
TANTAS VECES ME MORÍ
H. G. V.
En la década de los 60 empezó a circular entre nosotros la delicadeza de una música imposible de borrar.
Y los primeros hipnotizados fueron los niños, que llevan medio siglo nutriéndose con la magia de un universo mítico creado por una trovadora -a ella le gustaba definirse como cupletista- de extraordinaria ubicuidad estilística y genérica.
Porque más acá o más allá de sus textos escritos para ser leídos, la apoyatura histórica o el territorio discursivo donde calan las canciones de María Elena Walsh sólo pueden compararse, en lo relativo a su gracia de altura extraepocal, con los de Violeta Parra.
Y al poco tiempo también asistimos a la relampagueante popularización de composiciones escritas para todas las edades -Serenata para la tierra de uno, Como la cigarra, Canción del caminante, Los ejecutivos- que terminaron siendo versionadas por intérpretes de la calidad y la garra de Mercedes Sosa, Tita Merello o Susana Rinaldi.
En las misas se corea hace medio siglo, por ejemplo:
Porque el camino es árido y desalienta / porque tenemos miedo de andar a tientas / porque esperando a solas poco se alcanza / valen más dos temores que una esperanza. / Dame la mano y vamos ya.
Y en las trincheras anti-lobby cada vez tiene más vigencia la ironía siempre guerrera de una capitana del vuelo que, como Wolgfang Amadeus, jamás hirió el oído de nadie:
El mundo nunca ha sido para todo el mundo / mas hoy al parecer es de un señor / que en una escalerita de aeropuerto / cultiva un maletín pero ninguna flor. (…) El mundo siempre fue de algunos elegidos / y hoy es para el que elige lo mejor / dinámico y rodeado de azafatas / sacrificándose por un millón o dos. / Como él tiene de todo menos tiempo / nos aconseja por televisión / ahorrar para tener status en la muerte / la eternidad en un reloj. / Ay qué vivos / son los ejecutivos / qué vivos que son / del sillón al avión / del avión al salón / del harén al edén / siempre tienen razón / y además tienen la sartén / la sartén por el mango y el mango también.
Pero tal vez la máxima grabación en la piedra de la verdad invencible que nos legó esta maga digna de Cortázar pueda sintetizarse en tres estrofas:
Tantas veces me mataron / tantas veces me morí / sin embargo estoy aquí / resucitando. / Gracias doy a la desgracia / y a la mano con puñal / porque me mató tan mal / y seguí cantando. / Cantando al sol como la cigarra / después de un año bajo la tierra / igual que sobreviviente / que vuelve al guerra.
No es tan fácil reinar donde se erige el arquetipo de la Humanidad Nueva, señores tiburones aspirantes a aletear entre las redes del consumismo salvaje.
H. G. V.
En la década de los 60 empezó a circular entre nosotros la delicadeza de una música imposible de borrar.
Y los primeros hipnotizados fueron los niños, que llevan medio siglo nutriéndose con la magia de un universo mítico creado por una trovadora -a ella le gustaba definirse como cupletista- de extraordinaria ubicuidad estilística y genérica.
Porque más acá o más allá de sus textos escritos para ser leídos, la apoyatura histórica o el territorio discursivo donde calan las canciones de María Elena Walsh sólo pueden compararse, en lo relativo a su gracia de altura extraepocal, con los de Violeta Parra.
Y al poco tiempo también asistimos a la relampagueante popularización de composiciones escritas para todas las edades -Serenata para la tierra de uno, Como la cigarra, Canción del caminante, Los ejecutivos- que terminaron siendo versionadas por intérpretes de la calidad y la garra de Mercedes Sosa, Tita Merello o Susana Rinaldi.
En las misas se corea hace medio siglo, por ejemplo:
Porque el camino es árido y desalienta / porque tenemos miedo de andar a tientas / porque esperando a solas poco se alcanza / valen más dos temores que una esperanza. / Dame la mano y vamos ya.
Y en las trincheras anti-lobby cada vez tiene más vigencia la ironía siempre guerrera de una capitana del vuelo que, como Wolgfang Amadeus, jamás hirió el oído de nadie:
El mundo nunca ha sido para todo el mundo / mas hoy al parecer es de un señor / que en una escalerita de aeropuerto / cultiva un maletín pero ninguna flor. (…) El mundo siempre fue de algunos elegidos / y hoy es para el que elige lo mejor / dinámico y rodeado de azafatas / sacrificándose por un millón o dos. / Como él tiene de todo menos tiempo / nos aconseja por televisión / ahorrar para tener status en la muerte / la eternidad en un reloj. / Ay qué vivos / son los ejecutivos / qué vivos que son / del sillón al avión / del avión al salón / del harén al edén / siempre tienen razón / y además tienen la sartén / la sartén por el mango y el mango también.
Pero tal vez la máxima grabación en la piedra de la verdad invencible que nos legó esta maga digna de Cortázar pueda sintetizarse en tres estrofas:
Tantas veces me mataron / tantas veces me morí / sin embargo estoy aquí / resucitando. / Gracias doy a la desgracia / y a la mano con puñal / porque me mató tan mal / y seguí cantando. / Cantando al sol como la cigarra / después de un año bajo la tierra / igual que sobreviviente / que vuelve al guerra.
No es tan fácil reinar donde se erige el arquetipo de la Humanidad Nueva, señores tiburones aspirantes a aletear entre las redes del consumismo salvaje.






















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