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viernes

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 100

 58 (3)

 

Encontramos otro bar cerca de la estación de autobuses. No estaba lleno ni era ruidoso. Había nada más que un mozo y cinco o seis viajeros, así que Becker y yo nos sentamos.

 

-Pago yo -dijo Becker.

 

-Una botella de Eastside.

 

Becker pidió dos y me miró:

 

-Dale, hacete hombre y alístate como marine en el Ejército.

 

-No me interesa mucho hacerme hombre.

 

-Parece que siempre quisieras estar metiéndote con alguien.

 

-Lo hago para entretenerme.

 

-Alistate. Vas a encontrar buenos temas para escribir.

 

-Becker, siempre se encuentran temas para escribir.

 

-¿Pero qué pensás hacer?

 

Señalé mi botella y después la agarré.

 

-¿Cómo te las vas arreglar? -insistió Becker.

 

-Tengo la impresión de haber estado escuchando esa pregunta toda mi vida.

 

-¡Bueno, no sé a qué carajo vas a dedicarte pero yo voy a tratar de intentar todo! Guerras, mujeres, viajes, casamiento, niños, trabajos. ¡Cuando tenga un coche lo voy a desarmar por completo para volver a armarlo! ¡Quiero conocer las cosas y qué es lo que las hace funcionar! Me gustaría ser corresponsal en Washington D.C., y estar cerca de donde pasan las cosas.

 

-Washington es una mierda, Becker.

 

-¿Y las mujeres? ¿Y el casamiento? ¿Y los hijos?

 

-Todo eso también es mierda.

 

-¿Ah síííí? ¿Y qué es lo que querés?

 

-Esconderme.

 

-Sos un pobre idiota. Precisás otra cerveza.

 

Muy bien.

 

Trajeron la cerveza.

 

Nos quedamos callados y yo podía percibir cómo Becker pensaba en ser un marine, un escritor y en acostarse con alguien. Probablemente llegaría a ser un buen escritor. Le sobraba entusiasmo. Y además él amaba muchas cosas: un halcón en pleno vuelo, el maldito océano, la luna llena, Balzac, los puentes, las obras de teatro, el premio Pulitzer, el piano y la maldita Biblia.

 

De repente escuchamos interrumpirse la canción que sonaba en la radio del bar y una voz anunció:

 

-Acabamos de recibir la noticia de que los japoneses bombardearon Pearl Harbor. Repetimos: Los japoneses bombardearon Pearl Harbor. ¡Hay orden de que el personal militar vuelva inmediatamente a sus bases!

 

Nos miramos sin poder entender del todo lo que acabábamos de oír.

 

-Bueno -dijo Becker. -Llegó el momento.

 

-Terminá la cerveza.

 

Él tomó un sorbo.

 

-Jesús, ¿y si a algún hijo de puta se le ocurre ametrallarme?

 

-Puede pasar perfectamente.

 

-Hank…

 

-¿Qué?

 

-¿No me acompañás en el autobús hasta la base?

 

No. No puedo.

 

El tipo del bar, que era un hombre de unos 45 años con el estómago hinchado como una sandía y los ojos muy peludos, se nos acercó y le dijo a Becker:

 

-Bueno, marine. Me parece que tenés que volver a la base.

 

Eso me hizo calentar.

 

-Oíme, gordo. ¿Por qué no lo dejás que termine tranquilo la cerveza?

 

-Claro, claro… ¿Querés que la casa te invite con una copa, marine? ¿Qué tal un buen whisky?

 

-No -dijo Becker. -Está bien así.

 

-Dale. Aceptá la copa -le aconsejé a Becker. -El tipo se cree que vas a ir a morir para salvarle el bar.

 

El mozo miró a Becker:

 

-Tenés un amigo desagradable…

 

-Sirvale la copa de una vez -le contesté.

 

Los pocos clientes que había en el bar cotorreaban frenéticamente sobre Pearl Harbor. Un momento antes de la noticia no se decían una palabra y ahora estaban electrizados. La Tribu estaba en peligro…

 

A Becker le trajeron un whisky doble y se lo tomó de un trago.

 

-Nunca te conté que soy huérfano -me dijo de golpe.

 

-Carajo.

 

-¿Por lo menos me podés acompañar hasta la estación de autobuses?

 

-Claro.

 

Y nos levantamos para salir.

 

El mozo estaba secándose las manos con el delantal. Ya lo tenía completamente arrugado y se seguía secando, excitadísimo.

 

-¡Buena suerte, marine! -gritó.

 

Cuando salimos yo me quedé un momento parado solo en la puerta y le dije al tipo del bar:

 

-Veterano de la Primera Guerra Mundial, ¿no?

 

-Sí, sí… -me contestó, contento.

 

Después alcancé a Becker y fuimos corriendo hasta la estación de autobuses. Ya había mucha gente uniformada y una tremenda excitación. Un marinero pasó corriendo y chilló:

 

-¡VOY A MATAR A UN JAPONÉS!

 

Becker fue a sacar su boleto. La novia de uno de los tipos uniformados se le colgaba llorando y le hablaba y lo besaba. El pobre Becker me tenía nada más que a mí. Lo esperé un rato largo. Entonces el marinero que había pasado chillando se me acercó y me dijo:

 

-¿No vas a ayudarnos, compañero? ¿Qué hacés parado ahí? ¿Por qué no te alistás?

 

Tenía pecas, una gran nariz y olía a whisky.

 

-Vas a perder el autobús -le dije.

 

Él se acercó al lugar de salida de su coche gritando:

 

-¡Hay que matar a todos los japoneses hijos de pura!

 

Cuando Becker apareció con su boleto lo acompañé hasta un autobús de otra línea.

 

-¿Supiste algo nuevo? -me preguntó.

 

-No.

 

La fila iba subiendo lentamente al coche. La muchacha seguía llorando mientras le hablaba suavemente a su novio el soldado.

 

Cuando Becker llegó a su coche le di un golpecito en el hombro:

 

-Sos el mejor tipo que conocí.

 

-Gracias, Hank.

 

-Adiós….

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 99

 58 (2)

 

Me desperté con una de mis peores resacas. Normalmente duermo hasta el mediodía. Pero ese día no pude. Me vestí, fui hasta el baño de la casa principal y me lavé. Salí, subí por el callejón y bajé hasta la calle por la escalinata de la colina.

 

El domingo era el día más jodido de todos.

 

Caminé frente a los bares de la Calle Mayor. Las putas se sentaban cerca de las puertas de entrada con las faldas bien altas, y balanceaban sus grandes tacones.

 

-Vení conmigo, mi amor.

 

Calle Mayor, 5.ª Este, Bunker Hill. Cagaderos de América.

 

No tenía dónde ir y me metí en un salón de juegos. Los recorrí todos, pero no me atrajo ninguno. Entonces vi a un marine agarrado a la máquina del millón, tratando de guiar la bola con todo el cuerpo. Me acerqué y le agarré el pescuezo y el cinturón.

 

-Becker, ¡te exijo que me des la revancha!

 

Lo solté y se dio vuelta.

 

-No, no vale la pena.

 

-Apuesto tres contra dos.

 

-Las pelotas -dijo. -Mejor te invito con un trago.

 

Salimos del calón de juego y bajamos por la Calle Mayor. Una puta de clase “B” aulló desde adentro de un bar:

 

-¿No querés entrar, marine?

 

Becker se quedó mirándola.

 

-Voy a entrar -dijo.

 

-No vayas. Son cucarachas humanas.

 

-Es que acabo de cobrar.

 

-Estas minas toman té y le agregan agua a tu bebida. Las copas cuestan el doble y al final la mina desaparece.

 

-Voy a entrar.

 

Lo seguí. Él se consideraba uno de los mejores escritores inéditos de América, vestido para matar y morir. Becker se puso a hablar con una de las putas, que se subió un poco más la falda, balanceó los grandes tacones y largó una carcajada. Después entraron en un reservado que había en un rincón. El mozo fue a tomarles el pedido y la otra muchacha que estaba acodada en la barra me miró:

 

-¿No querés jugar conmigo, corazón?

 

-Sí, pero siempre que se juegue a mi manera.

 

-¿Tenés miedo o sos marica?

 

-Las dos cosas -le contesté mientras me sentaba en la punta de la barra.

 

Había un tipo sentado entre nosotros con la cabeza apoyada en el mostrador. Le habían robado la billetera. Cuando se despertara y empezase a quejarse, el mozo lo iba a sacar a patadas o a llamar a la policía.

 

Después de atender el pedido de Becker y su puta de clase “B” el mozo volvió a la barra y se me acercó.

 

-¿Sí?

 

-Nada.

 

-¿Ah sí? ¿Y qué carajo estás buscando?

 

-Estoy esperando a un amigo -señalé con la cabeza el cuartucho del rincón.

 

-Pero si estás sentado aquí tenés que tomar algo.

 

-Bueno. Traeme agua.

 

El mozo volvió enseguida con un vaso de agua.

 

-Son dos centavos.

 

Le pagué.

 

La puta de la barra le comentó al mozo:

 

-O es marica o está asustado.

 

El mozo no dijo nada. Entonces se oyó la voz de Becker y fue a levantar el pedido.

 

La muchacha me miró.

 

-¿Por qué no llevás puesto el uniforme?

 

-No me gusta vestirme como los otros.

 

-¿Esa es la única razón?

 

-Las otras razones no te importan.

 

-Andá a cagar -me contestó.

 

Al tato volvió el mozo.

 

-Tenés que tomar otra copa.

 

-Okey -le dije dándole otros dos centavos.

 

Después que salimos, Becker y yo empezamos a bajar por la Calle Mayor.

 

-¿Cómo te fue? -le pregunté.

 

-Entre el precio que cuesta ocupar el reservado y las bebidas, terminé pagando 32 dólares.

 

-Cristo, yo podría emborracharme durante dos semanas con esa plata.

 

-Ella me agarró la pija por abajo de la mesa y empezó a acariciármela.

 

-¿Y qué te decía?

 

-Nada. Me pajeaba, no más.

 

-Yo preferiría sobarme solito la pija y guardarme los treinta y dos dólares.

 

-Pero es que ella era tan hermosa.

 

-Carajo. Siento que estoy caminando con un perfecto idiota.

 

-Pero algún día voy a escribir sobre todo esto. Y me vas a ver en las estanterías de las bibliotecas: BECKER. Las putas clase “B” son débiles y precisan ayuda.

 

-Hablás demasiado de escribir -le dije.

jueves

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 98

 58 (1)

 

Me metí varias veces en la profundidad de los barrios bajos porque me interesaba prepararme para el futuro. No me gustó lo que vi. Ni los hombres ni las mujeres tenían ninguna valentía ni brillantez especial. Querían lo que todo el mundo quería. Había algunos con problemas mentales a los que se les permitía mezclarse libremente con los demás, cosa que pasaba tanto en los lugares muy pobres como en los muy ricos de la ciudad. También sabía que yo no era un tipo completamente sano. Todavía tenía la sensación, como cuando era niño, de que me habitaba algo raro y me sentía destinado a ser un asesino, un asaltante de bancos, un santo, un violador, un monje, un ermitaño. Necesitaba algún lugar aislado donde esconderme. Los barrios bajos eran asquerosos. Y la vida del hombre normal y sano era aburrida, peor que la muerte. No existía ninguna otra alternativa posible. Y la educación también era una trampa. La poca educación a la que pude acceder me había vuelto más desconfiado. ¿Qué significaba ser un doctor, un abogado o un científico? Eran nada más que hombres privados de su libertad de pensar y actuar como individuos.

 

Un día estaba encerrado emborrachándome en mi sucucho y consideré la posibilidad del suicidio, pero sentí un extraño cariño por mi cuerpo, por mi vida. Estaba lleno de cicatrices y marcas, pero me pertenecían. Lo más posible era que me mirara en el espejo del armario y dijera sonriendo burlonamente: lo mejor sería que si te vas a escapar de esta vida, te lleves a ocho, diez o veinte más contigo…

 

Era una noche de sábado de diciembre y había tomado mucho más de lo habitual, fumando un cigarrillo atrás del otro mientras pensaba en mujeres y en los años que me esperaban buscando trabajo en la ciudad. Lo que veía en el porvenir me gustaba muy poco. No me consideraba un misántropo ni un misógino, pero prefería estar solo. Era lindo emborracharse y fumar encerrado en aquella piecita. Siempre supe acompañarme a mí mismo.

 

Entonces escuché una canción de amor sonando a todo volumen en la radio de la pieza de al lado.

 

-¡Apaguen esa cosa! -aullé.

 

No me contestaron.

 

Me abalancé contra la pared y la empecé a golpear.

 

-¡ACABO DE DECIR QUE APAGUEN ESE APARATO DE MIERDA!

 

Pero no bajaron el volumen.

 

De repente salí como estaba, en calzoncillos, y terminé abriendo con una tremenda patada la puerta de la pieza de al lado. Lo que encontré fue a un hombre viejo y gordo cojiéndose a una mujer vieja y gorda en el camastro, a la luz de una velita que había en un rincón. Los dos torcieron la cabeza para mirarme: él desde arriba y ella desde abajo. La pieza estaba tenía lindas cortinas y una alfombra.

 

-¡Uh! Perdonen…

 

Cerré la puerta y volvía a mi cuarto. Me sentí muy mal. Esa pobre gente tenía derecho a cojer para escaparse de sus pesadillas. El sexo, el alcohol, y quizás un poco de amor, era todo lo que tenían.

 

Me recosté y me serví un vaso de vino. Dejé la puerta abierta, y la luz de la luna entró junto con todos los ruidos de la ciudad: automóviles, grescas, perros ladrando y radios… Estábamos todos metidos en lo mismo. Todos apilados en un gigantesco water lleno de mierda. No había escapatoria. Íbamos a desaparecer todos juntos cuando alguien tirara de la cadena.

 

De repente pasó un gatito y se quedó parado en la puerta, mirándome. La luna le iluminaba los maravillosos ojos rojos como el fuego.

 

-Vení, gatito… -alargué la mano como si estuviera ofreciéndole comida. -Vení, gatito…

 

Pero él siguió de largo.

 

Entonces se apagó la radio del cuarto de al lado.

 

Terminé mi vaso de vino y salí, siempre en calzoncillos. Me los acomodé ajustándome bien las pelotas y me paré frente a la otra puerta. Me di cuenta que le había roto la cerradura y alcancé a ver la lucecita de la vela. Habían entornado la puerta y ahora posiblemente estaba sostenida por una silla.

 

Pegué uno golpes suaves en la puerta.

 

No hubo respuesta.

 

Volví a golpear.

 

De golpe se oyó un ruido y escuché que alguien venía a abrir: el hombre viejo y gordo apareció en el umbral, con el rostro ensombrecido por enormes pliegues de pena y dolor. Lo único que se le distinguían eran las cejas, el bigote y los ojos tristísimos.

 

-Escuche -le dije. -Lamento mucho lo que acabo de hacer. ¿No quieren venir a tomar una copa en mi pieza?

 

-No.

 

-¿Y si yo les traigo algo de beber?

 

-No -dijo. -Déjenos solos, por favor.

 

Y volvió a entornar la puerta.

viernes

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 98

 57 (3)

 

Lenny Hill agarró la pelota. Yo miraba a Kong.

 

-Me llamo Hank. Hank Chinaski. Periodista.

 

Kong me seguía mirando sin decir nada. Tenía una piel cerosa como la de los cadáveres y en los ojos no le brillaba ni una chispa de vida.

 

-¿Vos cómo te llamás? -le pregunté.

 

Pero él me siguió mirando, mudo.

 

-¿Qué te pasa? ¿Se te quedó un pedazo de placenta metido entre los dientes?

 

Kong levantó lentamente el brazo derecho, me señaló con un dedo y lo volvió a bajar.

 

-Chupame la pija, carajo -dije. -¿Qué quiere decir eso?

 

-Vamos a jugar de una vez -dijo uno de los compañeros de Kong.

 

Lenny se agachó sobre la pelota y la tiró para atrás. Entonces Kong se me vino arriba. No lo pude enfocar bien. Cuando me placó alcancé a ver temblar la tribuna y algunos árboles y parte del edificio de Químicas. Quedé caído de espaldas y él empezó a girar alrededor mío y agitaba los brazos como si fueran alas. Me levanté, mareado. Becker ya me había noqueado, y ahora tenía que aguantar a este mono sádico. El hijo de puta era maligno y olía peor que la mierda.

 

Stapen todavía no había hecho el pase. Nos juntamos.

 

-Tengo una idea -dije.

 

-¿Cuál? -me preguntó Joe.

 

-Yo tiró la pelota y vos placás.

 

-No. Mejor dejalo así -dijo Joe.

 

 Nos separamos. Lenny le pasó la pelota a Stapen. Kong se me abalanzó. Yo bajé un hombro y contrataqué. El gorila tenía demasiada fuerza. Me hizo rebotar hacia un costado y mientras volvía a afirmarme volvió a atacar y a clavarme un hombro en el estómago. Me caí y me paré enseguida de un salto, aunque me sentía muy ahogado.

 

Stapen había hecho el pase corto. Íbamos perdiendo por tres tantos. No volvimos a juntarnos. Cuando volvieron a tirar la pelota Kong y yo nos abalanzamos uno contra el otro. Entonces le salté arriba con todo el peso del cuerpo, lo desequilibré y mientras caía le pegué una tremenda patada en el mentón. Quedamos los dos caídos, pero yo me levanté primero y vi que a Kong le chorreaba un hilo sangre y tenía un hermoso hematoma en la cara. Volvimos trotando a nuestras posiciones.

 

Stapen no había hecho un buen pase, y ahora perdíamos por cuatro tantos. Después retrocedió un poco, pateó y Kong se retrasó para cubrir al zaguero, que agarró la pelota y empezó a correr atrás de él. Los enfrenté. Kong esperaba que le volviera a saltar arriba, pero esta vez me zambullí a trancarle los tobillos. Cayó pesadamente y se reventó la cara contra el suelo. Después que lo vi inmóvil y completamente aturdido empecé a apretarle el pescuezo con la rodilla clavada en su espalda.

 

-¿Te sentís bien, Kong?

 

Los demás se acercaron corriendo.

 

-Me parece que estás lastimado -dije. -Que alguien me ayude a sacarlo e la cancha.

 

Lo llevamos hasta la línea del costado entre Stapen y yo, pero de golpe fingí tropezar y le pisé el tobillo con mi pie izquierdo.

 

-Por favor -dijo Kong. -Déjenme solo…

 

-Te estamos ayudando, compañero.

 

Al llegar a la línea lo soltamos. Kong se sentó y empezó a limpiarse la sangre de la boca. Después se agachó para palparse el tobillo: lo tenía despellejado y se le iba a hinchar pronto. Me le incliné al lado y dije:

 

-Mejor terminamos con este partido, Kong. Nosotros vamos perdiendo y necesitamos recuperarnos.

 

-Yo tengo que ir a clase.

 

-No sabía que aquí enseñaran el oficio de cuidaperros.

 

-Estoy en Literatura Inglesa, primer curso.

 

-Bueno, eso es importante. Si querés te ayudo a llegar al gimnasio y a darte una ducha caliente. ¿te parece?

 

-Salí de aquí.

 

Kong se levantó con los hombros caídos y derrotados y la cara embadurnada de sangre y tierra. Empezó a renguear.

 

-Quinn -le dijo a uno de sus compañeros. -Ayudame…

 

El otro le sostuvo un brazo y avanzaron lentamente en dirección al gimnasio.

 

-¡Oíme, Kong! -aullé. -¡Si podés dar la clase decile “Hola” de mi parte a Bill Saroyan!

 

Ahora me rodeaban todos los muchachos, incluidos Baldy y Ballard, que habían bajado de la tribuna. Yo acababa de hacer la hazaña más condenadamente buena de mi vida y no había una chiquilina en varios quilómetros a la redonda.

 

-¿Alguien tiene un cigarrillo? -pregunté.

 

-Tengo un Chesterfield -dijo Baldy.

 

-¿Todavía fumás esa porquería?

 

-Yo te acepto uno -dijo Joe Stapen.

 

-Bueno -dije. -Ya que no hay otra cosa, yo también.

 

Y nos quedamos los tres parados ahí, fumando.

 

-Todavía somos unos cuantos para seguir jugando -dijo alguien.

 

-Mierda -le contesté. -Odio los deportes.

 

-Bueno -dijo Stapen. -Verdaderamente liquidaste a Kong.

 

-Sí -dijo Baldy. -Vi todo. Pero hay algo que no entiendo.

 

-¿Qué es lo que no entendés? -preguntó Stapen.

 

-¿Cuál de los dos es el sádico?

 

-Yo me tengo que ir -dije. -Esta noche dan una película de Cagney y voy a llevar a una conchita.

 

-¿Querés decir que vas a llevar a tu mano derecho a ver una película? -gritó unos de los muchachos mientras empezaba a caminar por la cancha.

 

-Las dos manos -le contesté sin mirar para atrás.

 

Crucé la cancha, pasé frente al edificio de Químicas y desemboqué en el jardín del frente. Allí estaban ellos, los muchachos y las muchachas sentados en los bancos, o bajo los árboles o sobre el césped. Libros verdes, azules, marrones. Hablaban y a veces se reían entre ellos. Llegué hasta la parada la línea del autobús “V”., me subí a uno, saqué el boleto y me senté en el último asiento del fondo esperando, como siempre.

jueves

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 97

 

57 (2)

 

Después de un rato fui hasta el gimnasio a vaciar mi casillero. No me interesaba más la gimnasia. La gente siempre hablaba sobre el olor a limpio que tenía el sudor fresco como si estuviera pidiendo disculpas, pero nadie hablaba del olor de la mierda fresca. No había nada tan glorioso como el olor de la mierda que se caga después de haber tomado veinte o veinticinco cervezas en una noche: permanecía flotando por todos lados durante una buena hora y media, y te hacía darte cuenta de que estabas vivo.

 

Saqué mi equipo de gimnasia del casillero y lo tiré a la basura, junto con dos botellas de vino vacías. Capaz que el tipo que heredara mi casillero tenía suerte y terminaba siendo alcalde de Boise, Idaho. Otra cosa que tiré a la basura fue el candado. Nunca me había gustado su combinación: 1,2,1,1,2. Era poco complicada. La dirección de la casa de mis padres era 2122. Todo era simple y mínimo. En la Instrucción, la combinación del candado fue 1,2,3,4; 1,2,3,4. A lo mejor algún día llegarían hasta el 5.

 

Al salir del gimnasio corté camino cruzando por el medio de la cancha. Estaban jugando al rugby y tuve que desviarme un poco para no mezclarme con los jugadores.

 

Entonces escuché aullar a Baldy:

 

-¡Vení, Hank!

 

Me di vuelta y lo vi sentados en la tribuna con Monty Ballard. Lo único bueno que tenía Ballard era que nunca hablaba, a menos que le preguntaras algo. Y yo nunca le pregunté nada. Lo único que él quería era ser biólogo y te miraba con los ojos escondidos atrás de su pelo rubio.

 

Los saludé y seguí caminando.

 

-¡Vení, Hank! -volvió a aullar Baldy. -¡Es importante!

 

Me les acerqué.

 

-¿Qué pasa?

 

-Sentate y fíjate en ese tipo cuadrado que usa el traje de la gimnasia.

 

Me senté. Había un solo tipo vestido con el traje de la gimnasia. Usaba zapatos claveteados y era bajo pero ancho, muy ancho. Tanto los bíceps como los hombros, el cuello grueso y las piernas eran tan macizos que te asombraban. La cara aplastada bajo el pelo negro parecía casi plana. La boca, la nariz y los ojos apenas se le notaban.

 

-Sí. Escuché hablar de este muchacho -dije.

 

-Pero fíjate bien -insistió Baldy.

 

Había cuatro jugadores en cada equipo. Empezaron a mover la pelota. King Kong Junior jugaba de defensa central. Entonces uno de los atacantes hizo un pase largo, y el del centro bloqueó al que iba a recibir la pelota para que pudiera hacer un pase corto. Pero en ese momento King Kong Junior inclinó los hombros, lo embistió y le clavó el hombro en un costado hasta dejarlo boqueando. Después volvió trotando a su puesto.

 

-¿Viste? -dijo Baldy.

 

-King Kong…

 

-King Kong no sabe nada de rugby. Pero lo ponen todos los partidos para que reviente a alguien.

 

-Pero no se puede embestir a un jugador antes que reciba la pelota -dije yo. -Eso va contras las reglas.

 

-¿Y quién se anima decírselo? -preguntó Baldy.

 

-¿Vos te animás a decírselo? -le pregunté Ballard.

 

-Yo no -me contestó.

 

Le tocaba sacar al equipo de King Kong. Ahora podía placar legalmente, pero lo que hizo fue embestir al contrario más débil y dejarlo tirado con la cabeza entre las piernas. Le costó mucho volver a pararse.

 

-Ese King Kong es un subnormal -dije. -¿Cómo carajo pasó la prueba de entrada?

 

-En el rugby no hay prueba de entrada.

 

El equipo de King Kong se volvió a alinear. Joe Stapen era el mejor de los jugadores contrarios y quería llegar a ser profesional. Era delgado, medía cerca de dos metros y tenía mucha garra. La primera vez que chocó con King Kong le fue bastante bien y por lo menos no se cayó, pero la segunda vez que se embistieron Joe terminó besando un poco el suelo.

 

-A la mierda -dijo Baldy. -Joe se está desinflando.

 

La tercera vez Kong lo embistió con tanta fuerza que arrastró a Stapen cinco o seis metros con el hombro clavado en la espalda.

 

-¡Esto es asqueroso! ¡Este tipo es un sádico de mierda!

 

-¿Será un sádico? -le preguntó Baldy a Ballard.

 

-Es un sádico de mierda -lo corrigió Ballard.

 

En la jugada siguiente Kong se volvió a abalanzar sobre el jugador más enclenque y lo aplastó. El enclenque no se pudo mover durante un rato, y al final se sentó agarrándose la cabeza. Daba la impresión de estar quebrado. Entonces me paré.

 

-Bueno, ahora voy yo -dije.

 

Reventá a ese hijo de puta! -dijo Baldy.

 

-Por supuesto -contesté.

 

Y bajé a la cancha.

 

-¿Precisan algún jugador, muchachos?

 

El chiquito ya estaba yéndose, pero al pasar al lado mío se frenó un momento.

 

-No entres en el juego. Mirá que lo único que quiere es matar a alguien.

 

-Pero esto es nada más que un juego -dije.

 

Nos tocaba sacar. Me junté con Joe Stapen y los otros dos sobrevivientes.

 

-¿Cuál es nuestro plan de juego? -pregunté.

 

-Aguantar como podamos -dijo Stapen.

 

-¿Y cómo vamos?

 

-Me parece que nos están ganando -dijo Lenny Hill, el centrocampista.

 

Disolvimos del grupo. Joe Stapen se plantó atrás esperando la pelota. Yo me quedé mirando a Kong. Nunca lo había visto antes en el campus. Lo más probable es que se pasara merodeando por los retretes de varones que había en el gimnasio. Tenía pinta de ser un huele-mierda. Y también un come-fetos.

 

-¡Tiempo! -grité!

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