaba con un aire grave, y la estructura de sus largos huesos se alzaba como un patíbulo bajo el esplendor del cielo.

Pasó con aire solemne por la plaza y entró en un callejón ahumado por densos y desagradables vapores. En las casitas ennegrecidas, en las miserables cocinas, trajinaban judías que parecían negras viejas, con sus grandes pechos. El galitziano pasó junto a ellas y se detuvo al final del callejón frente a la fachada de una casa en ruinas.

Allí, frente a una torcida columna blanca, estaba sentado un herrero gitano ocupado en herrar a un caballo. El gitano golpeaba los cascos con el martillo, sacudía su pelo grasiento, silbaba y sonreía. Algunos cosacos permanecían a su alrededor con los caballos. El galitziano se aproximó al herrero, le entregó en silencio más de una docena de papas asadas y se dio media vuelta sin mirar a nadie. Iba a seguirlo porque no terminaba de entender qué clase de hombre era aquel y qué vida llevaba en ese lugar, en Sokal, pero me detuvo un cosaco que aguardaba con su caballo. Se llamaba Seliverstov. Había estado con Majnó en otro tiempo y ahora servía en el 33º Regimiento de Caballería.

-Liutov -dijo saludándome con un apretón de manos-; tienes líos con todo el mundo: eres el mismo diablo, Liutov, ¿por qué zurraste a Trúnov esta mañana?

Y haciéndose eco de estúpidos rumores, Seliverstov me hizo la absurda acusación de haberle pegado a Trúnov. Mi jefe de escuadrón.

Me recriminó delante de todos los cosacos, pero en su relato no había ni una sola palabra que fuera verdadera. Era cierto que yo había discutido con Trúnov esa mañana, porque él seguía con los hostigamientos a los prisioneros; habíamos discutido y ahora él estaba muerto. A Pacha ya nadie podía juzgarlo y menos que nadie yo. La disputa entre nosotros se había desarrollado de la siguiente manera:

Aquel día, al amanecer habíamos hechos unos prisioneros en la estación de Zavady. Eran diez. Cuando los apresamos estaban en ropa interior. Junto a los polacos había en el suelo un montón de ropa. Era un ardid para que no pudiéramos diferenciar por el uniforme a los oficiales de los soldados. Por eso se habían desnudado, pero en esta ocasión Trúnov quiso averiguar la verdad.

-¡Que se presenten los oficiales! -ordenó frente a los prisioneros y sacó el revólver.

Esa mañana Trúnov ya tenía una herida en la cabeza, que llevaba vendada con un trapo. La sangre le corría como la lluvia en un pajar.

-¡Oficiales, al frente! -repitió y empezó a golpear a los polacos con la culata de un revólver.

Entonces salió del grupo un hombre viejo y flaco, con la espalda desnuda, grande, huesudo, con pómulos amarillentos y un bigote lacio.

-¡Abajo la guerra! -dijo el viejo con sorprendente entusiasmo-. Lo oficiales se han ido. ¡Basta de guerra!

Y el polaco extendió sus azuladas manos el jefe del escuadrón.

-Con estos cinco dedos -dijo, sollozando y haciendo girar su mano grande y marchita- con estos cinco dedos he alimentado a mi familia…

El viejo se ahogaba; se tambaleó, derramó lágrimas de emoción y cayó de rodillas ante Trúnov. Pero el jefe lo rechazó con el sable.

-Esos oficiales son unos canallas -dijo-, vuestros oficiales han tirado aquí sus uniformes… Veremos a quién le sientan bien, voy a probárselos.

Y el comandante tomó de inmediato del montón de ropas una gorra con galones y se la puso al viejo.

-Le queda bien -murmuró Trúnov acercándose, y repitió-: Le queda bien-. Entonces hundió el sable en la garganta del prisionero. El viejo se desplomó, movió las piernas y de su garganta brotó un torrente de sangre espumosa y roja como el coral.

Andriushka Vosmiliétov se acercó furtivamente, con su pendiente y su nuca redonda de paisano y le desabrochó los botones al polaco moribundo, moviéndolo suavemente de un lado a otro y se puso a quitarle los pantalones. Los tiró sobre la silla de su caballo, tomó otros dos uniformes del montón y se alejó blandiendo su látigo. En aquel momento apareció el sol entre las nubes e iluminó claramente al caballo de Andriushka, su trote alegre y el descuidado balanceo de su cola corta. Andriushka cabalgaba por un sendero que llevaba al bosque donde estaba nuestro convoy. Los cocheros parecían excitados. Silbaban y le hacían señas a Vosmiliétov como si fuera mudo. Ya había recorrido la mitad del camino cuando Trúnov, que de pronto se había puesto de rodillas, lo llamó a gritos, con una voz ronca:

-¡Andrei! -dijo el jefe del escuadrón con la vista fija en el suelo- ¡Andrei! -repitió sin levantar los ojos-, nuestra república soviética vive todavía, y es muy pronto para repartir sus bienes. Tira eso, Andrei…

Pero Vosmiliétov ni siquiera se dio vuelta. Seguía cabalgando con su sorprendente trote cosaco; su caballito meneaba con agilidad la cola para un lado y para otro como burlándose de nosotros.

-¡Traición! -murmuró Trúnov, sorprendido- ¡Traición! -exclamó. Y tomó precipitadamente la carabina. Hizo fuego pero, con el apuro, falló el tiro. Andrei se detuvo esta vez. Volvió el caballo hacia nosotros, saltó sobre la silla y se sentó como hacen las mujeres. Con el rostro encendido de cólera, meneaba las piernas.

-¡Escucha, paisano! -gritó acercándose, y apaciguó el sonido de su voz fuerte y profunda-. Ten cuidado de que no te mate, paisano, ten cuidado de que no te mande a la madre que… Despachaste a una decena de burgueses polacos y armas ese escándalo. Nosotros hemos liquidado centenares y no te hemos precisado para nada… Si eres un obrero, cumple con tu deber.

Y después de haber tirado los pantalones y los dos uniformes, volvió la espalda al comandante y vino a ayudarme a componer la lista de los restantes prisioneros. No se movía de mi lado y respiraba de una manera muy ruidosa. Los prisioneros gemían y disparaban de Andriushka, que los agarraba y los perseguía por el brazo como un cazador agarra un haz de juncos cuando ve una bandada de pájaros dirigirse al río a la salida del sol.

Bregando con aquellos prisioneros agoté todo mi repertorio de maldiciones y a duras penas anoté ocho nombres, el número de sus unidades y la clase de arma a la que pertenecían. Luego pasé al noveno, un muchacho que parecía un gimnasta alemán de un buen circo. Tenía un altivo pecho germánico, patillas, camiseta de punto y calzoncillos de buena lana. Volvió hacia mí las tetillas de su alto pecho, se echó hacia atrás el pelo rubio y sudoroso y me dijo el nombre de su unidad. Entonces Andriushka lo atrapó por los calzoncillos y preguntó con tono severo:

-¿De dónde sacaste esos calzoncillos?

-Los hizo mi madre -contestó el prisionero, tambaleándose.

-Es una fabricante, tu madre -dijo Andriushka, mirando con atención al prisionero; luego palpó con la yema de los dedos las cuidadas uñas del polaco-. Es una fabricante tu madre. Ninguno de nosotros tiene calzoncillos como estos…

Volvió a palpar los calzoncillos de lana y agarró por el brazo al noveno prisionero y lo condujo adonde estaban los otros. En ese momento vi a Trúnov emerger detrás de un montículo de tierra. La sangre manaba en la cabeza del comandante como la lluvia en un pajar; el trapo sucio se había desatado y le colgaba. Se arrastraba sobre el vientre y llevaba la carabina en la mano. Era una potente carabina japonesa barnizada. A una distancia de veinte pasos Pacha hizo estallar el cráneo del muchacho. Los sesos se desparramaron sobre mi mano. Trúnov sacó el cartucho del arma y se me acercó.

-Táchame a uno -me dijo, señalando la lista.

-¡No tacharé a ninguno! -grité con todas mis fuerzas-. Había diez y ahora son ocho, el estado mayor no va a tener consideraciones contigo Pacha…

-En el estado mayor tendrán en cuenta la vida miserable que llevamos -me respondió Trúnov y avanzó sobre mí, andrajoso, ronco, rodeado de humo. Pero luego se detuvo, levantó al cielo su cabeza ensangrentada y me dijo con un tono de amargo reproche en la voz-: Zumba, zumba, que otros van a zumbar también…

Y señaló cuatro puntos en el cielo, cuatro bombarderos que en ese momento salían de unas nubes blancas como cisnes. Eran los aparatos de la escuadrilla aérea del mayor Fauntlery, grandes máquinas blindadas.

-¡A los caballos! -gritaron al verlos los jefes del destacamento y se llevaron el escuadrón al trote hacia el bosque. Trúnov, sin embargo, no siguió el escuadrón. Se quedó en el edificio de la estación pegado a la pared y se mantuvo inmóvil. Andriushka Vosmilietov y dos soldados de artillería -dos muchachos descalzos con pantalones de montar rojos- se quedaron a su lado, llenos de ansiedad.

-Ayúdenme con esta cosa, muchachos -les dijo Trúnov y la sangre dejó de correrle por la cara- aquí está mi informe a Pugachov.

Y Trúnov escribió con sus grandes letras de campesino sobre una hoja de papel, oblicuamente:

“Atengo que voy a morir en el día de hoy, considero mi deber colocar dos piezas de la batería para abatir eventualmente al enemigo y, al mismo tiempo, dejar el mando a Semión Gólov, jefe del destacamento”.

Selló la carta, se sentó en el suelo y se quitó, con esfuerzo, las botas.

-Úsenlas ustedes -dijo entregando a los artilleros el informe y las botas-. Aprovéchenlas, son unas botas nuevas…

-Buena suerte, comandante -farfullaron los artilleros, y ponían el peso sobre un pie y luego sobre el otro, como apurados por marcharse.

-Buena suerte, muchachos, a ustedes también -dijo Trúnov- de un modo u otro, muchachos… -Y se dirigió a la ametralladora que se encontraba en un montículo, junto a la garita de la estación. Allí lo esperaba Andriushka Vosmiliétov, el merodeador.

-De cualquier manera… -le dijo Trúnov y se acomodó para hacer puntería con la ametralladora- ¿te quedas conmkigo, Andrei?

-¡Jesús! – contestó Andriushka, sorprendido. Sollozó, se puso pálido y después se echó a reír-. ¡Santa María! -Y enseguida empezó a apuntar al avión con la segunda ametralladora.

Lo aeroplanos volaban sobre la estación en círculos cada vez más estrechos. Crepitaban incesantemente allá arriba y luego bajaban describiendo arcos. El sol del amanecer ponía un reflejo rosa sobre sus alas.

Mientras tanto, nosotros, el cuarto escuadrón, seguíamos en el bosque. Desde allí presenciamos el desigual combate entre Pacha Trúnov y el mayor de la armada americana Reginald Fountleroy. El mayor y sus tres bombarderos demostraron una gran pericia en aquel combate. Descendieron hasta una altura de trescientos metros y ametrallaron primero a Andriushka y luego a Trúnov. Los disparos hechos por los nuestros no causaron ningún daño a la escuadra americana, que desapareció sin advertir la presencia de nuestro escuadrón escondido en el bosque. Por eso pudimos, luego de media hora, ir a buscar los cadáveres. El de Andriushka lo recogieron dos parientes suyos que servían en nuestro escuadrón. A Trúnov, nuestro comandante muerto, lo llevamos nosotros a la gótica Sokal y lo enterramos allí en un lugar de honor, en medio del jardín público, en el corazón de la ciudad.

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