2 / EL ENCUENTRO CON LA DIOSA (2)
La imagen recordada no es
sólo benigna, sin embargo, también es la madre “mala”: 1) la madre ausente, inalcanzable, en contra de quien se dirigen
las fantasías agresivas y de quien se teme una igual respuesta agresiva; 2) la madre que obstaculiza, que prohíbe,
que castiga; 3) la madre que se
apodera del niño que crece y trata de huir; y finalmente 4) la madre deseada pero prohibida (complejo de Edipo) cuya presencia
es una incitación a los deseos peligrosos (complejo de castración), estas imágenes
persisten en la tierra escondida del recuerdo de la infancia del adulto y a
veces se convierten en la fuerza más poderosa. Está en la raíz de esas
inalcanzables y grandes figuras de diosa, como la casta y terrible Diana, que
al realizar la destrucción del joven cazador Acteon ilustra el soplo de temor
contenido en esos símbolos del deseo reprimido de la mente y del cuerpo.
Acteón tuvo la
oportunidad de ver a la peligrosa diosa al mediodía, el momento fatal en que el
sol detiene su ascensión poderosa y juvenil, se equilibra y empieza su marcha
misma hacia la muerte. Acteón había dejado a sus compañeros descansando con los
perros ensangrentados, después de una mañana de perseguir a la caza, y sin
ninguna finalidad consciente había avanzado y traspasado sus habituales lugares
de caza y había penetrado en los bosques vecinos. Descubrió un valle espesamente
poblado de cipreses y pinos. Entró lleno de curiosidad en su espesura. Había una
gruta bañada por una fuente suave y borboteante y con una corriente que se
abría en un estanque bordeado de césped. Este sombreado escondrijo era el refugio
de Diana, que en ese momento se bañaba en medio de sus ninfas, completamente desnuda.
Había dejado en la orilla su lanza de caza, su aljaba, su arco flojo, sus
sandalias y su túnica. Una de sus ninfas desnudas había anudado sus cabellos,
otras derramaban agua desde unas grandes urnas.
Cuando el joven y errante
varón entró en el agradable refugio, un alarido de terror femenino se levantó,
y los cuerpos se amontonaron alrededor de su ama, tratando de esconderla de los
ojos profanos. Pero la cabeza y los hombros de ella sobresalían. El joven había
visto y seguía viendo. Ella buscó su arco con la mirada, pero estaba fuera de
su alcance, de manera que rápidamente tomó lo que tenía más a mano, que era
agua, y la echó en la cara de Acteón. “Ahora ya eres libre de decir, si puedes
-le gritó enfurecida-, que has visto a la diosa desnuda”.
Le salieron astas en la
cabeza. Su cuello se volvió grueso y largo, las puntas de sus orejas se
afilaron. Los brazos se convirtieron en patas, y las manos y los pies en
cascos. Aterrorizado, huyó, y se maravilló de poder moverse con tanta rapidez.
Pero cuando se detuvo para tomar aliento y beber y vio su figura reflejada en
una fuente transparente se hizo atrás, estupefacto.
Un terrible destino cayó
sobre Acteón. Sus propios mastines olfatearon el gran ciervo y acudieron
aullando por el bosque. En un rapto de júbilo al escucharlos hizo una pausa,
luego, espontáneamente se aterrorizó y huyó. Lo siguieron y gradualmente lo
alcanzaron. Cuando habían llegado a sus talones y el primero voló a su flanco,
él quiso gritar sus nombres, pero el sonido de su garganta no era humano. Lo
apresaron entre sus fauces. Cayó y sus propios compañeros de caza, azuzando a
los perros, llegaron a tiempo para rematarlo. Diana, que milagrosamente estaba
enterada de su fuga y muerte, podía ahora descansar en calma. (30)
Notas
(30) Ovidio, Metamorfosis, III, 138-252.























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