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lunes

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (14)



CÓMO ESCRIBÍ “UNO”

“Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias
Sabe que la lucha
es cruel y es mucha
pero lucha
y se desangra
por la fe que lo empecina
…Pro un frío cruel
que es peor que el odio
maldijo para siempre y me robó
toda ilusión…”

En aquellos días estaba raro… No sé… No sé en realidad qué diablos me pasaba. Me había entrado de pronto una melancolía inexplicable. Yo, que generalmente tengo buen humor, estaba insoportable.  ¡Quería pelearme con todo el mundo!... ¡Fue una temporada terrible! En casa, un poco alarmados, llamaron al médico. No tenía nada… Estaba sano. El médico -pobrecito- me aconsejó lo de siempre: que dejara de fumar, que dejara de beber, que dejara de acostarme tarde… Y yo seguí fumando, bebiendo, acostándome tarde. Porque lo que yo tenía era vejez, cansancio… cansancio de vivir…. Estaba raro… Era cansancio de todo… En ese momento me hubiera gustado hablar de otra manera, respirar de otra manera, caminar al revés… qué sé yo. Me molestaba el tránsito, las bocinas, los gritos de los vendedores… ¿Qué era eso? En el fondo y en esencia era hartazgo. Las gentes se hartan y valga la paradoja: los necesitados, son los que abandonan por hartazgo.

La mayor miseria no es la del pan. Hay una miseria igual, en veinte estados del hombre. En la vida de relación, en la esperanza, en la ambición, en el amor frustrado… Y eso cuando se percibe y se padece, va minando… destruyendo… desolando…

Yo soy un hombre de grandes amores, no de grandes pasiones, de grandes amores. Y el hombre que ama con la nobleza con que yo amo siempre -y sé bien que hay millones como yo- tiene fatalmente caídas en la desesperación profunda, como la que yo tuve en “Uno”, canción que respeté en su salvajismo poético, con el respeto que merecen los caídos cuando se pasa lista.

El hombre nace para vivir y la vida es un premio. Pero la vida hace del hombre una víctima sencilla. Debe cumplir con historias, sostener presentes… y labrar un porvenir… Y entonces el hombre entra en una teoría de obligaciones dramáticas que lo llevan a la más absurda negación… Se llena de obligaciones que lo empequeñecen para la lucha y lo entristecen para la ambición. Y se va negando… deshaciendo… enfriando… Quizás sea exagerada pero salvaje -repito- la imagen de “si yo tuviera el corazón…” pero hay que vivir para entender eso y vivir intensamente, como viven tantos seres en mi tierra y en otras tierras. La gente de nuestro siglo sufre mucho. Es un período terrible y precioso. El hombre ha pasado de la vela se sebo a la televisión. Ha sufrido una variante fundamental desde el punto de vista mental. Y en cambio, desde el fisiológico, sigue atado a la tierra como el mono cuando bajaba del árbol con el coco en la mano. En un instante el telégrafo le dice que perdió todo… que ganó todo… que lo volvió a perder. Y en cambio el cuerpo, atado a la tierra, necesita media hora para hervir el agua, media hora para hervir los fideos, veinte minutos para comerlos y una hora y media para digerirlos. Y el telégrafo sigue diciendo que lo perdió… que lo ganó… que lo perdió… que lo ganó…

Y así como la variante de un número cambia la suma, la vida del hombre moderno, hermosa y trágica, es un juego de ilusión y de agonías que desgastan la esperanza… Lo sabido… lo deseado… lo querido… Porque no hay nada que sea tan horrendo como no creer. Ni tan triste, ni tan hondo. Es como el pozo profundo de todos los sueños.

Recuerdo aquel estado especial de mi espíritu para justificar esa amargura de “Uno” que muchos amigos dijeron que resultaba tremenda y desoladora. Tal vez tengan razón… pero yo estuve muchas veces “solo en mi dolor” y “ciego en mi penar”… Y aquello de “punto muerto de las almas” no es pura invención literaria…

La desilusión amarga del que no puede amar, aun queriendo amar, no había sido tratada todavía. Yo aprendí en aquellos días que la gente sería inmensamente feliz si pudiera no presentir. La música me lo gritaba. El motivo de la letra brotó en aquellos días raros que tuve. Los versos los escribí algún tiempo después. Así nació “Uno”. (16)


Notas

(1) Radio Belgrano, noviembre 1947.

domingo

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (13)



CÓMO ESCRIBÍ “DESENCANTO”

“Qué desencanto más hondo…
qué desconsuelo brutal
… Qué ganas de echarse en el suelo
y ponerse a llorar
cansado
de ver la vida que siempre se burla
y hace pedazos mi canto y mi fe…”

La historia de “Desencanto” está ligada a la historia de un gran amigo: “el negro Techera”.

¡Pobre negro!... La vida nos descruzó los caminos y sin motivo alguno dejamos de vernos, pero sin que nuestro afecto disminuyera… Y un día, al promediar la mañana, cuando yo estaba empeñado en componer un tango para una película ya en filmación, me llega una noticia tremenda, una noticia horrible: se está muriendo el negro Techera… Vuelo hasta su casa, allá por Flores, en la calle Portela y allí está “el negro”, muriéndose… ¡Pobre Techera! Me habían llamado para pedirme tres cosas. Dos de ellas terriblemente absurdas y la tercera terriblemente humana… Los dos primeros pedidos eran absurdos, fuera de toda lógica, concebibles solamente en ese momento ilógico que precede a todas las muertes. Si los contara provocaría risa y el recuerdo de Techera no merece semejante afrenta… Solamente diré que aquellos pedidos eran tan grotescamente absurdos como pedir, por ejemplo, un vaso de leche en una ferretería o preguntarle a un guardia de tranvía si cree en el más allá… Recuerdo que fueron cuarenta y ocho horas vacías y negras que me desasosegaron, porque yo quería de verdad a Techera… El director de la película me urgía para que le entregara la composición y hasta llegó a darme un plazo de tres días, pero era imposible componer canción alguna… ¿Cómo pensar en esos momentos terribles? ¿Cómo sentarse al piano? ¿Cómo escribir una sola línea?... En aquellos días de locura, cuando los minutos tenían realmente importancia, me volví raro conmigo mismo. Sí… Yo, que nunca duermo de noche, tenía sueño. Yo, que nunca tengo apetito, tenía un hambre terrible… Empezó entonces el esfuerzo físico para no dormirme… El cigarrillo, la copa de whisky, la salida al balcón, todo en plural, porque eran “los” cigarrillos, “las” copas de whiskies, “las” salidas al balcón… Y en ese juego de copas, tabaco y sueño, se agudizaron recuerdos, heridas, imágenes. Así nació finalmente “Desencanto”.

La muerte del negro Techera, amigo increíble, tuvo una enorme participación en ese tango… Su delirio tenía una sola preocupación: el engaño con que la vida lo había castigado. Sonreía reprochándoselo a su propia madre, muerta hacía mucho. Por eso hay una frase en la canción que lo señala:

“Oigo a mi madre aún
la oigo engañándome
porque la vida me negó
las esperanzas
que en la cuna me cantó”

“Desencanto” nació así: goteando madrugadas, cansancio, nervios… Y en sus versos encerró el drama del pobre amigo que acababa de morir:

“La vida es tumba de ensueños
con cruces que, abiertas
preguntan: Pa’ qué?” (15)


Notas

Radio Belgrano, noviembre 1947

lunes

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (12)



CÓMO ESCRIBÍ “CONDENA”

Yo quisiera saber
qué destino brutal
me condena al horror
de este infierno en que estoy…”


Yo he querido pintar la situación de un hombre que está pobre, caído, sin recursos, no teniendo nada y ambicionándolo todo. He querido colocar a ese hombre ante el mundo, viendo pasar la vida que sonríe, el dinero que corre, los placeres que nublan, mientras se retuerce en la impotencia de ver que no son para él. He visto tantas veces en la calle al hombre de traje raído, de cara desencajada, de andar medroso que ve pasar a una mujer envuelta en crujir de sedas y se muerde pensando que será de otro, de cualquier otro, menos de él. Y el automóvil que pasa brillando de insolencia y que nunca podrá ser para él. Y he sentido el dolor de este hombre que está como en un cepo, debatiéndose en la impotencia, en la envidia y el fracaso. Ese enorme y concentrado dolor del hombre encadenado a su triste destino, frente a la felicidad que pasa sin tocarlo, es lo que he querido hacer, llegar bien y hondo, pero sin llorar. (14)


Notas
La Nación, enero 1931.

domingo

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (11)



CÓMO ESCRIBÍ “CANCIÓN DESESPERADA”

“Soy una canción desesperada
hoja enloquecida en el turbión
……..
Dentro de mí mismo me he perdido
ciego de llorar una ilusión
……..
¿Por qué me enseñaron a amar
si es volcar sin sentido, los sueños al mar?”

Mallorca es una isla que seguramente se le cayó a Dios de las alforjas. Porque aquello es maravilloso: el mar, el cielo limpísimo, una fiesta de azahares, de perfume, de verde tierno.

Cuando llegamos, alguien nos recomendó visitar el monasterio de Valdemosa, donde vivieron sus atormentados amores George Sand y Federico Chopin.

Salimos en el atardecer de un día maravilloso. El monasterio está a regular distancia de Palma. Resolvimos hacer el viaje a pie, por senderos de piedra que van ascendiendo en la montaña. La excursión se puso entonces seria. Se acercó la noche y comenzamos a divisar allá, a lo lejos, las paredes del monasterio… desnudas, tétricas, horribles… Acaso más horribles porque llevábamos los ojos cargados del paisaje verde que habíamos dejado atrás… La ascensión comenzó a hacerse cada vez más difícil y pesada… Rato después entramos al monasterio y tuve la impresión de que nos estábamos introduciendo en una tumba.

Aquello era despiadadamente triste… Tal vez haya influido en mi ánimo el recuerdo de aquel pobre músico que tuvo que confinar su enfermedad en ese apartado rincón de la isla… Recuerdo que recorrí los corredores penumbrosos y húmedos y no podía dejar de pensar que por allí, arrastrando su tos, había andado Chopin… Me imaginé la angustia de aquel hipersensible condenado a esconder su enfermedad en ese monasterio despiadado y sin poesía… acosado por las dos fiebres terribles: la del cuerpo y la de la creación… y componiendo, componiendo con locura, con esa locura de los condenados a morirse, a los que nunca les alcanza el tiempo para terminar la obra… Entré al cuarto que ocupó Chopin y aquello me produjo una impresión terrible. Penetré allí con una unción casi religiosa… Era casi una celda. Frente a su puerta estaba el cementerio del convento… Todo era descarnado, sin alma… las paredes… los escasos muebles… Pero allí estaba el piano, el pequeño piano… Me acerqué y levanté la tapa. Hice jugar inconscientemente mis dedos sobre las teclas amarillentas y envejecidas… El piano era lo único que tenía alma en aquel conjunto de cosas inanimadas. Yo creo en el alma de los instrumentos. Todos los instrumentos tienen alma. Allí, inmutable al tiempo, a la distancia, a todo, estaba el piano que utilizó Federico Chopin… Todo estaba muerto, menos el piano. El piano, cuyas notas, en aquel silencio impresionante, sonaron con algo de grito, de angustia, qué sé yo… Me impresioné… Lo confieso lealmente… Aquel no era el encuentro con un piano cualquiera. Estaba nada menos que acariciando las teclas que antes que yo habían acariciado las manos prodigiosas de Federico Chopin. Ello aparte, el silencio, la noche entrando por los corredores del convento y el viento afuera; un viento desesperante, angustioso, crearon en mí un estado especial de ánimo que no puedo definir exactamente… De pie, sin siquiera sentarme, esbocé siete o nueve compases de una canción que se me ocurrió angustiosa, desesperante, como ese viento que golpeaba implacablemente los maderos de aquella celda. Eso fue todo. Apenas unos compases. Y una suerte de pudor contuvo mis dedos.

Durante mucho tiempo olvidé el motivo de aquella canción. Y ella nació después, en Buenos Aires, pero bajo el motivo de aquellos compases que resonaron por primera vez en el Monasterio de Valdemosa.

Luego, pensando en aquel pobre músico torturado, en su creación angustiosa entre la enfermedad y la muerte, la titulé así: “Canción desesperada”. Porque yo no diría que las canciones de Chopin son inolvidables, sino que son desesperadas. (13)


Notas

(13) Radio Belgrano 27 / 11 / 47.

martes

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (10)



CÓMO ESCRIBÍ “CARILLON DE LA MERCED”


“Tu canto como yo
se cansa de vivir
y rueda sin saber
dónde morir”

Fue allá por los años treinta. Atravesé la cordillera impulsado por esa fiebre de andar que de tiempo en tiempo me acosa. Viajé junto a una compañía teatral que integraban entre otros, Tania, Carmen Lamas, Tito Lusiardo, y en la que iban, en calidad de autores, Alfredo Le Pera y Manuel Sofovich. Y allí, en Chile, viví una temporada fraternalmente maravillosa.

Me agrada viajar, a tal punto que suelo decir que tengo alma de valija. Pero siempre regreso: como el boomerang, como los novios… y como los cobradores. Buenos Aires nos pone en las venas una sed de irnos, de evadirnos, de poner distancias… Y una vez lejos, saciada la sed, Buenos Aires nos llama a latigazos de recuerdos, nos desvela, nos tumba… Nuestra ciudad es como aquel puñal clavado en el pecho de que habla el poeta: “Si me lo dejan, me mata… Si me lo quitan, me muero”. O como ciertas mujeres: con ellas no se puede vivir… y sin ellas tampoco. Buenos Aires, a la distancia, es eso: algo que llama tironeando, el clamor de veinte barrios queridos llamándonos, el lenguaje de cien esquinas embarullándome el sueño…

En Chile aprendí algunas cosas, aunque a mi edad es difícil aprender cosas nuevas. Ya las sabemos todas. Y las que ignoramos, no las aprenderemos nunca, porque somos de los que repiten de grado… Conocí en Santiago mucha gente interesante. Mucha… hasta un personaje ¡que inventaba palabras! A las cosas feas les ponía nombres lindos. Recuerdo que había inventado una palabra para declararle el amor a una mujer. En lugar de todas esas pavadas difíciles y engorrosas que decimos los hombres en semejantes circunstancias, él lo arreglaba todo con una palabrita casi milagrosa: Tangamilingo… Raro, ¿verdad? Pero lindo al mismo tiempo. ¿No es un oficio hermoso ese de fabricar palabras?

Y una de esas madrugadas de Santiago nació la idea de componer un tango. Nos alojábamos en un Hotel situado frente a la Iglesia de la Merced. Una iglesia antiquísima, maravillosa. El carillón sonaba dos veces: a las seis de la mañana y a las seis de la tarde. Yo, por supuesto, escuchaba siempre el de la madrugada, cuando regresaba de la recorrida noctámbula… A Le Pera se le ocurrió que de alguna manera debíamos retribuir las infinitas atenciones que nos habían dispensado. Y yo pensé que la mejor forma de hacerlo era con una canción, una canción que tuviera algo del país trasandino… El carillón me dio el motivo. Tenía una extraña imponencia escucharlo así, en las madrugadas, bajo ese cielo chileno de estrellas con caras recién lavadas y con aquellas montañas en el fondo. Trabajé con fervor, con amor y compuse la canción. Pero la letra no salía. Nos costó mucho elaborarla. Siempre pasa así en la urgencia de una letra, siempre hay una sílaba que no encaja, un acento rebelde que cae donde no debe… Al fin, una madrugada, desvelados los dos, mezclando el inmutable son de las campanas, esa fiebre de viajeros incurables que llevábamos, “Carillón de la Merced” se hizo música y canción.

Tania la estrenó en el teatro Victoria de Santiago de Chile. Me parece revivir aquella jornada inolvidable. Recibí de los hermanos chilenos una gratitud que no merezco…

Lo cantaban en la calle, hombres, mujeres y chicos… Fue emocionante. Escuchar la canción propia en labios del pueblo es lo único que nos reconforta, que nos reconcilia con nosotros mismos, a quienes, como yo, escribimos precisamente para el pueblo. Es lo único que realmente compensa, por encima del éxito material, cuando una canción nuestra rueda por las calles y se hace forma en la boca de alguien…” (12)


Notas

(12) Radio Belgrano, 27/11/47.

lunes

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (9)



CÓMO ESCRIBÍ “SECRETO”


“Quién sos que no puedo salvarme
muñeca maldita, castigo de Dios,
ventarrón que desgaja en su furia
un ayer de ternuras, de hogar y de fe…”

Yo, honradamente, no he vivido la letra de todas mis canciones, porque eso sería materialmente imposible, inhumano, Pero las he sentido, todas, eso sí. Brutalmente. Dolorosamente.

La historia de “Secreto” no me sucedió a mí, pero yo viví minuto a minuto ese pequeño drama. Es el drama de un hombre. De un amigo, un fraternal amigo.

Era un hombre simple, sin problemas mayores. Ni rico, ni pobre. Maduro ya, conoció y se casó con una mujer que no era ni linda ni fea. Una de esas mujeres que nacieron para casarse y para tener hijos. Porque en esto, como en todo, hay dos clases de mujeres: las que no se casan… y las que se casan siempre, aunque no sean sensacionales, ni hermosas… ni nada… Yo creo que fueron felices en su matrimonio, aunque es difícil asegurar dónde, cómo y cuándo son felices un hombre y una mujer porque la felicidad no tiene normas ni puede definirse…

El caso de mi amigo era el de tantos. Tenía su mujer, su casa, sus hijos… Vivía… Llegaba a nuestro grupo trasnochador muy de vez en cuando, pero se retiraba siempre a una hora discreta. Tenía el pudor de no llegar tarde a su casa. A mí, esa gente exageradamente discreta me asusta, porque el día que hace una tontería la hace muy grande. Es como la gente que no tuvo infancia y que no tuvo juventud: la naturaleza se lo cobra y siempre resulta trágico, además de cómico, ver cómo la naturaleza le hace hacer cosas de chico a gente ya mayor…

Mi amigo era ese modelo de niño que en la escuela siempre sacaba “diez”… que cuando empezó a trabajar le entregaba el sueldo íntegro a la madre y que cuando se casó, alquiló una casita con fondo para no salir los domingos…

Todo fue bien, hasta que sucedió lo que tenía que acontecer. Es decir: lo que no tenía que suceder. A mi pobre amigo le ocurrió lo peor: conoció a otra mujer y se enamoró de ella como un cadete de tienda. Mi amigo nunca había tenido problemas sentimentales. Jamás le conocimos amoríos ni aventuras, ni siquiera a esa edad en que se justifican ambas cosas. Yo he conocido muchas personas que viven con el reloj atrasado. Pero en mi amigo fue terrible. Maduro ya, se encontraba en esa edad en que los hombres llevamos por la calle los paquetes más absurdos y en que, por las noches, sacamos el perrito a caminar por la cuadra. Y fue entonces, inexplicablemente, cuando conoció y se enamoró de la otra mujer. Su vida “sagrada y sencilla como una oración”, se transformó en “bárbaro horror de problemas”. Sobre todo, porque él no estaba preparado para entenderlo, ni para superarlo. Y como todo lo profundamente dramático está casi apoyando o rozando lo cómico, el aspecto ridículo lo daba su mujer, la auténtica, porque ella -pobre ángel- ignorante de la tremenda tormenta en que él se debatía, intentaba curarlo creyéndolo enfermo. Lo suponía embrujado. Quemaba polvos y cosas raras. Le dejaba la camiseta colgada al sereno por la madrugada. Le decía palabras absurdas… La única satisfacción -si así puede llamarse- la única satisfacción de mi pobre amigo fue que durante ese terrible período su mujer no llegó a sospechar nunca, ni por acaso, la razón de su mal.

Recuerdo que una vez fui con urgencia a verlo. Estaba dispuesto a matarse. Hube de luchar a brazo partido para despojarlo del revólver y en ese instante, mientras yo me enloquecía convenciéndolo de que su resolución era imperdonable, la pobre señora, la auténtica, echaba frente a la puerta de la habitación donde estábamos, unas bolitas como de naftalina… No sé si aquellas bolitas lo habrían curado, pero sé que a mí casi me matan. Porque después de la interminable escena que tuve con él, hasta que em entregó el revólver, salí atolondrado, las pisé y fui a parar contra el piano que estaba a cinco metros…

Pero aquello no era embrujo capaz de ser ahuyentado con naftalina.

Yo creo que aquello era amor, simplemente amor. Distinto, rato, enfermizo, pero amor al fin. No el amor detonante de Don Juan que se grita en voz alta en las tabernas. Era el amor de Amiel, que no se dice, que se reza apenas…

“Secreto” nació así, amargo y doloroso como ese amor de mi amigo, que yo no viví, pero que me dolió, me duele, como los versos al poeta:

“Cada vez me cuestan menos:
Por eso me duelen más…”


Notas

(11) Radio Belgrano, 27 / 11 / 47.

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (8)



¿QUÉ SAPA, SEÑOR?


“La Tierra está maldita
y el amor con gripe, en cama
……..
¿Qué sapa, Señor?
Que todo es demencia
……..
Y en medio del caos
que horroriza y espanta
¡la paz está en yanta
y el peso ha bajao!”


“En ‘¿Qué sapa, Señor…?’ he pretendido reflejar el momento de la locura universal que atravesamos (año 1931). El mundo marcha a la deriva… Se han roto los diques de la cordura y de la sensatez y la humanidad no encuentra los caminos de la dicha.

“¿Qué sapa, Señor…? es una lamentación rea. El mundo inspira terror. El momento es de vértigo, de desorden, de catástrofe. La Tierra está incendiada por sus cuatro costados. Se quiere destruir para reconstruir. Estamos en plena locura… El hombre mecánico desplaza a la humanidad. Mi desorientado protagonista contempla el panorama del mundo y en su desesperación interroga a Dios: ¿Qué sapa, Señor?

El hombre ve que la conmoción universal aniquila los regímenes establecidos, barre con lo que parecían sólidas instituciones y dice:

“Los reyes temblando
remueven el mazo
buscando un “yobaca”
para disparar”

Al ver desmoronarse la sabiduría de siglos ante la renovada inquietud de la humanidad, pregunta:

“Si hay que ir al colegio
o habrá que cerrarlos
para mejorar”.

Y azorado por los prodigios de la mecánica que rige al mundo, que se anticipa al porvenir en fantásticas demostraciones del ingenio del hombre, en un afán demente por conquistar dinero, comprendía así la suerte de la sociedad futura:

“Los pibes ya nacen
por correspondencia
y asoman del hombre
sabiendo afanar” (10)


Notas

(10) La Nación, 13 / 7 / 31.

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (7)



CÓMO ESCRIBÍ “YIRA… YIRA…”

“Cuando la suerte que es grela
fayando y fayando
te largue parao…
cuando estés bien en la vía,
sin eumbo, desesperao…
Cuando no tengas ni fe,
ni yerba de ayer
secándose al sol
Cuando rajés los tamangos
buscando ese mando
que te haga morfar…”

“Yira… Yira…” surgió, tal vez, como el más espontáneo, como el más mío de los tangos, aunque durante tres años me estuvo ‘dando vueltas’. Porque sí está inspirado en un momento de mi vida. Venía yo, en 1927, de una gira en la que nos había ido muy mal. Y después de trabajos, fatigas, luchas y contratiempos regresaba a Buenos Aires sin un centavo. Me fui a vivir con mi hermano Armando a una casita de la calle Laguna. Allí surgió “Yira…. Yira…”, en medio de las dificultades diarias, del trabajo amargo, de la injusticia, del esfuerzo que no rinde, de la sensación de que se nublan todos los horizontes, de que están cerrados todos los caminos. Pero en aquel momento, el tango no salió. No se produce en medio de un gran dolor, sino con el recuerdo de ese dolor” (8)

“Yira… yira…” nació en la calle. Me la inspiraron las calles de Buenos Aires, el hombre de Buenos Aires… La soledad internacional del hombre frente a sus problemas…

Yo viví la letra de esa canción. Más de una vez. La padecí, mejor dicho, más de una vez. Pero nunca tanto como en la época en que la escribí. Hay un hambre que es tan grande como el hambre de pan. Y es el hambre de la injusticia, de la incomprensión. Y la producen siempre las grandes ciudades donde uno lucha, solo, entre millones de hombres indiferentes al dolor que uno grita y ellos no oyen. Londres gris, Nueva York gris, Buenos Aires…, todas deben ser iguales… Y no por crueldad preconcebida sino porque en el fárrago ruidoso de su destino gigante, los hombres de las grandes ciudades no pueden detenerse para atender las lágrimas de un desengaño. Las ciudades grandes no tienen tiempo para mirar el cielo… El hombre de las ciudades se hace cruel. Caza mariposas de chico. De grande, no. Las pisa… No las ve… No lo conmueven…

Yo no escribí “Yira… yira…” con la mano. La padecí con el cuerpo. Quizás hoy no la hubiera escrito porque los golpes y los años serenan. Pero entonces tenía veinte años menos y mil esperanzas más. Tenía un contrato importante con una casa filmadora que equivocadamente se empeñaba en hacerme hacer cosas que me desagradaban como artista… Como hombre digno. Y me jugué. Rompí el contrato y me quedé en la calle. En la más honda de las pobrezas y en la más honrada soledad…

“Yira… yira…” fue una canción de la calle, nacida en la calle cuando le mordía el talón a los pasos de los hombres.

Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos. Y traduzco ese silencio de angustia que adivino. Usé un lenguaje poco académico porque los pueblos son siempre anteriores a las academias. Los pueblos claman, gritan, ríen y lloran sin moldes. Y una canción popular debe ser siempre el problema de uno padecido por muchos…” (9)


Notas

(9) Radio Belgrano, 2 / 10 / 47.

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (6)



CÓMO ESCRIBÍ “ESTA NOCHE ME EMBORRACHO”


“Fiera venganza la del tiempo
que le hace ver deshecho
lo que uno amó…
…Este encuentro me ha hecho tanto mal
que si lo pienso más
termino envenenao…”

Me encontraba en Córdoba, en una estación de tuberculosos. Habíamos ido a acompañar a un amigo que, al poco tiempo, murió. El cuadro de este amigo que se sabía enfermo y que nada hacía por curarse, porque era inútil, comenzó a invadirme con su enorme, inapelable dolor. En una casita de enfrente vivía un matrimonio. Los dos estaban tuberculosos y trataban de ocultarlo entre ellos mismos, de aturdirse y todo era inútil. Se me empezó a aparecer entonces la idea del alcohol, del aturdimiento, del no pensar en los males que no tienen remedio. Pero con este tema no se podía hacer un tango. Era demasiado tétrico. En Córdoba recogí, pues, la semilla. Luego, la trasladé a la ciudad y la ciudad le dio forma. Forma completamente distinta pero con dolor igualmente inapelable. El tiempo que envejece es tan indesviable como la muerte que llega. La ruina de la mujer que ha sido joven y ha sido linda es tan triste como el espectáculo de la salud que se va. Y de todos modos, para todo lo que no hay remedio, yo sentí el grito de mi tango: aturdirse…

Yo veo el dolor en todos los que tengo adelante, me posesiono de su situación, comprendo cuáles son sus problemas y enseguida me pongo en su lugar y siento como sienten ellos mismos, percibo, como si fuera mío, el sufrimiento ajeno. Puesto en la situación de ellos, el tango sale como si le doliera a ellos mismos… (6)

Aquella idea la encarné luego en un hombre que encuentra aquello que amó tanto, aquello que fue su gran amor, convertido en un harapo. La idea llega y golpea dejándome herido, enfermo, pleno de tristeza. Entonces me recojo, sufro, hago mi pequeño drama interior con el drama intuido antes… Así van surgiendo las frases: “Sola… fané… descangayada…”. Eso es, La pintura de la visión cruel de la mujer vencida. Luego viene el complemento, el adorno, la corona de espinas que le cuelgo a la imagen de la pobrecita: “Flaca… dos cuartas de cogote…” Enseguida, sobreviene el recuerdo de lo que ella fue en el tiempo en que yo la quería… Más tarde, los remordimientos por el mal que le hice a los demás y por el que me hice a mí mismo… Y por fin, la situación final, la imprescindible obligación de aturdirme, de “mamarme bien mamao”, para olvidar… (7)


Notas

(6) La Nación, enero 1931.
(7) “Discepolín”, de Sierra y Ferrer.

domingo

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (5)



POR QUÉ Y CÓMO ESCRIBO TANGOS (2)


Mis canciones nacen así: voy caminando por Corrientes y se me aparece un tango en el oído. Primero se me ocurre la letra, es decir, el asunto. El tema me empieza a dar vueltas en la cabeza durante varios días. Hasta que de pronto estoy sentado en la mesa de un café, leyendo en mi casa o caminando por la calle y empieza a zumbarme en el oído la música que corresponde a ese estado de espíritu, a esa situación de tango. Y aquí se me presenta la tragedia porque yo no sé música. Al piano, apenas le saco cuatro notas. Aprendí violín un año y medio y nunca pude tocar medianamente bien. Y desde luego, no sé escribir música. Cuando el tango me empieza a silbar en el oído corro a buscar a un amigo para que me lo escriba. Muchas veces, no lo encuentro enseguida. Y aquí empieza la desesperación para que esas notas, esas notas que de repente se me han presentado -porque es así, se me han presentado- no se me vayan. Entonces, empiezo a cantarlas. Y sigo cantándolas en voz alta. Aunque vaya por la calle y todos se paren a mirarme como a un loco. Aunque esté en un café y de todas las mesas se vuelvan hacia mí. En ese momento, nada me importa. Lo único que me preocupa es que no se me escape mi tango. Retenerlo con el canto hasta que me lo vengan a atar a la escritura… Y así hasta que el tango quede fijo en el papel. Pero el origen del tango es siempre la calle. Por eso, voy por la ciudad tratando de entrar en su alma, imaginando en mi sensibilidad lo que ese hombre o esa muchacha que pasan quisieran escuchar, lo que cantarían en un momento feliz o doloroso de sus vidas… (3)

…Muchos tangos han sido escritos en momentos de desesperación. La canción ha salido de los autores como una reacción, como una liberación ante una situación apurada. Pasada la situación, se acabaron los tangos que no eran otra cosa que la expresión de un momento de dolor, de tristeza o de rabia. Yo, sin pensarlo, seguramente escribí cuando sentí la necesidad de oírlos. Esa misma necesidad la sienten otros y entonces el tango recibe aceptación. El personaje de mis tangos es Buenos Aires, la ciudad. Alguna sensibilidad y un poco de observación han dado la materia de todas mis letras.

…Mi primer tango lo hice en una época difícil. Vivía con Armando en un departamento y él tenía ya planeada la obra Stéfano. Sólo era cuestión de ponerse a trabajar, pero no obstante la absoluta necesidad de sacar la obra adelante, única esperanza que nos quedaba entonces para sortear una difícil situación, yo era siempre el que fallaba… Llegada la hora de ponernos a escribir, yo desaparecía en un altillo con mi guitarra… Allí me valía del sistema más raro. Compuesta una frase, trataba de sacarla en la guitarra y luego, fijándome en la posición de los dedos, la anotaba con dos números, uno que indicaba el traste de la guitarra y el otro, la cantidad de golpes que era preciso dar. Con eso bastaba. Usando esos apuntes que todavía empleo, me aprendía la pieza de memoria que tocada por mí, podía ser transcripta al pentagrama por cualquier amigo mío de esos que saben escribir… (4)

…En cuanto a los temas, no se trata de que yo haya intentado darle jerarquía al tango. Mi propósito fundamental fue darle un contenido humano y real… (5)


Notas

(3) La Nación, 1931.
(4) Crítica, 5 / 8 / 34.
(5) Archivo “El laborista”.

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (3)



POR QUÉ Y CÓMO ESCRIBO TANGOS (1)


Escribo tangos porque me atrae su ritmo. Lo siento con la intensidad de muy pocas otras cosas. Su síntesis es un desafío que me provoca y que yo acepto complacido… Decir tantas cosas en tan corto espacio. ¡Qué difícil y qué lindo!

Para escribir un tango distribuyo mentalmente los incidentes centrales. Divido en partes en conflicto y atento al estado (al estado sicológico, me refiero), al estado anímico, trato de comentarlo con música. Sigo al personaje en su desconsuelo, en su alegría, en su rabia. No he pensado nunca en el otro “Estado”, con mayúsculas. De haberlo hecho habría evitado la suspensión por radio de mis canciones (1). A veces, siguiendo a mis personajes en su alegría y su rabia, disloco mis músicas, lo que sorprende y fastidia a muchos músicos. Dicen que sacrifico la línea melódica en homenaje a la letra y están en un error. Yo rompo de intento la imagen musical trazada. Me lo exige una necesidad. Quiero que la música diga lo que luego aclararán aun más las palabras. En el reducidísimo espacio de una letra de tango vive toda una historia que salta, se aquieta, llora, ríe, comenta, maldice o se angustia. ¿Cómo sería posible que la música se independice de ello?

Un tango es una expresión libre. Su estructura y su técnica constructiva dependen pura y exclusivamente del tema que lo mueve a cantar dándole vida. Los grandes músicos no podrán hacer nunca un tango expresivo. Los mata el tecnicismo matemático que el tango de por sí rechaza.

Uso el argot por la sencillísima razón de que es más completo en la pintura. Hay estados o tipos o lugares para los cuales el símil académico es impropio por lo desusado. No entiendo por qué es más propio “robar” que “afanar”. ¿Por hábito? Bah… Lo que sucede es que hay palabras feas y palabras lindas… Tanto la Academia, como el argot, tienen un sinnúmero de palabras que me desagradan. Utilizo de ambas las que me gustan por su sabor rotundo o pictórico o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas, dolientes. Y las hay en todos los idiomas. Y si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseándolas a diario, las entiende y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría. Nuestro lunfardo tiene aciertos de fonética estupendos. Quieren matarlo. Hacen reír. Me hacen gracia esos que se creen que los idiomas los han hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio ¿cómo pretenden que se detenga en la creación de una palabra que le hace falta? Y el lunfardo, en su casi totalidad, se distingue por eso. Su vocablo es siempre más gráfico que el que sustituye, más poderoso y más nuestro. En “Soy un arlequín” me abstuve de usarlo porque no me hizo falta… (2)


Notas

(1) La prohibición a que se refiere consistió en una medida del Ministerio de Marina, en febrero de 2929, por la cual no se podían transmitir por radio “Chorra”, “Qué vachaché” y “Esta noche me emborracho”.
(2) La Época – Julio 2929.

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO - ESCRITOS INÉDITOS (2)



AUTOBIOGRAFÍA (II)


Nací el 27 de marzo de 1901… Como ven, camino por la vida un paso atrás de nuestro siglo. Yo bien quisiera ir un paso adelante, pero le tengo miedo al papel de precursor.

De mi infancia conservo pocos recuerdos. Mejor dicho, procuro no conservarlos. Tuve una infancia triste. Nunca pude decir aquello de “cachurra monta la burra”, ni hallé atracción alguna en jugar a las bolitas o a cualquiera de los demás juegos infantiles. Vivía aislado y taciturno. Por desgracia, no era sin motivo. A los cinco años quedé huérfano de padre y antes de cumplir los nueve perdí también a mi madre. Entonces, mi timidez se volvió miedo y tristeza, desventura. Recuerdo que entre los útiles del colegio tenía un pequeño globo terráqueo. Lo cubrí con un paño negro y no volví a destaparlo. Me parecía que el mundo debía quedar así, para siempre, vestido de luto.

Fui a vivir a casa de unos parientes ricos. Pero me sentía solo, intruso… El primer colegio al que concurrí era de curas. Luego pasé al colegio del Estado. Después ingresé en el Normal, pues estaba destinado a ser maestro de escuela. Cursé hasta el segundo año. Fui un buen estudiante. Un año di examen tres veces. Una vez por mí y otras dos por dos compañeros que estudiaban como alumnos libres. De los tres, uno, que era yo, quedó aplazado. Pero los otros dos pasaron. Quedé tranquilo con mi conciencia. No pudieron descubrirme porque eran distintos profesores y no nos conocían a ninguno de los tres.

Mientras estudiaba para maestro descubrí mis facultades de actor. Fue en los ejercicios prácticos cuando daba lección a los chicos. Explicando mi clase, más que un profesor, parecía un monologuista. Recitaba, accionaba y hasta les marcaba el tipo. Esta vocación me la despertó y desarrolló el ambiente que respiraba en mi casa. Vivía por entonces con mi hermano Armando, que era y es bastante mayor que yo. Ambiente bohemio de gente de teatro: autores, actores y músicos eran visitas constantes de nuestra casa. Aquello me quitó pronto la escasa vocación que sentía por la enseñanza. Entonces empecé por hacerme la rabona. En vez de ir al Normal, me iba a una librería que había enfrente del colegio. Llevaba el mate y bollos para convidar al librero y él me prestaba libros. Pero no eran libros de texto, sino de teatro, de viajes, de aventura, de cuentos. Así seguí haciendo el cuento unos meses hasta que un día le dije a mi hermano que no quería ser maestro de escuela sino actor. Y antes de cumplir los dieciséis años debuté con Roberto Casaux.

Desde entonces, he vivido siempre vinculado al teatro no sólo como actor, sino también como autor. Como ya he dicho, nuestra casa era el punto de reunión obligado de la barra de mi hermano Armando. Allí iban entre otros Rafael José de Rosa, Pedro E. Pico, Defilippis Novoa, Federico Mertens, Mario Folco. Yo veía que todos eran autores y naturalmente, también quise serlo. Para eso tenía mis buenos diez años de colegio. No podrían decir otro tanto muchos saineteros. Ya que no podía ser maestro de escuela pensé que, por lo menos, sería aprendiz de comediógrafo.

Mi primer obra se tituló “Los duendes” y la escribí en colaboración con Mario Folco. No nos costó mucho estrenarla, pues estábamos metidos en el ambiente. Se la llevamos a Pascual Carcavallo que nos la estrenó en “El Nacional”, en la temporada de 1918…

Fui un autor precoz pues no deja de ser precocidad estrenar a los diecisiete años. Como el autor y el actor se iban desarrollando simultáneamente dentro de mí, mi haber de comediógrafo no es muy crecido. Sin embargo, ya solo, ya en colaboración, llevo estrenadas varias obras. Además de “Los duendes”, una pieza cómica que m estrenó Blanca Podestá y que se titula “Día feriado”; “El señor cura”, inspirada en un cuento de Maupassant que me estrenó Félix Blanco en “El Excelsior”; “El hombre solo”, una comedia que estrenó una compañía que dirigía Miguel Gómez Bao y dos sainetes, “El organito” y “Caramelos surtidos”, estrenados ambos en “El Nacional”. Sin estrenar, no tengo nada. Todo lo que yo he escrito ha sido estrenado, aunque no siempre con mi nombre… A veces también se han estrenado con seudónimo… Pero no vale la pena aludir a esto. Yo también he firmado algunas escenas que no eran mías sino de mis colaboradores….” (2)

El modelo que seguí en mis obras fue la vida. ¿Qué mejor modelo? No hay nada más teatral, más diverso, más humano, más complejo, más serio y más cómico que la vida misma. Lo que sucede es que para tomar un trozo de la realidad y trasplantarlo a la escena, hay que ser muy autor. Algo de eso quise hacer yo en mi breve labor teatral, especialmente en “El organito” y “Caramelos surtidos”. Esta última es un pedazo de calle llevado al teatro. Se me ocurrió observando el movimiento de una esquina de mi barrio…


Notas

(2) La Época – Julio 1929.

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