domingo

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (12) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018

DEL BARRIO 3

Camuflados entre una hilera de árboles esperaban los dos guardaespaldas de Darío: blancos y fornidos, con sus cabezas desnudas como torres de mármol al sol.

El Mancuerna sintió el placentero pinchazo de la aguja en su dedo índice y el azulado alivio del delirio pasó corriendo por sus venas rumbo al cerebro. Su columna vertebral se tensó en su máxima capacidad obligándolo a ofrecer toda su cara al cielo. El efecto pasó luego de siete segundos. Se sacudió y le sonrió a Morales. Aunque su compañero no se drogaba, tampoco juzgaba a quien se entregaba a una felicidad tan fácil como inmediata.

-¿El jefe sigue adentro?

-¿Vos lo viste salir?

-Siempre me hacés reír, Morales. ¿Creés que va a demorar mucho?

-Nunca se sabe. Puede estar tranquilo teniendo una charla amigable como puede de pronto enloquecerse y terminamos limpiando un cadáver.

-Cómo me embola operar.

Los dos gorilas amaestrados esperaban al lado de una casa sana. Esta casa era parte de un grupo de viviendas ubicadas en las costillas del barrio donde viven algunos funcionarios estatales que no aguantan el olor a barrio.

Esta casa sana tenía la fachada de piedra y un discreto aunque coqueto jardín, mérito digno de una mujer que no tiene otra cosa que hacer. Pero el problema no es ella, el problema es su marido: el tercer juez más corrupto que ha habido en la historia del barrio.

Darío cruzó sonriente la puerta y se despidió exageradamente cariñoso del hombre con camisa a cuadros y de la señora de rulos teñidos.

-Nos vamos.

-¿Cómo le fue, señor?

-Ay, Mancuerna, Mancuerna. Se nos va a poner más divertido el barrio.

-¿Por qué, señor?

-El Juez Recio se va y viene uno nuevo. Un tal Cortez: un idealista.

-Vamos a tener que darle una cálida bienvenida ni bien se aparezca. No sería justo que se quede sin conocer las ventajas del lugar a donde se vino.

-¿Volvemos a la mansión?

-No, Morales. Vamos al banco. Y agarrá por el centro que quiero ver cómo anda la cosa.

-Como ordene.

Darío hacía y deshacía a su antojo dentro del barrio: era dueño de la droga y por eso también del dinero y de la felicidad (o ese carísimo espejismo que vendía para reemplazarla). Nadie se iba a atrever nunca a bajar los vidrios de su limusina para ver qué pasaba ahí adentro. Sin embargo, una vez un abogado de afuera del barrio le dijo que por las dudas tampoco se regalara. Más allá del charquito que es el barrio mandan tiburones y calamares. Un pez gordo como él caería de un solo bocado. “Si alguno llega a darse una vuelta, está bueno que todo esté prolijamente acomodado, ¿me entendés?”. Sí, lo entendía perfecto. No daba para regalarse cuando le era tan fácil pasarle a todo una manito de barniz.

Después de unos pocos minutos a una marcha deliberada y estorbantemente lenta, llegaron a su banco. (El que emprolijaba un poquito los números de Darío.) No era más que un bancucho de barrio que ofrecía préstamos accesibles para la clase media que quería comprar alguna televisión, invertir en la educación de algún hijo o quién sabe qué otra banalidad. Encima, estaba tan insegura la cosa que cada tanto se lo asaltaban. Diga que los chorros eran los mismos que media hora después estaban en alguna boca comprándole droga y rellenándole los bolsillos apenas vaciados.

Cuando el jefe cruzó la puerta secundado por sus matones, todos los empleados se irguieron en sus sillas como suricatos entre la sabana. Todos saludaron respetuosos pero Darío ni siquiera necesitaba disimular su falta de interés en aquel negocio. Sus carcajadas vibraron en el aire mientras levantó algún papel o besó alguna mano femenina.

Veintitrés años atrás, Darío daba saltos contentos por esa misma vereda. Iba de la mano fuerte de Luz (esa niña una vez viajó en familia, después vagó sola y ahora caminaba con él). Luz era muy divertida y siempre lo estaba cuidando. A cada rato se pasa un labial violeta por la sonrisa y ahora también por algunos mechones de pelo. Le encanta bailar y siempre bailaban para asustar al frío.

“¿Falta mucho para encontrar a Raúl?” le había preguntado a su hermana. “Nosotros somos los mejores rastreadores del barrio, seguro lo encontramos en cualquier momento”. Darío era demasiado chico en aquel momento para darse cuenta que le mentía.

Siguieron caminando otro rato hasta que se chocaron con la cortina de vapor que formaba su frío en el aire: era él. Hecho un enorme ovillo de persona tirado al costado de la calle.

Rebotó en un segundo al verlos y casi los rompe con un abrazo.

-Raúl. No sabés lo que pasó. Te necesito.

-No te preocupes. Nunca más van a estar solos. Nunca más les va a faltar nada.

Luz no escuchaba algunas de sus palabras porque tenía los oídos todavía tapados por el abrazo. Pero se sentía ingrávida del alivio. Lo habían logrado.

-Te buscamos por todos lados: ¿dónde estabas?

-Preso.

El enorme Raúl Brazas vio los labios tiritantemente violetas y los mechones coloreados por tanto frío. Vio también el labial vacío en la mano de la niña y los ojos todavía inocentes de Darío más abajo. Apretó a los niños con más fuerza en el abrazo. “Ya no vas a necesitar esto” le susurró sacándoselo con delicadeza. “Ya nunca más vas a tener que esconderte el frío”.

El labial casi desapareció entre su mano gigantesca. Lo tiró en la base de un árbol. Darío lo levantó como en un juego sin que lo vieran y lo guardó en el bolsillo. No iba a entender lo que era sino hasta muchos años después. Y no lo volvería a mostrar sino hasta cuando Mamá Lucha estuviera al borde de matarlo de un balazo.

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