lunes

IMAGINERÍAS / RUTH PASEYRO

MERENGUES PARA LA HORA DEL TÉ

Nos conocimos de vernos a través del ventanal de la confitería. Todos los días a media tarde voy a tomar un cortado y a disfrutar del río humano. Su elegancia me atrajo desde una boina color miel y el bastón en la mano derecha. Una sonrisa le atraviesa el tejido de los años. Camina con la parsimonia del que sabe adónde va. Cada vez que aparece en el visor me busca con complicidad: de esta sencilla forma comenzamos nuestra relación.

Todas las tardes viene a buscar los merengues que tanto le siguen gustando a Julio y a ella para la hora del té. Julio murió hace quince años y esta rutina hace que Aurora pueda compartir con él la dulzura inmortal.

El día es una noria hasta que comienzan los preparativos para el té. Aurora recobra vida cuando revuelve el almirez de las ilusiones y el pasado la atropella. Elige el vestuario: para festejar el sol o combatir las nubes. Prepara su alma. Maquilla su ánimo. Se detiene en su boca: al acariciarla con el labial siente una vez más la admiración de Julio. Lirio trémulo. Luego prepara el escenario del encuentro. Mantel de fino hilo y piezas de porcelana navegando. En medio del atolón un plato-cielo vacío esperando los tiernos merengues. Antes de salir se empurpura con la capa y guarda su cabeza en la boina color miel. Su mano rescata el bastón del paragüero.

La vereda se le ofrece. Recorre las dos cuadras y cuando llega a la confitería me descubre sentado en la mesa de la derecha y me sonríe. Estoy aquí: piedra lamida por el agua. Las empleadas parecen conocerla desde siempre. Algunas hasta creen recordar a Julio. Aurora no habla de él. Sus encuentros tarde a tarde son su arcano.

Hoy también vine a verla pasar. No puedo dejar de hacerlo: irrumpe en el ventanal maquillada con la discreción de lo natural y una sonrisa rojo-amor. El paquete que lleva en la mano izquierda es un péndulo que alienta el reloj de su corazón. Promesa de ternura compartida. Está feliz, se va a encontrar con Julio a la hora del té. Me sonríe, cómplice. Me trepo a su sueño, me voy con ella y desde aquí vivo el encuentro.

Entrando a su casa se quita el abrigo y mira la mesa. Julio no ha llegado. Acomoda los merengues en el plato y se sienta a esperarlo. Aurora se desliza por los bucles de clara cocida. Cristalinas gotas de ámbar denuncian excesiva dulzura.
Los veo a los dos sentados a la mesa y conversando. Aurora intenta tocarlo. El contacto con el mantel hace que retire la mano bruscamente.

Han entrado a formar parte de mi vida y no quiero que sea así. Tengo miedo. En este juego me metí solo. Desde hace más de un año vengo a verla pasar. Los fines de semana la confitería cierra y los extraño. Creo que estoy a tiempo de terminar con esto.

Hace dos semanas que no vengo a la confitería. La veo entrar al cristal: Aurora me mira y desaparece sonriendo. Una mano golpea mi hombro. Cuando me doy vuelta ella pone un índice sobre mis labios.
-¿Cómo está? -casi suspira. -Hace muchos días que no lo veo. Con Julio lo extrañamos a la hora del té.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente, me gusto mucho. Nora

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