Un amargamente perfumado cuento juvenil publicado en 1935
Ya
debían ser las diez, no había peligro. Dobló a la derecha y entró en el
monte, caminando con cuidado sobre el crujir de las hojas, mientras
sostenía el saco contra la espalda, los brazos cruzados en el pecho.
Oscuro y frío; pero sabía el camino de memoria y la boca entreabierta le
iba calentando el pecho, deslizando largas pinceladas tibias bajo la
listada camisa gris.
Al
lado de la tranquera, pintada de cal, se detuvo nuevamente. Allí
empezaba la vereda de ladrillos cuadriculada en blanco que iba hasta la
Dirección bajo una peligrosa luz de faroles. Si me ven, digo que no
podía dormir. No me van a decir nada. Que salí a tomar aire. Boleó una
pierna sobre el tejido, pero un pensamiento lo aquietó, montado en el
alambre. ¡Qué cambiado todo! Hace diez años… No pensó más; pero vinieron
rápidos los recuerdos, nítidos y familiares a fuerza de ser siempre los
mismos… La mañana de verano en que lo trajeron a la escuela… El
despacho del director, el hombre gordo que lo mira con cariño atrás de
los lentes y lo palmea.
—Tenés cara de bueno, negrito —y riendo porque él era tan pequeño y débil—. Vos no te vas a escapar, ¿verdad?
Giró
la otra pierna y quedó sentado. Y no me escapé, nomás. Pero cuando lo
jubilaron y vino el alemán. Sonrió… Cuando trajeron al alemán… Se
balanceó en el alambre, mirando la huida en el atardecer, el refugio de
los cañaverales, los hombres inclinados encima suyo, turnándose para
golpearlo.
Hijos de…
Tembló
al ruido de la voz y siguió caminando rápidamente entre los árboles.
Hijos de perra. Y todos eran iguales. Tropezó en un tronco y miró
alrededor, abriendo los ojos. La zanja, el tronco de eucalipto, la lanza
del viejo portón… No, más adelante. Siguió. El caso era recordar cuándo
pusieron la vereda de ladrillos y los faroles y el alambrado. Estaba
seguro de que habían hecho todo junto con el nuevo edificio de la
Dirección: pero ahora le parecía ver al profesor de gimnasia mirando
trabajar en la vereda. Y como el profesor había venido mucho después de
inaugurado el nuevo edificio… Olió el tabaco y se paró, abrazado de
espaldas a un árbol… Sí, allí estaban. Veía enrojecerse suavemente las
caras junto a los cigarrillos. Silbó despacio, dos cortos y uno largo.
Le contestaron y cruzó en línea recta hasta unirse con los otros que
esperaban en el suelo.
—Hola, Negro.
—Salú.
—¿Recién llegas?
Barreiro
estaba sentado, agarradas las manos sobre las rodillas. El Flaco fumaba
estirado en el pasto, cara al cielo, plantado el cigarrillo entre los
labios. Los miró distraído y después hacia las ventanas del club. Vaya a
saber a qué horas se cansarán de jugar. Ya en el suelo siguió pensando
con agrado en el salón del club donde se elevaban las voces entre el
flotante humo azulado, en los blancos sillones de cuero y el enorme
retrato encima de la chimenea. Y la vereda de ladrillos y la fila de
luces colgando sobre la calle no estaban cuando hicieron la casa del
director. Seguro; pero, sin embargo, seguía viendo al profesor de
gimnasia, con el sombrero de paño blanco y las manos en los bolsillos,
diciendo alguna cosa a los hombres que construían la vereda. Encogió los
hombros y echó la gorra sobre los ojos.
—Dame un cigarrillo.
Trabajosamente,
el Flaco introdujo una mano en el bolsillo del pantalón, le alargó el
paquete y volvió a quedarse como antes, el pucho en un lado de la boca,
los ojos entrecerrados mirando para arriba. Barreiro le alcanzó fuego:
—¿Y? ¿Esta noche, nomás?
Encendió y tragó con fuerza, calentándose a la humada áspera.
—Sí; en cuanto apaguen las luces del club salimos.
—¿Y no sería mejor cruzar la granja derecho hasta la vía?
—No, vamos por el arroyo.
El
otro cruzó nuevamente las manos sobre las piernas… Cuidadosamente, el
Flaco tomó el cigarrillo y lo tiró lejos. Dobló la cabeza para mirar
extinguirse la brasa. Después escupió, cruzó las manos bajo la nuca y
rió suavemente…
—Mirá, Negro… Si al director se le ocurriera esta noche hacerte capataz de la usina. Y vos pasando hambre por ahí…
Volvió a reírse mientras cruzaba las piernas.
—No hay cuidado… Lo van a hacer capataz al adulón de Fernández. Se lo oí al ingeniero esta tarde.
Barreiro lo miró con una sonrisa de simpatía:
—Entonces… ¿te venís con nosotros?
—Y claro… Ya me engañaron bastante.
El
Flaco volvió a reírse y, sin saber por qué, el Negro tuvo ganas de
pisarle la cara; pero no dijo nada y siguió fumando, observando entre la
niebla del humo los cuadriláteros amarillos en la fachada del club.
Sería lindo estar adentro, sentarse en un sillón con los pies sobre la
mesa y pedir algo fuerte para tomar. Hacer carambolas y carambolas, sin
fallar nunca, hasta cansarse. Jugar a los naipes, él y el director
contra el médico y el ingeniero. Una partida de truco en que las manos
se le llenarían de flores de treinta y ocho. Pero más lindo que todo eso
sería empezar a golpes con los empleados, las luces y las botellas.
Hijos de perra…
Entrando en su odio repentino, la risa previa del Flaco tenía algo de insulto personal. Esperó, apretando los dientes.
—¿Sabes que Forchela está mal? Dio vuelta la cabeza rápido, mirando la cara pálida y maligna del otro.
—¡Que reviente!
El Flaco volvió a reírse, ahora largamente, temblándole el pecho en sacudidas. Murmuró:
—Qué modo tenés de tratar a tu…
El Negro se incorporó de un salto, fija la mirada en la cara que iba a aplastar bajo el botín.
—¿A mí qué, dijiste?
No
le importaba que lo dijeran; no le importaba decirlo él mismo. Pero
sabía que el Flaco se burlaba a sus espaldas y lo sentía movido por un
despecho amargo.
—Vamos,
vamos… No se van a pelear ahora —intervino Barreiro, temeroso de que la
disputa hiciera fracasar la fuga—. Yo estuve de tarde en el hospital.
Forchela está en un delirio.
Mordió el cigarrillo con rabia y clavó los ojos en las ventanas. Hasta las doce no se irían. Si el enfermero lo dejara entrar…
Barreiro estiró los brazos, bostezando. Luego se acostó.
—¿Por qué no te das una vuelta por el hospital?
El otro subrayó roncamente:
—Claro. Hay que despedirse de los amigos.
El Negro caminó unos pasos, vacilando, tratando de adivinar el pensamiento de los otros. Dijo con fuerza:
—¿Yo? Y a mí qué me importa… —Se puso el saco, agregando entre dientes—: Lo que si voy a dar una vuelta. Total, hasta las doce…
Todavía
esperó algo; un movimiento, una frase de protesta y desconfianza que le
sirviera para afirmarse en sí mismo. Comprender por qué estaba ahora
débil e inquieto. Pero no lo ayudaron o tuvo que irse otra vez entre los
árboles, mirando con el ceño apretado las quietas hojas que de trecho
en trecho lustraba suavemente algún farol colado entre las ramas.
Hacía
diez años. Todo estaba cambiado y el profesor de gimnasia gastaba
plácidamente la mañana luminosa charlando con los albañiles. Detrás de
los vidrios brillaban simpáticos, los ojos del director, mientras le
golpea un hombro. «No te vas a escapar…».
Sacudió
la cabeza para sumergirla en otros pensamientos. Dentro de dos horas
andarían corriendo por la tierra húmeda, resbalando entre los tubos
forrados de las cañas. Buenos Aires. Pensó en la ciudad y quedó
desconcertado, rascando la superficie áspera de la tranquera.
Porque
detrás del nombre estaban el bajo de Floret, los diarios vendidos en la
plaza, la esquina del Banco Español, el primer cigarrillo y el primer
hurto en el almacén. Estaba la infancia, ni triste ni alegre, pero con
una fisonomía inconfundible de vida distinta, extraña, que no podía
entenderse del todo ahora. Pero también estaba el Buenos Aires que
habían hecho los relatos de los muchachos y los empleados, las
fotografías de los pesados diarios de los domingos. Las canchas de
fútbol, la música de los salones de tiro al blanco en Leandro Alem.
Pensativo,
pedaleaba en el alambre y una vibración se corría rápida en las
sombras. No podía juntar las imágenes, comprender que la ciudad contenía
ambas cosas. A veces, Buenos Aires era la gente rodeando el toldo rojo
que ponían los sábados de tarde en San José de Flores; otras, una calle
flanqueada de carteles a todo color y luces movedizas por donde pasaba
la gente riendo y charlando en voz alta. Y siempre había, junto a la
puerta cordial de la casa de tiro al blanco, un marinero rubio y
borracho, con una rosa prisionera entre los dientes.
Lo sacudió un ruido de pasos, y Barreiro, ya junto a él, no le dio tiempo para asustarse.
—Mirá, Negro.
Hablaba
rápido, el cigarrillo en la boca, los puños clavados en la cintura,
traduciendo oscuramente algo de resolución y desafío.
—Te aviso que si vos te quedas, nosotros nos vamos a ir, igual.
—Claro que nos vamos. Los tres. ¿A qué viene eso?
Barreiro balanceó la cabeza y dejó de mirarlo.
—No, por nada. Te decía, no más. Que igual nos vamos.
El
Negro encogió los hombros. Se atragantó con un montón de palabras y un
odio feroz —incomprensible. Mientras Barreiro se asomaba por encima de
la tranquera para mirar al club, él respiró con ansia, entornando los
ojos.
—Cuándo se irán esos…
Barreiro se ajustó el cinto y se alejó sin ruido metiéndose lento en la oscuridad.
El
Negro miró hasta el fin la raya blanca del cuello que se iba deslizando
bajo los árboles. Pasó las piernas por encima del alambre y siguió
andando en la noche.
Se
detuvo, indeciso, aspirando el vago olor a desinfectante. Como un
esqueleto de museo, la pérgola del pabellón A. Pensó que tendría que
cruzar la gran sala y que los muchachos aún no dormidos lo verían pasar.
Vergüenza de que supieran que había venido a esas horas a preguntar por
Forchela. Las miradas de burla y los chistes groseros iban a enlazarle
las piernas. Se apoyó en las maderas donde se enredaban los rosales. Una
flor, la última, escondía los pétalos amarillentos contra el blanco
listón. Ya que iban a reírse, que fuera él el primero. Cruzaría la sala
con una sonrisa cínica, alta la rosa en la mano.
La
arrancó y subió los tres escalones. En el «hall», el enfermero leía
sentado en un banco, mientras chupaba el mate con un ronquido.
—Hola, Negro. ¿Qué hacés a estas horas?
—Nada… Me mandaron a ver si estaban guardadas las herramientas y se me ocurrió…
El
enfermero se sacó los lentes y lo miró un rato, deteniéndose en la mano
que apretaba la gorra y la flor. Pero, a pesar de la invitación abierta
que había en la cara del muchacho, no se rió. Tal vez no supiera. Dejó
el diario y se levantó con aire cansado.
—¿Te dijeron de Forchela? Si querés verlo… Dificulto que pase la noche.
Lo
siguió entre las filas de camas, sin ver nada, colgando ahora la cara
en una expresión idiota y escondiendo maquinalmente la rosa en el
bolsillo del pantalón. De entre las mantas grises de las camas saltaron
palabras hacia él; pero todas caían sin tocarlo, como vencidas en el
aire por falta de peso.
Solo
en la salita, al pie de la cama, trató de luchar contra el sopor que lo
envolvía. Se apoyó en los barrotes y sonrió a la cabeza de la almohada.
El otro arregló las cobijas, tomó el pulso al enfermo y se incorporó
diciendo:
—Si no tenés qué hacer, quédate un rato. Yo estoy preparando un remedio en la farmacia.
El
Negro movió la cabeza asintiendo; pero no entendía nada, mirando
aterrorizado la cara flaca y enrojecida que Forchela movía
acompasadamente, ayudándose a respirar. Quedaba algo del muchacho en el
pelo claro, en los dientes donde hacía una raya la luz, acaso en la
frente redonda. Pero el resto era de la cara de un hombre viejo, de un
hombre repugnantemente avejentado por el vicio.
Miraba
fijamente, hipnotizado por un extraño miedo, temeroso de hablar y de
moverse, espantado ante la idea de que el otro fuera a despertar, a
sonreírle con la boca encendida y marchita, a mirarlo también con sus
ojos de vidrio.
Hizo
un esfuerzo y logró apartarse de la cama, dando unos silenciosos pasos
por el suelo embaldosado. Inútilmente buscó algo en qué detenerse en la
limpia pared de azulejos. Junto a la ventana entreabierta, el aire de la
noche le sirvió para aferrarse a la idea de la fuga. Antes de la mañana
estarían cruzando frente a las caballerizas, a dos cuadras del camino.
Al amanecer, en la esquina del almacén… Pero en seguida se dio vuelta,
temeroso de ofrecer la espalda, seguro de que si llegaba a descuidarse
el moribundo iba a sonreírse, a levantar la cabeza, los párpados, las
flacas manos crispadas. Cosas frías y terribles porque la muerte había
entrado ya en su cuerpo y cualquier movimiento podría derramarla en el
cuarto.
Se
acercó a la cama y descolgó el cartón. Nombre: Pedro Panon. Argentino.
Diagnóstico. No entendía las extrañas palabras trazadas en letra redonda
ni la zigzagueante línea negra que mostraba la fiebre. Entonces
suspiró, juntando las cejas, tranquilizado en la cobardía de poder jugar
a que estaba absorto en la indecisa línea quebrada, analizando
cuidadosamente el estado del enfermo. Nada más que un momento; porque en
seguida intuyó un significado nuevo y angustioso en el nombre escrito
en el cartón. El nombre que designaba al cuerpo inmóvil en la cama y
que, sin embargo, ya no era Pedro Panon ni nadie. Volvió a colgar el
cuadro, lleno el pecho de una inquietud implacable, moviendo los ojos
como un animal en peligro. Suspiró y se fue acercando a la cabeza.
Sí;
era necesario tener el valor de caminar hasta que la cabeza quedara
debajo de sus ojos y mirarla atentamente, con fría curiosidad. Así,
fuerte en su misterio, la cara le estaba haciendo una invisible mueca de
llamado en la pieza silenciosa. Había que ir y ver.
Tomó
confianza al reconocerlo con mayor nitidez; la frente y también los
ojos. Hasta llegó a sonreírle e insinuar una caricia con la mano. Pero
de pronto sintió que era preferible no ver nada de la cara del muchacho
en aquella a la que la sábana cercenaba el mentón. Era monstruoso
comprobar que los rasgos que aún resistían a la enfermedad, los que
seguían siendo de su amigo, estaban unidos en este rostro a rasgos
extraños y repugnantes. Y ya nunca podrían separarse, fundidos para
siempre unos con otros en el calor de la fiebre. Reculó para irse;
entonces la cara de viejo de la almohada se movió apenas hacía los
lados, paralizándolo. Lo oía respirar más ligero por la nariz
temblorosa, mientras que dos líneas de saliva se estiraban en las
esquinas de la boca. Ahora ya no podía irse. Encogió el cuerpo hasta
sentarse en la silla de hierro, juntas las manos sobre el vientre, y
quedó mirando quietamente el flaco perfil, echada hacia adelante la
rapada cabeza.
—¿Qué tal? ¿Sigue tranquilo? Vengo en seguida.
Se
borró de la puerta la túnica blanca del enfermero. Acomodó el cuerpo en
la silla, otra vez solo con la cara angulosa en la almohada,
comprendiendo de golpe que era inútil seguir luchando, que estaba preso
en la salita del moribundo, que no se iría aquella noche ni nunca.
Barreiro y el Flaco resbalarían en la noche hacia los pajonales del río,
alcanzarían los potreros antes del amanecer y el sol los iba a
encontrar lejos, caminando velozmente por la carretera. Y a la noche
entrarían en la ciudad del marinero borracho, pasearían por la calle de
luces saltarinas. Él no podía irse; tenía que asistir hasta el final el
rito misterioso de la muerte.
Se
irguió, mirando siempre la roja nariz del enfermo, la baba de la boca
torcida. Mordió lentamente el insulto más sucio y un pensamiento le
barrió la cara como una sombra de sonrisa. La imagen de los otros,
libres, corriendo encorvados por el campo anochecido, le quemaba tenaz
en el pecho.
—A mí no me van…
En
el «hall» se cruzó con el enfermero. Murmuró algo y saltó los
escalones. Empezó a trotar por el camino de tierra, mirando fijo las
ventanas del club todavía amarillas de luz.
Seguía
mirando la cabeza cuando ya la luz de la mañana extendía en los vidrios
azulosos paños. Estaba más pálida y el aire salía y entraba
pausadamente, sin molestarla, con un tenue silbido. También se había
hecho más pesada y ahora se hundía hasta las orejas en el hueco de la
tela, como si la nuca hubiera empleado la noche en un tenaz trabajo de
excavación. Y la enfermedad en retirada le iba mostrando nuevamente la
cara familiar del muchacho, a la que la luz intensa de la mañana
concluía de limpiar las manchas de la fiebre.
—Buenos días. ¿Cómo sigue el enfermo?
El
traje gris y los lentes de oro del director. Era extraño que no hubiera
oído el automóvil. Atrás, un montón de caras de empleados. Alguien
apagó la luz ya inútil. El enfermero, un momento en la puerta. Entre las
nubes del sueño, ya casi insoportable, los vio rodear la cama e
inclinarse, mientras hablaban en voz baja. Por la ventana entraba una
línea de aire que hacía estremecer el cartón de la quebrada línea negra y
un ruido de pasos veloces. Entró el médico, abrochándose la túnica,
orillándole en el pelo gruesas gotas de agua. Tomó un rato entre los
dedos la flaca muñeca caída sobre la colcha. Luego levantó un párpado de
la cabeza, que seguía emblanqueciendo. No recordaba si el médico había
dicho «es triste» o «está listo» al director, que se acariciaba la boca
con dos dedos, inclinada la cabeza sobre el pecho. La levantó y se
dirigió a él, poniéndole una mano en el hombro.
—Quiero darte las gracias; te has portado como un hombre. Hace una hora los encontramos, entre las cañas del río.
Hizo
una pausa. El Negro aprovechó para gozar con la idea de la paliza que
se habrían llevado los otros y las que los esperaban, durante unas
cuantas noches, en la celda del pabellón correccional.
—Además,
ha sido muy noble tu actitud al no querer acostarte para cuidar a tu
pobre compañero. Yo he impuesto aquí una disciplina de hierro porque era
necesario. Pero también sé premiar a los que se lo merecen. Acabo de
hablar con el ingeniero. El puesto de capataz en la usina es tuyo.
Empezarás a trabajar el lunes. Y ahora es necesario que te vayas a
dormir, que buena falta te hace.
El
Negro dijo «gracias» y sonrió confuso. Los empleados no sabían si
destinar sus caras endurecidas de importancia al cuerpo de la cama, a la
fuga que habían impedido o a la generosidad del director. Se fue
pensando que éste hablaba como el cura, y, ya en la puerta, saludó al
día con un rabioso:
—¡Qué hijo de perra!
¡Qué
hijo de perra!, murmuró sin saber por quién, mientras se levantaba
apretándose los riñones doloridos. Los otros iban más adelante
mezclándose por momentos con la noche que caía rápida. Sobre el cielo
ennegrecido, los cuerpos, prolongados en las herramientas de trabajo,
hacían extraños dibujos retintos. El guardián vigilaba la fila en
regreso, recorriéndola a caballo, alzando el grueso rebenque que colgaba
de la muñeca.
El
Negro volvió a agacharse entre las ruedas buscando el porqué del
tractor descompuesto. Las manos engrasadas tanteaban el frío del hierro.
Me parece… Ya es de noche y no tenemos farol. Volvió a verse, camino
del cementerio, medio cuerpo endurecido por el peso del ataúd.
Ni
que estuviera relleno de plomo. Todo el día sin dormir. Al recuerdo,
volvió a clavársele la punzada en los riñones. Movió las caderas y,
trabajosamente, aflojó una tuerca con la pinza. Y después los discursos,
de pie en el frío, muerto de cansancio, idiotizado de sueño. El brazo
se alargó, regresando con el cortafrío. Hizo palanca, empujando con
todas las fuerzas. Inútil. Entonces cerró los ojos, desolado, inmóvil en
cuatro patas junto a la cuchilla de acero de la máquina. Y lo peor no
era el cansancio ni el sueño, sino aquella sorda angustia que se
revolvía lenta en su pecho desde ayer. Aquello que lo ahogaba sin un
momento de tregua y que le era imposible conocer.
El aliento cálido del caballo le acarició la nuca y la voz recia cayó como un chorro.
—¿Y a vos qué te pasa? ¿Todavía no pudiste arreglar eso?
Contestó sin moverse:
—No sé. Sin luz…
Oyó que el otro desmontaba. Sólo entonces abrió los ojos y se incorporó.
—Me parece que no es la tuerca. Habrá que sacar la cuchilla.
El
otro se acuclilló, doblando la cabeza para ver mejor. El Negro lanzó
los ojos soñolientos hacia el fondo del paisaje, donde los camaradas no
eran ya más que una nube negra y larga. Luego miró hacia abajo. Fue
entonces que se aquietó la terca angustia en el pecho y una paz enorme
entró violentamente en su alma. Ahora todo estaba claro y sencillo; y
aunque ni a sí mismo hubiera podido explicar la causa de su repentina
dicha, sabía por fin qué era necesario hacer. Como si alguien, invisible
en el quieto anochecer helado, le derramara la verdad en los oídos.
El
hombre rezongó entre los negros radios de las ruedas. Le acercó la mano
en que se balanceaba como una muestra el rebenque coronado en plata.
—¿Tenés un fósforo?
Fue una simple alegría la que lo afirmó en las piernas, apelotonándole los músculos del brazo.
—Sí. Tome.
El
cortafrío brilló en un rápido viaje circular y golpeó en la cabeza
doblada del hombre, junto a la curva oscura de la patilla. No hubo
necesidad de más porque el cuerpo se aquietó bajo la máquina, ovillado
como para que el calor se le fuera despacio, avaramente. Abrió la mano y
la herramienta desapareció en el suelo. Se restregó lentamente contra
la tela del pantalón el dorso de la mano que algo acababa de salpicar.
Levantó la cabeza al cielo dilatado y entonces la noche se precipitó
incontenible en el paisaje, vibrando misteriosa en los astros, en los
perros lejanos y en el ruido de clavijas de los charcos.
Venía
la noche. Rápidamente se apartó del tractor y fue a su encuentro.
Corrió en línea recta, ágil y alegre, seguro de que la angustia quedaba
allí, enfriándose sobre la negra tierra roturada. La gran noche
incomprensible y secreta venía veloz en su busca y se deslizaba bajo su
cuerpo incansable. Zambulló entre los hilos del alambrado y siguió
corriendo. Saltó la zanja con un fragmentado espejo en el fondo y
continuó su carrera. Ahora los pies golpeaban locamente en el pasto
humedecido, atrayendo vertiginosamente el ombú junto al pozo. Corrió
unos metros en arco y tomó a la derecha, arrastrando la larga sombra de
luna que acababa de nacerle. El cansancio le sacudía feroz el pecho,
abriéndole los labios entre los dientes apretados; pero siguió
corriendo, corriendo, apilando minutos y metros, como si aquella
felicidad salvaje que se le había aparecido bruscamente lo llevara veloz
de la mano, hendiendo la noche de hielo. Entró en el maizal a la
carrera: tropezó en seguida, perdiéndose, boca abajo en la sombra.
Giró
con los brazos en cruz. Un ardiente dolor en la mejilla lo hizo
despertar y abrió los ojos a una pequeña luna redonda, alta ya en el
cielo. Se incorporó con cuidado y escuchó. Nada. De rodillas, sacó la
cabeza y miró alrededor. Nadie. Se puso de pie y continuó caminando, un
poco rengo, temblando a sus espaldas la pequeña sombra circular. Entre
los alambres que bordeaban el camino lo fijó un canto de gallo, trepando
entrecortado en la noche. Luego, jovialmente, tomó impulso en el
alambrado y pasó la zanja. Como una pálida lengua bajo la luna, el
camino se iba en la noche. Sacó la mano del bolsillo con la rosa seca y
áspera; la tiró a un costado, lejos, restregándose luego los dedos entre
sí para separar los restos de la flor. Después apresuró el paso y se
fue por el camino, en busca de la noche próxima, que le aguardaba una
espera de diez años en la calle enjoyada de luces, con el reguero de
detonaciones del salón de tiro al blanco, las grandes risas de sus
mujeres, el marinero rubio y tambaleante.