1º edición WEB: elMontevideano
Laboratorio de Artes / 2018
DEL BARRIO 3
Camuflados entre una hilera de árboles esperaban los dos guardaespaldas de
Darío: blancos y fornidos, con sus cabezas desnudas como torres de mármol al
sol.
El Mancuerna sintió el placentero pinchazo de la aguja en su dedo índice y
el azulado alivio del delirio pasó corriendo por sus venas rumbo al cerebro. Su
columna vertebral se tensó en su máxima capacidad obligándolo a ofrecer toda su
cara al cielo. El efecto pasó luego de siete segundos. Se sacudió y le sonrió a
Morales. Aunque su compañero no se drogaba, tampoco juzgaba a quien se
entregaba a una felicidad tan fácil como inmediata.
-¿El jefe sigue adentro?
-¿Vos lo viste salir?
-Siempre me hacés reír, Morales. ¿Creés que va a demorar mucho?
-Nunca se sabe. Puede estar tranquilo teniendo una charla amigable como
puede de pronto enloquecerse y terminamos limpiando un cadáver.
-Cómo me embola operar.
Los dos gorilas amaestrados esperaban al lado de una casa sana. Esta casa era
parte de un grupo de viviendas ubicadas en las costillas del barrio donde viven
algunos funcionarios estatales que no aguantan el olor a barrio.
Esta casa sana tenía la fachada de piedra y un discreto aunque coqueto
jardín, mérito digno de una mujer que no tiene otra cosa que hacer. Pero el
problema no es ella, el problema es su marido: el tercer juez más corrupto que
ha habido en la historia del barrio.
Darío cruzó sonriente la puerta y se despidió exageradamente cariñoso del
hombre con camisa a cuadros y de la señora de rulos teñidos.
-Nos vamos.
-¿Cómo le fue, señor?
-Ay, Mancuerna, Mancuerna. Se nos va a poner más divertido el barrio.
-¿Por qué, señor?
-El Juez Recio se va y viene uno nuevo. Un tal Cortez: un idealista.
-Vamos a tener que darle una cálida bienvenida ni bien se aparezca. No
sería justo que se quede sin conocer las ventajas del lugar a donde se vino.
-¿Volvemos a la mansión?
-No, Morales. Vamos al banco. Y agarrá por el centro que quiero ver cómo
anda la cosa.
-Como ordene.
Darío hacía y deshacía a su antojo dentro del barrio: era dueño de la droga
y por eso también del dinero y de la felicidad (o ese carísimo espejismo que
vendía para reemplazarla). Nadie se iba a atrever nunca a bajar los vidrios de
su limusina para ver qué pasaba ahí adentro. Sin embargo, una vez un abogado de
afuera del barrio le dijo que por las dudas tampoco se regalara. Más allá del
charquito que es el barrio mandan tiburones y calamares. Un pez gordo como él
caería de un solo bocado. “Si alguno llega a darse una vuelta, está bueno que
todo esté prolijamente acomodado, ¿me entendés?”. Sí, lo entendía perfecto. No
daba para regalarse cuando le era tan fácil pasarle a todo una manito de
barniz.
Después de unos pocos minutos a una marcha deliberada y estorbantemente lenta,
llegaron a su banco. (El que emprolijaba un poquito los números de Darío.) No
era más que un bancucho de barrio que ofrecía préstamos accesibles para la
clase media que quería comprar alguna televisión, invertir en la educación de algún
hijo o quién sabe qué otra banalidad. Encima, estaba tan insegura la cosa que
cada tanto se lo asaltaban. Diga que los chorros eran los mismos que media hora
después estaban en alguna boca comprándole droga y rellenándole los bolsillos
apenas vaciados.
Cuando el jefe cruzó la puerta secundado por sus matones, todos los
empleados se irguieron en sus sillas como suricatos entre la sabana. Todos
saludaron respetuosos pero Darío ni siquiera necesitaba disimular su falta de
interés en aquel negocio. Sus carcajadas vibraron en el aire mientras levantó
algún papel o besó alguna mano femenina.
Veintitrés años atrás, Darío daba saltos contentos por esa misma vereda.
Iba de la mano fuerte de Luz (esa niña una vez viajó en familia, después vagó
sola y ahora caminaba con él). Luz era muy divertida y siempre lo estaba
cuidando. A cada rato se pasa un labial violeta por la sonrisa y ahora también
por algunos mechones de pelo. Le encanta bailar y siempre bailaban para asustar
al frío.
“¿Falta mucho para encontrar a Raúl?” le había preguntado a su hermana. “Nosotros
somos los mejores rastreadores del barrio, seguro lo encontramos en cualquier
momento”. Darío era demasiado chico en aquel momento para darse cuenta que le
mentía.
Siguieron caminando otro rato hasta que se chocaron con la cortina de vapor
que formaba su frío en el aire: era él. Hecho un enorme ovillo de persona
tirado al costado de la calle.
Rebotó en un segundo al verlos y casi los rompe con un abrazo.
-Raúl. No sabés lo que pasó. Te necesito.
-No te preocupes. Nunca más van a estar solos. Nunca más les va a faltar
nada.
Luz no escuchaba algunas de sus palabras porque tenía los oídos todavía
tapados por el abrazo. Pero se sentía ingrávida del alivio. Lo habían logrado.
-Te buscamos por todos lados: ¿dónde estabas?
-Preso.
El enorme Raúl Brazas vio los labios tiritantemente violetas y los mechones
coloreados por tanto frío. Vio también el labial vacío en la mano de la niña y
los ojos todavía inocentes de Darío más abajo. Apretó a los niños con más
fuerza en el abrazo. “Ya no vas a necesitar esto” le susurró sacándoselo con
delicadeza. “Ya nunca más vas a tener que esconderte el frío”.
El labial casi desapareció entre su mano gigantesca. Lo tiró en la base de
un árbol. Darío lo levantó como en un juego sin que lo vieran y lo guardó en el
bolsillo. No iba a entender lo que era sino hasta muchos años después. Y no lo
volvería a mostrar sino hasta cuando Mamá Lucha estuviera al borde de matarlo
de un balazo.























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