por Pilar Turu
La composición de una
obra artística nos acerca a conocer los intereses del artista y algunos
elementos de la sociedad de su tiempo, por lo que no hay nada como una buena
obra de arte para acercarnos a la lectura de un tiempo pretérito y analizarlo.
Diego Velázquez realiza Las
Meninas siendo pintor de la corte en el año 1656; tiempo en el que reinaba
Felipe IV junto a su esposa Mariana de Austria.
En primera instancia,
vemos en Las Meninas una habitación oscura, llena de cuadros, que nos
remite al coleccionismo que se pone de moda en la época. Una niña con vestido
blanco se encuentra en primer plano y al centro de la composición, atendida por
sus damas de compañía. «Un acto cotidiano con toda la etiqueta que implicaba la
vida de la corte española.»
Se trata de la infanta
Margarita. A la muerte de Isabel de Borbón, la esposa del rey Felipe IV se casa
de nuevo con su sobrina Mariana de Austria (1649). Fruto de este matrimonio
nace la infanta Margarita en 1651. «En este cuadro tiene por lo menos unos
cinco años.»
Las damas que la
acompañan son las Meninas; término que designa a las damas nobles jóvenes que
servían a la reina y las infantas en la corte española. Del siglo XV al siglo
XVIII, las mujeres fueron recibidas de buen grado en el mundo de las cortes.
Detrás del grupo de
mujeres, del lado izquierdo de la obra se encuentra Velázquez, fácilmente
identificable por traer la paleta de colores en una mano y sostener un pincel
en la otra. Con esto se puede apreciar la libertad con la que el artista de la
época barroca puede experimentar el arte a su gusto, con la técnica que desee,
poniendo énfasis en lo que lo requiera y representando el respeto hacia el
artista.
La profundidad de la obra
permite sentir el espacio que hay entre las figuras y el fondo. El manejo de la
proporción y la composición es evidencia del legado del Renacimiento, sus
aportes no quedaron lejos.
Detrás de las cinco
figuras del primer plano, al lado derecho se reconoce una monja por el hábito
que usa. Esta representación simboliza la importancia del catolicismo en la
época, ya que se le da su espacio dentro de la composición.
Hay otro elemento de gran
importancia en el cuadro: el espejo del fondo donde tantas veces se ha
especulado que el reflejo que se observa es el de los mismos reyes, quienes
estarían siendo retratados. «El espejo nos muestra lo que Velázquez oculta:
está pintando a los reyes.»
Es irónico que Velázquez
haya representado a los reyes manera tan diminuta pues la figura del rey se
glorificaba en el barroco y en este cuadro da la impresión de ser minimizado.
Es más importante en este caso la representación de la infanta Margarita y sus
meninas pues al estar en el centro se convierten en el núcleo pero no por ello
deja de ser importante el resto de la composición.
Si se toma en cuenta que
la infanta era la única esperanza de descendencia monárquica tras haber muerto
el barón Baltasar Carlos en 1646, y que la escena de la obra está ubicada en la
habitación del difunto y no en el estudio del artista Velázquez, hace que la
presencia del rey sea importante como algo simbólico o alegórico dentro de la
obra. Todos están atentos a ella, y hasta puede que los representados reyes en
el fondo estuvieran también mirándola con un aire de incertidumbre.
El espejo a modo de
“vanitas” podría representar la fugacidad de la vida; hoy te ves pero mañana no
lo harás y lo único que se proyecta en un espejo es el cuerpo material y en
este caso son los reyes los que se proyectan en este espacio. El arte
permanece, el cuerpo y el reflejo desaparecen.
Referencias:
Bandrés Oto, Maribel. La
moda en la pintura de Velázquez; Usos y costumbres del siglo XVII.
Pamplona: EUNSA S.A., 2002
Sanmartín, Ricardo. Meninas,
espejos e hilanderas; Ensayos en antropología del arte. Madrid: Editorial
Trotta, S.A., 200
(10-9-2014)






















No hay comentarios:
Publicar un comentario